Archivos diarios: 1/01/21

34 EVANGELIO DE LA FE


34 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Dice Jesús:

¿Y ahora? ¿Qué deciros ahora, almas que sentís morir la Fe?

Estos Sabios de Oriente no disponían de nada que los confirmara en la verdad; nada sobrenatural.

Sólo tenían el cálculo astronómico y la propia reflexión, perfeccionada por una vida íntegra.

Y con todo, tuvieron fe. Fe en todo:

Fe en la ciencia, Fe en la conciencia, Fe en la bondad divina.

En la ciencia, en cuanto que creyeron en el signo de la estrella nueva, que no podía sino ser “ésa”, la que la humanidad desde hacía siglos estaba esperando: el Mesías.

En la conciencia, en cuanto que tuvieron Fe en la voz de la misma; la cual, recibiendo “voces” celestes, les decía:

“Esa estrella es la que signa la venida del Mesías”. 

En la bondad, en cuanto que tuvieron Fe en que Dios no los engañaría.

Y en que, dado que su intención era recta, los ayudaría en todos los modos para alcanzar el objetivo.

Y lo lograron.

Sólo ellos, entre tantos otros estudiosos de los signos, comprendieron ese signo, porque sólo ellos tenían en el alma el ansia de conocer las palabras de Dios con un fin recto,

cuyo principal pensamiento consistía en dar enseguida a Dios honor y gloria.

No buscaban el provecho personal.

Antes bien, les esperaban dificultades y gastos.

Y no piden compensación humana alguna. Piden solamente que Dios se acuerde de ellos y los salve para la eternidad.

De la misma forma que su pensamiento no está puesto en ninguna compensación humana posterior; tampoco tienen cuando deciden el viaje, ninguna preocupación humana.

Vosotros habríais hecho mil cavilaciones:

“¿Cómo me las voy a arreglar para hacer un viaje tan largo por países y entre gentes de lenguas distintas?

¿Me van a creer, o, por el contrario, me encarcelarán por espía? ¿Qué ayuda me van a ofrecer cuando tenga que pasar desiertos, ríos, montes?

¿Y el calor? ¿Y el viento de los altiplanos?

¿Y las fiebres pantanosas de las zonas palúdicas? ¿Y las riadas dilatadas por las lluvias? ¿Y las comidas distintas?

¿Y el lenguaje distinto? Y… y.. y”.

Así razonáis vosotros. Ellos no razonan así.

Dicen, con sincera y santa audacia: “Tú, ¡oh Dios!, lees nuestro corazón y ves qué fin perseguimos. Nos ponemos en tus manos.

Concédenos la sobrehumana alegría de adorar a tu Segunda Persona hecha Carne para la salud del mundo”.

Ello es suficiente.

Se ponen en camino desde las lejanas Indias. (Jesús me dice luego que con ‘Indias” quiere decir Asia meridional, donde ahora están Turquestán, Afganistán y Persia).

Se ponen en camino desde las cadenas montañosas mongólicas, en cuyo espacio se mueven, libérrimos, sólo águilas y buitres, donde Dios habla con el fragor de los vientos y de los torrentes…

y escribe palabras de misterio en las inmensas páginas de los casquetes glaciares.

Se ponen en camino desde las tierras en que nace el Nilo…

Y discurre, vena verde-azul, hacia el corazón azul del Mediterráneo.

Ni picos, ni zonas selvosas, ni arenas, océanos secos y más peligrosos que los marinos, detienen su paso.

Y la estrella brilla sobre sus noches, negándoles el sueño.

Cuando se busca a Dios, los hábitos animales deben ceder ante los anhelos impacientes y las necesidades suprahumanas.

Reciben la estrella desde septentrión, desde oriente y desde meridión…

Y por un milagro de Dios, avanza para los tres hacia un punto; como también, por otro milagro, los reúne tras muchas millas en ese punto.

Y por otro les da, anticipando la sabiduría pentecostal, el don de entenderse y de hacerse entender como en el Paraíso, donde se habla una sola lengua: la de Dios.  

Sólo un momento de turbación los sobrecoge: cuando la estrella desaparece.

Ellos — humildes porque eran realmente grandes, no piensan que ello sea debido a la maldad de los demás; porque no habiendo merecido ver la estrella de Dios los hombres corrompidos de Jerusalén,

sino que piensan que ellos son los que se han hecho indignos de Dios.

Y se examinan con temblor y con contrición ya preparada para pedir perdón.

Mas su conciencia los tranquiliza.

Habituadas sus almas a la meditación, tenían una conciencia sensibilísima, afinada por una atención constante,

por una aguda introspección, que había hecho de su interior un espejo en que se reflejaban las más ligeras sombras de los hechos cotidianos.

Habían hecho de su conciencia una maestra, una voz que los advertía y les gritaba ante la más pequeña, no digo falta, sino mirada a la falta, a lo que es humano, a la complacencia de lo que es el ‘yo’.

Y por eso, cuando se ponen frente a esta maestra, frente a este espejo severo y nítido, saben que no les mentirá.

El Espíritu Santo y la conciencia… Hebreos 9, 5-14

Los tranquiliza y recobran el vigor.

