Archivos diarios: 30/12/20

29 PRIMICIA DE ADORACIÓN


29 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

El anuncio a los pastores,

Que vienen a ser los primeros adoradores del Verbo hecho Hombre.

 Y ahora veo extensos campos. La Luna está en su cénit, surcando tranquila un cielo colmado de estrellas.

Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro.

La Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra.

Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros.

Y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche. Una casita lejana parece un bloque de mármol de Carrara.

A mi derecha veo un recinto, dos de cuyos lados son un seto de espinos; los otros dos, una tapia baja y tosca.

En ésta apoya la techumbre de una especie de cobertizo ancho y bajo, que en el interior del recinto está construido parte de fábrica y parte de madera:

como si en verano las partes de madera se debieran quitar y se transformase así el cobertizo en un pórtico.

De dentro del cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve.

Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva…

Y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.

Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba.

Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna; pero, en este caso es tan intensa que ciega,

especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro.

Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.

El pastor llama a sus compañeros.

Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades.

Entre ellos hay algunos que apenas si han llegado a la adolescencia, otros ya tienen el pelo cano. Comentan este hecho extraño.

Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar, con lo cual se hace objeto de las burlas de los más mayores.

El más viejo le dice: 

–    ¿A qué le tienes miedo, tonto?

¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? ¿Has estado siempre pegado a las faldas de tu madre, como un pollito a la gallina, no?

¡Pues anda que no tendrás que ver cosas! Una vez, yo había llegado hasta los montes del Líbano, e incluso los había sobrepasado, hacia arriba.

Era joven, no me pesaba andar, incluso era rico entonces… Una noche vi una luz de tal intensidad que pensé que estuviera volviendo Elías en su carro de fuego.

El cielo estaba todo de fuego. Un viejo — entonces el viejo era él — me dijo:

“Un gran advenimiento está para llegar al mundo”.

Y para nosotros supuso una desventura, porque vinieron los soldados de Roma. ¡Oh, muchas cosas tendrás que ver, si la vida te da años!….

Pero el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido incluso el miedo. De hecho, alejándose del umbral de la puerta,

dejando a hurtadillas la espalda de un musculoso pastor, detrás del cual estaba refugiado, sale al redil herboso que está delante del cobertizo.

Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara.

Llegado un momento grita:

–     ¡Oh! – y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos.

Los demás se miran estupefactos.

Uno dice:

–     Pero, ¿Qué le pasa a ese tonto? 

Otro dice:

–     Mañana lo mando con su madre.

No quiero locos cuidando a las ovejas.

El anciano que estaba hablando poco antes,

dice:

–     Vamos a ver antes de juzgar.

Llamad también a los que están durmiendo y coged palos. No vaya a ser un animal malo o gente malintencionada…

Entran llamando a los otros pastores…

Y salen con teas y garrotes.

Llegan donde está el muchacho.  

Que está muy feliz y sonriente…

Y señalando un lugar específico,

dice susurrando:

–     Allí, allí …

Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es!  

Los hombres comentan:

–     Yo lo único que veo es una luz más viva.

–     Yo también.

–     Yo también».

–     No. Yo veo como un cuerpo.

Lo reconozco: es el pastor que ofreció leche a María. 

El niño grita:

–     ¡Es un… es un ángel!

Mirad, está bajando, y se acerca…  

De todas las gargantas escapa un:

–    ¡¡¡Oh!!!

Largo y lleno de veneración…que se levanta del grupo de los pastores

El más anciano exclama: 

– ¡De rodillas ante el ángel de Dios!

Y esto hace que todos caigan con el rostro en tierra.

Cuanto más ancianos son, más contra el suelo se les ve por la aparición fulgente.

Los jovencitos están de rodillas, pero miran al ángel, que se aproxima cada vez más, hasta detenerse.

Candor de perla en el candor de luna que le circunda, suspendido en el aire, moviendo sus grandes alas, a la altura de la tapia del recinto. 

El  Ángel dice:

–     No temáis.

No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel,  y para todo el pueblo de la tierra …

La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.

El Ángel anuncia:

–     Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador.

Al decir esto, el ángel abre más las alas,y las mueve como por un sobresalto de alegría,.

Y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas.

Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.

El Ángel continúa:

–      … el Salvador, que es Cristo.

El ángel resplandece con mayor luz.

Sus dos alas, ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.

–      … ¡Cristo, el Señor! 

El ángel recoge sus dos fulgidas alas y con ellas se cubre, es como un manto de diamante sobre un vestido de perla, se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón;

su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas.

No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un “Gloria”.

Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden,

y dice:

–     Lo reconoceréis por estas señales:

En un pobre establo, detrás del Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David.

El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.

Y del Cielo vienen muchos — ¡oh, cuántos! — muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco,.

Y se reúnen en torno al Ángel Anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo, alcanzada en este caso la perfección del sonido.

Si la pintura es el esfuerzo de la materia para transformarse en luz, aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios;

y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle: «¡Te amamos!».

El “Gloria” angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz.

Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. 

 Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios.

El canto se hace más tenue, y la luz, mientras los ángeles retornan al Cielo…

…Los pastores vuelven en sí.

Y comentan:

–    ¿Has oído?

–    ¿Vamos a ver?

–    ¿Y las ovejas?

–    ¡No les sucederá nada!

–    ¡Vamos para obedecer a la palabra de Dios!…

–     Pero, ¿A dónde?

–    ¿Ha dicho que ha nacido hoy? 

–    ¿Y que no ha encontrado sitio en Belén?

El que habla ahora es el pastor que ofreció la leche;

–    Venid, yo sé.

He visto a la Mujer y me ha dado pena. He indicado un lugar para Ella, porque pensaba que no encontrarían hospedaje, y al hombre le he dado leche para Ella.

Es muy joven y hermosa. Debe ser tan buena como el ángel que nos ha hablado. Venid. Venid. Vamos a coger leche, quesos, corderos y pieles curtidas.

Deben ser muy pobres y… ¡quién sabe qué frío no tendrá Aquel a quien no oso nombrar!

Y pensar que yo le he hablado a la Madre como si se tratara de una pobre esposa cualquiera!..

