Archivos diarios: 6/01/21

44 TRÁNSITO DE JOSÉ


44 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La muerte de José.

Jesús es la paz de quien sufre y de quien muere.

Veo un interior de taller de carpintero.

Dos de sus paredes parecen estar formadas de roca (como si se hubieran aprovechado grutas naturales para hacer habitaciones).

En este caso, para mayor detalle, son de roca los lados norte y oeste; las otras dos paredes, sin embargo, la sur y la este, están enlucidas, como las nuestras.

En el lado norte, un entrante de la roca ha sido adaptado para fogón rudimentario; en él hay una cazuelita con barniz o cola, no lo distingo bien.

La leña quemada desde hace años en ese lugar ha ennegrecido tanto la pared, que parece alquitranada. ¿Y como chimenea para aspirar el humo de la combustión?…

Un agujero en la pared con una especie de teja grande y cóncava en su parte alta.

Pero esta chimenea ha debido cumplir mal su función; en efecto, no sólo esta pared sino también las otras están muy ennegrecidas a causa del humo;

en este momento, incluso, por toda la habitación hay una niebla de humo.

Jesús está trabajando en un banco de carpintero.

Está alisando unas tablas.

Y las va apoyando en la pared que está a sus espaldas.

Luego va a donde tiene una especie de taburete apretado por dos lados en una mordaza.

Lo saca, mira si el trabajo está perfectamente hecho, observa el objeto desde todos los puntos.

Luego se acerca al fogón, coge la cazuelita y remueve dentro con un palito. 

Jesús está vestido de color castaño oscuro, la túnica es más bien corta, está remangado hasta más arriba del codo.

Y delante trae puesto una especie de delantal, en el cual se restriega los dedos que han tocado la cazuelita.

Está solo.

Trabaja sin pausas, pero con sosiego.

No hay en él ningún movimiento desordenado o impaciente.

Trabaja con continuidad y precisión.

No pierde la paciencia por nada: ni por un nudo en la madera, que no se deja alisar; ni por un destornillador — eso al menos me parece — que dos veces se le ha caído del banco.

Ni por el humo del ambiente, que debe estarle entrando en los ojos.

De vez en cuando levanta la cabeza para mirar hacia la pared sur, donde hay una puerta que está cerrada…

Como queriendo escuchar.

Después hay un momento en que abre una puerta que está en la pared este y que da a la calle…

Y se asoma.

Veo un trecho de una callejuela polvorienta.

Parece como si estuviera esperando a alguien.

Luego vuelve a su labor. No está triste, pero sí serio.

Cierra de nuevo la puerta y reanuda su trabajo.

Y mientras está ocupado en fabricar unos componentes — al menos eso me parece — del aro de una rueda…

Entra su Madre.

Entra por una puerta de la pared situada al sur.

Entra con prisa y corre hacia Jesús.

Está vestida de azul oscuro y lleva la cabeza descubierta.

Su vestido es una túnica sencilla ceñida a la cintura con un cordón del mismo color.

Acongojada, apoyada con las dos manos en un brazo de su Hijo, lo llama con un gesto de súplica y dolor.

Jesús la acaricia, le pasa un brazo por encima de los hombros y la consuela.

Luego, dejando inmediatamente el trabajo y quitándose el mandil, va con Ella.

María dice:

–    ¡Oh! ¡Jesús!

 ¡Ven! ¡Está mal!

Han sido pronunciadas estas palabras por labios temblorosos…

Y con un brillo de llanto en sus enrojecidos y cansados ojos.

Jesús únicamente dice:

–   « ¡Mamá!»- más todo está incluido en esa palabra. 

Pasan a la habitación de al lado.

El sol, que entra por una puerta que da a un huertecillo lleno de luz y de verdor en que revolotean unas palomas por entre el ondear de ropa tendida,

hace encantadora esta habitación, que es pobre sí, pero está ordenada.

Hay en ella un lecho bajo, cubierto de colchoncitos (digo colchoncitos porque son unas cosas altas y mullidas, pero no es una cama como las nuestras).

Sobre él, recostado sobre muchos almohadones, está José.

Agoniza. Lo refleja claramente la palidez cárdena de su rostro, la mirada apagada, el pecho jadeante…

Y el completo decaimiento de todo el cuerpo.

María se pone a su izquierda.

Le coge la mano rugosa, cárdena en las uñas.

Y la frota, la acaricia y la besa.

Luego, con un paño de lino, le seca el sudor, que crea surcos brillantes en las sienes hundidas…

Y la lágrima, que en el lagrimal se vuelve vítrea.

Y le humedece los labios con un paño mojado en un líquido que parece vino blanco.

Jesús se pone a la derecha.

Levanta levemente, ligero pero con cuidado, este cuerpo que se está hundiendo.

Le incorpora apoyándolo sobre los almohadones.

Y junto con María, pone en orden éstos.

Acaricia la frente del moribundo, trata de reanimarlo.

María llora quedo… sin hacer ruido, pero llora.

Los lagrimones ruedan hacia abajo por las pálidas mejillas y caen sobre el vestido azul oscuro; parecen zafiros resplandecientes.

José se reanima bastante y mira fijamente a Jesús…

Le da la mano como para decirle algo y para recibir, con el contacto divino, fuerza en la última prueba.

Jesús inclina su cabeza hacia esta mano y la besa.

José sonríe.

Luego se vuelve buscando a María con la mirada…

Y le sonríe también a Ella.

