142 LAS TAREAS DEL APOSTOLADO


142 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Es una mañana espléndida.

El aire tiene una nitidez aún más viva de la habitual.

Debido a ello, parece que las distancias se acortan o que las cosas se ven a través de un ocular, que hace nítidos incluso sus más pequeños detalles.

En este ambiente, la muchedumbre se prepara a escuchar a Jesús.

Cada día que pasa, la naturaleza se va haciendo más hermosa, cubriéndose con el vestido opulento de la plena primavera…

Que en Palestina me parece que es justamente entre Marzo y Abril,  

porque después adquiere aspecto estivo, con las mieses maduras y las hojas abundantes y completas.

Ahora está todo florido.

Desde lo alto del monte, vestido de flores incluso en los puntos aparentemente menos aptos para florecer…

Se ve la llanura, con su cimbrear de cereales todavía flexibles movidos por el viento.

Que les imprime un vaivén de ola verde claro, apenas teñida de oro pálido en los ápices de las espigas, que granan bajo sus ásperas aristas.

Por encima de este ondear de cereales al viento leve, se ven enhiestos, vestidos de pétalos, parecen numerosas enormes borlas de tocador,

O bolas de gasa blanca, o de color rosa tenuísimo, o rosa fuerte, o rojo vivo), los árboles frutales.

Recogidos, como ascetas penitentes, los olivos oran.

Y su oración se transforma en una nieve de florecillas blancas que cae, por ahora todavía incierta.

El Hermón es, en su cima, alabastro rosa que el sol besa y del que descienden dos hilos de diamante (desde aquí parecen hilos).

De ellos el astro arranca fulgores casi irreales.

Luego se hunden por debajo de las galerías verdes de los bosques y dejan de verse hasta que llegan abajo, al valle, donde forman cursos de agua, que sin duda desembocan en el lago Merón .

del que, a su vez, salen en las bellas aguas del Jordán, para hundirse nuevamente, ésta vez en el zafiro claro del mar de Galilea,

que es todo un rielar de lascas – piedras preciosas – a las que el sol hace de engaste y llama.

Parece como si las barcas de vela que surcan este lago, sereno y espléndido con su marco de jardines y campos maravillosos, estuvieran guiadas por las nubecillas ligeras que navegan en el otro mar del cielo.

Verdaderamente la creación ríe en este día de primavera, a esta hora de la mañana.

La gente va afluyendo sin interrupción.

Sube por todos los lados.

Hay ancianos, personas sanas, enfermos, niños, recién casados que quisieran comenzar su vida con la bendición de la palabra de Dios, mendigos,

gente bien situada (que llaman a lo apóstoles para darles donativos para los necesitados; y tanto buscan un lugar escondido para ello, que parece que se estuvieran confesando).

Tomás ha cogido una de las alforjas de viaje y está echando en ella tranquilamente todo este tesoro de monedas, como si fuera comida para pollos.

Luego lo lleva todo junto a la piedra desde donde Jesús habla.

Y ríe alegre diciendo:

–    ¡Mira qué bien, Maestro!

¡Hoy tienes para todos!

Jesús sonríe y dice:

–     Vamos a empezar para que inmediatamente se alegren los que están tristes.

Tú y los otros compañeros escoged a los enfermos y a los pobres y traedlos aquí delante.

Esta operación se realiza en un tiempo relativamente breve, pues se deben escuchar los casos de unos u otros.

De todas formas, duraría mucho más sin la ayuda de Tomás, que, con su potente vozarrón, encima de una piedra para que lo vean,

grita:

–     ¡Todos los que tengan padecimientos en su cuerpo que vayan a mi derecha, allí, a aquella sombra.

A Tomás lo imita Judas Iscariote – que también tiene una voz no común en cuanto a potencia y belleza, 

Y a su vez grita:

–     ¡Y todos los que crean tener derecho al óbolo que vengan aquí, alrededor de mí!

¡Y atentos a no mentir porque el ojo del Maestro lee dentro de los corazones.

La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes:

los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

Entre estos últimos, dos – luego tres – parecen necesitar algo que no es ni salud ni dinero, pero que es más necesario que estas cosas:

Son una mujer y dos hombres.

Miran, miran a los apóstoles sin atreverse a hablar.

Pasa Simón Zelote con su aspecto grave.

Pasa Pedro con su aspecto de persona atareada, exhortando a un grupo de unos diez rapacillos a que se porten bien hasta el final, prometiéndoles que si así lo hacen les dará unas aceitunas.

Pero que, si arman jaleo mientras habla el Maestro, les dará unos coscorrones.

Pasa Bartolomé, anciano y serio.

Pasa Mateo con Felipe, llevando en brazos a un tullido, el cual, si no, hubiera tenido demasiada dificultad para abrirse paso entre la apiñada muchedumbre.

Pasan los primos del Señor, ofreciendo el brazo a un mendigo casi ciego…

Y a una pobre que quién sabe cuántos años podrá tener y que llora mientras le cuenta a Santiago todas sus desventuras.

