160 Y EL INFIERNO…


160 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Toman el camino que va al Tabor.

Pronto el camino ha dejado de ser lodoso y está firme.

La vegetación va desapareciendo y en su lugar, se ven árboles muy altos y montones de zarzas, llenas de hojas nuevas y de flores.  

Después de pernoctar en las faldas del Tabor, llegan a una llanura entre montes y ascienden a la cima.

El tiempo es fresco.

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han atravesado.

El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente.

Van hablando de la ascensión que todos han realizado, aunque al principio parecía que los mayores querían evitarla, ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo.   

Jesús señala un ranchito aferrado a las primeras altitudes del grupo montañoso.   

Y pregunta:

–     Judas, aquello es Endor.

¿De veras quieres ir allá?…

–    Si quieres darme gusto.

–    Vamos entonces.

Bartolomé que por su edad no es muy amante de excursiones panorámicas,

pregunta:

–     ¿Tendremos que caminar mucho?

Jesús aclara:

–    ¡Oh, no!

Si os queréis quedar…

Judas se apresura a decir:

–    Sí.

Sí. Mejor es que os quedéis. Me basta ir con el Maestro.

Pedro responde:

–     Pues bien, yo quisiera saber qué hay de hermoso, antes de decidir…

Sobre el Tabor vimos el mar. Y después del discurso del muchacho, debo confesar que fue como si lo viera por primera vez…

Y lo he visto como tú, Juan: con el corazón.

Allí… -Pedro señala Endor- Quisiera saber qué otra cosa se puede aprender. Y en este caso voy; aunque me canse…

Jesús invita:

–   ¿Lo oyes?

¡Tú no has dicho todavía tu intención! Por cortesía hacia tus compañeros, dila.

Judas lo piensa un poco…

Y luego dice:

–     ¿No fue Endor a donde quiso ir Saúl, a consultar a la pitonisa?

–     Sí.

¿Y qué con ello?…

–    Pues a mí me gustaría, Maestro…

Ir a aquel lugar y oírte hablar de Saúl…

Pedro exclama entusiasta:

–     ¡Oh!

Si es así, entonces hasta yo voy…

Y todos confirman:

–     Vamos.

Recorren ligeros el último trecho del camino principal, para dejarlo luego por un camino secundario que lleva directo a Endor.

Las casas están cimentadas en las laderas que se hacen más escabrosas.

En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes oscuras, cual si fuera un lugar más bien húmedo.

Están construidas sobre la falda del monte, que más allá de este ranchito es muy áspera.

Es un lugar muy pobre y pobres son sus habitantes.

Son pastores que llevan sus ganados por el monte y por los bosques, de encinas centenarias.

Algunos campos cultivados con cebada o de pienso y pocos árboles de manzanos e higueras. 

Jesús dice:

–    Ahora preguntemos dónde era el lugar donde estaba la adivina.

Detiene a una mujer que viene de la fuente con cántaros.

Ella los mira con curiosidad y luego que Jesús le pregunta…

groseramente responde:

–   No sé.

Tengo otras cosas más importantes en qué pensar, que en estas estupideces. 

Y lo deja plantado.

Entonces Jesús se dirige a un viejecito que talla un pedazo de leño.

Después de escuchar la preguntam lo mira extrañado,

y responde:

–    ¿La adivina?

¿Saúl? ¿Y quién piensa más en ello?… Pero espera.

Hay uno que ha estudiado y que tal vez, él si sabe. Ven…

El viejecito sube renqueando por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy miserable y descuidada. 

Y dice: 

–   Espérame aquí.

Voy a llamarlo…

El hombre entra.

Y Pedro señalando a las gallinas que escarban en un corralito sucio.

y dice:

–    Este hombre no es israelita.

Apenas acaba de decirlo, cuando ya está de regreso el viejecito a quién sigue un hombre tuerto, sucio y desaliñado.  

Y dice a Jesús:

–     ¿Ves?

Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: hay un sendero, luego un arroyo, atravesando una arboleda, siguen unas cavernas… 

Bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es así? 

El hombre corrige:

–     No.

Has confundido todo. Iré con estos extranjeros.

El hombre tiene la voz dura y gutural; lo que aumenta el sentimiento de malestar.

Y empieza a caminar para guiarlos.

Pedro, Felipe y Tomás, hacen señas a Jesús para que no vaya.

Pero éste no les hace caso.

Camina con Judas, detrás del hombre.

Y los demás los siguen de mala gana.

