Archivos diarios: 22/01/21

147 AMAR LA VOLUNTAD DIVINA


147 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora lo muestra erguido sobre el borde de un despeñadero.

Pedro lo ve y se lo indica a sus compañeros.

Se encaminan hacia arriba en dirección a Él. 

Varios preguntan:

–     Maestro,  ¿Por qué no has venido con nosotros?

Jesús responde:

–     Necesitaba orar.

–     Pero también tienes mucha necesidad de descansar.

–     Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos.

Y también por mí mismo.

–     ¿Por qué?

¿Es que acaso la necesitas?

–     Como los demás.

Mi fuerza se nutre de Oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere.

El Padre me ha dicho dos nombres de personas y para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración.

Jesús está muy triste.

Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél …

Y finalmente, en Judas Iscariote.

Y en él se detiene.

El apóstol lo nota y pregunta:

–     ¿Por qué me miras así?

–     No te veía a ti.

Mis ojos contemplaban otra cosa…

–     ¿Y qué es?…

–     La naturaleza del discípulo.

Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él. Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan.

Y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por Mí…

–     Esta mañana estás triste y cansado, Maestro.

Manifiesta tu pesar a quien te ama.

Es Santiago de Zebedeo el que lo invita a expresarse.

Tadeo apoya:

–     Sí, dínoslo.

Que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos.

Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.

Jesús responde:

–     Sed buenos.

Esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿Comprendes?

Abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la Voluntad de Dios. 

Tomás con tono de filósofo, exclama:

–     ¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores!

–     ¿Tú crees? No es así.

Pero… vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar.

Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios.

Descienden mientras los que dormían se van despertando en número cada vez mayor.

Los niños, alegres como gorrioncillos, ya gorjean corriendo y saltando por los prados.

Y mojándose de rocío a base de bien; tanto que se ganan algún que otro pescozón, con el correspondiente lloro.

Pero luego los niños corren hacia Jesús, que los acaricia.

Y recupera su sonrisa…

Como si reflejase en sí esas manifestaciones inocentes de alborozo.

Una niña quiere colgarle del cinturón un ramito de flores que ha cogido de los prados, «porque así es más bonita la túnica»

Y Jesús se lo consiente a pesar de que los apóstoles refunfuñen…

Es más, dice:

–     ¡Alegraos de que me quieran!

El rocío se lleva el polvo de las flores, el amor de los niños aleja las tristezas de mi corazón.

Llegan contemporáneamente donde Jesús, que viene del monte,

los peregrinos y el escriba Juan, que viene de su casa acompañado de muchos siervos cargados de canastos de pan y con aceitunas, quesos pequeños y un corderito ya asado para el Maestro.

Todo lo depositan a los pies de Jesús, el cual se ocupa de repartirlo, dando a cada uno un pan y una tajada de queso con un puñado de aceitunas.

Llegado el turno de una madre que lleva todavía al pecho a un niñito regordete que ríe con sus dientecitos de leche, le da con el pan un pedazo de cordero asado.

Y esto lo repite con otros dos o tres que le parecen necesitados de reponer fuerzas en modo especial.  

El escriba dice:

–     Es para ti, Maestro.

–     Lo probaré, no lo dudes.

Mira, el saber que tu bondad llega a muchos me mejora su sabor.

Termina el reparto.

La gente come una parte de su pan y se reserva el resto para otro momento.

Jesús bebe un poco de leche.

El escriba ha querido servírsela personalmente en una taza valiosa, vertiéndola de una garrafilla que lleva uno de los siervos (es como una pequeña orza). 

El escriba Juan. a quien ha saludado Hermas con el mismo respeto con que Juan lo ha saludado.

Y Esteban con más respeto aún.  

Dice:

–     Pero tienes que concederme la alegría de poderte escuchar. 

Jesís contesta:

–     No te lo niego.

Ven, arrímate aquí.

Y Jesús se pone junto a la pared del monte.

Empieza a hablar:

     “La voluntad de Dios nos ha retenido en este lugar porque alargar el camino ya recorrido hubiera sido lesivo contra los preceptos, con el correspondiente escándalo.

