Archivos diarios: 9/01/21

128 LAS NUPCIAS ESPIRITUALES


128 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La alborada blanquea los montes y parece atenuar las escabrosidades de esta agreste ladera,

en que la única voz es la del pequeño torrente espumante de su fondo; la cual, reflejada por los montes, llenos de cuevas, emite un rumor singular.

Allí, en el lugar en que se han instalado los discípulos, no se oye sino algún que otro cauto frú-frú entre el ramaje o las hierbas:

De los primeros pájaros que se despiertan, de los últimos animales nocturnos que van a su madriguera.

Un grupo de liebres o conejos montaraces, que están royendo una mata baja de moras, huyen porque los ha asustado una piedra al caer.

Luego vuelven prudentemente, moviendo sus orejas para detectar todos los sonidos…

Y viendo que todo está en calma, regresan a su mata.

El abundante rocío lava todas las hojas y las piedras.

El bosque adquiere un intenso aroma de musgo, poleo y mejorana.

Un petirrojo baja a posarse justo en el borde de una caverna a que hace de techo una gruesa lasca salediza; moviendo la cabecita,

bien erguido sobre sus patitas de seda preparado para huir, se asoma hacia dentro, mira hacia el suelo y susurra unos «chip» «chip» interrogativos.

Y… golosos, provocados por unas migas de pan que hay en la tierra. De todas formas, no se decide a bajar sino cuando ve que le está precediendo un mirlo grande, que se acerca saltando al sesgo.

Cómico con esa actitud suya de picaruelo y perfil de viejo notario, al que para serlo completo, le faltan sólo las gafas.

Entonces baja también el petirrojo y se coloca detrás de su señoría – muy corajinosa -, que cada cierto tiempo hinca el pico amarillo en la tierra húmeda en busca de…

arqueología alimenticia, para seguir adentrándose, después de emitir un «chop» o un silbido breve realmente de granuja.

El petirrojo llena su buche con las miguitas y se queda atónito al ver que el mirlo, penetrando seguro en la caverna silenciosa…

Sale luego con una corteza de queso y la golpea una y otra vez contra una piedra para desmenuzarla y procurarse una opípara comida.

Luego el mirlo vuelve a entrar, da una ojeada y no encontrando ya nada más, emite un brioso silbido burlón y alza el vuelo, para terminar su canto en la copa de un roble que sumerge su cima en el azul matutino.

También echa a volar el petirrojo, a causa de un ruido que ha oído venir del interior de la caverna…

Y se posa sobre una ramita delgada que se mece en el vacío.

Jesús sale hasta la boca de la cueva y se pone a desmigajar un poco de pan…  

Llamando muy suavemente a los pajarillos con un silbido modulado que bien imita el gorjear de muchas avecillas.

Después se separa de la cueva y va más arriba…

Y se queda inmóvil contra una pared rocosa, para no asustar a estos amigos suyos que al poco rato descienden:

Primero el petirrojo, luego otros de distintas especies.

La inmovilidad-de Jesús o también su mirada, hace que pasado un poco de tiempo, a pocos centímetros de El, estén saltando ya los pajarillos.

Y que el petirrojo ya saciado, vuele hacia la parte alta de la roca en que está apoyado Jesús y se agarre a una delgadísima ramita de clemátide…

Y se columpie por encima de su rubia cabeza con deseos de posarse en ella o en uno de sus hombros…

La comida ha terminado.

El sol dora primero, la cima del monte; luego, las ramas más altas de los árboles…

Mientras que hacia abajo, todavía todo recibe la pálida luz del alba.

Las avecillas vuelan satisfechas, saciadas, bajo el sol.

Y cantan con la plenitud de sus pequeñas gargantas. 

Entonces Jesús dice:

–     Ahora a despertar a estos otros hijos míos.

Y desciende porque su cueva es la más alta.

Y va entrando en las distintas cuevas y llamando por su nombre a los doce, que duermen.

Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés, responden enseguida.

Mateo, Pedro y Tomás se muestran más tardos en responder.

Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, va hacia Jesús en cuanto lo ve asomarse a la entrada.