Entran en el cobertizo y al poco rato, salen…

Quién con unas pequeñas cantimploras de leche, quién con unos quesitos de forma redondeada dentro de unas rejillas de esparto entretejido,

quién con cestas con un corderito balando, quién con pieles de oveja curtidas.

El más anciano dice:

–    Yo llevo una oveja.

Ha parido hace un mes. Tiene la leche buena. Les puede venir bien, si la Mujer no tiene leche. Me parecía una niña, ¡Y tan blanca!… Un rostro de jazmín bajo la luna.

Y los guía. Caminan bajo la luz de la luna y de las teas, tras haber cerrado el cobertizo y el recinto.

Van por senderos rurales, entre setos de espinos deshojados por el invierno.

Van a la parte de atrás de Belén.

Llegan al establo, caminando no por la parte por la que fue María, sino por la opuesta, de forma que no pasan por delante de los establos más lindos…

Y aquél es el primero que encuentran. Se acercan a la entrada.  

Y todos dicen:

–    ¡Entra!

–    No me atrevo.

–    Entra tú.

–    No.

–    Mira, al menos.

–    Tú, Leví,

mira tú que has sido el primero que ha visto al ángel, que es señal de que eres mejor que nosotros.

La verdad es que antes lo han llamado loco… pero ahora les conviene que él se atreva a lo que ellos no tienen el valor de hacer.

El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca a la entrada, descorre un poquito el manto, mira, y…

Se queda extático…  

e preguntan ansiosos en voz baja:

–    ¿Qué ves? 

Leví contesta:

–     Veo a una mujer, joven y hermosa,

Y a un hombre inclinados hacia un pesebre y oigo…,

Oigo que llora un niñito y la mujer le habla con una voz… ¡Oh, qué voz!.

–    ¿Qué dice?

–     Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”.

Dice: “¡Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñín! Pero no la tengo todavía”.

Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”.

Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, Y lo besa.  y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos,

porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre.

–    ¡Llama! ¡Que te oigan!

–     Yo no. Tú, que nos has traído y que la conoces.

El pastor abre la boca, pero se limita a farfullar unos sonidos.

José se vuelve y va a la puerta. 

Y pregunta:

–     ¿Quiénes sois?

Uno de los hombres contesta:

–     Pastores.

Os traemos comida y lana. Venimos a adorar al Salvador.

–     Entrad.

Entran. Las teas iluminan el establo.

Los viejos empujan a los niños delante de ellos.

María se vuelve y sonríe.

Los invitya con la mano, sonriendo, 

y diciendo: 

–     Venid»  « ¡Venid!» 

Toma al que había visto al ángel y lo acerca hacia sí, hasta el mismo pesebre.

El niño mira con beatitud.

Los otros, invitados también por José, se arriman con sus dones y los depositan, con breves y emocionadas palabras, a los pies de María.

Luego miran al Niño, que está llorando quedo, y sonríen emocionados y dichosos.

Uno de ellos, más intrépido,

dice:

–     Toma, Madre.

Es suave y está limpia. La había preparado para mi hijo, que está para nacer. Yo te la doy. Arropa a tu Hijo en esta lana; la sentirá suave y caliente…

Y le ofrece una piel de oveja, una piel preciosa de abundante lana blanca y larga. 

María levanta a Jesús y lo envuelve en la piel.

Luego se lo muestra a los pastores, los cuales, de rodillas sobre el heno del suelo, lo miran extasiados.

Sintiéndose más valerosos, uno de ellos propone:

–     Habría que darle un sorbo de leche.

O mejor: agua y miel. Pero no tenemos miel Se les da a los niñitos. Yo tengo siete hijos y entiendo de ello… –

–     Aquí está la leche. Toma, Mujer.  

El pastor objeta:

–     Pero está fría.

Tiene que ser caliente. ¿Dónde está Elías? Él tiene la oveja.

Elías debe ser el de la leche, pero no está; se había quedado afuera y ahora está mirando por el portillo, y en la oscuridad de la noche se difumina.

–     ¿Quién os ha conducido aquí?

–     Un ángel nos ha dicho que viniéramos, luego Elías nos ha guiado hasta aquí. Pero, ¿Dónde está ahora?

La oveja lo delata con un balido

–    Ven. Se te requiere.

Entra con su oveja, avergonzado por ser el más notado.

José dice reconociéndolo:

–     ¿Eres tú!

María, por su parte, le sonríe diciendo:

–   «Eres bueno».

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso.  

Todos sonríen.

Y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

Elías dice:

–     Pero aquí no podéis quedaros.

Hace frío y hay humedad. Y además… demasiado olor a animales. No es bueno… y… no está bien para el Salvador.

–    Lo sé – dice María suspirando profundamente.

–    Pero, no hay sitio para nosotros en Belén.

–     Ánimo, Mujer.

Nosotros te buscaremos una casa.

–     Se lo digo a mi ama – dice el de la leche, Elías

Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio.

–     Por lo menos para mi Niño.

Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo…

–     No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso.

Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores…

José dice:

–    Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar.

 –   ¡Oh… ni lo queremos!

¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. Él ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”.

Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. 

Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz.

¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que lo has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarlo en ti.

Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad.

¿Qué podemos hacer por ti?

–     Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos.

–     ¿Y para ti?

¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que Él ha nacido?

–     Sí, los tengo…

Pero no están cerca de aquí, están en Hebrón…  

Elías dice:

– Voy yo.

¿Quiénes son?

–     Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima.

–     ¿Zacarías?

¡Lo conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos. Y soy amigo de su pastor.

Después de que te vea establecida voy a donde Zacarías.

–     Gracias, Elías.

–     Nada de gracias.

Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador.

–     No.

Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”.

–     Eso diré.

–     Que Dios te lo pague.

Me acordaré de ti, de todos vosotros… 

–   ¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?.

–     Lo haré.

Y todos los pastores se presentan:

–    Yo soy Elías.

–    Y yo, Leví.

–    Y yo, Samuel.

–   Y yo, Jonás.

–    Y yo, Isaac.

–    Y yo, Tobías.

–    Y yo, Jonatán.

–    Y yo, Daniel.

–    Simeón, yo.

–    Yo me llamo Juan.

–    Yo, José;

y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos.

María promete:

–     Recordaré vuestros nombres.

–     Tenemos que marchamos…

Pero volveremos… ¡Y te traeremos a otros para adorar!…. -¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño? -¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!  