Tal cosa no debe suceder jamás hasta que no se escriba el nuevo Pacto.

Justo es santificar las fiestas y alabar al Señor en los lugares de oración, mas toda la creación puede ser lugar de oración.

Si la criatura sabe convertirla en eso con su elevación hacia el Padre. Lugar de oración fue el Arca de Noé, a la deriva sobre las olas.

Y el vientre de la ballena de Jonás; lugar de oración fue la casa del Faraón cuando José vivió en ella.

Y la tienda de Holofernes para la casta Judit.

¿Y no era, acaso, sagrado para el Señor el lugar corrompido en que, esclavo, vivía el profeta Daniel.

Sagrado por la santidad de su siervo, que santificaba el lugar, hasta el punto de merecer las altas profecías del Cristo y el Anticristo, clave de estos momentos y de los Últimos Tiempos?

Pues con mayor razón será santo este lugar que, con los colores, los perfumes, la pureza del aire, la riqueza de los cereales, las perlas del rocío, habla de Dios Padre y Creador y dice: “Creo”

Quered creer vosotros, pues de Dios damos testimonio”.

Sea, por tanto, la sinagoga de este sábado; leamos en ella las páginas eternas escritas sobre las corolas y las espigas, teniendo como sagrada lámpara el Sol.

11. Contando desde el momento en que sea abolido el sacrificio perpetuo e instalada la abominación de la desolación: mil doscientos noventa días.
12. Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días.

He nombrado a Daniel.

Os he dicho: “Sea este lugar nuestra sinagoga”.

Esto trae a la memoria el gozoso “benedicite” de los tres santos jóvenes entre las llamas del horno:

“Cielos y aguas, rocío y escarcha, hielos y nieves, fuegos y colores, luces y tinieblas, relámpagos y nubes, montes y colinas.

Todo vegetal nacido, pájaros, peces, animales todos, alabad y bendecid al Señor, junto con los hombres de humilde y santo corazón”.

Éste es el resumen de este cántico santo que tanto enseña a los humildes y santos.  

Podemos orar y merecer el Cielo en cualquier lugar.

Lo merecemos cuando hacemos la voluntad del Padre.

Hoy al amanecer se me ha hecho la observación de que, si todo viene de voluntad divina, también ésta quiere los errores de los hombres.

Es un error, un error además muy difundido.

¿Puede, acaso, un padre querer que el hijo se haga merecedor de condena? No, no puede.

Y, a pesar de ello, vemos en las familias que algunos hijos se hacen tales, incluso teniendo un padre justo que les señala el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar:

Ninguna persona recta acusará a ese padre de haber estimulado al hijo al mal.

Dios es el Padre, los hombres son los hijos. Dios señala el bien, y dice: “Mira, te pongo en esta circunstancia para tu bien”.

O también, cuando el Maligno y los hombres que le sirven procuran desgracias a los hombres, Dios dice:

“Mira, en esta hora penosa actúa así, de forma que este mal sirva para eterno bien”.

Os aconseja, pero no os fuerza.

Pues bien, entonces, si uno, aun conociendo lo que sería la voluntad de Dios, prefiere hacer todo lo contrario…

¿Se puede decir que tal cosa contraria es Voluntad de Dios? No, no se puede.

Amad la voluntad de Dios; amadla más que a la vuestra.

Y seguidla contra las seducciones y los poderes de las fuerzas del mundo, de la carne y el demonio.

También estas cosas tienen su voluntad, mas en verdad os digo que bien infeliz es quien ante ellas se doblega.

Me llamáis Mesías y Señor.

Decís que me amáis y me entonáis alabanzas. Me seguís, y tal cosa parece amor.

Y, sin embargo, en verdad os digo que no todos de entre vosotros entrarán conmigo en el Reino de los Cielos.

Incluso entre mis más próximos y antiguos discípulos habrá quien no entre, porque muchos harán su voluntad, o la de la carne, el mundo y el demonio; no la de mi Padre.

