155 UN CRIMEN PASIONAL


155 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Todos los apóstoles están alrededor de Jesús.

Sentados sobre la hierba, bajo el fresco de las copas de los árboles, cerca de un río.

Comen pan y queso.

Y beben agua del río, que es fresca y clara.

Han recorrido un largo camino y han hecho una pausa para recuperar fuerzas.

En cuanto pasa la hora más calurosa, el Incansable Caminante, se pone de pie,

y dice:

–    ¡Vámonos!

Avanzan hasta llegar a un crucero de cuatro caminos.

Y Jesús toma decidido el que va al noroeste.

Pedro pregunta:

–     ¿Regresamos a Cafarnaúm?

Jesús contesta:

–    No.

Pedro insiste, porque quiere saber:

–     ¿Entonces a Tiberíades?

–     Tampoco.

–     Este camino va hacia el Mar de Galilea…

Allá está Tiberiádes…

y Allí, Cafarnaúm…

Jesús lo mira con el rostro medio serio, para calmar la curiosidad de Pedro.

Diciendo:

–     Y también está Mágdala.

Pedro se escandaliza…

Definitivamente el lugar tiene mala fama:

–     ¡A Mágdala!… ¡Oh!…

Jesús confirma:

–     A Mágdala.

Sí. A ¡Mágdala! ¿Te sientes demasiado honesto para entrar?

Lupanar en Pompeya

¡Pedro!… ¡Pedro!…

Por amor mío, deberás entrar no en una ciudad de diversión; sino en verdaderos lupanares.

Cristo no ha venido a salvar a los que ya están salvados. Sino a salvar a los perdidos…

Y tú… tú serás ‘Piedra’ y no Simón… Y por esto, ‘Cefas’. ¿Tienes miedo de contaminarte? ¡NO!

¡Ni siquiera éste! –y señala al joven Juan- ¡Ni siquiera éste recibirá daño! Porque él no quiere…

Como tú no quieres. Cómo no quiere tu hermano y el hermano de Juan…

Cómo no quiere ninguno de vosotros por ahora. Mientras no se quiere, no viene el Mal.

Pero es necesario no querer; fuerte y constantemente.

Fuerza y constancia se obtienen del Padre, si se ora con rectitud de propósito.

No todos sabréis rogar siempre así…

¿Qué estás diciendo, Judas?…  No te fíes mucho de ti mismo…

Yo Soy el Mesías y ruego constantemente, para tener fuerzas contra Satanás.

¿Acaso puedes más tú que Yo?

El orgullo es una rendija por donde Satanás penetra.

Vigila y sé humilde, Judas…

Jesús se vuelve hacia su apóstol convertido,

y añade:

–    Mateo, tú que eres muy práctico del lugar, dime:

¿Es mejor entrar por este camino o hay otro?

Mateo contesta:

–   Según, Maestro…

Si quieres ir a la Mágdala de los pescadores y de los pobres, el camino es éste.

Por aquí se entra al barrio.

Pero como quiero darte una respuesta amplia:

Si quieres ir a donde están los ricos, hay que dejar este camino.

Tomar otro que está como a cien metros de aquí, porque las casas de los ricos están casi a esta altura.

Entonces hay que regresar…

Jesús confirma:

–    Regresaremos.

Porque es a la Mágdala de los ricos, a dónde quiero entrar.

Con el Carisma de la lectura de los corazones…

¿Qué dijiste, Judas?…

Judas responde:

–    ¡Nada, Maestro!

Es la segunda vez que me lo preguntas en poco tiempo. Yo no he dicho nada.

–    Con los labios, no.

Has hablado dentro de tu corazón.

Has platicado con tu huésped, en tu corazón. No es necesario tener a otra persona con quién hablar.

Nos decimos a nosotros mismos, muchas palabras.

Pero no hay que murmurar ni calumniar siquiera con nuestro propio ‘yo’.

Judas con posesión demoníaca perfecta y ¡Oh! cuánto sufrimiento para Jesús, qué cómo Dios, NADA ignora…

El grupo sigue caminando, ahora en silencio.

La calle está pavimentada con piedras rectangulares.

Las casas son ricas y bellas, rodeadas de huertos y hermosos jardines.

Es una ciudad de recreo.