“¡Oh, qué dulce el sentir que en nosotros no hay nada que sea contrario a Dios; sentir que Él mira con complacencia al corazón del hijo fiel y lo bendice!

Este sentir produce aumento de Fe y confianza, esperanza y fortaleza, y paciencia.

Es momento de tempestad, mas ésta pasará, porque Dios me ama y sabe que le amo, y me seguirá ayudando”:

esto dicen quienes poseen esa paz que procede de una conciencia recta, reina de todas sus acciones.

He dicho que eran “humildes porque eran realmente grandes”.

¿En vuestras vidas, sin embargo, qué sucede?

Que uno, no porque sea grande, sino por su mayor despotismo, cuando se hace poderoso por su despotismo y por vuestra necia idolatría, no es jamás humilde. 

Existen pobres desgraciados que, por el solo hecho de ser mayordomos de un déspota, conserjes en algún organismo, funcionarios de un arrabal,

a fin de cuentas al servicio de quien los ha hecho lo que son, se dan aires de semidioses.

¡Bueno, pues dan pena!…

Ellos, los tres Sabios, eran realmente grandes; en primer lugar por virtudes sobrenaturales,

En segundo lugar, por ciencia. y por último, por riqueza.

Y no obstante se sienten nada: polvo sobre el polvo de la tierra, respecto al Dios altísimo, que crea los mundos con una sonrisa suya,

y los esparce como granos de trigo para saciar los ojos de los ángeles con collares hechos de estrellas.

Salmo 19, 1

Se sienten nada respecto al Dios altísimo que ha creado el planeta en que viven, y que lo ha hecho variado, colocando, cual Escultor infinito de obras inmensas;

aquí, con un toque de su pulgar, una corona de suaves colinas, allá una cadena de cumbres y de picos semejantes a vértebras de la tierra;

de este cuerpo desmesurado cuyas venas son los ríos; pelvis, los lagos; corazones, los océanos; vestiduras, los bosques;

velos, las nubes; ornatos, los glaciares de cristal; gemas, las turquesas y las esmeraldas, los ópalos y los berilos de todas las aguas que cantan,

con las selvas y los vientos, el gran coro de alabanzas a su Señor.

Se sienten nada en su sabiduría respecto al Dios altísimo de quien les viene y que les ha dado ojos más potentes que esas dos pupilas por las que ven las cosas:

ojos del alma que saben leer en las cosas esa palabra no escrita por mano humana, sino grabada por el pensamiento de Dios. 

Se sienten nada en su riqueza: átomo respecto a la riqueza del Dueño del universo, que disemina metales y gemas en los astros y planetas. 

Y riquezas sobrenaturales, inagotables riquezas, en el corazón de aquel que le ama.

Y llegados ante una pobre casa de la más mísera de las ciudades de Judá, no menean la cabeza diciendo: “Imposible”,

sino que se inclinan reverentes, se arrodillan, sobre todo con el corazón…

Y ADORAN. 

Ahí, detrás de esas paredes, está Dios.

Ese Dios que siempre invocaron, sin atreverse ni por asomo, a esperar que podrían verlo.

Le invocaron, más bien, por el bien de toda la humanidad, por “su propio” bien eterno.

¡Ah, sólo esto soñaban para ellos: poder verlo, conocer, poseerlo en la vida que no conocerá ni alboradas ni ocasos!

Él está ahí, tras esas pobres paredes.

¿Quién sabe si quizás, su corazón de Niño, que es el corazón de un Dios, no siente estos tres corazones que vueltos hacia el polvo del camino tintinean:

“Santo, Santo, Santo. Bendito el Señor, Dios nuestro. Gloria a Él en los Cielos altísimos y paz a sus siervos. Gloria, gloria, gloria y bendición”?

Ellos se lo preguntan con temblor de amor.  

Y, durante toda la noche y la mañana siguiente preparan, con la más viva Oración, su espíritu; para la comunión con el Dios-Niño.

No se dirigen a este altar, regazo virginal sobre el que está la Hostia divina; como hacéis vosotros, o sea, con el alma llena de preocupaciones humanas.

Se olvidan del sueño y de la comida, toman las vestiduras más bellas, no por humana ostentación, sino por honrar al Rey de los reyes.

En los palacios de los soberanos, los dignatarios entran con las vestiduras más bellas.

¿No debían acaso, ellos ir a donde este Rey con sus vestiduras de fiesta?

¿Y qué fiesta mayor que ésta para ellos?

En sus lejanas patrias, muchas veces tuvieron que ataviarse elegantemente por otros hombres de su mismo rango; para festejarlos u honrarlos.

Era justo pues, humillar ante los pies del Rey supremo púrpuras y joyas, sedas y plumas preciosas.

Era justo poner a sus pies, ante sus delicados piececitos, las telas de la Tierra, las gemas de la Tierra, plumajes, metales de la Tierra, para que estas cosas de la Tierra — son obras suyas — adorasen también a su Creador.

Y se hubieran sentido felices si la Criaturita les hubiera ordenado que se extendieran en el suelo haciendo una alfombra viva para sus pasitos de Niño…

Y los hubiera pisado Él, que había dejado las estrellas por ellos, que sólo eran polvo, polvo, polvo…

Eran humildes y generosos.