María se arrodilla al lado de la cama tratando de sonreír.

No le sale la sonrisa…

Y entonces agacha la cabeza.

José le pone la mano encima de Ella, con una casta caricia que parece una bendición.

Sólo se oye el revoloteo y el arrullo de las palomas, el frufrú de las hojas, un gorgoritear de agua…

Y en la habitación, el respiro del moribundo.

Jesús pasa al otro lado de la cama, toma un taburete y se lo ofrece a María, para que se siente en él. 

Llamándola una vez más,

y solamente:

–    «Mamá».

Luego vuelve a donde estaba y coge de nuevo entre sus manos la mano de José.

La escena es tan real, que me pongo a llorar a causa del dolor de María.

Y Jesús, inclinándose hacia el moribundo…

Le susurra un salmo.

Sé que es un salmo, pero ahora no sé cuál de ellos.

Empieza así:

«”Protégeme, Señor, porque en ti he puesto mi esperanza… En pro de los santos que en la tierra de él están, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos… Bendeciré al Señor, que me aconseja…

Tengo siempre la presencia del Señor. Él está a mi derecha para que no vacile. Por ello se alegra mi corazón y exulta mi lengua,

y mi cuerpo también descansará en la esperanza. Porque Tú no abandonarás a mi alma en su estancia entre los muertos,

y no permitirás que tu santo vea la corrupción. Me darás a conocer los caminos de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro”».

José se reanima mucho, sonríe a Jesús con una mirada más viva y le aprieta los dedos.

Jesús responde a la sonrisa con otra sonrisa,

Y al gesto de la mano con una caricia.

Y continúa, dulcemente…

inclinado hacia su padre putativo:

–   “¡Cuán grande es el encanto de tus Tabernáculos, Señor! Mi alma se consume en el deseo de los atrios del Señor. El gorrión encuentra una casa, la tortolita un nido para sus criaturas.

Yo deseo tus altares, Señor. ¡Dichosos los que habitan en tu casa!… ¡Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza! Él tiene en su corazón las veredas para subir del valle de las lágrimas al lugar electo.

¡Oh, Señor, escucha mi oración…! ¡Oh, Dios, vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Cristo…!”».

José, visiblemente conmovido, mira a Jesús.

Y hace ademán de querer hablar, como para bendecirlo, pero no puede…

Se ve que entiende, pero no puede hablar.

No obstante, está feliz y mira con vivacidad y confianza a su Jesús.

Jesús continúa:

«”¡Oh, Señor, Tú has sido propicio a tu tierra, has liberado de la esclavitud a Jacob…! Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvador. Quiero oír lo que dice dentro de mí el Señor Dios.

Él, sin duda, hablará de paz a su pueblo para sus santos y para quien de corazón vuelve a Él. Sí, tu salvación está cercana… y la gloria habitará sobre la tierra…

Se han dado encuentro la bondad y la verdad; la justicia y la paz se han besado.  La verdad ha germinado de la tierra, la justicia ha mirado desde el Cielo.

Sí, el Señor se mostrará benigno y nuestra tierra dará su fruto. La justicia caminará en su presencia y dejará imprimidas en el camino sus huellas”.

Jesús añade:

Tú has visto esta hora, padre.

Y por ella has trabajado fatigosamente. Has colaborado en el cumplimiento de esta hora y el Señor te premiará por ello. Yo te lo digo»

Enjugando una lágrima de alegría que desciende lentamente por la mejilla de José.

Y sigue:

«”¡Oh, Señor, acuérdate de David y de toda su benignidad. Acuérdate de que juró al Señor: ‘Yo no entraré en mi casa, no me echaré en el lecho de mi reposo,

no concederé sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados ni quietud a mis sienes, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob…’.

¡Levántate, Señor y ven a tu reposo, Tú y el Arca de tu santidad! (María comprende la alusión y rompe a llorar).

Revístanse de justicia tus sacerdotes, regocíjense tus santos. Por amor de David, tu siervo, no nos niegues el rostro de tu Cristo.

El Señor ha jurado a David la promesa y la mantendrá: ‘Pondré en tu trono al fruto de tu seno’.

El Señor la ha elegido como morada… Yo haré florecer la potencia de David preparando una antorcha encendida para mi Cristo”. Gracias, padre mío, por Mí y por mi Madre.

Tú has sido para mí un padre justo.

Y el Eterno te ha puesto como custodio de su Cristo y de su Arca.

Tú fuiste la antorcha encendida para Él. Para con el Fruto del seno santo has tenido entrañas de caridad.

Ve en paz, padre. La Viuda no quedará desamparada. El Señor ya ha provisto a que no se quede sola.

Ve sereno a tu reposo. Yo te lo digo».

María llora con su rostro apoyado contra las cobijas (parecen mantos) que cubren este cuerpo de José que ya se está enfriando.

Jesús se prodiga aún más en confortarle, pues la respiración se ha hecho más fatigosa y la mirada ha vuelto a velarse.

«”¡Dichoso el hombre que teme al Señor y sólo se complace en sus mandamientos!… Su justicia permanecerá por los siglos de los siglos.

En medio de los hombres rectos, se alza luminoso en las tinieblas el misericordioso, el benigno, el justo… El justo será recordado eternamente… Su justicia es eterna, su potencia se elevará hasta la gloria…”.

Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a llevarte, junto con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera.

Exulte tu espíritu con estas palabras mías.

“Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo”.

Ésa es tu morada, padre mío. “Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras duras. Te cubrirá con sus alas; bajo sus plumas encontrarás amparo.

Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos nocturnos… No se acercará a ti el mal… porque ha dado orden a sus ángeles de protegerte en todos tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en las piedras. Caminarás sobre el áspid y el basilisco; hollarás al dragón y al león. Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá.

Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación; te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde ésta su Salvación”.

Y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te conforta y que pronto, ¡Oh…, pronto irá, te lo repito, a ceñirte con un abrazo divino y a llevarte consigo,

a la cabeza de todos los Patriarcas, al lugar preparado para morada del Justo de Dios que fue el padre mío bendito!

Precédeme para decirles a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo y que el Reino de los Cielos pronto les será abierto.

Ve, padre. Que mi Bendición te acompañe».

Ahora la voz de Jesús es más alta, para que pueda llegar a la mente de José, que está abismándose en las nieblas de la muerte.

El final es inminente.

El anciano respira a duras penas.

María le acaricia.

Jesús se sienta en el borde de la cama y abraza y atrae hacia sí al moribundo, el cual, exhausto, se apaga sin convulsión alguna.

Es una escena llena de paz solemne.

Jesús coloca de nuevo al Patriarca y abraza a María, que, al final, angustiada de dolor; se había acercado a Él.

Dice Jesús:

«Mi lección para todas las mujeres casadas que sienten una pena acongojante es ésta:

Imitar a María de viuda.

Y lo que Ella hizo fue unirse a Jesús.

Se equivocan los que piensan que las penas del corazón no hicieran sufrir a María.

Mi Madre sufrió, sabedlo.

Sufrió, sí, santamente – todo en Ella era santo —, mas no por ello no sufrió intensamente.

Igualmente se equivocan aquellos que piensan que María amó tibiamente a su esposo, fundándose en que José era su esposo de espíritu no de carne. NO.

María amaba intensamente a su José, al cual le había dedicado seis lustros de vida fiel.

Y José había sido para Ella un padre, un esposo, un hermano, un amigo, un protector.

Y Ella ahora se sentía sola, como un sarmiento si le talan el árbol que le servía de apoyo.

Su casa estaba como si la hubiera asestado su golpe el rayo; se dividía.

Primero era una unidad cuyos miembros se sostenían mutuamente; ahora venía a faltar el muro maestro.

Éste fue el primer golpe asestado a esa Familia…

Y fue símbolo del otro abandono, que ya estaba próximo:

el de su amado Jesús.

La voluntad del Eterno había querido que fuera esposa y Madre.

Ahora, por ésta misma voluntad, habría de experimentar la viudez y el que su Hijo la dejara.

Y María responde, entre lágrimas, con uno de esos “síes” sublimes suyos:

“Sí, Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Y ¿Qué hace en esa hora, para tener la necesaria fuerza?: se abraza a Jesús.

María, siempre, en las horas más graves de su vida, se había abrazado a Dios.

Así lo hizo en el Templo, cuando recibió la llamada al matrimonio.

Como en Nazaret, cuando fue llamada a la Maternidad.

O llorando al verse viuda.

O en Nazaret también, cuando tuvo que pasar por el suplicio de verse separada de su Hijo.

Como en el Calvario, bajo la tortura que le supuso el verme morir.

Aprended, vosotros, los que lloráis.

Aprended vosotros, que morís.

Vosotros, que para morir vivís, aprendedlo.

Tratad de merecer las mismas palabras que Yo dije a José.

Ellas serán vuestra paz en medio de la batalla de la muerte.

Aprended, vosotros, que morís, a merecer que Jesús esté a vuestro lado para confortaros.

Mas, aunque NO lo hubierais merecido, tened la osadía, de todas formas, de llamarMe para que vaya a vuestro lado.

Yo iré, llenas mis manos de gracias y consuelo, lleno mi Corazón de perdón y de Amor, llenos mis labios de palabras de absolución y de palabras de aliento.

La muerte, vivida entre mis brazos, pierde toda su parte cruda; creedlo.

Yo no puedo abolir la muerte, pero sí puedo hacérsela dulce a aquel que muere confiando en Mí.

Ya dijo Cristo, en su Cruz, por todos vosotros: “Señor, te confío mi espíritu”.

Lo dijo en su agonía pensando en la de cada uno de vosotros,

pensando en vuestros sentimientos de terror, en vuestros errores, en vuestros temores, en vuestros deseos de perdón.

Lo dijo con el corazón quebrado más que por la lanzada por la congoja, por una congoja más espiritual que física…

Para que la agonía de aquellos que mueren pensando en Él fuera dulcificada por el Señor.

Y para que el espíritu pasara de la muerte a la Vida, del dolor al gozo, para siempre.  

43 ENCONTRADO EN EL TEMPLO


43 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La disputa de Jesús con los doctores en el Templo.

“Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la Fiesta de Pascua.

Cuando Jesús cumplió los doce años, subió también con ellos a la fiesta, pues así había de ser.

Al terminar los días de la fiesta regresaron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. 

Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo ente sus parientes y conocidos, como no lo encontraron volvieron a Jerusalén en su búsqueda.

Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.

Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas. Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: 

‘Hijo, ¿Por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.’ 

ÉL les contestó: ‘¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre? 

Pero ellos no comprendieron esta respuesta.

Jesús entonces regresó con ellos llegando a Nazaret. Posteriormente siguió obedeciéndoles.