Leví con una sonrisa angelical, dice:

–     Déjanos besar su vestido.

María levanta despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen.

Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela.

Quien tiene barba primero se la adereza.

Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón…

La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo…

Y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.  

Dice Jesús:  

Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco. Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía

y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón.

Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo.

Los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije — y esto mismo lo dice también mi Iglesia — que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas.

Fe segura:

ellos creen pronta y ciegamente en el ángel. Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor. Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente,

con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo. Prontitud de obediencia:

María desea que sea avisado Zacarías, y Elías va enseguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien. ¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

Otra cosa. Ésta enteramente para ti. Observa a quién se revela el ángel en primer lugar, y quién es el que merece escuchar las efusiones del ánimo de María: Leví: el niño.

A quien tiene alma de niño Dios se le manifiesta, y le muestra sus misterios y permite que escuche las palabras divinas y de María.

Y quien tiene alma de niño tiene también la santa intrepidez de Leví y dice: “Déjame besar el vestido de Jesús”. Se lo dice a María, porque es siempre María la que os da a Jesús.

Ella es la Portadora de la Eucaristía.

Ella es el Sagrario Vivo.

Quien va a María me encuentra a Mí.

Quien me pide a Ella de Ella me recibe.

La sonrisa de mi Madre, cuando una criatura le dice: “Dame a tu Jesús para que yo le ame” — tan feliz se siente —, hace que el color del Cielo se cambie en un esplendor más vivo de júbilo.

Dile pues: “Déjame besar el vestido de Jesús, déjame besar sus llagas”.

Atrévete incluso a más. Di: “Déjame reclinar mi cabeza en el Corazón de tu Jesús para sentirme así bienaventurada”.

Ven. Descansa. Como Jesús en la cuna, entre Jesús y María.

28 NACIMIENTO DE JESÚS


28 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Nacimiento de Jesús.

En el interior de este pobre refugio de piedra en que han encontrado amparo, unidos en la suerte a unos animales, María y José.

El fuego se adormila junto con su guardián.

María levanta lentamente la cabeza de su yacija y mira.

Ve que José tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si estuviera meditando…

Piensa, será que el cansancio ha sobrepujado su buena voluntad de permanecer despierto,

Y sonríe bondadosa; luego, con menos ruido del que puede hacer una mariposa posándose en una rosa, se sienta, para después arrodillarse.

Ora con una sonrisa beatífica en su rostro. Ora con los brazos extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia adelante…

Y no parece cansarse de esa posición molesta.

Luego se postra con el rostro contra el heno, adentrándose aún más en su oración; y la oración es larga.

José sale bruscamente de su sueño; ve mortecino el fuego y casi oscuro el establo.

Echa un puñado de tamujo muy fino. La llama vuelve a chispear.  Y va añadiendo ramitas cada vez más gruesas.

En efecto, el frío debe ser punzante, el frío de esa noche invernal, serena, que penetra por todas las partes de esas ruinas.

El pobre José, estando como está cerca de la puerta — llamemos así a la abertura a la que hace de cortina su manto —, debe estar congelado.

Acerca las manos a la llama, se quita las sandalias, acerca también los pies; así se calienta.

Luego, cuando el fuego ha adquirido ya viveza y su luz es segura, se vuelve; no ve nada…

Ni siquiera la blancura del velo de María que antes dibujaba una línea clara sobre el heno oscuro.

Se pone en pie y se acerca despacio a la yacija.

Y pregunta:

–     ¿No duermes, María? 

Lo pregunta tres veces, hasta que Ella torna en sí y responde:

–     Estoy orando.

–     ¿No necesitas nada?

–     No, José.

–     Trata de dormir un poco, de descansar al menos.

–     Lo intentaré, pero la oración no me cansa.

–     Hasta luego, María.

–     Hasta luego, José.

María vuelve a su posición de antes.

José, para no ceder otra vez al sueño, se pone de rodillas junto al fuego, y ora.

Ora con las manos unidas en el rostro; de vez en cuando las separa para alimentar el fuego, y luego vuelve a su ferviente oración.

Menos el ruido del crepitar de la leña y el del asno, que de tanto en tanto pega con una pezuña en el suelo, no se oye nada.

Un inicio de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpórea plata que buscase a María.

Se alarga a medida que la Luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor.

María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas.

¡Oh, qué hermoso es este momento!

Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente?

Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad.

Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta;

parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido.

Este color, que me recuerda, a pesar de ser más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos,

se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo.

Ahora ya es Ella la Depositaría de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo.

Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, 

un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo…

La techumbre, llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen y están en equilibrio por un milagro de estática,

esa techumbre negra, ahumada, repelente, parece la bóveda de una sala regia.

Los pedruscos son bloques de plata; las grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquinos engastados de plata y diamantes.

Un voluminoso lagarto, aletargado entre dos bloques de piedra, parece un collar de esmeraldas olvidado allí por una reina;

y un racimo de murciélagos en letargo, una lámpara de ónice de gran valor.

Ya no es hierba el heno que cuelga del pesebre más alto, es una multitud de hilos de plata pura que oscilan temblorosos en el aire con la gracia de una cabellera suelta.

La madera oscura del pesebre de abajo parece un bloque de plata bruñida.

Las paredes están recubiertas de un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el candor de la seda.

Y el suelo… ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas al suelo como obsequio;

los hoyos, cálices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y perfumes.

La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste.

En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen…

y emerge la Madre.

Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con su Hijo recién nacido en los brazos.

Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del tamaño de un capullo de rosa;

que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa;

que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menudita fresa de bosque, 

y mostrando una lengüita temblorosa contra el rosado paladar;

que menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos,

mirando a su Niño, adorándolo, llorando y riendo al mismo tiempo…

Y se inclina para besarlo, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… 

en donde un día se abrirá la Herida.

Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado.

El buey se ha despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas, y muge.

El asno vuelve la cabeza y rebuzna.

Es la luz la que los saca del sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador, por ellos mismos y por todos los animales.

Y José, que, casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí…

Y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz.

Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve.

El buey, que está en pie, oculta a María,

pero Ella le llama:

–     «José, ven».