El otro primo sin embargo y con él Judas de Keriot y Juan están profundamente dormidos.

Tanto es así, que Jesús debe moverlos en su cama de hojas para que se despierten.

Juan, que ha sido el último al que Jesús ha ido a llamar, está tan profundamente dormido que no se centra bien respecto a quien es el que lo está llamando,…

Y entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, susurra:

–    «Sí, mamá, voy enseguida…».

Pero luego se da la vuelta para el otro lado…

Jesús sonríe, se sienta en el rústico jergón hecho de follaje recogido en el bosque, se inclina y da un beso en la mejilla a su Juan…

Que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús.

Se sienta como impulsado por un resorte,

y dice:

–     ¿Me necesitas? Aquí estoy.

–     No. Te he despertado como a todos.

Pero creías que era tu madre; entonces te he dado un beso, como hacen las madres.

Juan, sólo con la camisola interior, por haber utilizado como cobijas la túnica y el manto), se echa al cuello de Jesús y ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara,

diciendo:

–     ¡Tú eres mucho más que mi madre!

La he dejado por ti, lo contrario no lo haría; ella me ha traído a este mundo, Tú me has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé.

–     ¿Qué otras cosas sabes más que los otros?

–     Lo que me ha dicho el Señor en esta gruta.

Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia, pero no me importa lo que piensen.

Sé que sabes la verdad.

No iba donde Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor Eterno de la Trinidad Santísima.

Su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia.

¡La verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en esta tétrica cueva oscura, que de tantas luces se ha llenado para mí!

¡En esta fría caverna en que he ardido en un fuego que no tenía forma sensible; pero que ha entrado a mis adentros encendiéndolos con llama de dulce martirio!

¡En este antro silencioso, que me ha cantado verdades celestiales!

Lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable Misterio que es Dios…

Y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia Sí, eso, lo he tenido siempre conmigo.

Todos mis deseos, lágrimas, preguntas se han derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios.

Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la amplitud de la que aquí me has dicho, Tú, Dios Hijo. Tú, Dios como el Padre. Tú, Dios como el Espíritu Santo,

Tú, Tú que eres el perno de la Tríada… ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin Tí, amor del Padre y al Padre, faltaría el Amor, el Divino Amor.

Y la Divinidad ya no sería Trina y le faltaría el atributo más propio de Dios:

Su amor! ¡Oh, mucho tengo aquí dentro, pero es como agua que gorgotea contra un dique sin poder salir…

Y me da la impresión de que fuera a morir por lo violento y sublime de la convulsión que ha penetrado mi corazón desde que te he comprendido…

Y por nada del mundo querría verme despojado de ello… ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!

Juan sonríe y llora, agitado, de su amor encendido, abandonado sobre el pecho de Jesús, como si la llama lo dejase sin fuerzas.

Y Jesús, lleno también de amor, lo acaricia con ternura.

Juan se recobra súbitamente en un arranque de humildad,

que le hace suplicar:

–     No les digas a los otros lo que te he manifestado.

Aunque ellos también habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio.

–     Puedes estar seguro, Juan.

Ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor.

Vístete, ven, que tenemos que marcharnos.

Jesús sale y va al sendero donde ya esperan los otros.

Los rostros muestran un aspecto más venerable, más recogido…

Los ancianos parecen patriarcas, los jóvenes tienen traza de madurez, de dignidad, celada antes bajo la juventud.

Judas de Keriot  mira a Jesús con una tímida sonrisa en su rostro signado por el llanto.

Y Jesús lo acaricia al pasar.

Pedro no habla, cosa tan extraña en él, que llama la atención más que cualquier otro cambio. 

Mira atentamente a Jesús con una dignidad nueva, que parece despejarle más esa frente suya ya con entrantes; más severo esa mirada fina que antes brillaba todo de perspicacia.

Jesús lo llama a su lado y lo tiene ahí, junto a sí, en espera de Juan…

Que por fin sale, con un rostro casi ruborizado, encendido por una llama que, aun no mudando el color, es patente.

Todos lo miran.