El hombre pregunta a Jesús:

–    ¿Eres israelita?

Jesús contesta:

–    Sí.

–    Yo también, aunque no lo parezca.

Estuve mucho tiempo en tierras extranjeras y tomé costumbres que estos tontos no pueden aceptar.

Soy mejor que los demás. Me dicen demonio porque leo mucho, crío gallinas que vendo a los romanos y sé curar con hierbas.

Cuando era muy joven; por causa de una mujer reñí con un romano; estaba entonces en Cintium y lo apuñalé.

Él murió y yo perdí un ojo y mis bienes.

Y fui condenado a prisión por muchos años… para siempre.

Pero como sabía curar, sané a la hija del carcelero. Esto me valió su amistad y un poco de libertad. Me aproveché de ella para huir.

Ciertamente hice mal, porque él pagó con su vida mi huida. La libertad parece atractiva cuando uno está prisionero…

–   ¿Y después no lo es?

–    No.

Es mejor la cárcel. Donde se está solo en contacto con hombres que no te permiten estar solo.

Y que están juntos para odiarse…

–   ¿Has estudiado a los filósofos?

–    Era maestro en Cintium.

Era prosélito…

–    ¿Y ahora?

–     Ahora no soy nada.

Vivo en la realidad. Y odio como fui odiado y lo soy…

–   ¿Quién te odia?

–   Todos. Dios es el primero.

Tenía mi mujer y Dios permitió que me traicionase y arruinase.

Era yo libre y respetado y Dios permitió que me convirtiera en presidiario.

El abandono de Dios; la injusticia de los hombres; han borrado a Aquel y a éstos. Aquí no hay nada…

Y se pega en la frente y en el pecho.

Luego agrega:

–     Esto es.

Aquí en la cabeza está el pensamiento. El saber. 

Y tocando su corazón, señala:

–     Aquí está lo que es nada. –y escupe con desprecio.

Jesús objeta:

–    Te equivocas.

Tienes todavía dos cosas allí…

–   ¿Cuáles?

–    El recuerdo y el odio.

Vacíate de ellos. Y te daré una cosa nueva para que la metas allí…

–   ¿Qué cosa?

–    El amor.

–    ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!

Me haces reír. ¡Oye!… Hace treinta y cinco años que yo no me reía.

Desde que comprobé que mi mujer me traicionaba con el mercader romano de vinos.

El Amor… ¿A mí?…

Es como si echase joyas a mis pollos. Morirían de indigestión si no lograsen arrojarlas en el estiércol.

Lo mismo me sucederá a mí. Tu amor me sería pesado si no lo puedo digerir…

Jesús claramente afligido, le pone la mano sobre la espalda.

y dice:

–     No, hombre.

No digas eso.

El hombre lo mira con el único ojo que tiene…

Y lo que ve en ese rostro joven, dulce y hermosísimo, lo hace enmudecer y cambiar de expresión.

Del sarcasmo pasa a una seriedad profunda. De ésta, a una verdadera tristeza.

Baja la cabeza y pregunta con una voz diferente:

–    ¿Quién eres?

–    Jesús de Nazareth. El Mesías…

–    ¡¡¡Tú!!!

–     Sí.

¿No sabías nada de Mí, tú que lees?

–    Sabía…

Pero no que estuvieses vivo. Y no… ¡Oh! ¡Sobre todo, esto no lo sabía! No sabía que fueses bueno con todos… así… hasta con los asesinos.

Perdóname lo que dije de Dios y del Amor. Ahora entiendo por qué quieres darme el Amor. Porque sin él, el mundo es un infierno.

Y Tú Mesías, quieres convertirlo en un Paraíso…

–     Un paraíso en cada corazón.

Dame el recuerdo y el odio que te tienen enfermo y deja que Yo meta en tu corazón el Amor.

–     ¡Oh! ¡Si te hubiese conocido antes!…

Pero cuando yo lo maté; ciertamente no habías nacido todavía…

Pero después; cuando libre. Como es libre la serpiente en el bosque; viví para envenenar con mi odio.

–     Pero también has hecho el bien.

¿No dijiste que curabas con hierbas?

–     Sí. Para que me toleren.

cuantas veces he luchado con el deseo de envenenar con pócimas…

¿Ves? Me vine a refugiar aquí.

Porque es un lugar donde se ignora el mundo y en que éste a su vez, lo ignora a uno. Porque puedo comprar libros y estudiar… Y…

Pero es un territorio maldito. En otros lugares me odiaban; yo odiaba y tenía miedo de ser reconocido…

Pero soy malo.