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia… 

Y está casi para caer de rodillas en ese mismo lugar;

pero María insiste:

–     Ven, José.

Y apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se levanta y se dirige hacia José,

quien, por su parte, se mueve azorado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud.  

María dice:

–     Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre.

José se pone de rodillas.

Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos,

y dice:

–     Heme aquí, por Él, ¡Oh Dios!, te digo esto, heme aquí para hacer tu voluntad.

Y con Él yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, tu voluntad, para gloria tuya y por amor a Ti.

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante,

le dice:

–     Toma, José. 

José está aterrotizado:

–     ¿Yo? ¿A mí?

¡Oh, no! ¡No soy digno! 

José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios.

Pero María insiste sonriendo:

–     Bien digno eres de ello tú.

Y nadie lo es más que tú y por eso el Altísimo te ha elegido. Toma, José, tenlo mientras yo busco su ropita.

José, rojo como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frío;

una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de mantenerlo separado de sí por respeto,

sino que lo estrecha contra su corazón rompiendo a llorar fuertemente:

–     ¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!

 

Y se inclina para besar los piececitos.

Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y lo recoge en su regazo,

y con su vestidura marrón y con las manos trata de cubrirlo, calentarlo, defenderlo del cierzo de la noche.

Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta.

Mejor quedarse donde está, o, mejor todavía, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor.

Y se pone entre el buey y el asno dando la espalda a la puerta,

con su cuerpo hacia el Recién Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas;

un hocico grande, blanco, con unos ojos húmedos buenos  y un morro que exhala vapor.

María ha abierto el baulillo y ha sacado unos pañales y unas fajas, ha ido al fuego y las ha calentado.

Ahora se acerca a José y envuelve al Niño en esos paños calentitos, y con su velo le cubre la cabeza. 

Y pregunta:

–     ¿Dónde le ponemos ahora? 

José mira alrededor, piensa… 

Y dice:

–     Mira, corremos un poco más para acá a los dos animales y la paja,

y bajamos ese heno de allí arriba y lo ponemos a Él aquí dentro.

La madera del borde le resguardará del aire, el heno será su almohada, el buey con su aliento lo calentará un poquito.

Mejor el buey. Es más paciente y tranquilo.

Y se pone manos a la obra mientras María acuna a su Niño estrechándolo contra su corazón, con su mejilla sobre la cabecita para darle calor.

José reaviva el fuego, sin ahorrar leña, para hacer una buena hoguera, y se pone a calentar el heno, de forma que según lo va secando, para que no se enfríe, se lo va metiendo en el pecho;

luego, cuando ya tiene suficiente para un colchoncito para el Infante, va al pesebre y lo dispone como una cunita.

Y dice:

–     Ya está.

Ahora sería necesaria una manta, porque el heno pica y además para taparlo…  

María dice:

–     Coge mi manto.

–     Vas a tener frío.

–     ¡Oh, no tiene importancia!

La manta es demasiado áspera; el manto, sin embargo, es suave y caliente. Yo no tengo frío en absoluto.

¡Lo importante es que Él no sufra más!.

José coge el amplio manto de suave lana azul oscura y lo dispone doblado encima de la paja, y deja un borde colgando fuera del pesebre.

El primer lecho del Salvador está preparado.

Su Madre, con dulce paso ondeante, lo lleva al pesebre, en él lo coloca.

Y lo tapa con la parte del manto que había quedado fuera y con ella arropa también la cabecita desnuda, que se hunde en el heno, protegida apenas por el fino velo de María.

Queda sólo destapada la carita, del tamaño de un puño de hombre.

Y los dos, inclinados hacia el pesebre, lo miran con beatitud mientras duerme su primer sueño;

en efecto, el calorcito de los paños y de la paja le ha calmado el llanto y le ha hecho conciliar el sueño al dulce Jesús.

Dice María:

Te había prometido que Él vendría a traerte su paz.

¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veías con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento.

Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo.

Jesús – Hombre tornó a ser Jesús – Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión. 

Tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman.

Mas durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.

Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer.

Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. 

Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era árbol de cuatro ramas:

soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerlo estéril en sus raíces.

Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. 

La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla.

¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna?

Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. 

Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado…

Y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron.

Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades,

que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio;

crueles humillaciones en el momento del Calvario;

humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

Vencí la avaricia de los Progenitores renunciando con antelación a mi Hijo. Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello.

Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazón, ella se resiste a la separación.

Es natural que sea así. El hijo crece dentro de nosotras,

y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente roto.

A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual, más vivo y sensible que un nervio físico)

y arraiga en el corazón del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor dé Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazón si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que lo tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di.

Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

Vencí la glotonería, tanto de saber como de gozar, aceptando sorber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin preguntarme a mí misma, sin preguntarle a Él, más de cuanto se me dijera.

Creí sin indagar.

Vencí la gula de gozar porque me negué todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies.

Puse la carne, instrumento de Satanás, y con ella al mismo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un escalón para acercarme al Cielo. 

¡El Cielo!… Mi meta. Donde estaba Dios. Mi única hambre.

Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación.

En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria;

efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero.

Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ángel.

Es ese momento en que poseía a Dios, y con El sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme de todo ello diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”.

Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los pensamientos.

Yo tenía que ser la Casta para anular a la Impúdica de la carne, del corazón y de la mente. 

Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sólo mío, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mío y para mí lo quiero”.

Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva había perdido.

Esa paz os la procuré al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú has visto nacer.

Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedé vacía de toda feminidad de connotación humana: ya no carne sino ángel.

María, la Virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la dio.

La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas.

De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho — basta con que lo queráis — las santas de Dios.

Por vosotras subí, y, como a José, os elevé.

La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ése fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer,

junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios

y anulado en mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido,

y que había arrastrado a la caída a la Humanidad.

Y que hasta el final de los siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas.

Desde allí, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuál es la Medicina para venceros a vosotras mismas:

La Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo. 

Y tú, voz mía, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquí,

Y aquí se viene a través del dolor;

Porque te queremos aquí, y más alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo . 

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

27 LLEGADA A BELÉN


27 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 La llegada a Belén.

Veo una vía de primer orden muy transitada.

Asnos que van cargados de todo tipo de cosas y de personas. Asnos que regresan.

La gente, azuza a sus cabalgaduras.