Su madre por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón.

Mientras tanto, Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia, ante Dios y ante los hombres. (Lucas 2, 41-52)

Dice Jesús:

Volvemos muy atrás en el tiempo, muy atrás.

Volvemos al Templo, donde Yo, con doce años, estoy disputando; es más, volvemos a las vías que van a Jerusalén.

Y de Jerusalén al Templo.

Observa la angustia de María al ver — una vez congregados de nuevo juntos hombres y mujeres — que Yo no estoy con José.

No levanta la voz regañando duramente a su esposo. Todas las mujeres lo habrían hecho. Lo hacéis, por motivos mucho menores, olvidándoos de que el hombre es siempre cabeza del hogar.

No obstante, el dolor que emana del rostro de María traspasa a José más de lo que pudiera hacerlo cualquier tipo de reprensión.

No se da tampoco María a escenas dramáticas.

Por motivos mucho menores, vosotras lo hacéis deseando ser notadas y compadecidas.
No obstante, su dolor contenido es tan manifiesto (se pone a temblar, palidece su rostro, sus ojos se dilatan) que conmueve más que cualquier escena de llanto y gritos.

Ya no siente ni fatiga ni hambre. ¡Y el camino había sido largo, y sin reparar fuerzas desde hacía horas!

Deja todo; deja al camastro que se estaba preparando, deja la comida que iban a distribuir. Deja todo y regresa.

Está avanzada la tarde, anochece; no importa; todos sus pasos la llevan de nuevo hacia Jerusalén.

Hace detenerse a las caravanas, a los peregrinos; pregunta.

José la sigue, la ayuda.

Un día de camino en dirección contraria, luego la angustiosa búsqueda por la Ciudad.

¿Dónde, dónde puede estar su Jesús?

Y Dios permite que Ella, durante muchas horas, no sepa dónde buscarMe.

Buscar a un niño en el Templo no era cosa juiciosa:

¿Qué iba a tener que hacer un niño en el Templo?

En el peor de los casos, si se hubiera perdido por la ciudad y llevado de sus cortos pasos, hubiera vuelto al Templo, su llorosa voz habría llamado a su mamá,

atrayendo la atención de los adultos y de los sacerdotes.

y se habrían puesto los medios para buscar a los padres fijando avisos en las puertas.

Pero no había ningún aviso.

Nadie sabía nada de este Niño en la ciudad. ¿Guapo? ¿Rubio? ¿Fuerte? ¡Hay muchos con esas características!

Demasiado poco para poder decir: “¡Lo he visto! ¡Estaba allí o allá!”.

Y vemos a María, pasados tres días, símbolo de otros tres días de futura angustia, entrando exhausta en el Templo, recorriendo patios y vestíbulos.

Nada.

Corre, corre la pobre Mamá hacia donde oye una voz de niño.

Hasta los balidos de los corderos le parecen el llanto de su Hijo buscándola.

Mas Jesús no está llorando; está enseñando.

Y he aquí que desde detrás de una barrera de personas llega a oídos de María la amada voz diciendo:

“Estas piedras trepidarán…”.

Entonces trata de abrirse paso por entre la muchedumbre…

Y lo consigue después de una gran fatiga:

Ahí está su Hijo, con los brazos abiertos, erguido entre los doctores.

María es la Virgen prudente.

Pero esta vez la congoja sobrepuja su conocimiento.

Es una presa que derriba todo lo que pilla a su paso.

Corre hacia su Hijo, lo abraza, levantándolo y bajándolo del escabel,

Y exclama:

–    “¡Oh! ¿Por qué nos has hecho esto!

Hace tres días que te estamos buscando. Tu Madre está a punto de morir de dolor, Hijo.

Tu padre está derrengado de cansancio. ¿Por qué, Jesús?”.

No se preguntan los “porqués” a Aquel que sabe, los “porqués” de su forma de actuar.

A los que han sido llamados no se les pregunta “por qué” dejan todo para seguir la voz de Dios.

Yo era Sabiduría y sabía.

Yo había “sido llamado” a una misión y la estaba cumpliendo.

Por encima del padre y de la madre de la tierra, está Dios, Padre divino.

Sus intereses son superiores a los nuestros; su amor es superior a cualquier otro.

Y esto es lo que le digo a mi Madre.

Termino de enseñar a los doctores enseñando a María, Reina de los doctores.

Y Ella no se olvidó jamás de ello.

Volvió a surgir el Sol en su corazón al tenerme de la mano, de esa mano humilde y obediente; pero mis palabras también quedaron en su corazón.

Muchos soles y muchas nubes habrían de surcar todavía el cielo durante los veintiún años que debía Yo permanecer aún en la tierra.

Mucha alegría y mucho llanto, durante veintiún años, se darán el relevo en su corazón.

Mas nunca volverá a preguntar:

–    “¿Por qué nos has hecho esto, Hijo mío?”.

¡Aprended, hombres arrogantes!

María revela:

“Y ¿POR QUÉ ME BUSCABAN?

¿NO SABEN QUE TENGO QUE ESTAR DONDE MI PADRE?

El Padre permitió mi angustia de madre; pero no me ocultó el profundo significado de las palabras de mi Hijo:

sobre el padre y la madre está Dios, el Padre Celestial.

Sus intereses y sus afectos están sobre cualquiera y se debe dejar todo para obedecer a Dios.

A sus llamadas nunca se pregunta: ¿Por qué?