–   Tienes remordimientos de haber perjudicado al carcelero de la prisión.

¿Ves que todavía tienes algo de bondad? No eres malvado…

Sólo tienes una gran herida abierta y nadie te la cura…

Tu bondad huye de ella, como la sangre se escapa de las heridas.

Pero si hubiese quién te curase la herida pobre hermano, tu bondad paulatinamente crecería en ti…

El hombre llora con la cabeza inclinada, sin que nada indique que llora.

Sólo Jesús, que camina a su lado, lo ve.

Pero no dice nada más.

Llegan al socavón que está hecho de ruinas y cuevas abandonadas en el monte.

El hombre trata de que su voz sea segura:

–    Es aquí.

Puedes entrar.

–    Gracias, amigo. Eres bueno.

El hombre no dice nada y se queda allí.

Mientras Jesús con los suyos, subiendo sobre grandes piedras que fueron trozos de muros muy fuertes;

perturbando lagartijas y otros animales, llegan hasta el lugar indicado. 

Entran en una espaciosa gruta que está ahumada en las paredes.

Hay rastros del zodiaco y cosas semejantes en las piedras.

En un rincón que está más ahumado, hay un nicho y debajo un agujero, como si fuese un desagüe.

Los murciélagos adornan el techo con sus alas extendidas que causan horror y un búho, que descansaba en el nicho,

molestado con la luz de una rama que enciende Santiago de Zebedeo, para evitar pisar víboras o escorpiones,

sacude sus alas y cierra sus ojos.

Se percibe el hedor de animales muertos y hay rastros de ratones, pájaros y comadrejas,

además del estiércol y la humedad del suelo, que contribuyen a aumentar el ambiente de un marco tenebroso de horror…

Pedro dice con ironía:

–    Un hermoso lugar en realidad.

Y volviéndose a Juan, añade:

–      Era mejor tu Tabor y tu mar.

Suspira y añade dirigiéndose a Jesús:     

–     Maestro, contenta pronto a Judas, porque aquí…

Ciertamente no es la sala real de Antipas.

Jesús responde:

–   Al punto.

Y volviéndose hacia Judas,   

pregunta:

–    ¿Qué es lo que quieres saber exactamente?

Judas lo mira y dice:

–     Pues… quiero saber…

¿Por qué pecó Saúl al venir aquí?

¿Y si es posible que alguien pueda de verdad llamar a los muertos?

¡Oh! ¡Mejor habla Tú! Te haré las preguntas…

Pedro suplica:

–     Bonito negocio.

Vamos por lo menos allá afuera, al sol.

Sobre las piedras, nos veremos libres de la humedad y del hedor.

Jesús asiente y salen.

Se sientan como pueden sobre las ruinas.

El Maestro dice:

–    El pecado de Saúl fue solo uno de muchos que cometió antes y muchos después.

Todos graves.

Judas pregunta:

–     ¿Contra Quién?

No mató a nadie.

–    Mató su alma.

Exactamente aquí, terminó de matarla.

¿Por qué bajas la cabeza?

–    Estoy pensando, Maestro.

–    Que estás pensando lo veo.

Pero, ¿En qué? ¿Por qué quisiste venir aquí?

No por mera curiosidad de investigar… Confiésalo.

–    Siempre se oye hablar de adivinos, magos, espíritus invocados…

Quería ver si descubría algo… Me gustaría saber cómo sucedió… Pienso que nosotros  estamos destinados a llamar la atención…

Y para atraer, debemos ser un tanto adivinos. Tú Eres Tú y lo haces con tu poder.

Pero también nosotros debemos  pedir un poder… una ayuda…

Para hacer obras prodigiosas que se impongan…

Mientras más avanzados en ciencias ocultas, MÁS TINIEBLAS nos oscurecen y más satanizados nos encontramos…

Varios gritan al mismo tiempo:

–      ¡Oh!

–      ¡Bah!

–     ¿Estás loco?

–      Pero, ¿Qué estás diciendo?

Jesús dice:

–      Callad.

Dejadlo hablar. No está loco. Continúa Judas…

–      Sí.

Me parecía que al venir aquí, podía entrar en mí algo de la magia de tiempos idos y así hacerme más grande.

Por interés tuyo, créemelo.

–     Sé que eres sincero en este deseo natural tuyo, hijo…

No obstante, te respondo con palabras eternas, porque están contenidas en el Libro.   

Y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad.

Ya sea objeto de burla o de risa.

