143 EL LIBRE ALBEDRÍO


143 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El paisaje es alpino.

Una colina solitaria entre dos valles.

La cima de la colina tiene forma de joroba de camello.

De manera que a pocos metros de la cumbre tiene un anfiteatro natural donde la voz retumba neta como en una sala de conciertos muy bien construida.

La colina está toda florida.

Debe ser el final de la primavera; los cereales de las llanuras tienden ya a dorarse y a madurar para la siega.

Al Norte, un alto monte resplandece con su nevero expuesto al sol.

Inmediatamente más abajo, al Este, el Mar de Galilea parece un espejo reducido a innumerables fragmentos cada uno de ellos, un zafiro encendido por el sol.

Deslumbra con su cabrílleo azul y oro y no se refleja en su superficie sino alguna que otra esponjosa nube que surca el purísimo cielo, o la furtiva sombra de alguna barca de vela.

Al otro lado del lago de Genesaret, un alejarse de llanuras que debido a una leve niebla al ras del suelo  por la evaporación de rocío. 

Son las primeras horas de la mañana y la hierba de la montaña tiene todavía algún diamante de rocío disperso entre sus tallitos.

Parecen continuar el lago, aunque con tonalidades casi de ópalo veteado de verde; más lejos todavía, una cadena montañosa de perfil muy caprichoso, que hace pensar en un diseño de nubes en el cielo sereno.

La gente está sentada: quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie.

El colegio apostólico está completo.

Jesús  ha vuelto con la multitud, con los pobres…

Y distribuye, según su propio criterio, los óbolos.

Ahora todos están satisfechos…  

Jesús está en pie, subido a una voluminosa piedra.

Para dirigirse a la gran muchedumbre distribuida en las laderas de la montaña.  Jesús puede hablar:

–     La paz esté con vosotros.

Si os enseño los caminos del Señor, es para que los sigáis.

¿Podéis acaso, recorrer el sendero que baja por la derecha y el que baja por la izquierda juntos?

No podéis porque, si tomáis uno, debéis dejar el otro.

Ni siquiera tratándose de dos senderos adyacentes podríais manteneros caminando siempre con un pie en cada uno.

Acabaríais cansándoos, y equivocándoos, aunque se tratara de una apuesta.

Pero es que entre el sendero de Dios y el de Satanás hay una gran distancia…

Que además cada vez se ahonda más, exactamente como sucede con esos dos senderos que terminan aquí:

A medida que van descendiendo se alejan el uno del otro; uno en dirección a Cafarnaúm, el otro en dirección a Tolemaida.

La vida es así, fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien.

En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío.

En los extremos están: en una parte, Dios en su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno.

El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.

Que no se me diga: “Pero Satanás tienta” como disculpa de bajar hacia el sendero bajo.

Dios también tienta con su amor, que es bien fuerte; con sus palabras, que son muy santas; con sus promesas, que son muy seductoras.

¿Por qué, entonces, dejarse tentar por uno sólo de los dos, y además por el que no merece ser escuchado?

Palabras, promesas, amor de Dios: ¿No son suficientes para neutralizar el veneno de Satanás?

Fijaos que ello no testifica a favor de vosotros. Una persona que tenga fuerte salud física supera con facilidad los contagios aun no siendo inmune a ellos.

Sin embargo, si uno está ya de por sí enfermo, y por tanto débil, es casi seguro que perecerá si cae en una nueva infección.

O si sobrevive, quedará más enfermo que en el estadio precedente, porque no tiene fuerza en su sangre para destruir completamente los gérmenes infecciosos. 

Pues lo mismo sucede con la parte superior.

Si una persona está moral y espiritualmente sana y fuerte, no es que esté exenta de ser tentada, creedlo, pero el mal no echará raíces en ella.

Cuando oigo a alguno que me dice: “He conocido a tal o cual persona, he leído tal o cual libro, he tratado de llevar a éste o a aquél al bien.

Pero ha sucedido que el mal que había en su mente y en su corazón, el mal que había en el libro, ha entrado en mí”, Yo concluyo:

“Lo que demuestra que ya habías creado en ti el terreno favorable para que entrase; lo que demuestra que eres una persona débil, completamente carente de nervio moral y espiritual.

Porque incluso de nuestros enemigos debemos sacar cosas buenas.

Observando sus errores debemos aprender a no caer en ellos.

El hombre inteligente no es juguete de la primera doctrina que llega a sus oídos. Quien está saturado de una doctrina no puede hacer espacio dentro de sí para otras.

Esto explica las dificultades que uno encuentra cuando trata de persuadir de seguir la verdadera Doctrina a quienes están convencidos de otras.

Pero, si me confiesas que tu pensamiento cambia al mínimo soplo del viento, veo que estás lleno de vacíos, veo que tu fortaleza espiritual está llena de fisuras.

Los diques de tu pensamiento están agrietados en mil puntos por los que salen las aguas buenas y entran las contaminadas.

Y eres tan necio y apático, que ni siquiera te das cuenta y no pones el necesario remedio. Eres un desdichado”.

Sabed elegir, pues, entre los dos senderos, el bueno; y proseguir en él, resistiendo, resistiendo, oponiendo resistencia a las seducciones de la carne, del mundo, de la ciencia y del demonio.