Y obedientes a las “voces” que venían de lo Alto.

Tales “voces” ordenan llevar presentes al Rey recién nacido.

Y ellos llevan los presentes.

No dicen: “Es rico y por tanto no lo necesita. Es Dios y por tanto no conocerá la muerte”.

Obedecen.

Y son ellos los primeros en ayudar al Salvador en su pobreza.

Y ¡Qué providente era ese oro para quien en un futuro próximo sería un fugitivo!

¡Cuánto significado tenía esa resina para quien a en poco tiempo sería asesinado!,

¡Qué pío ese incienso para quien había de sentir el hedor de las lujurias humanas en ebullición, en torno a su pureza infinita!

Humildes, generosos, obedientes, respetuosos unos con otros.

Las virtudes engendran siempre otras virtudes.

De las virtudes orientadas a Dios proceden las virtudes orientadas al prójimo.

Respeto, que a fin de cuentas es caridad.

Defieren al más anciano hablar por los tres.

Y ser el primero en recibir el beso del Salvador y en llevarlo de la mano.

Los otros podrán volverlo a ver, pero él no. Es viejo.  

Cercano está ya su día de regreso a Dios.

A este Cristo lo verá, tras su espantosa muerte.

Y lo seguirá por la estela de los salvados en el regreso al Cielo, mas no lo volverá a ver en esta Tierra.

Quédele, pues, como viático, el calorcito de esta diminuta mano que se abandona en la suya ya rugosa.

Y los demás no tuvieron ninguna envidia del sabio anciano; antes bien, aumentó su veneración por él.

En efecto, había merecido más que ellos y durante más tiempo.

El Dios-Infante esto lo sabía.

La Palabra del Padre todavía no hablaba, pero su acto era ya palabra.

¡Bendita sea esta palabra suya, inocente, que designa a éste como su predilecto!

Mas hay, todavía, hijos, otras dos enseñanzas en esta visión:

Cómo José sabe estar dignamente en “su” puesto.

Está presente como custodio y tutor de la Pureza y de la Santidad, pero sin usurpar sus derechos. 

María con su Jesús, es quien recibe dones y palabras.

José exulta por Ella y no se siente herido de ser una figura secundaria.

José es un justo, es el Justo.

Y es justo siempre…

Y en este momento también lo es.

No se embriaga con los vapores de la fiesta.

Permanece humilde, justo.

Se alegra de esos regalos.

No por él mismo, sino pensando que con ellos va a poder hacerles más cómoda la vida a su Esposa y a su dulce Niño. 

En José no hay avaricia.

Es un trabajador y va a seguir trabajando.

Pero otra cosa es que “Ellos”, sus dos amores, puedan vivir con desahogo y comodidad.

Ni él ni los Magos saben que esos regalos van a ser útiles para una fuga…

Para una vida en el exilio, en las que los haberes se disipan como una nube bajo la acción del viento,

Y para regresar a la patria, tras haber perdido todo:

clientes, mobiliario, enseres; sólo con las paredes de la casa, que Dios la protegería porque en ese lugar Él se había unido a la Virgen y se había hecho Carne.

José es humilde — él, que es custodio de Dios y de la Madre de Dios y Esposa del Altísimo — hasta el punto de sujetar el estribo a estos vasallos de Dios.

Es un pobre carpintero, debido a que el despotismo humano, ha despojado a los herederos de David de sus regios haberes…

Pero sigue siendo de estirpe real y posee rasgos de rey.

De él hay que decir también:

“Era humilde porque era realmente grande”.

Ultima, delicada, indicativa enseñanza.

Es María quien toma la mano de Jesús, que todavía no sabe bendecir…

Y la guía en el gesto santo. 

Es siempre María la que toma la mano de Jesús y la guía.

Y ahora sucede lo mismo.

Ahora Jesús sabe bendecir, pero a veces su mano traspasada cae cansada y desesperanzada…

Porque sabe que es inútil bendecir.

Vosotros destruís mi bendición.

Cae también indignada, porque vosotros me maldecís.

Y entonces es María la que retira el desdén de esta mano besándola.

Con tu Rosario Madrecita, convertido en la Red Divina de la salvación, te entrego con cada Ave María, LAS ALMAS DE…

¡Oh, el beso de mi Madre!

¿Quién podría resistir a ese beso? 

Luego toma con sus finos dedos finos, pero ¡Cuán amorosamente imperiosos! mi muñeca…

Y me fuerza a bendecir.

No puedo decir que NO a mi Madre.

Pero tenéis que ir a Ella para hacerla Abogada vuestra.

Ella es mi Reina antes de ser vuestra Reina.

“Hijo, ya se les acabó el vino…”

Y su amor por vosotros guarda indulgencias que ni siquiera el mío conoce.

Y Ella, incluso sin palabras, sólo con las perlas de su llanto y con el recuerdo de mi Cruz…

Cuyo signo me hace trazar en el aire, toma la defensa de vuestra causa recordándome:

“Eres el Salvador. Salva”.

He aquí, hijos, el “Evangelio de la Fe” en la aparición de la escena de los Magos.

Meditad e imitad, para bien vuestro.

33 ADORACIÓN DE LOS REYES MAGOS


33 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 Adoración de los Magos.