Dice el Evangelio: “Ellos no comprendieron, lo que les acababa de decir.”

Yo ya lo sabía desde antes y entendí las palabras de mi Hijo.

Pero guardé silencio para no mortificar a  mi José, que no tenía la plenitud de la Gracia.

Yo era la madre de Dios; pero también debía ser mujer respetuosa para el que para mí, era un compañero amoroso y tierno protector. 

Nos amábamos profundamente con un amor santo y nuestra única preocupación era: nuestro Hijo.

En ninguna circunstancia nuestra familia tuvo grietas de ninguna especie.

Jesús es modelo de hijos, como José lo es de maridos.

Mucho fue el dolor que recibí del mundo…

Más mi Santo Hijo y mi Justo esposo, no me hicieron derramar otras lágrimas, que las motivadas por su dolor.

Aunque José era padre adoptivo, se hizo pedazos en el trabajo, para que no nos faltara nada.

Jesús aprendió de él, a ser un hombre trabajador y un buen carpintero.

José era la cabeza de nuestro hogar; su autoridad familiar era indiscutible y no obstante,

 ¡Cuánta humildad había en él!

 Jamás abusó de su poder y me convirtió en su dulce consejera.

Yo me tenía por su sierva y le atendía con amor y respeto.

Cuando quedé viuda, sufrí un agudo dolor… Porque perdí al compañero al que dediqué seis lustros de una  vida fiel.

José fue para mí, padre, esposo, hermano, amigo y protector.

Su ausencia me hizo sentir una terrible soledad y fue como si perdiera el muro principal de mi vida. .

Me sentí sola, como sarmiento arrancado de la vid y sólo hallé consuelo cuando me abracé de Jesús. 

 Dios era la fuerza que me sostenía en mis horas de dolor.

El día que fuimos a Jerusalén y al volver advertimos que no venía con nosotros…

Como todo lo compartíamos con amor, pensando solo en nuestro Hijo…

Nuestra preocupación y angustia fue muy grande, mientras lo buscábamos.

En este misterio mi Hijo quiso darnos una enseñanza sublime…

 ¿Podríais acaso  suponer que El ignoraba lo que Yo sufría? 

¡Todo lo contrario!

Porque mis lágrimas, mi búsqueda por haberlo perdido, mi intenso y crudo dolor se repercutía en su corazón…

Y durante aquellas horas tan penosas, El sacrificaba a la Divina Voluntad a su propia Mamá, a quien tanto amaba…

Para demostrarme que Yo también un día debía,

 SACRIFICAR SU MISMA VIDA AL QUERER SUPREMO.

En esta pena indecible no te olvidé, alma mía y pensando que ella te iba a servir de ejemplo,

la puse a tu disposición a fin de que también tú pudieras tener en el momento oportuno, la fuerza para sacrificar todas las cosas a la Divina Voluntad. 

Cuando lo hallamos en el Templo, la alegría volvió nuevamente a nuestro corazón,

al tomarlo nuevamente de la mano, humilde y obediente para volver a Nazaret.

El mundo se desquicia en ruinas porque se insiste en destruir la unidad familiar.

 Nuestra familia es el modelo que debéis imitar. 

42 JESÚS PERDIDO Y…


42 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La disputa de Jesús con los doctores en el Templo.

La angustia de la Madre y la respuesta del Hijo.

Veo a Jesús. Es ya un adolescente.

Lleva una túnica blanca que le llega hasta los pies; me parece que es de lino.

Encima se coloca, formando elegantes pliegues, una prenda rectangular de un color rojo pálido.

Lleva la cabeza descubierta.

Los cabellos, de una coloración más intensa que cuando lo vi de niño, le llegan hasta la mitad de las orejas.

Es un muchacho de complexión fuerte, muy alto para su edad (muy tierna aún, como refleja el rostro).

Me mira y me sonríe tendiendo las manos hacia Mí.

Su sonrisa de todas formas se asemeja ya a la que le veo de adulto: dulce y más bien seria.

Está solo.

Está apoyado en un murete de una callecita toda en subidas y bajadas, pedregosa y con una zanja que está aproximadamente en su centro.

Y que en tiempo de lluvia se transforma en arroyuelo; ahora, como el día está sereno, está seca.

Me da la impresión de estarme acercando yo también al murete y de estar mirando alrededor y hacia abajo, como está haciendo Jesús.

Veo un grupo de casas; es un grupo desordenado: unas son altas, otras, bajas; van en todos los sentidos.

Parece — haciendo una comparación muy pobre pero muy válida — un puñado de cantos blancos esparcidos sobre un terreno oscuro.

Las calles, las callejas, son como venas en medio de esa blancura.

Ora aquí, ora allá, hay árboles que descuellan por detrás de las tapias; muchos de ellos están en flor, .

Muchos otros están ya cubiertos de hojas nuevas: debe ser primavera.

A la izquierda respecto a mí que estoy mirando, se alza una voluminosa construcción, compuesta de tres niveles de terrazas cubiertas de construcciones.

Y torres y patios y pórticos;

En el centro se eleva una riquísima edificación, más alta, majestuosa, con cúpulas redondeadas, esplendorosas bajo el sol.

Como si estuvieran recubiertas de metal, cobre u oro.

El conjunto está rodeado por una muralla almenada (almenas de esta forma: M, como si fuera una fortaleza).

