152 ESPÍRITU DE LA PARÁBOLA


152 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

¡Pero, dichosos vosotros por vuestros ojos que ven, por vuestros oídos que oyen, por vuestra buena voluntad!

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron.

Se consumieron en el deseo de comprender el misterio de las palabras, pero, apagada la luz de la profecía, las palabras permanecieron como carbones apagados, incluso para el santo que las había recibido.

Sólo Dios se devela a Sí Mismo.

Cuando su luz se retira, terminada su intención de iluminar el misterio, la incapacidad de comprender envuelve – como las vendas de una momia – la regia verdad de la palabra recibida.

Por esto te he dicho esta mañana: “Un día volverás a encontrar todo lo que te he dado”. Ahora no puedes retenerlo.

Pero tiempo llegará en que recibirás la luz, no sólo por un instante sino en un inseparable desposorio del Espíritu eterno con el tuyo, por lo que será infalible tu magisterio respecto a las cosas del Reino de Dios.

Y, como en ti, en tus sucesores, si viven de Dios como su único pan.

Si viven de Dios como su único pan: es una condición puesta a la infalibilidad pontificia.

Tal condición debió provocar una objeción por parte del Padre Migliorini, sacerdote que revisaba y escribía a máquina los escritos de María Valtorta, quien le especificó la nota aclaratoria de Jesús al respecto:

“Es cierto que la existencia de la infalibilidad papal en cosas de espíritu, en cualquier Vicario mío, prescindiendo de su forma de vida y posesión de virtud, es verdad definida.

Pero es también cierto que no podréis encontrar un dogma definido y proclamado por Papas privados – notoriamente o no – de mi Gracia.

El alma privada de la Gracia no puede tener como amigo al Espíritu Santo. […] Descansad, por tanto, en esta certeza:

que los dogmas son verdaderos, que la infalibilidad existe, porque Yo no concedo dogmas a quien no lo mereciera.

Y esto estaba incluido en la frase que ha suscitado la objeción”.

E1 mismo concepto está presente en las palabras de Jesús al apóstol Santiago de Alfeo: Dios dará la Luz según los grados que tengáis.

Dios no os dejará sin la Luz, a menos que la Gracia no quede apagada en vosotros por el pecado”

Escuchad ahora el espíritu de la parábola.

Tenemos cuatro tipos de campos: los fértiles, los espinosos, los pedregosos y los que están llenos de senderos.

Tenemos también cuatro tipos de espíritus.

Por una parte están los espíritus honestos, los espíritus de buena voluntad, preparados por esta misma buena voluntad y por la obra buena de un apóstol, de un “verdadero” apóstol.

Porque hay apóstoles que tienen el nombre pero no el espíritu de apóstoles:

Su efecto sobre las voluntades que se están formando es más mortífero que los propios pájaros, espinos y piedras:

Con sus intransigencias, prisas, reprensiones y amenazas,  trastocan todo de tal forma, que alejan para siempre de Dios.

Hay otros que al contrario, por regar continuamente benevolencia desfasada, ajan la semilla en un terreno demasiado blando.

Enervan, con su enervamiento, las almas que están bajo su custodia.

Mas refirámonos a los verdaderos apóstoles, es decir, a los espejos límpidos de Dios:

Son paternos, misericordiosos, pacientes y al mismo tiempo, fuertes como su Señor. 

Pues bien, los espíritus preparados por éstos y por la propia voluntad, se pueden comparar a los campos fértiles,

exentos de piedras y zarzas, limpios de malas hierbas y cizaña. 

En ellos prospera la palabra de Dios; cada palabra – una semilla – produce una macolla y luego espigas maduras.  

Y da en unos casos el cien, en otros el sesenta, en otros el treinta por ciento.

¿Entre los que me siguen hay de éstos? Sin duda.

Y serán santos.

Los hay de todas las castas, de todos los países,

incluso gentiles hay que darán también el cien por ciento por su buena voluntad; por ella únicamente.

O también, además de por ella, por la de un apóstol o discípulo que me los prepara. 

Los campos espinosos son aquellos en que la indolencia ha dejado penetrar espinosas marañas de intereses personales que ahogan la buena semilla. 