 28 de Febrero de 1944.

Mi interno consejero (el Espíritu Santo, con carisma de profecía) me dice:

«A estas contemplaciones que vas a tener, que Yo te voy a manifestar, 

Llámalas “Evangelios de la Fe”, porque vendrán a ilustrarte a tí y a los demás el poder de la fe y de sus frutos, así como a confirmaros en la Fe en Dios».

La visita de los magos

  1. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
  2. diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»
  3. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
  4. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
  5. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
  6. = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» =
  7. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
  8. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
  9. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
  10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.
  11. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
  12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. MATEO 2

Veo Belén, pequeña y blanca, recogida como una parvada bajo la claridad de las estrellas.

Dos calles principales la cortan en cruz: una, que llega desde fuera y es la vía principal, que luego prosigue más allá del pueblo.

La segunda va de un extremo a otro de éste, y ahí termina.

Hay otras callecitas que dividen a este pueblito, pero sin la más mínima norma de planificación urbana, como nosotros concebimos;

sino adaptándose más bien al terreno sinuoso y a las casas que han ido surgiendo aquí o allá, según el capricho del suelo o del constructor.

Estando unas hacia la derecha, otras hacia la izquierda; algunas formando arista con la calle que pasa por ellas…

Estas casas obligan a las calles a ser como una cinta que se desenrede tortuosamente, en vez de algo rectilíneo que vaya de una a otra parte sin desviarse.  

Una placita de vez en cuando…

Por un mercado o por una fuente…

O porque se ha construido arbitrariamente sin criterio: restos de suelo al sesgo en que no es posible ya construir nada.

En el punto en que de forma particular me parece estar, hay precisamente una de estas placitas irregulares.

Que debería haber sido cuadrada, o al menos, rectangular…

Sin embargo ha resultado un trapecio tan extraño, que parece un triángulo acutángulo con el vértice truncado.

En el lado más largo — la base del triángulo — hay una construcción ancha y baja, la más grande del pueblo.

La rodea un muro liso y desnudo, abierto sólo en dos puntos:

Dos puertas, que ahora están perfectamente cerradas.

Al otro lado del muro, sin embargo, en su vasto cuadrado, se abren en el primer piso muchas ventanas;

en la planta baja hay unos pórticos que rodean a unos patios que tienen paja y detritos en el suelo y sus correspondientes pilones, para abrevar a los caballos o a otros animales.

En las toscas columnas de las arcadas hay unas argollas para atar a los animales.

Y en uno de los lados, existe un vasto cobertizo para cobijar a rebaños y cabalgaduras.

Comprendo que se trata de la posada de Belén. 

En los otros dos lados iguales de la placita hay casas más o menos grandes, unas con un poco de huerto delante, otras no.

Efectivamente, algunas de ellas tienen la fachada hacia la plaza, mientras que otras por el contrario, la parte de atrás.

Finalmente en el lado más corto de frente a la posada, hay una única casita con una escalerita externa,

que introduce a mitad de la fachada en las habitaciones del piso habitado.

Todas las casas están cerradas porque es de noche.

No hay nadie por las calles, dada la hora.

Veo intensificarse la luz nocturna que llueve del cielo lleno de estrellas, hermosísimas en el cielo oriental, tan vivas y grandes que parecen cercanas…

Y parece fácil acercarse a donde están esas flores resplandecientes, que están en el terciopelo del firmamento y tocarlas.

Levanto la mirada para tratar de comprender el origen de este aumento de luz…

Una estrella, cuyo insólito tamaño le hace asemejarse a una pequeña Luna, avanza por el cielo de Belén.

Las otras parecen eclipsarse y apartarse, cual siervas al paso de su reina, pues el resplandor es tan grande que las sumerge y las anula. 

Su globo, que parece un enorme zafiro pálido encendido internamente por un Sol,

va dejando una estela en la que con el predominante color del zafiro claro;

se funden los amarillos de los topacios, los verdes de las esmeraldas, los opalescentes de los ópalos,

los sanguíneos destellos de los rubíes y el delicado titilar de las amatistas.

Todas las piedras preciosas de la Tierra están presentes en esa estela,

que barre el cielo con un movimiento veloz y ondulante, como si estuviera viva

El color que predomina, no obstante, es el que emana del globo de la estrella:

El paradisíaco color de pálido zafiro que desciende a colorar de plata azul las casas, las calles, el suelo de Belén, cuna del Salvador.

No es ya esa pobre villa que para nosotros no sería ni siquiera un pueblo;

es una villa fantástica de fábula, en que todo es de plata.

Y el agua de las fuentes y de los pilones es de diamante líquido.

El efluvio de resplandor se hace más vivo.

La estrella se detiene encima de la casita que está situada en el lado más corto de la plazuela.

Ni los que en aquélla habitan ni los betlemitas la ven, pues están durmiendo en sus casas cerradas.

Pero la estrella acelera sus latidos de luz;

su cola vibra y ondula más intensamente,  trazando casi semicírculos en el cielo.

Que se ilumina todo, por la red de astros que la estrella arrastra.

Por esta red llena de joyas resplandecientes que tiñen de los más hermosos colores a las otras estrellas,

casi como si les transmitieran una palabra de alegría.