Una torre de mayor altura que las otras, horcada en su base sobre una vía más bien estrecha y en subida, cual severo centinela, domina netamente el vasto conjunto.

Jesús observa fijamente ese lugar.

Luego se vuelve otra vez, apoya de nuevo la espalda sobre el murete, como antes.

Y dirige su mirada hacia una pequeña colina que está frente al conjunto del Templo.

El collado sufre el asalto de las casas sólo hasta su base, luego aparece virgen.

Veo que una calle termina en ese lugar, con un arco tras el cual sólo hay un camino pavimentado con piedras cuadrangulares, irregulares y mal unidas.

No son demasiado grandes, no son como las piedras de las calzadas consulares romanas; parecen más bien las típicas piedras de las antiguas aceras de Viareggio (no sé si existen todavía),

pero colocadas sin conexión: un camino de mala muerte.

El rostro de Jesús toma un aspecto tan serio, que yo fijo mi atención buscando en este collado la causa de esta melancolía.

Pero no encuentro nada de especial; es una elevación del terreno, desnuda, nada más.

Eso sí, cuando me vuelvo, he perdido a Jesús; ya no está ahí.

Y me quedo adormilada con esta visión.

Cuando me despierto, con el recuerdo en mi corazón de lo que he visto, recobradas un poco las fuerzas y en paz, porque todos están durmiendo…

Me encuentro en un lugar que nunca antes había visto.

En él hay patios y fuentes, pórticos y casas (más bien pabellones, porque tienen más las características de pabellones que de casas).

Hay una gran muchedumbre de gente vestida al viejo uso hebreo. 

Y mucho griterío.

Me miro a mi alrededor y al hacerlo, me doy cuenta de que estoy dentro de esa construcción que Jesús estaba mirando…

Efectivamente, veo la muralla almenada que circunda el conjunto.

Y la torre centinela,

Y la imponente obra de fábrica que se yergue en el centro, pegando a la cual hay pórticos, muy bellos y amplios.

Y bajo éstos, multitud de personas ocupadas, quiénes en una cosa, quienes en otra.

Comprendo que se trata del recinto del Templo de Jerusalén.

Veo fariseos, con sus largas vestiduras ondeantes, sacerdotes vestidos de lino y con una placa de precioso material en la parte superior del pecho y de la frente.   

Y con otros reflejos brillantes esparcidos aquí o allá por los distintos indumentos, muy amplios y blancos, ceñidos a la cintura con un cinturón también de material precioso.

Luego veo a otros menos engalanados, pero que de todas formas deben pertenecer también a la casta sacerdotal.

Y que están rodeados de discípulos más jóvenes que ellos.

Comprendo que se trata de los doctores de la Ley.

Entre todos estos personajes me encuentro como perdida, porque no sé qué pinto yo ahí.

Me acerco al grupo de los doctores, donde ha comenzado una disputa teológica.

Mucha gente hace lo mismo. 

Entre los “doctores” hay un grupo capitaneado por uno llamado Gamaliel y por otro, viejo y casi ciego, que apoya a Gamaliel en la disputa.

Oigo que le llaman Hil.lel (pongo la hache porque oigo una aspiración al principio del nombre), y creo que es un maestro o pariente de Gamaliel:

Lo deduzco de la confidencia y al mismo tiempo respeto con que éste lo trata.

El grupo de Gamaliel es de mentalidad más abierta, mientras que el otro grupo, que es el más numeroso está dirigido por uno llamado Siammai…

Y adolece de esa intransigencia llena de resentimiento.

Y retrógrada, tan claramente descrita por el Evangelio.

Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos, hábil de la venida del Mesías…

Y apoyándose en la profecía de Daniel, sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas…

Contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del Templo.

Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la esclavitud de Israel ha aumentado.

Y que la paz que debía haber traído Aquél que los Profetas llamaban “Príncipe de la paz” está bien lejos de ser una realidad en el mundo.  

Y especialmente en Jerusalén, oprimida bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso dentro del recinto del Templo… 

Controlado por la Torre Antonia, que está llena de legionarios romanos, dispuestos a aplacar con la espada cualquier tumulto de independencia patria.

La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a durar.

Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que escuchan.   

Este propósito es evidente.

Del interior del nutrido grupo de fíeles se oye una tierna voz de niño:

–     Gamaliel tiene razón.

Movimiento en la gente y en el grupo de doctores…

Buscan al que acaba de interrumpir.  

De todas formas, no hace falta buscarlo, Él no se esconde.

Antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca al grupo de los “rabíes”.

Reconozco en Él a mi Jesús adolescente.

Se le ve seguro y franco.

Y sus ojos centellean llenos de inteligencia. 

Entonces le preguntan:

–    ¿Quién eres? 

–     Un hijo de Israel que ha venido a cumplir con lo que la Ley ordena.

Gusta esta respuesta intrépida y segura.

Y obtiene sonrisas de aprobación y de benevolencia.

Despierta interés el pequeño israelita.

–    ¿Cómo te llamas?

–     Jesús de Nazaret.

Y aquí acaba la benevolencia del grupo de Siammai.

Sin embargo, Gamaliel, más benigno, prosigue el diálogo junto con Hil.lel.

Es más, es Gamaliel el que con deferencia, le dice al anciano:

–     Pregúntale alguna cosa al niño.

Hil.lel pregunta:

–     ¿En qué basas tu seguridad? 

(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro)

Jesús:

–     En la profecía, que no puede errar respecto a la época. Y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su cumplimiento.