No quien me dice: “¡Señor! ¡Señor!” entrará en el Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la Voluntad del Padre mío; sólo éstos entrarán en el Reino de Dios.

Llegará un día en que Yo, quien os está hablando, tras haber sido Pastor, seré Juez.

No os confiéis ilusamente en mi aspecto actual.

Ahora mi cayado congrega a todas las almas dispersas y se muestra dulce para invitaros a venir a los pastos de la Verdad.  

Entonces, el cayado será substituido por el cetro del Juez Rey y muy distinta será mi potencia.

Entonces, separaré, no con dulzura sino con justicia inexorable, las ovejas que se alimentaron de Verdad de aquellas otras que mezclaron Verdad y Error…  

O se nutrieron sólo de Error.

Una primera vez y luego otra haré esto.

¡Ay de aquellos que entre la primera y la segunda comparecencia ante el Juez no se hayan purgado, no puedan purgarse de los venenos.

La tercera categoría no se purgará.

Ninguna pena podría purgarla. Ha querido sólo el Error. En el Error permanezca.

Muchos Carismas, especialmente el DON DE HACER MILAGROS

Pues en ese momento habrá incluso, entre éstos, quien gima:

“¿Cómo es esto, Señor? ¿No hemos profetizado en tu nombre, no hemos arrojado demonios y realizado muchos prodigios en tu nombre?”.

Pero Yo, en ese momento, muy claramente les diré: “Sí, habéis osado revestiros de mi Nombre para aparecer como no erais;

habéis querido hacer pasar por vida en Jesús vuestro satanismo.

El fruto de vuestras obras os acusa. ¿Dónde están los salvados por vosotros?

¿Dónde se cumplieron vuestras profecías? ¿A qué llevaron vuestros exorcismos? ¿Quién fue el cómplice de vuestros prodigios?

¡Oh, sí, muy potente es mi Enemigo, pero no está por encima de Mí!

Con tu Rosario Madrecita, convertido en la Red Divina de la Salvación, te entrego con cada Ave María, LAS ALMAS DE…

Os ayudó, sí, para aumentar su botín; por obra vuestra se ensanchó el círculo de los que fueron arrastrados a la herejía.

Realizasteis prodigios, sí, incluso aparentemente mayores que los de los verdaderos siervos de Dios, que no son histriones que dejan estupefactas a las muchedumbres…

Sino que son humildad y obediencia que dejan estupefactos a los ángeles.

Mis siervos verdaderos, con sus inmolaciones, no crean fantasmas, sino que los cancelan de los corazones;.

Ellos, mis verdaderos siervos, no se imponen a los hombres, sino que muestran a Dios a los corazones de los hombres;

lo único que hacen es cumplir la voluntad del Padre y llevan a otros a cumplirla (de la misma forma que una ola impulsa a la que la precede y atrae a la que la sigue), sin colocarse sobre un trono para decir:

`Mirad’. Ellos, mis siervos verdaderos, hacen lo que Yo digo, sin pensar sino en hacerlo.

Y sus obras llevan ese signo mío de paz inconfundible, de mansedumbre, de orden.

Por tanto puedo deciros: éstos son mis siervos; a vosotros no os conozco.

Alejaos de mí todos vosotros, obradores de iniquidad”.

Esto diré entonces. Tremenda palabra será. Estad atentos a no merecérosla.

Id por el camino seguro de la obediencia – aunque sea penoso – hacia la gloria del Reino de los Cielos.

Ahora gozaos vuestro reposo del sábado alabando a Dios con todo vuestro ser.

La paz sea con todos vosotros.

Y Jesús bendice a la muchedumbre antes de que ésta se disperse en busca de sombra, hablando en grupos, comentando las palabras oídas.

Con Jesús se quedan los apóstoles y el escriba Juan, que no habla pero medita profundamente, escudriñando todos los gestos de Jesús.

Concluye así el ciclo del Monte.  

146 EL ESCRIBA GENEROSO


146 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.

La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte.

Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.

Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos,

gritando:

–     ¡Paz!

¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios.

La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso.

El cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.