Otros, los que van a pie, caminan deprisa porque hace frío.

Hay un aire terso y seco, el cielo está sereno; todo tiene, no obstante, ese filo neto de los días de pleno invierno.

El campo, desnudo, parece más grande; está poco crecida y ya requemada por los vientos invernales la hierba de los pastos en que las ovejas buscan un poco de alimento,

y también de sol, que está saliendo poco a poco.

Están pegadas las unas a las otras, porque también ellas tienen frío; y balan, levantando el morro y mirando al Sol como diciendo: « ¡Ven pronto, que hace frío!».

El terreno está lleno de curvas. Las sinuosidades se hacen cada vez más claras; es propiamente una zona de colinas, con depresiones herbosas y laderas, con pequeños valles y cimas.

El camino pasa por el medio en dirección sudeste.

María va montada en un borriquillo pardo, toda arropada en su grueso manto.

En la parte de adelante de la albardilla está ese arnés ya visto en el viaje hacia Hebrón; encima, el baulillo con las cosas más necesarias.

José camina al lado llevando las riendas. De vez en cuando le pregunta a María si está cansada. Ella lo mira sonriendo y le responde que no;

pero a la tercera vez añade:

–     Tú sí que estarás cansado, que vas a pie.

–     ¡Oh!, ¿Yo? Para mí no es nada.

Lo que pienso es que si hubiera encontrado otro asno podrías ir más cómoda y además llegaríamos antes. Pero, me ha sido imposible encontrarlo; ahora todos necesitan una cabalgadura.

¡Ánimo de todas formas! Pronto llegaremos a Belén. Al otro lado de aquel monte está Efratá.

Ahora guardan silencio.

La Virgen cuando calla parece recogerse internamente en oración. Sonríe dulcemente por un pensamiento suyo, y, cuando mira a la gente, parece como si no viera en ella lo que es:

un hombre, una mujer, un anciano, un pastor, un rico o un pobre, sino eso que sólo Ella ve. 

José le pregunta:

–     ¿Tienes frío? – dado que empieza a levantarse viento.

–     No, gracias».

Pero José no se fía. Le toca los pies, que penden por el lado del borriquillo, los pies calzados en las sandalias y que apenas si se ven sobresalir del largo vestido;

debe sentirlos fríos porque menea la cabeza y se quita una manta que llevaba en bandolera y arropa con ella las piernas de María,

y se la extiende también sobre el regazo, de forma que sus manos, bajo la cobija y el manto, estén bien calientes.

Encuentran a un pastor, que corta el camino con su rebaño, pasando de los pastos de la derecha a los de la izquierda.

José se inclina hacia él para decirle algo.

El pastor hace un gesto afirmativo.

José toma el borriquillo y tira de él detrás del rebaño hasta el prado.

El pastor saca de una alforja una tosca escudilla, ordeña a una gruesa oveja de ubres llenas, da la escudilla a José y éste a su vez se la ofrece a María. 

María dice:

–     ¡Que Dios os bendiga a los dos!

A tí, por tu amor; y a tí por tu bondad. Oraré por ti.  

El pastor pregunta:

–     ¿Venís de lejos?.  

José responde:

–     De Nazaret.

–     ¿Y vais hacia…?.

–     A Belén.

–     Largo viaje para esta mujer en este estado.

¿Es tu esposa?.

–     Es mi esposa.

–     ¿Tenéis dónde ir?

–     No.

–    ¡Mala cosa!

Belén está llena de gente llegada de todas partes para inscribirse o para ir a otro lugar, No sé si encontraréis alojamiento. ¿Conoces bien este lugar?

–     No mucho.

–     Bueno, pues… yo te digo… por ella (y señala a María). Preguntad por la posada. Estará llena. Más que nada os lo digo como referencia. Está en una plaza, en la más grande.

Se llega por este mismo camino, no hay pérdida posible. Delante hay una fuente. La posada es grande y baja y tiene un portal grande. Estará llena.

De todas formas, si no encontráis nada en ella ni en las otras casas, id a la parte de atrás de la posada, hacia el campo.

En el monte hay unos establos que algunas veces les sirven a los mercaderes que van a Jerusalén para meter a los animales que no tienen sitio en la posada.

Son establos — ya sabéis — que están en el monte; por tanto, húmedos, fríos y sin puerta. Pero son al menos un refugio; esta mujer… no puede quedarse en la calle.

Quizás allí encontréis un sitio… y heno para dormir y para el burro… ¡Y que Dios os acompañe! 

María responde:

–     ¡Y que alegre tus días! 

José en cambio dice:

–     La paz sea contigo.

Vuelven al camino. Salvan una prominencia del terreno desde la que se ve una depresión más vasta limitada por delicadas pendientes.

En la cuenca y arriba y abajo por las laderas hay casas y más casas: es Belén.  

José dice:

–     Estamos en la tierra de David, María.

Ahora podrás descansar. Te veo muy cansada…

–    No. Estaba pensando… estoy pensando…

María le coge la mano a José y, sonriendo con beatitud,

le dice:

–    Tengo la firme impresión de que ha llegado el momento.

–     ¡Dios de misericordia!

¿Qué hacemos?

–     No te preocupes, José.

Permanece firme. ¿No ves lo tranquila que estoy yo».

–     Pero estás sufriendo mucho.

–     ¡Oh! ¡No! Estoy llena de gozo.

Siento un júbilo tal, tan fuerte, tan hermoso, tan incontenible, que mi corazón late fortísimamente y me dice: “¡Va a nacer! ¡Va a nacer!”. Lo dice en cada latido.

Es mi Niño, que llama a mi corazón y me dice:

–    “Mamá, estoy aquí, vengo a darte el beso de Dios”.

¡Oh, qué alegría, José mío!

José, sin embargo, no está jubiloso. Piensa más bien en la urgencia de encontrar un lugar donde ampararse, y acelera el paso.

Puerta por puerta lo solicita… Nada. Todo lleno.

Llegan a la posada… Está llena, incluso con gente prácticamente al raso bajo el rústico pórtico que rodea el vasto patio interior.

José deja a María montada en su burrito, dentro del patio…

Y sale para buscar en las otras casas. Vuelve desconsolado. No hay ningún sitio.