Cierto es que César nos domina.

Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas.

Tanto es así que le fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en Palestina.

De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación del Templo, para que el Mesías sea ungido.

Y se cumpla lo que conlleva la profecía para el pueblo que no lo quiso

¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de Belén de Judá?

¿Y que las profecías y las visiones, desde Jacob en adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era de Belén?

¿No os acordáis de Balaam? “Una estrella nacerá de Jacob”.

Los Sabios de Oriente, cuya pureza y Fe abría sus propios ojos y sus propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre: “Mesías”.   

Y vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo.

Siammai, con mirada maligna:

–    ¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?

Jesús:

–     Yo lo digo.

Siammai:

–     Entonces ya no existe.

¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad, de Belén y de los alrededores?

Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que “un grito se ha oído en lo alto…

Es Raquel que está llorando por sus hijos”.

Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados.

Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías.

Jesús:

–     Te equivocas, anciano.

El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al “hijo de su dolor”, la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha,

Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarlo de la más terrible de las esclavitudes.

Siammai:

–     ¿Y cómo, si lo mataron?

Jesús:

–     ¿No has leído de Elías que fue raptado por el carro de fuego?

¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo?

Él, que separó el mar ante Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra,

¿No va a haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de la crueldad del hombre?

En verdad os digo; el Cristo vive y está entre vosotros.

Y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia

La voz de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo que llena el espacio.

Sus ojos centellean aún más,.

Y con un gesto de dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha… 

Y luego los baja, como para jurar.

Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad de un hombre.

Hil.lel:

–     Niño, ¿Quién te ha enseñado estas palabras?

Jesús:

–     El Espíritu de Dios.

Yo no tengo maestro humano. Ésta es la Palabra del Señor que os habla a través de mis labios.

Hil.lel:

–     Ven aquí entre nosotros, que quiero verte de cerca.

¡Oh niño!, Para que mi esperanza se reavive en contacto con tu Fe y mi alma se ilumine con el sol de la tuya.

Y lo sientan a Jesús en un asiento alto y sin respaldo, entre Gamaliel e Hil.lel.

Y le entregan unos rollos para que los lea y los explique.

Es un examen en toda regla.

La muchedumbre se agolpa atenta.

La voz infantil de Jesús lee:

–     “Consuélate, pueblo mío. Hablad al corazón de Jerusalén, consoladla porque su esclavitud ha terminado… 

Voz de uno que grita en el desierto: preparad los caminos del Señor… Entonces se manifestará la gloria del Señor…”

Siammai:

–     Como puedes ver, nazareno, aquí se habla de una esclavitud ya terminada.

Y nosotros somos ahora más esclavos que nunca. Aquí se habla de un precursor. ¿Dónde está? Tú desvarías.

Jesús:

–     Yo te digo que tú y los que son como tú, más que los demás, necesitáis escuchar la llamada del Precursor.

Si no, no verás la gloria del Señor, ni comprenderás la palabra de Dios, porque las bajezas, las soberbias, las dobleces, te obstaculizarán ver y oír.

Siammai:

–     ¿Así le hablas a un maestro?

Jesús:

–     Así hablo y así hablaré hasta la muerte.

Porque por encima de mi propio beneficio está el interés del Señor y el amor a la Verdad, de la cual soy Hijo.

Y además te digo, rabí, que la esclavitud de que habla el Profeta, que es de la que Yo hablo; no es la que crees, como tampoco la regalidad será la que tú piensas.

Antes bien, por mérito del Mesías, el hombre será liberado de la esclavitud del Mal que lo separa de Dios.   

Y la señal del Cristo, liberados los espíritus de todo yugo, hechos súbditos del Reino eterno, signará a éstos.

Todas las naciones inclinarán su cabeza, ¡Oh, estirpe de David!, ante el Vástago de ti nacido, árbol ahora que extiende sus ramas sobre toda la Tierra y se levanta hacia el Cielo.

Y en el Cielo y en la Tierra, toda boca glorificará su Nombre y doblará su rodilla ante el Ungido de Dios, ante el Príncipe de la Paz, el Caudillo.  

Ante Aquel que, tomando de Sí mismo, embriagará a toda alma cansada y saciará toda alma hambrienta: el Santo que estipulará una alianza entre la Tierra y el Cielo. 

No como la que fue estipulada con los Padres de Israel cuando los sacó de Egipto (siguiendo considerándolos de todas formas siervos).   

Sino imprimiendo la paternidad celeste en el espíritu de los hombres, con la Gracia de nuevo infundida por los méritos del Redentor, por el cual todos los hombres buenos conocerán al Señor…

Y el Santuario de Dios no volverá a ser derruido y hollado.

Siammai:

–     ¡Pero, niño, no blasfemes!

Acuérdate de Daniel, que dice que, cuando hayan matado al Cristo, el Templo y la Ciudad serán destruidos por un pueblo y por un caudillo venidero.

¡Y tú sostienes que el Santuario de Dios no volverá a ser derribado! ¡Respeta a los Profetas!

Jesús:

–     En verdad te digo que hay Uno que está por encima de los Profetas. Y tú no lo conoces, ni lo conocerás, porque te falta el deseo de ello.

Y has de saber que todo cuanto he dicho es verdad.

No conocerá ya la muerte el Santuario verdadero.

Al igual que su Santificador, resucitará para vida eterna y al final de los días del mundo, vivirá en el Cielo.