Está escrito: “Y Eva, vio que el fruto del árbol era apetitoso para el paladar y agradable a la vista, lo tomó y comió y se lo ofreció a su marido..

Entonces sus ojos se abrieron.

Se dieron cuenta de que estaban desnudos y se hicieron unos ceñidores…

Y Dios dijo: “¿Cómo os habéis dado cuenta de que estabais desnudos? Por haber comido el fruto prohibido’”. Y los echó del paraíso de delicias”.

En el libro de Saúl se lee: “Apareció Samuel y dijo: ¿Por qué me has incomodado invocándome?

¿Por qué me consultas después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará como te he anunciado… porque no has obedecido a la voz del Señor'”.

Pero no extiendas tu mano al fruto prohibido.

Aún sólo acercarla es imprudencia.

No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera.

Evita lo oculto y lo que no tiene explicación.

Evita aquello que no es Dios y que no se puede explicar con las fuerzas de la razón ni crear con las fuerzas del hombre.

Huye de eso. Huye de eso.

EVÍTALO. Para que no se te abran las fuentes de la malicia y comprendas que estás “desnudo”.

DESNUDO; Repelente de humanidad mezclada con el satanismo.

¿Por qué quieres causar asombro con oscuros prodigios?

Cáusalo con tu santidad, luminosa como cosa proveniente de Dios.

No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos.

Escúcha a los sabios mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte. 

Pero no disturbes su segunda vida.

Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor.

Mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas.

¿Qué más quieres saber aparte de lo que te dice la Palabra?

¿Qué más quieres obrar aparte de lo que tu bondad y mi poder te conceden que obres?

No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.

No te sientas avergonzado. Me agrada que reveles tu humanidad.

Lo que te atrae a ti atrae a muchos, a demasiados.

‘El de ser poderoso para atraer a Mí’, quita mucho peso a esta debilidad tuya y pone alas, pero son de pájaro nocturno. 

O sea, “tener potencia para atraer hacia Mí”; pero son alas de ave nocturna.

No, Judas mío. Ponle alas solares, de ángel, a tu espíritu.

Bastará el viento de estas alas para captar a los corazones.

Y los atraerás en tu estela a Dios.  

¿Por qué quieres llamar la atención con prodigios tenebrosos?

Una sola cosa tiene que aceptarse con santa Fe: Dios.

Haz que los demás queden estupefactos con tu santidad y que sea luminosa, como cosa que viene de Dios.

¿Qué quieres saber de más, que la Palabra no te lo haya dicho?

¿Qué quieres hacer de más; de cuanto tu bondad y mi Poder te conceden realizar?

No ambiciones el pecado, sino la santidad; hijo.

 ¿Podemos irnos?…

–     Sí, Maestro.

Me equivoqué…

–     No. Has sido un investigador.

El mundo está lleno siempre de eso. Ven, ven. Salgamos de este apestoso lugar.

Dentro de pocos días es la Pascua. Y luego iremos a la casa de tu madre.

Te recuerdo tu casa honesta, a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!

Como siempre, el recuerdo y la alabanza de Jesús a la madre, tranquilizan a Judas.

Salen de las ruinas y empiezan a descender por el sendero.

El hombre tuerto todavía está allí.

Tratando de no ver la cara enrojecida por el llanto,

Jesús le pregunta:

–     ¿Todavía estás aquí?

–      Sí. Aquí.

Si me lo permites, te seguiré. Tengo que decirte algo…

–     Ven pues conmigo.

¿Qué es lo que quieres decirme?

–     Jesús…

Pienso que para tener fuerzas de hablar y de cambiarme a mí mismo, por medio de una magia santa;

para evocar mi alma muerta del modo como  la adivina llamó a Samuel, porque era el deseo de Saúl; yo debo pronunciar tu Nombre, que es dulce como tu mirada.

Santo como tu Voz. Tú me acabas de dar una nueva vida y no tiene forma.

Está incapacitada como la de un ser que acaba de nacer, con miembros débiles.

Lucha entre membranas que le estorban. Ayúdame a salir de mi muerte.

–    Sí, amigo.

–    Yo…

Yo comprendo que tengo todavía un poco de ser humano en mi corazón. No soy del todo una fiera.

Puedo todavía amar y ser amado. Perdonar y ser perdonado.

Esto me lo está enseñando tu amor, que es Perdón. ¿No es así?

–     Sí, amigo.

–     Entonces llévame contigo.