El rápido crepúsculo invernal comienza a extender sus velos.

José le suplica al posadero, suplica a los que han venido de fuera: ellos son hombres, y están sanos; aquí hay una mujer que está para dar a luz a un hijo; que tengan piedad… Nada.

Un rico fariseo, que los está mirando con desprecio manifiesto, cuando María se acerca, se separa como si hubiera sido una leprosa la que se hubiera acercado.

José le mira, y se le enciende de indignación el rostro.

María le pone una mano en su muñeca, para calmarlo,

y le dice:

–     No insistas.

Vamos. Dios proveerá,

Salen. Siguen el muro de la posada. Tuercen por una callejuela encajonada entre aquélla y unas casas pobres. Giran hacia la parte de atrás de la posada. Buscan.

Hay una especie de grutas. Por lo bajas que son y lo húmedas que están, diría que más que establos son bodegas. Las más lindas ya están ocupadas.

José siente caérsele el alma a los pies.

–     ¡Eh! ¡Galileo! – le grita por detrás un viejo.

–     Allí, en el fondo, bajo aquellas ruinas, hay una guarida. Quizás todavía no se ha metido nadie. Se apresuran hacia esa “guarida”. Es realmente una guarida. 

Entre las ruinas de lo que sería un edificio, hay una abertura; dentro, una gruta, más que una gruta una cavidad excavada en el monte.

Diríase que son los cimientos de la antigua construcción, cuyos restos derrumbados, apuntalados con troncos de árbol casi sin desbastar, hacen de techo.

Para ver mejor, puesto que hay poquísima luz, José trae yesca y piedra de chispa. Y enciende una lamparita que ha sacado del talego que lleva cruzado al pecho.

Entra. Un mugido le saluda.  

José sonríe y dice:

–     Ven, María; está vacía, sólo hay un buey.

¡Mejor que nada…!.

María baja del burrito y entra.

José ha colgado la lamparita de un clavo que está hincado en uno de los troncos de sostén. Se ve la techumbre llena de telas de araña…

Y pajas esparcidas por todo el suelo (que es de tierra batida y su superficie es completamente irregular; con hoyos, guijarros, detritos y excrementos).

En la parte del fondo, un buey, con heno colgándole de la boca, se vuelve y mira con ojos tranquilos.

Hay un tosco taburete y dos piedras en un ángulo ennegrecido — señal de que en ese lugar se enciende fuego — que está junto a una tronera.

María se acerca al buey. Tiene frío. Le pone las manos sobre el cuello para sentir su calorcillo.

El buey muge; se deja. Parece como si hubiera comprendido.

Se deja también cuando José lo separa un poco para coger abundante heno del pesebre para hacerle a María una yacija.

El pesebre es doble: está el en que come el buey y encima, una especie de estante con heno de reserva; éste es el que coge José.

Y le hace sitio al burrito que, cansado y hambriento, enseguida se pone a comer.

José encuentra también un cubo volcado y todo abollado. Sale, porque fuera había visto un arroyueloy vuelve con agua para el borriquillo.

Luego se hace con un haz de ramajes que estaba en un rincón y trata de barrer un poco el suelo.

Después extiende el heno, hace con él una yacija, junto al buey, en el ángulo más seco y resguardado; pero siente que este mísero heno está húmedo, y suspira.

Enciende el fuego y con una paciencia de cartujo, lo seca a manojos cerca del calor.

María, sentada en el taburete, cansada, mira sonriente. Ya está. María se dispone mejor sobre el mullido heno, con los hombros apoyados en un tronco.

José termina de… aparejar la estancia extendiendo su manto como si fuera una cortina en la apertura que hace de puerta. Una protección muy relativa.

Luego le ofrece a la Virgen pan y queso, y le da a beber agua de un boto.

Le dice a María:

–     Duerme ahora.

Yo velaré, para que la lumbre no se apague. Menos mal que hay leña. Esperemos que dure y que arda. Así podré ahorrar aceite de la lámpara.

María se echa obedientemente.

José, con la manta que tenía en los pies y con el manto de la misma María, la tapa.

María observa:

–     ¿Y tú?… Vas a pasar frío.

–     No, María.

Estoy junto al fuego. Trata de descansar. Mañana irá mejor.

María cierra los ojos sin insistir más.

José se pone en su rinconcillo, sentado en el taburete, con unas pocas ramillas secas al lado; no creo que duren mucho.

Están colocados así: María a la derecha, dando la espalda a la… puerta, semioculta por el tronco y por el cuerpo del buey, que está recostado ahora en la cama de paja.

José a la izquierda y de cara a la puerta, en diagonal por tanto; estando frente al fuego, da la espalda a María; pero, de vez en cuando, se vuelve a mirarla…

Y la ve tranquila, como si durmiera.

Rompe lentamente sus ramitas y las va echando, una a una, en el débil fuego para que no se apague, para que dé luz, para que la poca leña dure.

La única luz, ora más viva, ora mortecina, es la del fuego. La lámpara está ya apagada; en la penumbra resalta sólo el blancor del buey y del rostro y manos de José. 

Todo el resto es una masa que se confunde en la penumbra densa.

 Dice María:

No hay dictado.

La visión habla por sí sola. Tarea vuestra es entender la lección de caridad, humildad y pureza que de ella emana. 

26 EL EDICTO DE AUGUSTO


26 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Augusto y el censo de Belén

“En mi sexto consulado (28 a.C), llevé a cabo, con Marco Agripa como colega el censo del pueblo. Celebré la ceremonia lustral después de que no se hubiera celebrado en 42 años; en ellas fueron censados 4.063.000 ciudadanos romanos.

Durante el consulado de Cayo Censorino y Cayo Asinio (8 a.C) llevé a cabo el censo por mi solo, en virtud de mi poder consular, en cuya lustración se contaron 4.233.000 ciudadanos romanos.

Hice el censo por tercera vez, en virtud de mi poder consular y teniendo por colega a mi hijo adoptivo Tiberio César, en el consulado de Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo (14 d.C); con ocasión de este censo conté 4.937.000 ciudadanos romanos” Augusto Res Gestae Divi Augusti

Nacimiento de Jesús
  1. Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo.
  2. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino.
  3. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.
  4. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David,
  5. para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

Lucas 2 1-5

El edicto de empadronamiento.