La casita ahora está toda bañada de este fuego líquido de gemas.

El techo de la breve terraza, la escalerita de piedra oscura, la pequeña puerta…

Todo es como un bloque de pura plata sembrado todo de polvo de diamantes y perlas.

Ningún palacio de la Tierra ha tenido jamás, ni la tendrá; una escalera como ésta, hecha para recibir el paso de los ángeles,

para ser usada por la Madre que es Madre de Dios;

sus pequeños pies de Virgen Inmaculada pueden apoyarse sobre ese cándido esplendor,

esos sus pequeños pies destinados a descansar sobre los escalones del Trono de Dios.

Y sin embargo, la Virgen está ajena de ello;

Ella vela orante junto a la cuna de su Hijo.

En su alma tiene resplandores que superan a éstos con que la estrella embellece las cosas.

Por la calle principal avanza una caravana.

Caballos enjaezados, caballos guiados de las riendas, dromedarios y camellos montados o que transportan su carga.

El sonido de los cascos produce un rumor como el del agua de un torrente, cuando roza las piedras y choca contra ellas.

Cuando llegan a la plaza, todos se detienen.

La caravana, bajo la luz radiante de la estrella, tiene un esplendor fantástico.

Los jaeces de las riquísimas cabalgaduras, los ropajes de sus jinetes, las caras, los equipajes… 

Todo resplandece, uniendo y avivando su brillo de metal, de cuero, de seda, de piedras preciosas, de pelaje…

con el brillo estelar.

Y los ojos relucen,..

Y ríen las bocas, porque en los corazones se ha encendido otro fulgor: el de una alegría sobrenatural.

Mientras los siervos se encaminan hacia la posada con los animales…

Tres de la caravana se bajan de sus respectivas cabalgaduras; un siervo las conduce inmediatamente a otra parte,

Y ellos, a pie, se dirigen hacia la casa.

Se postran, rostro en tierra, para besar el suelo.

Son tres potentados, a juzgar por sus riquísimas vestiduras.

Uno de ellos, de piel muy oscura, que se ha bajado de un camello, se arropa con una toga de cándida seda esplendente;

ciñen su frente y su cintura preciosos aros;

del de la cintura pende un puñal o una espada, cuya empuñadura está cuajada de gemas.

Los otros dos, que montaban espléndidos caballos, están vestidos así:

uno, de paño de rayas bellísimo en que predomina el color amarillo, elaborado a manera de dominó, largo,   

ornado con capucha y cordón, tan recamados que parecen una única labor de filigrana de oro.

El otro lleva una camisa sedeña, que, formando bolsas, sobresale del pantalón amplio y largo ceñido a los pies.

Y  va envuelto en un finísimo chal, tan ornado todo él de flores y tan vivas éstas, que asemeja a un jardín florido.

Y lleva en la cabeza un turbante sujetado por una cadenita, toda ella con engastes de diamantes.

Tras haber venerado la casa en que está el Salvador, se ponen de nuevo en pie y se dirigen a la posada. 

Que está ya abierta a los pajes que se habían adelantado para llamar a la puerta.

Y aquí cesa la visión.

”Tres horas después vuelve:

Es la escena de la adoración de los Magos a Jesús.

Ahora es de día.

Un hermoso sol resplandece en el cielo de la tarde.

Un paje de los tres Magos cruza la plaza y sube la escalerita de la casa.

Entra. Vuelve a salir.

Regresa a la posada.

Salen los tres Sabios, cada uno seguido de su propio paje. Atraviesan la plaza.

Los escasos transeúntes se vuelven a mirar a estos pomposos personajes que pasan muy lentamente…

Con con mucha solemnidad.

Entre cuando el paje ha entrado y la entrada de éstos, ha transcurrido ampliamente un cuarto de hora…

Los habitantes de la casita así han podido prepararse para recibir a los que llegan.

Los tres están vestidos aún más ricamente que la noche precedente.

Las sedas resplandecen, las gemas brillan, un gran penacho de preciosas plumas…

Sembrado de escamas aún más preciosas, ondula trémulo e irradia destellos sobre la cabeza del que lleva el turbante.

Los pajes llevan: uno, un cofre todo taraceado, cuyos refuerzos metálicos son de oro burilado.

El segundo, una labradísima copa, cubierta por una aún más labrada tapa, toda de oro.

El tercero, una especie de ánfora ancha y baja, también de oro,

cubierta con una tapa en forma de pirámide en cuyo vértice hay un brillante.

Debe pesar, pues los pajes lo llevan con esfuerzo, especialmente el del cofre.

Suben por la escalera y entran.

Entran en una habitación que va de la parte de la calle al dorso de la casa.

Por una ventana abierta al sol, se ve el huertecillo posterior.

Hay puertas en las otras dos paredes; desde ellas los propietarios curiosean.

Éstos son: un hombre, una mujer…

Y entre jovencitos y niños, tres o cuatro.

María está sentada con José, en pie, a su lado.

Tiene al Niño en su regazo.

No obstante, cuando ve entrar a los tres Magos, se levanta y hace una reverencia.

Está toda vestida de blanco.