Pasa Santiago de Zebedeo llevando en brazos a una pobre niña enferma que ha tomado de su madre…

Que lo sigue angustiada, para impedir que la muchedumbre le haga daño.

Por último, pasan Andrés y Juan, quienes yo diría que son indivisibles.

Si bien Juan, con su serena naturalidad de niño santo, va por igual con todos los compañeros,

Mientras que Andrés, debido a su carácter fuertemente reservado, prefiere ir con su antiguo compañero de pesca y de fe en Juan el Bautista.

Ambos se habían quedado a la entrada de los dos senderos principales para dirigir a la muchedumbre hacia su puesto.

Pero, como ahora ya no se ven más peregrinos por las veredas pedregosas del monte, se han vuelto a reunir para ir donde el Maestro con las últimas limosnas recibidas.

Jesús está ya dedicándose a los enfermos.

Y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros.

La mujer, que parece llena de pena, por fin se decide a tirar de la túnica a Juan, que está hablando con Andrés y sonríe.

Juan se inclina hacia ella y le pregunta:

–     ¿Qué quieres, mujer?

–     Quisiera hablar con el Maestro…

–     ¿Tienes alguna dolencia?

No eres pobre…

–     Ni tengo dolencias ni soy pobre.

Pero lo necesito, porque hay enfermedades sin fiebre, como también miserias sin pobreza, y la mía… 1a mía…

Y se echa a llorar.

–     Andrés, mira…

Esta mujer lleva una pena en su corazón y querría manifestársela al Maestro; ¿Cómo podemos resolverlo?

Andrés mira a la mujer,

Y dice:

–     Claro, se tratará de algo que te duele manifestar…

La mujer asiente con la cabeza.

Andrés prosigue:

–     No llores…

Juan, preocúpate de que vaya a la parte de atrás de la tienda; yo llevaré allí al Maestro.

Juan, con su sonrisa, ruega a la gente que se abra para dejar paso.

Andrés va, en dirección contraria, hacia Jesús.

Pero los dos hombres de aspecto afligido han observado este propósito y uno detiene a Juan y el otro a Andrés…

Poco después, tanto el uno como el otro están con Juan y la mujer detrás de la pared de ramajes que protege la tienda.

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido…

El cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos.

Andrés susurra:

–     Maestro, atrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas.

Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente…  

Jesús dice:

–     Bien.

Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan Fe.

Andrés se marcha.

Mientras Jesús se inclina hacia la niña, a la que su madre ha tomado de nuevo sobre su regazo. 

Jesús pregunta:

–     ¿Cómo te llamas.

–     María.

–     ¿Y Yo cómo me llamo?

La niña responde:

–     Jesús.

–     ¿Y quién soy?

–     El Mesías del Señor, venido para curar los cuerpos y las almas.

–     ¿Quién te lo ha dicho?

–     Mi mamá y mi papá, que tienen puesta en ti la esperanza de mi vida.

–     Vive y sé buena.

La niña, que estaba enferma de la columna, pues a pesar de tener ya unos siete años, sólo movía las manos…

Y estaba toda envuelta en gruesas y duras fajas desde las axilas hasta la caderas, que se ven porque su madre ha abierto el vestidito de la niña para mostrarlas.

Permanece así como estaba, durante unos minutos…

Luego, bruscamente, desciende del regazo materno al suelo.

Y se echa a correr hasta Jesús, que ahora está curando a la mujer cuyo caso no alcanzo a entender.

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas.

Ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra. 

Jesús se dirige hacia el cobertizo.

Judas de Keriot grita:

–     ¡Maestro!, ¿Y éstos?

Jesús se vuelve y dice:

–      Que esperen ahí; también serán consolados.

Y continúa su camino, con paso veloz, hacia la parte de atrás del entramado de ramajes, donde están, con Andrés y Juan, los tres afligidos.  

Jesús indica:

–     Primero la mujer.

Ven conmigo. Entre esos matorrales.

Habla sin temor:

–     Señor, mi marido me abandona por una prostituta.

Tengo cinco hijos; el último tiene dos años. Mi dolor es grande.

Pienso en mis hijos… no sé si los querrá él o si me los dejará a mí. Querrá los varones, al menos el primero…

¿Y yo, que le he dado a luz, habré de privarme en el futuro de la alegría de verlo? ¿Qué pensarán ellos de padre y de mí?

De uno de los dos tienen que pensar mal.  No quisiera que juzgaran a su padre…

–     No llores.

Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte. Tu marido no se casará con esa mujer.

Ve en paz y sigue siendo buena.

–     Pero, ¿No lo irás a matar, no?

¡Yo lo amo, Señor!

Jesús sonríe:

–     No mataré a ninguno; eso sí, habrá alguien que actuará en lo que es su oficio.

Debes saber que el demonio no está por encima de Dios. Regresando a tu ciudad vendrás a tener noticia de que alguien mató a la criatura maléfica…

Y de un modo tal que tu marido comprenderá lo que estaba haciendo. Y su amor por ti renacerá.