Jesús los llama: 

–     Ven aquí, Juan, junto a mí.

Y tú, Andrés; y tú, Santiago de Zebedeo; también tú, Simón; y tú, Bartolomé.

Y Felipe y vosotros, hermanos míos y Mateo.

Judas de Simón, aquí, frente a Mí. Tomás, ven aquí. Sentaos. Tengo que hablaros.

Se sientan, apacibles como niños, todos un poco absortos en su mundo interior.

Y a pesar de todo, más atentos que nunca a Jesús.

–     ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?

Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón.

El alma, que ha sido reina estos días, le ha enseñado a la razón dos grandes virtudes:

La humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a su vez son hijas de la caridad.

Hace sólo ocho días, habríais venido a proclamar, cual hábiles niños cuyo deseo es dejar asombrados a los demás, superar a su rival;

vuestras capacidades, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora calláis.

De niños habéis pasado a adolescentes.

Y sabéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría hacerle sentirse poco al otro, quizás menos favorecido por Dios…

Y por eso no habláis.

Sois como muchachas que han dejado de ser impúberes:

Ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que os ha revelado el Misterio Nupcial de las almas con Dios.

Matrimonio místico de santa Rosa de Lima

Estas cuevas el primer día os parecieron frías, hostiles, repelentes…

Ahora las miráis como a perfumadas y luminosas cámaras nupciales.

En ellas habéis conocido a Dios.

Antes sabíais acerca de Él, pero no lo conocíais en esa intimidad que hace de dos uno.

Entre vosotros hay hombres que están casados desde hace años; otros que tuvieron sólo falaces relaciones con mujeres. 

Algunos que, por distintas causas, son castos.

Mas los castos ahora saben como los casados, lo que es el amor perfecto…

Es más, puedo decir que ninguno como quien desconoce todo apetito carnal, SABE lo que es el amor perfecto.

Porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien es puro…

Reconociendo parte de Sí mismo, Purísimo, en la criatura exenta de toda lujuria; como para compensarle por cuanto se niega por amor a Él.

En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera llevar a cabo la obra del Padre; querría teneros aquí, estar con vosotros, alejados de la gente.

Ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos.

Ya no tendríais momentos de desconcierto, o defecciones, caídas o perdidas de ritmo o vueltas atrás.

Pero no puedo. Debo continuar mi camino y también vosotros.

El Mundo nos espera, este mundo profanado y profanador que necesita maestros y redentores.

Yo os he querido dar a conocer a Dios para que lo amarais mucho más que al Mundo, el cual con todos sus afectos no vale lo que una sola sonrisa de Dios.  

San Juan de la Cruz

He querido que pudierais meditar sobre lo que es el Mundo y sobre lo que es Dios…

Para que aspirarais a lo mejor.

En este momento aspiráis sólo a Dios. ¡Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en esta aspiración!

Pero el Mundo nos espera.

E iremos a ese mundo que espera, por la santa Caridad; que, de igual modo que me ha enviado a Mí al mundo, os envía a vosotros por imperativo mío.

Pero os lo suplico, como se guarda una perla en un cofre:

Guardaos bien el tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos.

De estos días en que os habéis erguido y procurado vestiduras nuevas

Santa Catalina de Siena

Y habéis contraído esponsales con Dios… en vuestro corazón.

Como las piedras del testimonio, elevadas por los Patriarcas a recuerdo de las alianzas con Dios, conservad y custodiad estos preciosos recuerdos en vuestro corazón.

A partir de hoy ya no sois sólo los discípulos predilectos, sino que sois los apóstoles, cabezas de mi Iglesia.

De vosotros brotarán y esto siempre, todas sus jerarquías.

Seréis llamados maestros, teniendo como Maestro a vuestro Dios en su triple potencia, sabiduría y caridad.

No os he elegido porque seáis los que más lo merecéis, sino por un complejo de causas que no es necesario que conozcáis ahora.

Os he elegido en vez de a los pastores, que son mis discípulos desde mis primeros vagidos.

¿Por qué lo he hecho? Porque era lo correcto.