Es necesaria siempre una vigilancia sobre uno mismo; siempre, siempre…

Nunca decir: “¡Ya estoy formado, he recibido ya la semilla, puedo estar tranquilo porque daré semilla de vida eterna!”.   

Es necesaria siempre una vigilancia:

La lucha entre el Bien y el Mal es continua.

¿Alguna vez os habéis parado a observar una colonia de hormigas que se establece en una casa?

Ya se las ve junto al hogar.

La mujer ya no vuelve a dejar alimentos allí sino que los pone encima de la mesa.

Mas el olfato de las hormigas examina el aire y asaltan la mesa.  

La mujer pone los alimentos en el aparador, pero ellas pasan adentro a través de la cerradura.

Entonces la mujer cuelga del techo esos alimentos, pero las hormigas recorren un largo camino por paredes y viguetas, bajan por la cuerda y comen.

Entonces la mujer las quema, las envenena…

Y se queda tranquila creyendo que las ha destruido.

¡Ah, si no vigila, qué sorpresa!

Ya salen las otras nuevas que han nacido… y vuelta a empezar.

Esto durante el tiempo que dura la vida.

Es necesario vigilarse para extirpar las plantas malas desde el primer momento en que aparecen. 

Si no, harán un techo de zarzas y ahogarán el trigo.

Los cuidados mundanos, el engaño de las riquezas, crean la maraña…

Ahogan la planta de la semilla de Dios y no dejan que llegue a hacerse espiga.

¿Y las tierras pedregosas?… ¡Cuántas hay en Israel!…

Son las que pertenecen a los “hijos de las leyes” como muy acertadamente ha dicho mi hermano Judas.

Estas tierras no tienen la piedra única del Testimonio.

No la piedra de la Ley, sino el pedregal de las pequeñas, pobres, humanas leyes creadas por los hombres…

Muchas, tantas, que con su peso han reducido a lascas incluso la piedra de la Ley.

Se trata de un deterioro que impide completamente la radicación de las semillas.

La raíz no tiene ya alimento. No hay tierra, no hay sustancia. 

El agua, estancándose sobre el suelo de piedras, pudre.

el sol se pone al rojo en esas piedras y quema las plantas tiernas.

Son los espíritus de los que en lugar de la sencilla doctrina de Dios, ponen complicadas doctrinas humanas.

Reciben mi palabra hasta incluso con alegría; momentáneamente se sienten impresionados y seducidos por ella; pero luego…

Sería necesario tener el heroísmo de trabajar duro para limpiar el campo, el espíritu y la mente,

de todo el pedregal de los oradores vacíos.

Entonces la semilla echaría raíz y se haría una fuerte macolla.

Sin embargo, así no es.

NADA.

Es suficiente un temor a represalias humanas, es suficiente la reflexión:

“¿Y luego?, ¿Qué respuesta voy a recibir de los poderosos?”,…

Para que la pobre semilla, carente de alimento, languidezca.

Es suficiente con que todo el pedregal se remueva, con el sonido vano de los centenares de preceptos que han reemplazado al Precepto,

para que el hombre perezca con la semilla recibida…

Israel está lleno de ello.

Esto explica por qué el ir a Dios está en razón inversa del poder humano.

Por último, las tierras surcadas de caminos, polvorientas, desnudas. 

Las de los mundanos, las de los egoístas.

Su comodidad es su ley; su fin, gozar.

No trabajar, sino vivir en la indolencia, reír, comer…

En ellos reina el espíritu del mundo.

El polvo de la mundanidad recubre el terreno y éste se hace arenoso.

Los pájaros o sea, el producto de su molicie,

se lanzan hacia esos mil senderos que han sido abiertos para hacer más fácil la vida.

Luego el espíritu del mundo o sea, el Maligno…

Picotea y destruye todas las semillas caídas en este terreno abierto a toda sensualidad y ligereza.

¿Habéis comprendido?

¿Tenéis algo más que preguntar? ¿No?

Pues entonces podemos retirarnos a descansar para salir mañana para Cafarnaúm.