Ya próximo a Jesús, se postra:

La hierba florecida lo acoge y lo sumerge, cual fresca y perfumada agua.

Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria oculta tras ellas.

Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene, recuerda la presencia de un pobre ser.

La voz dice:

–     Señor, si Tú quieres puedes limpiarme.

¡Ten piedad también de mí!

Jesús responde:

–     Alza tu rostro y mírame.

El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él. Y tú crees, porque pides.

Las hierbas se agitan y se abren de nuevo.

Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba.

Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.

Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia.

O sea, sin llagas.

Donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho.

De manera que no se sabe si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz,  dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.

Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano:

–     Lo quiero. Queda limpio.

Y como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería…

Y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece…

Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. 

Sólo le siguen faltando el pelo y la barba, apareciendo escasos mechones de pelo, en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana.

La muchedumbre grita de estupor.

El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado.

Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero.

Se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal…

Y siente la nueva piel.

Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas…

Todo ha quedado curado y limpio…

El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido, llorando de alegría. 

Jesús dice:

–     No llores.

Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido.

Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación.

–     ¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!

–     Así lo harás amando mi doctrina. Ve.

La muchedumbre se ha acercado de nuevo.

Y aun guardando debida distancia, se congratula con el hombre que ha sido curado.

No falta quien siente la necesidad de arrojarle, como viático, unas monedas.

Otros le lanzan unos panes y otras provisiones.

Y uno, viendo que el vestido del leproso no es sino un harapo reducido a jirones que deja todo al descubierto,

se quita el manto, lo anuda como si fuese un pañuelo muy grande y se lo arroja al leproso,

el cual puede así taparse de forma decente.

Otro – pues la caridad es contagiosa cuando se hace en común, no resiste al deseo de procurarle las sandalias:.

Se las quita y las lanza hacia el leproso.  

Jesús pregunta al ver el gesto.

–     ¿Y tú? 

El hombre responde:

–     Estoy aquí cerca.

Puedo andar descalzo. Él tiene que recorrer mucho camino.

–     La bendición de Dios descienda sobre ti y sobre todos los que han favorecido a este hermano.

Y volviéndose hacia el sanado,

le dice:

–    Hombre: pedirás por ellos.

–     Sí, sí.

Por ellos y por ti: para que el mundo tenga fe en ti. 

–     Adiós.

Ve en paz.

El hombre anda unos metros y luego se vuelve,

y grita:

–     ¿Puedo decirle al sacerdote que Tú me has curado?

–     No hace falta.

Di solamente: “El Señor ha tenido misericordia de mí”. Dices toda la verdad y no hace falta más.

La gente se arremolina en torno al Maestro.

Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse.

Pero, entretanto, el sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado.

Los centros habitados están lejos.

De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada.

No sucede lo mismo con los apóstoles.

Y se lo comentan a Jesús.

También los discípulos ancianos están preocupados.

Hay mujeres y niños.

Y si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda.

Las estrellas no son pan, ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad.

La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas.

Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho:

–     ¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros!

Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: “El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire”,

Y se han quedado aquí.

Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más.

Se pone la tarde, después de un intenso rojo de ocaso, serena y bella.

El silencio del campo se extiende sobre todas las cosas, tras el último coro de los pájaros.

Algún frufrú del viento y luego el primer vuelo mudo de ave nocturna junto a la primera estrella y la primera rana que croa.

Los niños ya duermen.

Los adultos hablan entre sí.

De vez en cuando alguno va a donde el Maestro a pedirle alguna aclaración.

Es así que no se produce estupor cuando, por un sendero entre dos campos de trigo, se ve venir a una persona que impone por su aspecto, indumento y edad.

Le siguen algunos hombres.

Todos se vuelven a mirarlo y se lo señalan unos a otros bisbiseando.

El bisbiseo se transmite de grupo a grupo. Se aviva y se atenúa.

Los grupos más lejanos se acercan atraídos por la curiosidad.

El hombre de noble aspecto llega hasta donde Jesús, que está sentado al pie de un árbol escuchando a unos hombres…

Y lo saluda con toda reverencia.