Entre vosotros hay galileos y judíos, instruidos y no instruidos, ricos y pobres; esto por el mundo, para que no diga que he preferido a una sola categoría…

Mas vosotros no daríais abasto a todo lo que hay que hacer, ni ahora ni en el futuro.

Quizás no todos os acordéis de un punto del Libro. Os lo recuerdo.

En el segundo libro de los Paralipómenos, capítulo 29, se narra cómo Ezequías, rey de Judá, hizo purificar el Templo.

Y cómo, una vez purificado, ordenó sacrificar por el pecado, por el reino, por el santuario y por Judá.

Y cómo luego comenzaron las ofrendas individuales…

Mas, no siendo suficientes los sacerdotes para las inmolaciones, se recurrió a los levitas, consagrados con rito más breve que el de los sacerdotes.

Esto mismo haré Yo.

Vosotros sois los sacerdotes, a quienes Yo, Pontífice eterno, he preparado larga y atentamente.

Pero no dais abasto al trabajo, cada vez mayor, de inmolación de cada hombre en particular al Señor su Dios;

Santa Rosa de Lima, ALMA VÍCTIMA Y CORREDENTORA

por lo cual asocio a vosotros a los discípulos, a los que siguen siendo, eso, discípulos:

Los que nos esperan al pie del monte, los que ya están más arriba, los que ahora se encuentran esparcidos por la tierra de Israel,

Y que llegará el momento en que lo estén por todas las partes de la Tierra.

Ellos recibirán encargos iguales, porque una es la misión; pero ante los ojos del mundo estarán encuadrados de forma distinta, no ante los ojos de Dios, que es justo.

De forma que el discípulo oculto, ignorado por los apóstoles y por sus compañeros, si vive santamente, llevando almas a Dios…

Será mayor que aquel otro apóstol, conocido; que de apóstol no tiene sino el nombre y que rebaja su dignidad de apóstol al nivel de intereses humanos.

La tarea de los apóstoles y discípulos será siempre la de los sacerdotes y levitas de Ezequías:

Practicar el culto, derribar las idolatrías, purificar los corazones y los lugares, predicar al Señor y su Palabra.

No existe tarea más santa sobre la faz de la tierra, ni tampoco dignidad más alta que la vuestra.

En el Tercer Nivel del Purgatorio, se sufre TODO el calvario de Jesús, como en el Infierno, por los propios pecados y por nuestra negativa a ser CORREDENTORES en vida…

Precisamente por esto es por lo que os dicho: “Escuchaos. Examinaos”.

¡Ay del apóstol que caiga!…

Arrastrará consigo a muchos discípulos, y a su vez éstos arrastrarán a un número aún mayor de fieles. 

Y la ruina será cada vez mayor, cual alud en movimiento o círculo que va extendiéndose cada vez más en la superficie de un lago, cuando una y otra vez lanzan piedras al mismo punto.

¿Vais a ser todos perfectos? No.

¿Va a durar el espíritu de ahora? No.

El Mundo lanzará sus tentáculos para ahogar vuestra alma.

La victoria del mundo, que es hijo de Satanás en cinco de sus partes, siervo de Satanás en otras tres partes, apático respecto a Dios en las otras dos. consiste en extinguir las luces en los corazones de los santos.

“Subamos al Calvario con la Cruz a cuestas. No dudemos. Nuestra ascensión terminará con la visión celeste del Dulcísimo Salvador.”

Defendeos por vosotros mismos contra vosotros, contra el Mundo, la Carne y el Demonio; pero, sobre todo, defendeos de vosotros mismos.

¡Alerta, hijos, contra la soberbia, la sensualidad, la doblez, la tibieza, el sopor espiritual, la avaricia!

Cuando el yo inferior hable de supuestas crueldades que le perjudican y lloriquee, imponedle silencio diciendo:

“Por un brevísimo tiempo de privación a que te someto, te procuro para siempre el banquete extático que recibí en la cueva de la montaña al terminar la luna de Sabat”.

Vamos.

Vamos a donde los demás, que en gran número me esperan.

Luego iré unas horas a Tiberíades.