Tengo que visitar todavía un lugar antes de emprender el viaje hacia Jerusalén para la Pascua.  

Judas de Keriot pregunta:

–     ¿Vamos a pasar otra vez por Arimatea? 

–     No es seguro. Según que los…

Llaman enérgicamente a la puerta.  

Pedro se levanta para ir a abrir…

Y dice:

–     ¿Quién podrá ser a esta hora?…  

Son las…

Se presenta Juan.

Agitado, lleno de polvo, con claros signos de llanto en su rostro. 

Y todos gritan:

–     ¿Tú aquí?

–    ¿Pero qué ha pasado?

Jesús, que se ha puesto en pie,

se limita a decir:

–     ¿Dónde está mi Madre?

Juan, dando unos pasos y yendo a arrodillarse a los pies de su Maestro.

Tendiendo los brazos hacia delante como pidiendo ayuda,  dice:

–     Tu Madre está bien.

Pero llorando como yo, como muchos otros.   

Te ruega que no vayas donde Ella siguiendo el curso del Jordán por la parte nuestra.

Me ha hecho regresar por este motivo, porque…

Porque Juan, tu primo, ha sido apresado..

Y Juan llora…

Mientras entre los presentes se forma un gran alboroto.  

Jesús se pone muy pálido, pero no se agita.

Solamente dice:

–     Levántate y habla.

–     Iba hacia abajo con la Madre y las mujeres.

También estaban con nosotros Isaac y Timoneo. Tres mujeres y tres hombres. Cumplí tu orden de conducir a María donde Juan…

¡Ah, sabías que era el último adiós… que debía ser el último adiós!.

La tormenta de hace unos días nos obligó a detenernos unas horas.

Pocas pero suficientes para que Juan no pudiera ya ver a María…

Llegamos a la hora sexta.

Él había sido capturado poco antes del alba. 

Todos preguntan, todos quieren saber.

–     ¿Dónde?

–     ¿Cómo?

–     ¿Quién? 

–     ¿En su cueva?

–     Lo han traicionado…

¡El que lo ha hecho ha usado tu Nombre para traicionarlo! 

Todos gritan:

–     ¡Qué horror! 

–     ¿Quién habrá sido? 

Juan, estremeciéndose, manifestando levemente este horror que ni siquiera el aire debería oír.

Declara:

–     Un discípulo suyo…

El alboroto se hace máximo:

Quién maldice, quién llora, quién está estupefacto, como estatuario.

Juan se echa al cuello de Jesús,

y grita:

–     ¡Tengo miedo por Tí!.

¡Por Tí!, ¡Por Tí! Los traidores acompañan a los santos y por oro se venden.

Por oro y por miedo a los poderosos, por sed de premio, por… por obediencia a Satanás.

¡Por mil cosas!, ¡Por mil! ¡Oh! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué dolor! ¡Mi primer maestro! ¡Mi Juan! ¡Tú me has si-do dado por él! 

Jesús está muy pálido, pero responde con calma:

–     ¡Tranquilo!

¡Tranquilo! No me sucederá nada por ahora.

–     ¿Y después?

¿Y después? Me miro… Miro a éstos… Tengo miedo de todos, incluso de mí mismo. Estará entre nosotros tu Traidor…  

Pedro grita:

–     ¿Pero estás loco?

¡Lo haríamos trizas! 

Y Judas de Keriot:

–     ¡Loco de verdad!

No seré yo jamás ése. Pero, si me sintiera debilitado hasta el punto de poderlo ser, me quitaría la vida: sería mejor que ser deicida.

Jesús se libera del abrazo de Juan y zarandea rudamente a Judas,

diciendo: 

–     ¡No blasfemes!

Nada te podrá debilitar, si tú no quieres.

Y si así sucediera, llora. Y no cometas otro delito además del deicidio.

Se hace débil quien por sí mismo, se vacía de Dios.

Luego vuelve donde Juan, que está llorando con la cabeza apoyada sobre la mesa,

y dice:

–     Habla con orden.

Yo también estoy sufriendo. Era mi propia sangre y además mi Precursor. 