¡Qué hermosa, con su sencillo vestido blanco que la cubre desde la base del cuello hasta los pies, desde los hombros hasta sus delgadas muñecas;

qué hermosa, con su cabeza pequeña coronada de trenzas rubias, con ese rostro suyo más vivamente rosado por la emoción, con esos ojos que sonríen dulcemente,

con esa su boca que se abre para saludar diciendo:

«Dios sea con vosotros»!

Tanto es así, que los tres Magos, impresionados, se detienen un instante.

Pero luego caminan otro poco y se postran a sus pies.

Y le ruegan que se siente. 

Ellos no, no se sientan, a pesar de los ruegos de Ella; permanecen de rodillas, relajados sobre los talones.

Detrás, también de rodillas, los tres pajes.

Se han detenido apenas traspasado el umbral de la puerta, han depositado delante de ellos los tres objetos que llevaban y están esperando.

Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que puede tener de nueve meses a un año,

pues su aspecto es muy vivaz y pujante; está sentado sobre el regazo de su Mamá,

y sonríe y balbucea con una vocecita de pajarillo.

Está vestido todo de blanco como su Mamá; en sus diminutos piececitos, unas pequeñas sandalias.

Es un vestidito muy sencillo: una tuniquita de la que sobresalen los bonitos piececitos inquietos y las manitas gorditas que querrían agarrar todas las cosas.

Y sobre todo, la lindísima carita en que brillan los ojos azul oscuros y la boca hace hoyitos a los lados,

riendo y descubriendo los primeros dientecitos diminutos.

Los ricitos de Jesús son tan lúcidos y vaporosos, que parecen polvo de oro.

El más anciano de los Sabios toma la palabra en nombre de los tres,

Para explicarle a María que durante una noche del pasado Diciembre, vieron encenderse una nueva estrella en el cielo, de inusitado esplendor.

Jamás las cartas del cielo habían registrado ese astro, jamás lo habían mencionado.

No se conocía su nombre, porque no lo tenía.

Nacida entonces del seno de Dios, esa estrella había brillado,

para manifestar a los hombres una bendita verdad, un Secreto de Dios.

Pero los hombres no le habían prestado atención, porque tenían hundida el alma en el fango;

No alzaban la mirada hacia Dios y no sabían leer las palabras que Él escribe, alabado sea eternamente por ello,

con astros de fuego en la bóveda del cielo.

Ellos la habían visto y se habían esforzado por entender su voz.

Y perdiendo contentos el poco sueño que concedían a sus miembros…

Y aun olvidándose del alimento, se habían sumido en el estudio del zodiaco.

Las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación…

El cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas,

les habían dicho el nombre y el secreto de la estrella.

Su nombre: “Mesías”.

Su secreto: “ser el Mesías venido al mundo”.

Y se habían puesto en camino para adorarlo.

ARTABÁN el cuarto rey mago

Cada uno de ellos sin que los otros lo supieran.

Por montes y desiertos, por valles y ríos, viajando incluso durante la noche, habían venido hacia Palestina,

porque la estrella se movía en esa dirección.

Para cada uno de ellos, desde tres puntos distintos de la tierra, se movía en esa dirección.

Se habían encontrado después del Mar Muerto.

La voluntad de Dios los había reunido allí.

Y juntos habían continuado,

comprendiéndose a pesar de que cada uno hablaba su propia lengua.

Y comprendiendo.

Y pudiendo hablar la lengua del país por un milagro del Eterno.

Juntos se habían dirigido a Jerusalén,

dado que el Mesías debía ser el Rey de esta ciudad, el Rey de los judíos;

Pero en el cielo de esa ciudad la estrella se había ocultado, sintiendo ellos rompérseles de dolor el corazón.

Y se habían examinado para saber, si quizás se hubieran hecho indignos de Dios.

Pero, habiéndolos tranquilizado su conciencia, fueron a donde el rey Herodes,

para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los Judíos que ellos habían venido a adorar.

El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas,

Había interrogado acerca del lugar en que podía nacer el Mesías.

A lo que éstos habían respondido:

–     «En Belén de Judá».

Y habían venido hacia Belén.

La estrella, dejada ya la Ciudad santa, había aparecido de nuevo ante sus ojos,…

Y de noche, el día anterior había aumentado sus resplandores:

El cielo todo era un fuego;

luego se había parado sobre esta casa, reuniendo toda la luz de las otras estrellas en su haz luminoso.

Así, habían comprendido que ahí estaba el Nacido Divino. 

Y ahora lo estaban adorando, ofreciendo sus pobres presentes.

Y sobre todo su propio corazón, el cual jamás cesaría de bendecir a Dios por la gracia concedida…

Y de amar a su Hijo, cuya santa Humanidad estaban viendo. 

Luego volverían a informar al rey Herodes, pues también él deseaba adorarlo.

Entonces cada uno de los reyes, hizo un ademán a su respectivo paje y éstos se acercaron…

Llevando los dones que habían traído…  

Mientras que cada uno explicaba porqué lo habían traído…

Y la revelación que habían recibido.

El Primer rey dijo:

–      Este es el oro que a todo rey corresponde poseer.  

Y el paje postrado en tierra, lo entregó

El Segundo rey dijo:

Esto, el incienso, como corresponde a Dios.