Los ricos palestinenses están mezclados con los romanos y gente poderosa y opulenta de otros lugares.

Son hermosas mansiones, de funcionarios de la corte o ricos mercaderes…

Que envían a Roma las cosas más preciosas que produce Palestina.

Jesús se adentra, como quien sabe a dónde va.

Costea el lago, en cuya ribera están las casas más lujosas y magníficas…

Avanzan por una magnífica calzada, hasta llegar a una de las más regias y señoriales.

Entonces, gritos de llanto se oyen en una grandiosa villa.

Son de niños y de mujeres.

Una angustiada voz femenina rompe el aire:

–    ¡Hijo! ¡Hijo!

Jesús se vuelve y mira a sus discípulos.

Judas se adelanta.

Jesús ordena:

–    Tú, no.

Tú Mateo. Ve a preguntar.

Mateo va casi corriendo y regresa rápido.

Dice jadeante:

–    Una pelea, Maestro.

Un hombre está agonizando… Es un judío.

El que lo hirió, escapó. Era romano.

Han acudido a la casa, la madre y la esposa con los pequeños hijos, pues la vida se le escapa junto con la sangre…

Jesús dice:

–    Vamos.

Mateo previene a Jesús:

–     Maestro…

Esto ha sucedido en la casa de una mujer que no es la esposa.

–    Vayamos.

Entran por un gran portón, hasta el atrium.

Las columnas están cubiertas de plantas verdes que están en grandes macetas, formando conjuntos con

las estatuas y objetos enchapados.

Hay una fuente y un gran jardín, que hacen una hermosa combinación de sol e invernadero.

En una habitación contigua, hay mujeres que están llorando.

Jesús entra, pero no da su saludo.

Entre los hombres presentes hay un mercader que lo reconoce y al verlo,

exclama:

–   ¡El Rabí de Nazareth!

Y se inclina profundamente, saludándolo con respeto.

Jesús le contesta:

–    José, ¿Qué ha sucedido?

–    Maestro…

Una puñalada en el corazón. Se está muriendo…

Una mujer de cabello gris y despeinada, está arrodillada junto al moribundo.

Le sostiene la mano con ojos enloquecidos por el dolor.

Al oír a Jesús, se levanta y con su mano temblorosa, señalando hacia una esquina de la habitación:

Acusa gritando:

–    ¡Por esa!…

¡Por esa!… Esa me lo embrujó…

Tenía madre. Tenía esposa. Tenía hijos… ¡El Infierno debe estar en ti, Satanás!

Jesús vuelve la cabeza y mira en la dirección señalada. 

Y ve en el rincón, contra una pared de color rojo oscuro… 

A María de Mágdala, más provocativa que nunca…

Y hermosísima…

Trae una fina falda en artísticos pliegues, de una gasa pesada y muy delicada, como de seda color marfil. 

Que revela más que cubrir:

Unas piernas largas, blancas como de alabastro, que son como columnas exquisitamente torneadas.

Su breve cintura, está ceñida con un cinturón de filigrana de oro y piedras preciosas, rematado en una hebilla que parece una mariposa.

De la cintura para arriba, lleva una especie de redecilla hexagonal, tejida con perlas y sostenida a su largo cuello, por una fina cadena de oro.

Su delicado traje, realmente no deja nada a la imaginación…

Su cuerpo perfecto y magnífico, luce una belleza deslumbrante y seductora.

Aún más que si estuviera totalmente desnuda.

Su larga y abundante cabellera rubia, está sostenida por un regio y elaborado peinado, con broches de perlas y rubíes.

Jesús la mira con severidad, pero no dice nada.

La ignora totalmente como mujer.

María, humillada con la indiferencia…

Se yergue más altiva que nunca.

Ella, que un momento antes parecía aniquilada, levanta su rostro hermoso y desafiante.

Con sus bellísimos ojos negros, llenos de ardiente deseo y refulgentes de confianza en sí misma.

Mira con inmensa coquetería a Jesús…

Admirando descaradamente su perfecta belleza masculina… 

Maniféstándolo abiertamente con su mirada cargada de deseo…

Y le sonríe con sus labios voluptuosos.

En una silenciosa y apasionada invitación…

Entonces Jesús, hace todavía más severa su mirada…

A continuación baja los ojos.