Jesús se levanta enseguida y responde al saludo con igual respeto.

Los presentes se centran completamente en ellos.

–     Estaba en el monte.

Quizás has pensado que no tenía fe, que me iba por miedo a tener que ayunar. La verdad es que me fui por otro motivo.

Quería comportarme como hermano con los hermanos, como el hermano mayor. Quisiera manifestarte aparte lo que pienso. ¿Podrías escucharme?

A pesar de ser un escriba, no soy enemigo tuyo.

Jesús dice:

–     Vamos un poco lejos…

Y se meten entre los cereales.

–     Quería proveer de alimento a los peregrinos, así que bajé para encargar que hicieran pan para una multitud.

Respecto a la distancia estoy dentro de la Ley, porque estos campos son míos y de aquí a la cima se puede recorrer en día de sábado.

Mi intención era venir mañana con los siervos, pero he sabido que estabas aquí con la muchedumbre. Te ruego que me permitas surtir de lo necesario a la muchedumbre este sábado…

Si no, sentiría demasiado el haber renunciado a tus palabras por nada.

–     En ningún caso hubiera sido por nada, porque el Padre te habría recompensado con sus luces.

Yo por mi parte te doy las gracias. No te defraudaré. Lo único que quisiera observarte es que la gente es mucha.

–     He encargado que enciendan todos los hornos.

Incluso los que se usan para secar productos agrícolas. Conseguiré pan para todos.

–     No lo digo por eso, lo digo por la cantidad de pan…

–     No me causa problema.

El año pasado recogí mucho trigo. Y este año ya ves qué espigas. Déjame, que sé lo que hago.

¡Qué mayor seguridad para mis tierras! Y, además, Maestro… ¡El pan que me has dado hoy!… ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!…

–     Sea entonces como quieres.

Ven, vamos a decírselo a los peregrinos.

–     No. Tú lo has dicho.

–     ¿Y eres escriba?

–     Sí, lo soy.

–     Que el Señor te lleve a donde tu corazón merece.

–     Comprendo lo que no dices.

Quieres decir: a la Verdad. Porque en nosotros hay mucho error y.., y mucha mala fe.

–     ¿Quién eres?

–     Un hijo de Dios.

Ruega al Padre por mí. Adiós.

–     La paz sea contigo.

Jesús regresa lentamente hacia los suyos mientras el hombre se aleja con los siervos.  

Jesús se ve asaltado de preguntas.

–     ¿Quién era?

–    ¿Qué quería?

–    ¿Te ha dicho alguna cosa desagradable?

–    ¿Tiene algún enfermo?

–     No sé quién es.

Bueno, quiero decir, tiene buen corazón y esto me… 

Uno de la multitud dice:

–     Es Juan el escriba.

–     Bien, pues ahora lo sé por tus palabras.

Quería sencillamente ser el siervo de Dios para con los hijos de Dios. Orad por él porque mañana todos comeremos gracias a su bondad. 

Otro dice:

–     Verdaderamente es un justo. 

Uno más, comenta:

–     Sí.

Lo que no sé es cómo puede ser amigo de otros.

Otro concluye:

–     Fajado de escrúpulos y de reglas como un recién nacido.

Pero no es malo.

–     ¿Son éstas sus tierras? – preguntan muchos, que no son de la zona.

–     Sí.

Creo que el leproso era uno de sus siervos o de sus labriegos. Pero permitía que estuviera en las cercanías, e incluso creo que le daba de comer.

La crónica continúa, pero Jesús se abstrae de ello y llama a sí a los Doce,

Y les pregunta:

–     ¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad?

¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra Mí?

¡Oh, hombres de poca fe!… Id, id allí, al mullido heno y dormid.

Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad.

Paz a vosotros.

Y va a las primeras pendientes del monte.

Se sienta y se recoge en su oración.

Alza los ojos y ve el rebaño de las estrellas que abarrotan el cielo;

los baja y ve el rebaño de los que duermen echados en los prados.

Nada más.

Mas es tal la alegría que siente en su corazón, que parece transfigurarse de luz…