Seré Félix. ¡Ironía! Dame otro nombre. Quiero que el antiguo quede muerto para siempre.

Te seguiré como el perro callejero que al fin encuentra un dueño. Seré tu esclavo si así lo deseas.

Pero no me dejes solo…

–     Sí, amigo.

–     ¿Qué nombre me das?

–     Un nombre que amo:

Juan. Porque eres el regalo que hace el Señor. ¿Y tu casa?

–     Ya no tengo casa.

Dejaré a los pobres cuanto poseo. Sólo dame amor y un pan.

–     Ven.

Jesús se voltea y llama a los apóstoles: 

–     A vosotros, amigos.

Y sobre todo a ti Judas, os doy las gracias. Hé aquí al nuevo discípulo.

Viene con nosotros hasta que lo podamos dejar con los demás. Alabad a Dios conmigo.

Realmente los doce, no parecen muy felices.

Pero hacen buena cara por obediencia y cortesía.

Juan de Endor, dice:

–     Aquella es mi casa.

Si me permites, me adelanto. Me encontrarás en el umbral.

–    Ve pues.

El hombre parte a la carrera.

Y Jesús dice:

–    Ahora que estamos solos, os ordeno.

Esto os ordeno, de que seáis buenos con él y que no digáis a nadie, nada de su pasado. Por ningún motivo. ¿Lo entendéis?

Quién diga algo o falte a la caridad al hermano redimido, lo arrojaré al punto de Mí. ¿Habéis entendido?

Y ¡Ved cuán bueno es el Señor! Venimos aquí por un fin humano y Él nos concede regresar con algo sobrenatural.

¡Oh! ¡Yo gozo por la alegría que hay en el Cielo por el nuevo convertido!

Llegan frente a la casa.

En el umbral de la entrada, con un vestido oscuro y limpio, un manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre.

Se ha aseado y se ve diferente.

Cierra la puerta y…

Algo extraño en un hombre que uno podría considerar insensible, toma una gallina blanca, que acloca entre sus manos.

Luego la besa, llora y la deja sobre el suelo. 

Dice a Jesús:

–   Vámonos.

Perdona, pero estas gallinas me han amado. Platicaba con ellas y me comprendían…

–     Yo también te comprendo…

Y te quiero… mucho. Te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado.

-¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y… sé indulgente con un hombre que… que ama a un animal que…

que… que le ha sido más fiel que el hombre…

–     Sí…sí.

No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer. Con tu experiencia harás mucho bien.

Simón, ven aquí y también tú, Mateo.

Mira, éste fue peor que un preso, fue un leproso; éste, pecador.

Pues bien, Yo los quiero entrañablemente porque saben comprender a los corazones desvalidos. ¿No es verdad?

Simón dice:   

–     Por bondad tuya, Señor. 

Pero… sí, créelo amigo, sirviéndole se cancela todo. Queda sólo paz. 

Mateo testifica: 

–     Sí, paz.

Y donde había una vejez de vicio u odio, nace una juventud nueva. Yo era un publicano y ahora soy un apóstol.

Tenemos ante nosotros el mundo y nosotros sabemos acerca del mundo.

No somos como esos muchachitos distraídos que pasan al lado del fruto nocivo y del árbol torcido y no ven la realidad.

Nosotros lo conocemos. Podemos evitar el mal y enseñar a otros a evitarlo.

Como también sabemos enderezar a quien se tuerce, porque sabemos el consuelo que supone el ser sujetados.

Y sabemos quién sujeta: Él.

Juan de Endor exclama: 

–     ¡Es verdad!

¡Es verdad! Me ayudaréis. Gracias.

Es como pasar de un lugar oscuro y fétido a un dilatado prado florido…

Una cosa parecida experimenté el día en que salí libre, al fin libre, tras veinte años de prisión y de trabajo brutal en las minas de Anatolia.

Y me vi – había huido durante una noche borrascosa – en lo alto de un monte, escabroso pero abierto, lleno del sol de la aurora y cubierto de olorosos bosques…

¡Oh, la libertad! ¡Pero ahora es más! ¡Todo en mí se dilata! Ya hacía doce años que no llevaba cadenas.

Y sin embargo el odio, el miedo, la soledad, para mí eran como cadenas… ¡Ahora han caído éstas también!…

Hemos llegado a la casa del anciano que os ha conducido a mí. 

Juan lo llama a gritos:  

¡Eh, hombre! ¡Hombre!

El viejecillo acude.

Y se queda de piedra al ver que el tuerto está limpio, con vestido de viaje y la cara sonriente.