Vosotros, predicándome, iréis a esperarme al pie del monte que está en el camino de Tiberíades al mar…

Os alcanzaré y subiré para predicar.

Tomad alforjas y mantos.

La estancia aquí ha terminado, la elección se ha cumplido.

127 FORJANDO SACERDOTES


127 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Las barcas de Pedro y Juan surcan las aguas serenas del lago. Van seguidas por  todas las embarcaciones de las orillas de Tiberíades.

Son muchísimas las barcas que van y vienen, tratando de alcanzar o pasar a la barca de Jesús para volverse a poner luego detrás.

Ruegos, súplicas, clamor, peticiones… se entrecruzan sobre las azules olas.

Jesús, que lleva en su barca a María y a su tía, la madre de Santiago y Tadeo, mientras que en la otra barca están María Salomé con su hijo Juan y Susana, promete, responde, bendice… incansablemente.

«Volveré, sí, os lo prometo.

Sed buenos. Recordad mis palabras para unirlas a las que en otro momento os diré. La separación será breve. No seáis egoístas, he venido también para los otros. ¡Calma, calma, que os vais a hacer daño!

Sí, oraré por vosotros, siempre me tendréis a vuestro lado. El Señor sea con vosotros. Sí, me acordaré de tus lágrimas; serás consolado. Ten esperanza, ten fe».

Así, avanzando, bendiciendo, prometiendo, la barca llega a la orilla a un poblado minúsculo: con un puñado de casas, pobres, casi abandonadas.

Jesús y los suyos ponen pie en tierra. Las barcas regresan guiadas por los peones y por Zebedeo.

Las otras hacen lo mismo, aunque muchos de los que venían bajan y quieren a toda costa seguir a Jesús; entre éstos está Isaac con los dos que le han sido confiados: José de Emáus y el arquisinagogo Timoneo.

Hay mucha gente de todas las edades.

Jesús llega al camino principal, se detiene.

Y dice:

–     Separémonos ahora.

Madre, tú con María y Salomé marchad a Nazaret. Susana puede volver a Caná. Regresaré pronto.

Ya sabéis lo que hay que hacer. ¡Que Dios sea con vosotras!

Y de su Madre se despide de forma especial, con una sonrisa plena; luego vuelve a sonreír cuando María, dando ejemplo a las otras, se arrodilla para que Jesús la bendiga.

Las mujeres que van con Alfeo de Sara y con Simón se ponen en camino hacia sus ciudades.

Jesús se vuelve hacia los restantes:

–  Os dejo. No es que os despida.

Os dejo sólo un tiempo. Me retiro con éstos a aquellos desfiladeros que veis allá. Quien me quiera esperar que se quede en esta llanura; el que no, que vuelva a su casa.

Me retiro a orar porque es la vigilia de grandes cosas. Quien ama la causa del Padre que ore unido en espíritu a mí. La paz sea con vosotros, hijos.

Isaac, ya sabes lo que debes hacer. Te bendigo, pequeño pastor.

Jesús sonríe al enjuto Isaac, ahora pastor de hombres reagrupados en torno a él.

Jesús se echa a andar dando las espaldas al lago, dirigiéndose con decisión hacia uno de los desfiladeros que hay entre las colinas que van en líneas, casi paralelas, desde el lago hacia el Oeste.

Entre las dos colinas rocosas, escabrosas, abiertas a pico como un fiordo, desciende, con no poco ruido, un torrentillo espumoso;

hacia arriba, el monte agreste, con míseras plantas que crecen en todas las direcciones  como pueden, entre piedra y piedra.

Un sendero de cabras que acomete la colina más abrupta; es precisamente el que toma Jesús.

Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india, en el más absoluto de los silencios.

Sólo cuando Jesús se detiene para que recuperen el aliento, en un lugar un poco más ancho, de este sendero que asemeja a un arañazo en la riscosa ladera intransitable.

Se miran entre sí, aunque sin hablarse.

Sus miradas dicen: « ¿Y a dónde nos lleva?».