Y el paje también postrado en tierra, lo entregó.

Al Tercer rey  se le llenaron los ojos de lágrimas, que comenzaron a rodar bañando sus mejillas hasta su barba blanca…

Pero su voz no delató la conmoción que sentía, porque aunque sonó angustiado,

Lleno de compasión, con firmeza dijo: 

–    Y esto, ¡Oh Madre!, esto es la mirra.

Porque tu Hijo ES además de Dios, Hombre.

Y habrá de conocer, de la carne y de la vida humana, la AMARGURA y la inevitable ley de la muerte.

Nuestro amor quisiera NO pronunciar estas palabras y concebirlo Eterno también en la carne, como Eterno es su Espíritu.

Pero, ¡Oh Mujer!, si nuestros mapas…

Y sobre todo, nuestras almas, no yerran;

Él ES, este Hijo tuyo, el Salvador, el Cristo de Dios…

Y  por tanto, deberá, para salvar a la Tierra, cargar sobre sí mismo el peso del Mal de la Tierra,

uno de cuyos castigos es la muerte.

Esta resina es para esa Hora, para que la carne santa no conozca la podredumbre de la corrupción…

Y conserve la integridad hasta su resurrección. 

¡Y que por este presente nuestro Él se acuerde de nosotros y salve a sus siervos dándoles su Reino!  

Otro añade:

–     De momento Ella, la Madre, para ser santificados por Él, dé su Niño a nuestro amor,..

Para que besando sus pies, descienda sobre nosotros la Bendición celeste.

María, que ha superado la turbación suscitada por las palabras del Sabio…

Y ha celado la tristeza de la fúnebre evocación bajo una sonrisa…

Ofrece el Niño.

Lo deposita en los brazos del más anciano, que lo besa y Jesús lo acaricia.

Y luego lo pasa a los otros dos.

Jesús sonríe y juguetea con las cadenitas y las cintas de los regios atavíos de los tres…  

Y mira con curiosidad el cofre abierto, lleno de una cosa amarilla que brilla…

Y ríe al ver que el sol hace un arco iris al herir el brillante de la tapa de la mirra.

Los tres Magos devuelven el Niño a María y se levantan.

También se pone en pie María.

Inclinan mutuamente la cabeza en gesto de reverencia.

Antes el más joven había dado una orden al siervo y éste había salido.

Los tres siguen hablando todavía un poco. No saben decidirse a separarse de esa casa.

de emoción hay en sus ojos…

Al final se dirigen hacia la salida acompañados por María y José.

El Niño ha querido bajar y darle la manita al más anciano de los tres y anda así,

de la mano de María y del Sabio, los cuales se inclinan para tenerlo de la mano.

Jesús, con su pasito todavía inseguro; de infante, ríe, golpeando con sus piececitos sobre la franja que el sol dibuja en el suelo.

Llegados al umbral de la puerta — téngase presente que la habitación tenía la misma largura de la casa —

los tres se despiden arrodillándose una vez más y besando los piececitos de Jesús.

María, inclinada hacía el Pequeñuelo, le toma la manita y la guía…

Y hace así ésta un gesto de bendición sobre la cabeza de cada uno de los Magos.

Es éste ya un signo de cruz trazado por los pequeños dedos de Jesús, guiados por María.

Tras ello, los tres bajan la escalera.

La caravana ya está ahí esperando preparada.

Los bullones de las cabalgaduras reflejan el Sol del ocaso.

La gente se ha agolpado en la placita para ver este insólito espectáculo.

Jesús ríe dando palmadas con sus manitas.

Su Mamá lo ha alzado y lo ha apoyado en el ancho parapeto que limita el descansillo,

y lo tiene con un brazo sujeto contra su pecho para que no se caiga. 

José, que ha bajado con los tres Magos, sujeta a cada uno de ellos el estribo al subirse éstos a los caballos o al camello.

Ya todos, siervos y señores, están a caballo.

Se da orden de marcha.

Los tres, como último saludo, se inclinan hasta tocar el cuello de la cabalgadura.

José hace una reverencia.

María también, volviendo a guiar la manita de Jesús en un gesto de adiós y bendición.  

La visita de los magos

12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. MATEO 2

32 CANCIÓN DE CUNA


32 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Canción de cuna de la Virgen

Esta mañana he tenido un suave despertar.

Estando aún entre las nieblas del sopor, oía una voz purísima cantar dulcemente una calma canción de cuna.

Parecía, por lo lenta y arcaica que era, una pastoral navideña.

Yo seguía ese motivo y esa voz, gozándome en ella cada vez más, recobrando la lucidez bajo su onda.

Y la he recobrado y he comprendido.

He dicho:

–     ¡Te saludo, María, llena de Gracia! (porque quien cantaba era Mamá).

Ella, por su parte, después de decirme:

–     Yo también te saludo. ¡Ven y alégrate!

Ha alzado la voz.

Y la he visto, en la casa de Belén, en la habitación que ocupa Ella, acunando a Jesús para dormirlo.

En la estancia estaba el telar de María y unas labores de costura.

Parecía que María hubiera dejado el trabajo para darle la leche al Niño, cambiarle la ropa; porque era ya un niño de algunos meses, yo diría que seis u ocho al máximo;

Y parecía que tuviera intención de seguir trabajando una vez que el Niño se hubiera dormido.

