139 LA ORACIÓN Y EL AYUNO


139 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Haceos un corazón humilde y puro, amoroso, confiado, sincero.

Amad a Dios con el púdico amor que siente una virgen hacia su prometido.

En verdad os digo que toda alma es virgen prometida al eterno Amante, a Dios nuestro Señor…  

Esta tierra es el tiempo del noviazgo, tiempo en que el ángel custodio otorgado a cada hombre espiritual paraninfo.  

Y todas las horas y las contingencias de la vida son otras tantas doncellas que preparan el ajuar nupcial. 

La hora de su muerte es la hora de la boda, es entonces cuando viene el conocimiento, el abrazo, la fusión,

es entonces cuando, vestida ya de esposa cumplida, el alma puede alzar su velo y echarse en brazos de su Dios,

sin que por amar así a su Esposo pueda inducir a otros al escándalo.

Pero por ahora, ¡Oh, almas sacrificadas aún en el vínculo del noviazgo con Dios!   

ORACIÓN CON EL CARISMA DE PROFECÍA

Cuando queráis hablar con vuestro Prometido, entrad en la paz de vuestra casa, sobre todo en la paz de vuestra morada interior.  

Y hablad, cual ángeles de carne acompañados por sus ángeles custodios, al Rey de los ángeles.

Hablad a vuestro Padre en el secreto de vuestro corazón y de vuestra estancia interior; dejad afuera todo lo que sea mundo:

El frenesí de ser notados, de edificar; los escrúpulos de las largas oraciones sobresaturadas de palabras,

pero monótonas, tibias, mortecinas en cuanto al amor.

¡Por favor, liberaos de prevenciones cuando oréis!

En verdad, hay algunos que derrochan horas y horas repitiendo sólo con los labios un monólogo (un verdadero soliloquio porque ni siquiera el ángel custodio lo escucha,

pues en efecto es un gran rumor vano que el ángel trata de remediar abismándose en ardiente oración en favor de este hombre necio que le ha sido encomendado.

En verdad, hay algunos que no utilizarían de forma distinta esas horas ni aunque Dios se les apareciera y les dijese:

“La salud del mundo depende de que dejes esta parola sin alma para ir simplemente a sacar agua de un pozo y verterla en la tierra por amor a mí y a tus semejantes”. 

En verdad, hay algunos que consideran más valioso su monólogo que el acto cortés de recibir en modo acogedor una visita.

O que el acto caritativo de socorrer a un necesitado:

Son almas que han caído en la idolatría de la oración.

La oración es acción de amor.

Ahora bien, se puede amar tanto rezando como haciendo pan, tanto meditando como asistiendo a un enfermo,

tanto realizando un peregrinaje al Templo como atendiendo a la familia,

tanto sacrificando un cordero como sacrificando nuestros deseos -justos – de recogernos en el Señor.

Basta con que uno empape todo sí mismo y toda acción suya en el amor.

¡No tengáis miedo! El Padre ve las cosas.

El Padre comprende. El Padre escucha. El Padre concede.

¡Cuántas gracias se reciben por un solo, verdadero, perfecto suspiro de amor; cuánta abundancia, por un sacrificio íntimo hecho con amor!

No seáis como los gentiles.

Dios no necesita que le digáis lo que debe hacer “porque lo necesitáis”.

Eso pueden decírselo los paganos a sus ídolos, que no pueden comprender…  

Pero no vosotros a Dios, al verdadero, espiritual Dios que no es sólo Dios y Rey;

sino que además es vuestro Padre y sabe, antes de que se lo pidáis, de qué tenéis necesidad.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.

Porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra, a quien llame se le abrirá.

Cuando vuestro hijo os tiende su manita diciéndoos: “Padre, tengo hambre”, ¿Acaso le dais una piedra?,

¿Le dais una serpiente, si os pide un pez?

No; es más, no sólo le dais el pan y el pescado, sino que además le hacéis una caricia y lo bendecís,

pues a un padre le resulta dulce alimentar a su hijo y verlo sonreír feliz. 

Pues si vosotros, que tenéis un corazón imperfecto, sabéis dar buenos dones a vuestros hijos sólo por el amor natural, que también lo posee el animal hacia su prole…

¡Cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos concederá a quienes se lo pidan las cosas buenas y necesarias para su bien!