Pero no hablan, sólo se miran y cada vez con más desconsuelo, a medida que ven que Jesús reemprende una y otra vez la marcha por la agreste garganta, llena de cuevas.

De resquebrajaduras en las peñas, de rocas por las que es difícil andar, porque además hay espinos y muchas matas en que se enzarzan los pies…

Y que aferran los vestidos por todas partes, arañan y dan en la cara.

Incluso los más jóvenes, con pesados fardos a las espaldas, han perdido el buen humor.

Finalmente Jesús se para y dice:

–      Aquí nos vamos a quedar una semana en Oración…

Para prepararos a algo muy importante.

Por eso he deseado un lugar como éste, aislado, desierto, lejos de todo tránsito de caravanas y de todo lugar habitado.

Aquí hay cuevas ya utilizadas otras veces por otros hombres; nos servirán también a nosotros.

Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco.

Tenemos pan y comida suficiente para el tiempo que vamos a estar.

Los que el año pasado estuvieron conmigo en el desierto saben cómo viví Yo; esto es un palacio respecto a aquel lugar.

Y además la estación, ya agradable, nos ahorrará las inclemencias del hielo y del sol.

Tened buen ánimo, pues.

Quizás no volvamos a estar así, todos juntos y solos.

Este tiempo que vamos a pasar aquí debe uniros, haciendo de vosotros no ya doce hombres sino una sola institución.

–     ¿No decís nada? ¿No me preguntáis nada?

Colocad en esa peña los pesos que lleváis y despeñad ese otro peso que tenéis en el corazón: vuestra humanidad.

Os he traído aquí para hablaros al espíritu, para nutriros el espíritu, para haceros espíritu.

No diré muchas palabras; ¡Muchas os he dicho ya en aproximadamente un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta.

Si tuviera que cambiaros con la palabra debería teneros diez, cien años y aun así seríais siempre imperfectos.

Ha llegado el momento de que haga uso de vosotros, pero para ello os debo formar.

Recurro a la medicina de la Oración, que es el arma por antonomasia.

Siempre he orado por vosotros, ahora quiero que seáis vosotros mismos quienes oréis.

Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer ya el modo de orar y lo que es la oración:

Coloquio de hijos con su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, cálido, confidencial, recogido, franco.

La Oración lo es todo: confesión, conocimiento de nosotros mismos, llanto por nosotros mismos, promesa a nosotros mismos y a Dios, petición a Dios; todo hecho a los pies del Padre.

No puede hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que se sea un coloso en la oración.

Y aun así, incluso los colosos se resienten de este choque y ruido del mundo en sus horas de oración.

EN NUESTRAS RODILLAS ESTÁ EL PODER. 16. Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Vosotros no sois colosos, sois pigmeos; sois sólo párvulos en el espíritu, parvos del espíritu.

Aquí alcanzaréis la edad de la razón espiritual. Lo demás vendrá después.

Por la mañana temprano, a la meridiana y al atardecer, nos reuniremos para orar juntos, con las antiguas palabras de Israel. 

Y para partir el pan.

Luego cada uno volverá a su cueva y estará en presencia de Dios y de su alma.

En presencia de cuanto os he dicho acerca de vuestra misión y en presencia de vuestras capacidades.

Medíos, escuchad, decidid. Esta será la última vez que os lo diga.

Luego tendréis que ser perfectos, hasta donde podéis, sin cansancio ni humanidad.

Luego ya no seréis Simón de Jonás o Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros.

Marchad. Cada uno solo.

Yo estaré en aquella cueva, siempre presente.

No vengáis sin serio motivo.

Tenéis que aprender a valeros por vosotros mismos y a estar solos.

Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos.

¡Ay de vosotros y ay de Mí, si no hubierais aprendido a valeros por vosotros mismos!

Dios sea con vosotros.

Judas, Juan, llevad a mi cueva, a aquélla, las provisiones; deben durar, así que las distribuiré Yo.  

Alguien objeta:

–     ¡Serán pocas!… 

–     Lo suficiente para no morir.

El vientre demasiado sacio carga el espíritu. Yo deseo elevaros, que no haceros lastre.