Las fes a medias, compromisos o pactos hechos con dos (el uno contrario al otro) dejádselos a los hombres del mundo. Ni siquiera en ellos deberían existir, si los hombres fueran honestos.

Pero, al menos vosotros, hombres de Dios, no los tengáis.

Ni con Dios ni con Satanás, podríais tenerlos; pero es que ni con vosotros mismos debéis tenerlos, porque no tendrían valor. Vuestras acciones, compuestas de bien y mal, no tendrían valor alguno.

Además, las que fueran enteramente buenas quedarían anuladas por las no buenas.

Las malas os conducirían directamente a los brazos del Enemigo. No sean, por tanto, así vuestras acciones; antes bien, sed leales en vuestro servicio.

Nadie puede servir a dos señores que piensan de forma distinta: amará a uno y odiará al otro, o viceversa.

No podéis ser, al mismo tiempo, de Dios y de Satanás. 

El espíritu de Dios no puede conciliarse con el espíritu del mundo: el uno sube, el otro baja; el uno santifica, el otro corrompe. Y, si estáis corrompidos, ¿Cómo podréis actuar con pureza?

Ya sabéis cómo se corrompió Eva, y Adán por ella.

Satanás besó los ojos de la mujer y los embrujó, de modo que todo lo que veía puro hasta ese momento para ella tomó aspecto impuro y despertó curiosidades extrañas.

Luego Satanás le besó los oídos, y se los abrió a palabras de una ciencia ignota, la suya.

También la mente de Eva quiso conocer lo que no era necesario.

Luego Satanás mostró a los ojos y la mente, despertados al Mal, aquello que antes no habían visto ni entendido, y todo en Eva quedó despertado y corrompido;

Y la Mujer fue al Hombre y le reveló su secreto.

Y persuadió a Adán de que saborease el nuevo fruto, tan hermoso para la vista, tan prohibido hasta ese momento.

Y lo besó y lo miró, con la boca y las pupilas, estando ya presente la mezquindad de Satanás.

Y la corrupción penetró en Adán, que vio. 

Y que a través de los ojos sintió el apetito de lo prohibido y lo mordió con su compañera…

Y cayó desde tanta altura al lodo.  

Cuando uno está corrompido arrastra hacia la corrupción, a menos que el otro sea un santo en el verdadero sentido de la palabra.

Atención, hombres, con la mirada, la de los ojos y la de la mente: una vez corrompidas, por fuerza corromperán lo demás.

Los ojos son faro del cuerpo; del corazón, tu pensamiento.

Si tu ojo no es puro, ten en cuenta que por la sujeción de los órganos al pensamiento los sentidos se corrompen por un pensamiento corrompido…

Todo en ti será tenebroso, seductores velos crearán impuros fantasmas en ti.

Todo es puro en quien tiene pensamiento puro, que a su vez da una mirada pura.

Entonces la luz de Dios, señora, desciende donde no encuentra el obstáculo de la carne.

Pero si por mala voluntad has educado tu ojo a torpes imágenes, todo en ti se transformará en tinieblas.

Inútilmente mirarás incluso a las cosas más santas.

En la oscuridad no serán sino tinieblas…

Y harás obras de tinieblas.   

Por tanto, hijos de Dios, tutelaos contra vosotros mismos. 

Tropezar no es malo, encariñarse con la piedra, SÍ.

Vigilaos atentamente contra todas las tentaciones.

No hay mal en el hecho de ser tentados.

El atleta se prepara para la victoria con la lucha.

El mal está en ser vencidos por falta de preparación o de atención.

Sé que todo puede servir de tentación. Sé que defenderse debilita. Sé que la lucha cansa.

De todas formas, ¡Ánimo!

Pensad en lo que conseguís por estas cosas. ¿Estaríais dispuestos a perder una eternidad de paz por una hora de placer, del tipo que sea?

¿Qué os deja el placer de la carne, del oro y del pensamiento? Nada.

¿Qué conseguís de repudiarlos?

Todo. Hablo a pecadores, porque el hombre es pecador.

Bien, decidme, de verdad: 

¿Una vez aquietado el apetito de la carne o el orgullo o la avaricia, os sentís más lozanos, contentos, seguros?

¿En el tiempo que sigue a la satisfacción del deseo – que es siempre tiempo de reflexión – verdaderamente os habéis sentido felices?

Yo no he probado este pan de la carne.

Pero respondo por vosotros: ¡NO!

Lo que habéis sentido es decaimiento, desagrado, incertidumbre, náusea, miedo, desasosiego: ése ha sido el contenido sacado a la hora transcurrida.

Ahora bien, de la misma forma que os digo: “No hagáis eso nunca” os digo también: “No seáis crueles para con los que yerran”, os lo ruego.

Recordad que todos sois hermanos, hechos de una carne y un alma.

Pensad que muchas son las causas que inducen a pecar. Sed misericordiosos para con los pecadores.

Levantadlos bondadosamente y conducidlos a Dios, mostrando que el camino que han recorrido está erizado de peligros para la carne, la mente y el espíritu.

Si hacéis esto, obtendréis un alto premio, porque el Padre que -está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno.

Por lo cual os digo… 

Este discurso es interrumpido por…

Un fuerte movimiento entre la muchedumbre, que se agolpa hacia el sendero que sube al rellano.  

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