¡No tengáis miedo de pedir, ni tampoco de no obtener!

Pero quiero poneros en guardia contra un fácil error:

Entre los creyentes hay paganos cuya religión es un amasijo de supersticiones y fe.

Un edificio profanado en el que han echado raíces hierbas parásitas de todo tipo, hasta el punto de que éste se va desmoronando y al final se derrumba.

Son paganos de la religión verdadera, débiles en la Fe y el amor, que sienten que su fe muere cuando no se ven escuchados.

Pues bien, no hagáis como ellos.

Sucede que pedís en un momento dado, y os parece justo hacerlo.

La verdad es que para ese momento no sería injusta tampoco la gracia pedida, pero la vida no termina en ese momento y lo que es bueno hoy puede no serlo mañana. 

Pero vosotros, conociendo sólo el presente – lo cual es también una gracia de Dios – esto lo desconocéis.

Sin embargo, Dios conoce también el futuro,…

Y muchas veces no satisface una oración vuestra para ahorraros una pena mayor.

En este año de vida pública, más de una vez he oído corazones,

que referían haberse quejado de cuánto habían sufrido cuando no se habían sentido escuchados por Dios,

pero que luego habían reconocido que ello significó un bien porque la gracia en cuestión les habría impedido alcanzar posteriormente a Dios.

A otros les he oído decir y decirme a Mí -:

“Señor, ¿Por qué no respondes a mi súplica?; con todos lo haces, ¿Por qué conmigo no?”.

Y no obstante, a pesar del dolor que me producía el sufrimiento que veía,

A Pedro le negó la paternidad en su matrimonio…

He tenido que decir: “No puedo”.

Porque haber condescendido a su petición habría significado poner un estorbo a su vuelo hacia la vida perfecta.

Incluso el Padre -también a veces dice: “No puedo”

No porque no pueda cumplir inmediatamente ese acto, sino porque no quiere hacerlo, dado que conoce las consecuencias que se seguirían.

Escuchad: un niño tiene sus entrañas enfermas.

La madre llama al médico y éste dice: “Necesita ayuno absoluto”.

El niño se echa a llorar, grita, suplica, parece languidecer.

La madre, compasiva siempre, une sus lamentos a los de su hijo. 

Le parece una crueldad del médico esa prohibición absoluta, le parece que el ayuno y el llanto pueden perjudicar a su hijo…

Y a pesar de todo, el médico se muestra inexorable. 

Al final dice: “Mujer: yo sé; tú, no. ¿Quieres perder a tu hijo o que te lo salve?”.

La madre grita: “¡Quiero que viva!”.

“Pues entonces – dice el médico – no puedo conceder alimento… significaría la muerte.”

Pues bien, lo mismo dice el Padre algunas veces.

Vosotros, madres compasivas respecto a vuestro yo, no queréis oírlo llorar por no haber recibido una gracia; sin embargo,

Dios dice: “No puedo. Te perjudicaría”.

Llegará el día, o la eternidad, en que se dirá:

“¡Gracias, Dios mío, por no haber escuchado mi estupidez!”.

Lo que he dicho respecto a la oración, lo digo respecto al ayuno.

Cuando ayunéis, no pongáis aspecto melancólico, como hacen los hipócritas, que con arte deslucen su rostro para, que el mundo sepa y crea – aunque no sea verdad – que ayunan.

Estos también han recibido ya, en la alabanza del mundo, su compensación; no recibirán ninguna otra.

Vosotros, por el contrario, cuando ayunéis, poned expresión alegre, lavaos con esmero la cara para que se vea fresca y sedosa, ungíos la barba, perfumaos el pelo.  

Presentad esa sonrisa en los labios propia de quien ha comido bien:

¡Verdaderamente no hay alimento que sacie tanto como el amor!

¡Y quien ayuna con espíritu de amor, de amor se nutre!

En verdad os digo que, aunque el mundo os llame “vanidosos” o “publicanos”, vuestro Padre verá vuestro secreto heroico y os recompensará doblemente… 

Por el ayuno y por el sacrificio de no haber recibido alabanza.

Y ahora, nutrida el alma, id a dar alimento al cuerpo.

Y señalando a dos personas entre sus oyentes,

Jesús dice a sus apóstoles:

–     ‘Aquellos dos pobres que se queden con nosotros:

Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan.

La paz sea con vosotros.

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