Juan responde muy afligido:

–     Sólo he visto a los discípulos, a una parte de ellos…

Consternados y enfurecidos contra el traidor.

Los otros habían acompañado a Juan hacia la prisión para estar junto a él en la hora de la muerte.

Simón Zelote dice:

–     Pero todavía no ha muerto…

La otra vez pudo huir.

Pues estima mucho a Juan y queriendo consolar.

Juan responde:

–     No ha muerto todavía, pero morirá. 

Jesús confirma:

–     Sí. Morirá.

Él lo sabe y Yo también. Nada ni nadie lo salvará esta vez.

¿Cuándo? No lo sé. Sé que no saldrá vivo de las manos de Herodes.

–     Sí, de Herodes.

Escucha. Juan fue hacia esa hoz por donde pasamos también nosotros regresando a Galilea, entre el Ebal y el Garizim, porque el traidor le había dicho:

“El Mesías ha sido agredido por unos enemigos y está muriendo. Quiere verte para confiarte un secreto”.

Y Juan fue, con el traidor y con algún otro.

Acechaban en la hoz los soldados de Herodes.

Y lo prendieron.

Los otros huyeron y llevaron la noticia a los discípulos que se habían quedado cerca de Enón.

Acababan de llegar, cuando me presenté yo con la Madre.

Lo que es horrible es que era uno de nuestras ciudades…

Y que a la cabeza del complot preparado para apresarlo estaban los fariseos de Cafarnaúm.

Habían ido a verlo diciendo que Tú habías estado en su casa y que de allí partías para Judea…

No habría abandonado su refugio sino por Tí…

Un silencio sepulcral, sigue a la narración de Juan.

Jesús parece desangrado, con los ojos de un color azul oscurísimo y como empañados.

Tiene la cabeza agachada, la mano – recorrida por un ligero temblor – en el hombro de Juan.

Ninguno se atreve a hablar.

Jesús rompe el silencio:

–     Iremos a Judea por otro camino.

Pero mañana tengo que ir a Cafarnaúm.

Lo antes posible. Descansad.

Voy a subir por entre los olivos. Necesito estar solo. 

Y sale sin decir nada más.

Santiago de Alfeo, musita:

–     Sin duda va allí a llorar.   

Tadeo añade:

–    Sigámoslo, hermano. 

Zelote aconseja: 

–     No. Dejadlo llorar. 

Vayamos sólo a la escucha, caminando despacio, porque temo asechanzas por todas partes.   

Pedro dice:

–     Sí. Vamos.

Los pescadores siguiendo la orilla así, si alguien viene por el lago lo veremos.

Y vosotros por los olivos.

Estará sin du en su sitio de costumbre, junto al nogal.

Al alba prepararemos las barcas para salir temprano.

¡Esas serpientes!

¡Ya lo decía yo! Pero… ¡Di, muchacho!, ¿La Madre está verdaderamente a salvo?

–    ¡Sí, sí; se han quedado con Ella también los pastores discípulos de Juan!

¡Andrés… no volveremos a ver a nuestro Juan!

–     ¡Calla! ¡Calla!

Me parece el canto del cuco… Uno precede al otro y…y…  

Pedro grita enfurecido:

–     ¡Por el Arca santa!

¡Callad! ¡Si seguís hablando de desgracias respecto al Maestro, empiezo por vosotros a haceros probar el sabor de mi remo en los lomos!

Y volviéndose hacia los que van a estar entre los olivos,

ordena:

Vosotros coged garrotes, ramas gordas… allí hay, en la leñera.

Diseminaos armados. El primero que se acerque a Jesús para causarle daño es hombre muerto.  

Felipe exclama:

–     ¡Discípulos!

¡Discípulos! ¡Hay que ser cautos con los nuevos! 

Elías el nuevo discípulo se siente herido y pregunta:

–     ¿Dudas de mí?

Él me ha elegido y me ha llamado.

–     No lo digo por ti.

Lo digo por los que son escribas y fariseos y de sus adoradores.

De ahí vendrá la ruina, creedlo.

Salen y se diseminan en las barcas o entre los olivos de las colinas… Y todo termina. 

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