Y dice a la madre:

–    Mujer, no maldigas.

Respóndeme, ¿Por qué tu hijo estaba en esta casa?  

La mujer responde entrecortada por los sollozos, por el dolor y la impotencia…

Y clama angustiada:

–    Ya te lo dije.

Porque ella lo había vuelto loco. Esa… 

Jesús es terminante: 

–    ¡Silencio!…

También él estaba cometiendo, un pecado de adulterio.

Los esclavos de la Lujuria, son adoradores de ASMODEO…

Y era un padre indigno de estos inocentes… 

Merece pues su castigo; en ésta y en la otra vida.

No hay misericordia para quien no se arrepiente…

 Tengo compasión de tu dolor, mujer. 

Entonces Jesús señalando a la esposa quebrantada por la traición, por el sufrimiento y el llanto de los niños que la acompañan…

Finaliza:

–     Y de estos inocentes.   

¿Está lejos tu casa?

–    A unos cien metros.  

Jesús se vuelve hacia los hombres presentes,

Y ordena:

–   Levantadlo y llevadlo hacia allá.

José el mercader contesta:

–   No es posible, Maestro.

Tiene los estertores finales, está muriendo ya.

–    Haz como dije.

Ponen una tabla debajo del cuerpo del moribundo y lentamente sale el cortejo.

Atraviesan la calle y llegan hasta un jardín lleno de árboles, floridos senderos y mucha sombra.

Las mujeres siguen llorando.

En cuanto entran, Jesús se vuelve hacia la madre,  

diciendo:

–    ¿Puedes perdonar?

Si tú perdonas, Dios perdona.

Es necesario limpiar el corazón para obtener gracias.

Éste pecó y volverá a pecar… Sería mejor para él morir.

Porque si vive, volverá a recaer en el pecado y deberá responder también de la ingratitud para con Dios que lo salva.

Pero tú y estos inocentes, -señala a la esposa y a los niños- caerían en la desesperación.

He venido a salvar y no a condenar.  

El hombre ya perdió el último aliento…

La madre sólo atina a mover la cabeza asintiendo y con un hilo de voz, ahogado por el dolor…

Contesta:

–     Sí……

Enseguida, Jesús se vuelve majestuoso. 

Se yergue aún más, con toda la Potencia del Hombre – Dios.

Y dice al herido:

–    Hombre, Yo te lo mando.

Levántate y queda sano.

Entonces el hombre vuelve a la vida…

Abre los ojos. Ve a su madre, a sus hijos, a su esposa.

Avergonzado, inclina la cabeza.

La anciana le dice:

–    ¡Hijo! ¡Hijo!

¡Estarías muerto si Él no te hubiese salvado! 

Vuelve en ti. No delires por una…

Jesús interrumpe:

–    ¡Cállate!

Ten misericordia, como se ha tenido para contigo…

 Tu casa ha sido santificada con el milagro, que siempre es prueba de la Presencia de Dios.

Por esto no pude hacerlo donde había pecado.

Procura conservar tu casa así. Aun cuando éste no lo hará…  

Ahora tened cuidado con él. Es justo que sufra un poco…

Sé buena, mujer.

Adiós niños.

Jesús pone su mano sobre las dos mujeres y los niños.

Luego sale, pasando delante de la Magdalena, que siguió hasta el borde del camino al cortejo.

Y ha estado recargada contra un árbol.

Jesús camina despacio, como si esperara a los discípulos.

Pero también parece esperar que ella le diga algo.

María no se mueve.

Los discípulos se reúnen con Jesús.

Y Pedro no puede contenerse de decir un epíteto apropiado a María:

–    ¡Perra lujuriosa!…

Ésta responde con orgullo y una carcajada llena de desprecio…

Que es un triunfo muy mezquino.

Jesús, que oyó las palabras de Pedro,

voltea severo y dice:

–   Pedro. Yo no insulto.

No debes insultar. Ruega por los pecadores. ¡No más!

María deja de reír.

Baja la cabeza y huye como una gacela, a su casa.

Dejando tras de sí, un enorme grupo de espectadores cada vez más asombrados…

Y una marejada de murmuraciones y comentarios…

Y todo termina.

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