Juan le dice: 

–     Ten, ésta es la llave de mi casa.

Me marcho para siempre. Tú has sido mi benefactor y por ello te estoy agradecido. Me has devuelto la familia.

Haz de lo mío todo lo que quieras… y cuida de mis pollos; no los maltrates.

Todos los sábados viene un romano que compra los huevos… sacarás algún beneficio… Trata bien a mis gallinitas…

Y que Dios te lo pague.

El anciano se ha quedado estupefacto.

Boquiabierto, coge la llave.

Jesús dice:

–     Sí, haz como dice.

Y también Yo te quedaré agradecido. En nombre de Jesús te bendigo. 

El hombre exclama: 

–     ¡El Nazareno!

¡Eres Tú! ¡Misericordia! ¡He hablado con el Señor!

El hombre está tan felíz y lo manifiesta abiertamente, gritando alabanzas.

Y luego grita a los cuatro vientos: 

¡Mujeres! ¡Mujeres! ¡Hombres! ¡El Mesías está aquí, con nosotros!

Y gritando a todo el pueblo:

–    ¡Vengan todos!

¡El Mesías está con nosotros!

Y de todas partes vienen corriendo personas. 

Que gritan:  

–     ¡Tu bendición!

–     ¡Tu bendición! 

Otros:

–    ¡Quédate!

–    ¡Quédate con nosotros!

Y otros:

–    ¿A dónde vas?

–    Al menos dinos a dónde vas.  

Jesús responde: 

–     Voy a Naím.

No puedo quedarme.

–     ¡Te seguimos!

–    ¿Quieres?

–     Venid.

Y paz y bendición para los que se quedan.

Se encaminan hacia el camino principal.  

Lo toman. y avanzan por él.   

Juan de Endor, que camina junto a Jesús, se dobla un poco bajo el peso de su alforja, atrae la curiosidad de Pedro.

El antiguo pescador le pregunta:

–   Pero, ¿Qué llevas ahí que parece tan pesado?

Juan de Endor contesta:

–   Mi ropa y… libros.

Mis amigos, junto con los pollos. No pude separarme de ellos y pesan…

–    ¡Eh! ¡La ciencia pesa!

Y ¿A quién le gusta, he?

–    Me ayudaron a no enloquecer.

–    Debes quererlos mucho.

Qué libros son.

–    De filosofía e historia. Poesía griega y romana.

–    Hermosos, hermosos.

Ciertamente hermosos. Pero, ¿Piensas llevarlos contigo?

–    Algún día lograré separarme de ellos.

Pero al mismo tiempo todo, no se puede. O ¿No es así, Mesías?

Jesús responde:

–    Llámame Maestro.

No se puede. Te buscaré un lugar donde puedas dar refugio a tus amigos, los libros. Te podrán servir para discutir con los paganos acerca de Dios.

–    ¡Oh! ¡Cuán claramente sabes pensar y comprender!

Jesús sonríe.

Y Pedro exclama:

–    ¡Vive Dios!

Señala a Jesús y añade:

–    ¡Él es la misma Sabiduría Encarnada!

Juan de Endor agrega:

–    Es la Bondad.

Créemelo. Y ¿Tú eres culto?

Pedro dice:

–    ¿Yo?

¡Cultísimo! Distingo una alosa de una carpa y ahí termina toda mi cultura. Soy pescador, amigo.

Y Pedro ríe humilde y francamente.

–    Eres honrado.

Es una ciencia que se aprende por sí misma. Y es muy difícil conseguirla. Me agradas.

–    También tú porque eres franco.

Y aún en el excusarte. Yo perdono todo. ayudo a todos. Pero soy enemigo jurado de los falsos e hipócritas. Me dan asco.

–     Tienes razón.

El falso es un criminal.

–     Un criminal.

Lo has dicho. Oye, ¿No tienes desconfianza en prestarme un poco tu alforja?

Puedes estar seguro de que no me escaparé con los libros. Me parece que te pesan mucho.

–    Veinte años de minas lo despedazan a uno.

Pero, ¿Por qué quieres cansarte tú?

–     Porque el Maestro nos ha enseñado a amarnos como hermanos.

Dámela y toma mis harapos. Mi alforja es ligera. No hay historias, ni poesía y la otra cosa que dijiste es Él…

¿Filosofía?…  Él, mi Jesús; nuestro Jesús…

Y siguen conversando mientras avanzan a lo largo del camino que atraviesa la montaña…

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