Enseñanzas sobre el amor al esposo y la confianza en Dios.

De nuevo veo la casa de Nazaret, la pequeña habitación en que María habitualmente come.

Ahora Ella está trabajando en una tela blanca.

La deja para ir a encender una lámpara, pues está atardeciendo y no ve ya bien con la luz verdosa que entra por la puerta entornada que da al huerto.

Cierra también la puerta.

Observo que su cuerpo está ya muy engrosado, pero sigue viéndosele muy hermosa. Su paso continúa siendo ágil; todos sus movimientos, están llenos de donaire.

No se ve en Ella ninguna de esas sensaciones de peso que se notan en la mujer cuando está próxima a dar a luz a un niño.

Sólo en el rostro ha cambiado. Ahora es “la mujer”. Antes, cuando el Anuncio, era una jovencita de carita serena e ingenua (como de niño inocente).

Luego, en la casa de Isabel, cuando el nacimiento del Bautista, su rostro se había perfeccionado, adquiriendo una gracia más madura.

Ahora es el rostro sereno, pero dulcemente majestuoso, de la mujer que ha alcanzado su plena perfección en la maternidad.

Ya no recuerda a esa “Virgen de la Anunciación” de Florencia.

Cuando era niña, yo sí que la veía reflejada en ella.

Ahora el rostro es más alargado y delgado; la mirada, más pensativa y grande.

En pocas palabras: como es María actualmente en el Cielo.

Porque ahora ha asumido el aspecto y la edad del momento en que nació el Salvador.

Tiene la eterna juventud de quien no sólo no ha conocido corrupción de muerte, sino que ni siquiera ha conocido el marchitamiento de los años.

El tiempo no ha tocado a esta Reina nuestra y Madre del Señor que ha creado el tiempo.

Es verdad que en el suplicio de los días de la Pasión — suplicio que para Ella empezó muchísimo antes,

podría decir que desde que Jesús comenzó la evangelización — se la vio envejecida, pero tal envejecimiento era sólo como un velo corrido por el dolor sobre su incorruptible cuerpo.

Efectivamente, desde cuando Ella vuelve a ver a Jesús, resucitado, torna a ser la criatura fresca y perfecta de antes del suplicio:

como si al besar las santísimas Llagas hubiera bebido un bálsamo de juventud que hubiese cancelado la obra del tiempo y, sobre todo, del dolor.

También hace ocho días, cuando he visto la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, veía a María “hermosísima y, en un instante, rejuvenecida”, como escribía; ya antes había escrito: “Parece un ángel azul”.

Los ángeles no experimentan la vejez. Poseen eternamente la belleza de la eterna juventud, del eterno presente de Dios que en sí mismos reflejan.

La juventud angélica de María, ángel azul, se completa y alcanza la edad perfecta — que se ha llevado consigo al Cielo y que conservará eternamente en su santo cuerpo glorificado,

cuando el Espíritu pone el anillo nupcial a su Esposa y la corona en presencia de todos — ahora, y no ya en el secreto de una habitación ignorada por el mundo, con un arcángel como único testigo.

He querido hacer esta digresión porque la consideraba necesaria. Ahora vuelvo a la descripción.

María, pues, ahora ya es verdaderamente “mujer”, llena de dignidad y donaire. Incluso su sonrisa se ha transformado, en dulzura y majestad. ¡Qué hermosa está María!

Entra José. Da la impresión de que vuelve del pueblo, porque entra por la puerta de la casa y no por la del taller.

María levanta la cabeza y le sonríe.

También José le sonríe a Ella… no obstante, parece como si lo hiciera forzado, como quien estuviera preocupado.

María lo observa escrutadora y se levanta para coger el manto que José se está quitando, para doblarlo y colocarlo encima de un arquibanco.

José se sienta al lado de la mesa. Apoya en ella un codo y la cabeza en una mano mientras con la otra, absorto, se peina y despeina alternativamente la barba. 

María pregunta:

–     ¿Estás preocupado por algo?

¿Te puedo servir de consuelo?

–     Tú siempre me confortas, María.

Pero esta vez es una gran preocupación… por ti.

–    ¿Por mí, José? ¿Y qué es, pues?

–     Han puesto un edicto en la puerta de la sinagoga.

Ha sido ordenado el empadronamiento de todos los palestinos. Hay que ir a anotarse al lugar de origen. Nosotros tenemos que ir a Belén…

–     ¡Oh! – interrumpe María, llevándose una mano al pecho.

–     ¿Te preocupa, verdad?

Es penoso. Lo sé.

–     No, José, no es eso.

Pienso… pienso en las Sagradas Escrituras: Raquel, madre de Benjamín y esposa de Jacob, del cual nacerá la Estrella, el Salvador.

Raquel, que está sepultada en Belén; de la que se dijo:

“Y tú, Belén Efratá, eres la más pequeña entre las tierras de Judá, mas de ti saldrá el Dominador”, el Dominador prometido a la estirpe de David; Él nacerá allí…

–     ¿Piensas… piensas que ya ha llegado el momento?

¡Oh! ¿Qué podemos hacer? 

José está enormemente preocupado y mira a María con ojos llenos de compasión.

Ella lo percibe, y sonríe. Su sonrisa es más para sí que para él. Es una sonrisa que parece decir: «Es un hombre; justo, pero hombre. Y ve como hombre, piensa como hombre.

Sé compasiva con él, alma mía, y guíalo a la visión de espíritu». Y su bondad la impulsa a tranquilizarlo. No mintiendo, sino tratando de quitarle la preocupación,

le dice:

–     No sé, José.

El momento está muy cercano, pero, ¿No podría el Señor alargarlo para aliviarte esta preocupación? Él todo lo puede. No temas.

–     ¡Pero el viaje!…

Y además, ¡Con la cantidad de gente que habrá!… ¿Encontraremos un buen lugar para alojarnos? ¿Nos dará tiempo a volver?

Y si… si eres Madre allí, ¿Cómo nos las arreglaremos? No tenemos casa… No conocemos a nadie….

–     No temas.

Todo saldrá bien. Dios provee para que encuentre un amparo el animal que procrea, ¿Y piensas que no proveerá para su Mesías? Nosotros confiamos en Él, ¿No es verdad?