Hil.lel:

–     Préstame atención, niño.

Ageo dice: “… Vendrá el Deseado de las gentes…

Grande será entonces la gloria de esta casa, y de esta última más que de la primera”. ¿Crees que se refiere al Santuario de que Tú hablas?

Jesús:

–     Sí, maestro.

Esto es lo que quiere decir. Tu rectitud te conduce hacia la Luz.

Y Yo te digo que, una vez consumado el Sacrificio del Cristo, recibirás paz porque eres un israelita sin malicia.

Gamaliel:

–     Dime, Jesús: ¿Cómo puede esperarse la paz de que hablan los Profetas, si tenemos en cuenta que este pueblo ha de sufrir la devastación de la guerra?

Habla y dame luz también a mí.

Jesús:

–     ¿No recuerdas, maestro, que quienes estuvieron presentes la noche del nacimiento del Cristo dijeron que las formaciones angélicas cantaron: “Paz a los hombres de buena voluntad”?

Ahora bien, este pueblo no tiene buena voluntad.

Y no gozará de paz; no reconocerá a su Rey, al Justo, al Salvador; porque lo espera como rey con poder humano, mientras que es Rey del espíritu.

Y no lo amará, puesto que el Cristo predicará lo que no le gusta a este pueblo.

Los enemigos, los que llevan carros y caballos, no serán subyugados por el Cristo…

Sí los del alma, los que doblegan para infernal dominio el corazón del hombre, creado por el Señor.

Y no es ésta la victoria que de El espera Israel.

Tu Rey vendrá, Jerusalén, sobre “la asna y el pollino”…

O sea, los justos de Israel y los gentiles.

Mas Yo os digo que el pollino le será más fiel a Él…,

Y precediendo a la asna, le crecerá en el camino de la Verdad y de la Vida.

Israel, por su voluntad, perderá la paz.

Y sufrirá en sí, durante siglos, aquello mismo que hará sufrir a su Rey al convertirlo en el Rey de Dolor de que habla Isaías.

Siammai:

–     Tu boca tiene al mismo tiempo sabor de leche y de blasfemia, nazareno.

Responde: ¿Dónde está el Precursor? ¿Cuándo lo tuvimos?

Jesús:

–     Él ya es una realidad.

¿No dice Malaquías: “Yo envío a mi ángel para que prepare delante de mí el camino; enseguida vendrá a su Templo el Dominador que buscáis y el Ángel del Testamento, anhelado por vosotros”?

Luego entonces el Precursor precede inmediatamente al Cristo.

Él es ya una realidad, como también lo es el Cristo.

Si transcurrieran años entre quien prepara los caminos al Señor y el Cristo, todos los caminos volverían a llenarse de obstáculos y a hacerse retortijados.

Esto lo sabe Dios y ha previsto que el Precursor preceda en una hora sólo al Maestro.

Cuando veáis al Precursor, podréis decir: “Comienza la Misión del Cristo”.

Y a ti te digo que el Cristo abrirá muchos ojos y muchos oídos cuando venga a estos caminos.   

Mas no vendrá a los tuyos, ni a los de los que son como tú. Vosotros le daréis muerte por la Vida que os trae.

Pero cuando más alto que este Templo, más alto que el Tabernáculo que está dentro del Santo de los Santos, más alto que la Gloria que está sostenida por los Querubines…

El Redentor ocupe su trono y su altar…

De sus numerosísimas heridas fluirán: maldición para los deicidas; vida para los gentiles.

Porque Él, ¡Oh, maestro insipiente!,…

No es, lo repito, Rey de un reino humano, sino de un Reino espiritual.

Y sus súbditos serán únicamente aquellos que por su amor sepan renovarse en el espíritu…

Y como Jonás, nacer una segunda vez, en tierras nuevas, ‘las de Dios”,

a través de la generación espiritual que tendrá lugar por Cristo, el cual dará a la Humanidad la Vida verdadera.

Siammai y sus seguidores:

–     ¡Este nazareno es Satanás!

Hil.lel y los suyos:

–     No. Este niño es un Profeta de Dios.

Quédate conmigo, Niño; así mi ancianidad transfundirá lo que sabe en tu saber… 

Y Tú serás Maestro del pueblo de Dios.

Jesús:

–     En verdad te digo que si muchos fueran como tú, Israel sanaría; mas la hora mía no ha llegado.

A mí me hablan las voces del Cielo.

Y debo recogerlas en la soledad hasta que llegue mi Hora.

Entonces hablaré, con los labios y con la sangre, a Jerusalén: 

Y correré la misma suerte que corrieron los Profetas, a quienes Jerusalén misma lapidó y les quitó la vida.

Pero sobre mi ser está el del Señor Dios, al cual Yo me someto como siervo fiel, para hacer de mí escabel de su gloria…

En espera de que Él haga del mundo escabel para los píes del Cristo.

Esperadme en mi Hora.

Estas piedras oirán de nuevo mi Voz y trepidarán cuando diga mis últimas palabras.

Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa Voz y crean en Él a través de ella.

El Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que, sin embargo, es celeste.   

Y por el cual Yo digo: “Aquí tienes a tu siervo, Señor, que ha venido a hacer tu voluntad. Consúmala, porque ardo en deseos de cumplirla”.

Y con la imagen de Jesús con su rostro inflamado de ardor espiritual elevado al cielo, con los brazos abiertos, erguido entre los atónitos doctores.  

La visión termina.