Caía la tarde.

El ocaso, ya casi cumplido, había sembrado el cielo sereno de vedijas de oro.

Había rebaños que, paciendo las últimas hierbas de un prado florido, regresaban al aprisco, y balaban alzando el morrito.

El Niño tenía dificultad en dormirse; parecía un poco inquieto, como si estuviera incómodo por los dientes o por otra de esas cositas que dan molestias a los niños pequeños.

Escribí, como pude, el canto, en la penumbra de esa hora del amanecer, sobre un pedazo de papel.

Ahora lo transcribo aquí.

Nubecitas todas de oro, cuales greyes del Señor.

En el prado florecido, un rebaño mira allá.

Aun teniendo los rebaños, todos los que hay sobre la tierra,

tú serías el corderito, que siempre querría más…

Duerme, duerme, duerme, duerme…

No llores más…

Mil estrellas relucientes, contemplando desde el cielo.

Esas tus pupilas dulces, no las hagas más llorar.

Y tus ojos de zafiro, astros de mi pecho son.

¡Y tu llanto es mi dolor! 

¡Oh, no, no, no llores más!…

Duerme, duerme, duerme, duerme…

No llores más…

Ángeles resplandecientes, todos los del Paraíso,

cual corona en torno a ti, por ver tu rostro, sonrientes.

Y tú lloras, inocente,

porque quieres a tu lado que te arrulle tu Mamá.

Nana, nana, nana, na…

Duerme, duerme, duerme, duerme…

No llores más…

Pintará el cielo de rosa,

la alborada que retorna y Mamá aún no reposa,

porque tú no llores más.

Dirás “¡Mamá!” en despertando,

“¡Hijo!” Ella te dirá;

beso, amor y vida juntos, con la leche te dará…

Duerme, duerme, duerme, duerme…

No llores más…

¿Cómo estar sin tu Mamá?

aunque soñaras el Cielo.

¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Bajo este velo,

que dormir Ella te hará.

Y mí pecho por almohada y mis brazos como cuna.

¡Y no temas cosa alguna, que contigo estoy aquí!…

Duerme, duerme, duerme, duerme…

No llores más…

Yo contigo estaré siempre, vida de mi corazón…

Ya duerme… Como una flor, reclinada sobre el pecho…

Ya duerme… ¡Chist! ¡Despacio!

Quizás ve a su Padre Santo…

Su visión enjuga el llanto, de mi Jesús dulce amado…

Duerme ya, ya duerme, duerme

y su llanto enjugado está…

Describir la gracia de la escena es imposible.  

Se trata sólo de una madre acunando a un pequeñuelo; ¡Pero son esa Madre y ese Pequeñuelo!

Por tanto, puede hacerse una idea de qué gracia, qué amor, qué pureza, qué Cielo hay en esta pequeña, grande, delicada escena que me regocija con su recuerdo,

del cual, como confirmación, queda la melodía que repito para mis adentros, para podérsela cantar a usted; aunque yo no tengo la voz de plata purísima de María,

la voz virginal de la Virgen… y pareceré un organillo que pierde aire.

No importa, haré lo que pueda. ¡Qué hermosa pastoral para cantarla alrededor de la Cuna de Navidad!

La Madre, primero, estaba meciendo suavemente la cuna de madera; mas luego, viendo que Jesús todavía rebullía,

se lo ha puesto junto a su cuello, sentada cerca de la ventana abierta — al lado, la cunita — y, con un vaivén ligero al ritmo de la melodía, ha repetido dos veces la nana,

hasta que el pequeño Jesús ha cerrado sus ojitos, ha vuelto la cabecita apoyándola sobre el pecho materno y se ha dormido así,

con la carita aplastada contra el calorcito de ese pecho, con una manita apoyada sobre un seno de su Mamá junto a su carrillito rosado, y la otra cayendo sobre el regazo materno.

El velo de María daba sombra a la Criaturita santa.

Luego María se levantó con infinito cuidado y puso a su Jesús en la cunita, lo tapó con las sábanas, extendió un velo para protegerlo de las moscas y del aire,

y se quedó contemplando a su Tesoro Durmiente.  

Tenía una mano en el corazón; la otra, apoyada todavía en la cuna, preparada para mecerla si hubiera habido posibilidad de que se hubiera vuelto a despertar;

y sonreía, dichosa, un poco inclinada hacia la cuna, mientras las sombras y el silencio descendían sobre la tierra e invadían la habitación virginal.

¡Qué paz! ¡Qué belleza! ¡Y yo me siento dichosa! No es una visión grandiosa.

Quizás, en el conjunto general de las otras, será considerada inútil, porque no revela nada de especial. Lo sé.

Pero para mí es una auténtica gracia, y tal la considero porque hace apacible a mi espíritu; lo hace puro, amoroso, como si le hubieran recreado las manos de nuestra Madre.

Somos “niños”…

¡Mejor así! Somos gratos a Jesús.

Que la gente, las personas doctas y complicadas, piensen lo que quieran; que nos llamen incluso “pueriles”.

Nosotros no pensamos en eso, ¿Verdad?