Siempre confiamos en Él, Cuanto más fuerte es la prueba, más confiamos. Como dos niños, ponemos nuestra mano en su mano de Padre.

Él nos guía. Estamos completamente abandonados en Él.

Mira cómo nos ha conducido hasta aquí con amor. Ni el mejor de los padres podría haberlo hecho con más esmero.

Somos sus hijos y sus siervos. Cumplimos su voluntad. Nada malo nos puede suceder.

Este edicto también es voluntad suya. ¿Qué es César, sino un instrumento de Dios?

Desde que el Padre decidió perdonar al hombre, ha predispuesto los hechos para que su Hijo naciera en Belén.

Antes de que ella, la más pequeña de las ciudades de Judá, existiera, ya estaba designada su gloria.

Para que esta gloria se cumpla y la palabra de Dios no quede en entredicho — y lo quedaría si el Mesías naciera en otro lugar — he aquí que ha surgido un poderoso, muy lejos de aquí,

y nos ha dominado, y ahora quiere saber quiénes son sus súbditos, ahora, en un momento de paz para el mundo…

¡Qué es una pequeña molestia nuestra comparada con la belleza de este momento de paz!

Fíjate, José, ¡Un tiempo en que no hay odio en el mundo! ¿Existe, acaso, hora más feliz que ésta, para que surja la “Estrella” de luz divina y de influjo redentor?

¡Oh, no tengas miedo, José!

Si inseguros son los caminos, si la muchedumbre dificulta la marcha, los ángeles serán nuestra defensa y nuestro parapeto; no de nosotros, sino de su Rey.

Si no encontramos un lugar donde ampararnos, sus alas nos harán de tienda. Nada malo nos sucederá, no puede sucedemos: Dios está con nosotros.

José la mira y la escucha con devoción.. Las arrugas de la frente se alisan, la sonrisa vuelve. Se pone en pie, ya sin cansancio y sin pena. Sonríe.

–     ¡Bendita tú, Sol del espíritu mío!

¡Bendita tú, que sábes ver todo a través de la Gracia que te llena! No perdamos tiempo, pues, porque hay que partir lo antes posible y… volver cuanto antes, para que aquí todo está preparado para el… para el….

–     Para el Hijo nuestro, José.

Tal debe ser a los ojos del mundo, recuérdalo.

El Padre ha velado de misterio esta venida suya, y nosotros no debemos descorrer el velo. Él, Jesús, lo hará, llegada la hora…

La belleza del rostro, de la mirada, de la expresión, de la voz de María al decir este «Jesús» no es describible. Es ya el éxtasis…

Y con este éxtasis cesa la visión.

Dice María: 

No añado mucho, porque mis palabras son ya enseñanza. Eso sí, reclamo la atención de las mujeres casadas sobre un punto.

Demasiadas uniones se transforman en desuniones por culpa de las mujeres, las cuales no tienen hacia el marido ese amor que es todo (amabilidad, compasión, consuelo).

Sobre el hombre no pesa el sufrimiento físico que oprime a la mujer, pero sí todas las preocupaciones morales: necesidad de trabajo, decisiones que hay que tomar,

responsabilidades ante el poder establecido y ante la propia familia… ¡Oh, cuántas cosas pesan sobre el hombre, y cuánta necesidad tiene también él de consuelo!

Pues bien, es tal el egoísmo, que la mujer le añade al marido cansado, desilusionado, abrumado, preocupado, el peso de inútiles quejas, e incluso a veces injustas.

Y todo porque es egoísta; no ama.

Amar no significa satisfacer los propios sentidos o la propia conveniencia.

Amar es satisfacer a la persona amada, por encima de los sentidos y conveniencias, ofreciéndole a su espíritu esa ayuda que necesita para poder tener siempre abiertas las alas en el cielo de la esperanza y de la paz.

Hay otro punto en el que querría que centrarais vuestra atención. Ya he hablado de ello; no obstante, insisto. Se trata de la confianza en Dios.

La confianza compendia las virtudes teologales.

Si uno tiene confianza, es señal de que tiene fe; si tiene confianza, es señal de que espera y de que ama. Cuando uno ama, espera y cree en una persona, tiene confianza. Si no, no.

Dios merece esta confianza nuestra.

Si se la damos a veces a pobres hombres capaces de cometer faltas, ¿Por qué negársela a Dios, que no comete falta alguna? La confianza es también humildad.

El soberbio dice: “Voy a actuar por mí mismo. No me fío de éste, que es un incapaz, un embustero y un avasallador”.

El humilde dice: “Me fío. ¿Por qué no me voy a fiar? ¿Por qué debo pensar que yo soy mejor que él?”. Y así, con mayor razón, de Dios dice:

“¿Por qué voy a tener que desconfiar de Aquel que es bueno? ¿Por qué voy a tener que pensar que me basto por mí mismo?”.

5. De igual manera, jóvenes, sed sumisos a los ancianos; revestíos todos de humildad en vuestras mutuas relaciones, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. 
6. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce;
7. confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros. 1 Pedro 5

Dios se dona al humilde, del soberbio se retira. La confianza es, además, obediencia; y Dios ama al obediente.

La obediencia es signo de que nos reconocemos hijos suyos, de que lo reconocemos como Padre; y un padre, cuando es verdadero padre, no puede hacer otra cosa sino amar.

Dios es para nosotros Padre verdadero y perfecto.

Hay un tercer punto que quiero que meditéis. Se funda también en la confianza. Ningún hecho puede acaecer si Dios no lo permite.

Por lo cual, ya tengas poder, ya seas súbdito, será porque Dios lo ha permitido.

Preocúpate, pues, ¡Oh tú que tienes poder!, de no hacer de este poder tuyo tu mal. En cualquier caso sería “tu mal”, aunque en principio pareciese que lo fuera de otros.

En efecto, Dios permite, pero no sin medida; y, si sobrepasas el punto señalado, asesta el golpe y te hace pedazos.

Preocúpate, pues, tú que eres súbdito, de hacer de esta condición tuya una calamita para atraer hacia ti la celeste protección.

No maldigas nunca.

Deja que Dios se ocupe de ello. A Él, Señor de todos, le corresponde bendecir o maldecir a los seres que ha creado.