La mujer besa la mano que Jesús le había puesto sobre la cabeza y se marcha.

Viene uno de los hombres.

–     Tengo una hija, Señor.

Desgraciadamente, fue a Tiberíades con unas amigas. Fue como si hubiera respirado un gas tóxico. Volvió a mí como ebria.

Quiere irse con un griego… y luego… Pero, ¿Por qué tuvo que nacer? Su madre está enferma a causa de este dolor, hasta el punto de que quizás morirá.

Sólo las palabras que te oí pronunciar el invierno pasado me disuaden de matarla. Pero – te lo confieso – mi corazón la ha maldecido ya.

–     No.

Dios, que es Padre, no maldice sino tras el pecado cumplido y obstinado.

¿Qué quieres de Mí?

–     Que la conviertas.

–     No la conozco.

Y está claro que ella no va a venir a Mí.

–     ¡Tú puedes cambiar su corazón a distancia!

¿Sabes quién me ha enviado a ti? Juana de Cusa. Llegué a su palacio en el momento en que estaba saliendo para Jerusalén, para preguntarle si conocía a ese griego infame.

Pensaba que Juana no lo conocería, porque, aunque viva en Tiberíades, es buena…

Pero, dado que Cusa trata con los gentiles…

Efectivamente no lo conocía, pero me dijo:

“Ve donde Jesús, que me llamó el espíritu desde muy lejos y al llamarme, me curó de mi enfermedad: curará también el corazón de tu hija.

Yo haré oración, tú ten fe”.

Tengo fe, ya lo ves; ¡Ten piedad, Maestro!

–     Tu hija, antes de que acabe el día, llorará sobre las rodillas de su madre.

Tú, por tu parte, sé bueno como la madre: perdona. El pasado ha muerto.

–     Sí, Maestro.

Será como Tú quieres. Bendito seas.

Se vuelve para irse…

Luego torna sobre sus pasos:

–     Perdona, Maestro, pero…

Los esclavos de la Lujuria, SON ADORADORES DE ASMODEO…

Tengo mucho miedo… ¡La lujuria es un demonio tan…!

¡Dame un hilo de tu vestido para meterlo bajo el cabezal de mi hija, para que el demonio no la tiente mientras duerme.

Jesús sonríe y menea la cabeza…

Pero, para que el hombre se quede satisfecho, da su consentimiento,

y dice:

–     De acuerdo, para que estés más tranquilo.

De todas formas, debes creer que cuando Dios dice: “quiero” el diablo se aleja sin necesidad de más cosas.

Significa que conservarás esto como recuerdo mío.

Y le da un fleco de una orla.

Viene el tercer hombre:

–     Maestro, mi padre ha muerto.

Creíamos que tenía riquezas en dinero, pero no las hemos encontrado.

E1 mal no sería grave porque entre los hermanos no nos falta el pan. Lo que sucede es que yo vivía con mi padre, porque soy el primogénito.

Y mis hermanos me acusan de haber hecho desaparecer las monedas. Y quieren proceder contra mí por ladrón.

Tú, que ves mi corazón, sabes que no he robado ni un denario. Mi padre conservaba sus denarios en un cofre, en una cajita de hierro. Cuando ha muerto hemos abierto el cofre…

Y ya no estaba la cajita.

Ellos dicen: “Esa noche, mientras dormíamos, la has robado”.

No es verdad. Ayúdame a poner paz y afecto entre nosotros.

Jesús lo mira muy fijamente,

y sonríe.

–     ¿Por qué sonríes, Maestro?

–     Porque el culpable es tu padre.

Su culpa ha sido como la de un niño que esconde su juguete por miedo a que se lo sustraigan. 

–     Pero si no era avaro.

Créeme. Hacía el bien.

–     Lo sé; pero era muy anciano…

Son las enfermedades de los ancianos… Quería conservar su dinero para vosotros… Y por excesivo amor, ha provocado un choque entre tus hermanos y tú.

La cajita está enterrada al pie de la escalera de la bodega.

Esto te lo digo para que sepas que sé las cosas. Mientras te estoy hablando, por pura casualidad tu hermano menor, golpeando airado el suelo, ha hecho quebrar la cajita y la han descubierto.

Ahora se sienten confundidos y arrepentidos por haberte acusado. Vuelve a casa sereno y sé bueno con ellos. No les recrimines nada por su falta de estima.

–     No, Señor.

Ni siquiera iré. Me quedo aquí escuchándote. Ya iré mañana.

–     ¿Y si te quitan el dinero?

–     Tú dices que no debemos ser codiciosos.

No quiero serlo. Me basta con que la paz reine entre nosotros. Por lo demás… Ni siquiera sabía cuánto dinero había en la caja.

No sentiré ningún pesar porque no me digan la verdad. Pienso que ese dinero se podría haber perdido…

Como habría vivido, viviré, si me lo niegan. Me basta con que no me llamen ladrón.

–     Estás muy avanzado en el camino de Dios.

Sigue así. La paz sea contigo.

Y también éste se va contento.

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