169 EL AMOR DINÁMICO


169 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania, siguiendo con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania.

Jesús con los suyos camina ligero hacia la propiedad de Lázaro.

No ha entrado aún y ya lo han reconocido:

Emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada.

De forma que empiezan a aparecer por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José.

La tercera es Marta con Marcela,que levanta su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús.

Inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración…

Y luego abrazan efusivamente a los propios hijos.

El pequeño Yabé, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas…

Observa esto lleno de asombro.

Juan de Endor sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo y se aparta.

Y por el sendero que conduce hacia  la casa de Simón, viene la Madre.

Jesús suelta la mano de Yabé y delicadamente elude a los amigos, para apresurarse a ir a su encuentro.

Las ya conocidas palabras rompen el aire: « ¡Hijo! », «¡Mamá! ».

Tañendo como un solo de amor que se destaca entre el murmullo de la gente.

Se besan.

María expresa en su beso toda su angustia que la mantuvo presa desde el arresto del Bautista…

Y al ver a su Hijo, se desvanece el terror que la embargó y que la flaagela, siempre que recuerda las profecóas…

siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que su Hijo ha corrido…

Jesús la acaricia. Ha comprendido.

Dice:

–     Además de mi ángel…

Velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo.

–     Gloria al Señor por ello.

De todas formas he sufrido mucho.

–     Mi deseo ha sido venir antes… 

Pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a Tí. Y ha sido positivo:

Tu indicación Madre mía, como siempre, ha sido fructífera.

–     ¡Tu obediencia, Hijo!

–     Tu sabia indicación, Madre…

Se sonríen mutuamente como dos enamorados.  

¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre?

¿Dónde están los dieciséis años de diferencia?

La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo,

que está en la plenitud de su bellísima virilidad.

Un Jesús muy sonriente,

dice: 

–     ¿No me preguntas por qué ha sido fructífera? 

–     Sé que mi Jesús no me oculta nada.

–     ¡Qué encanto eres, Mamá!…

y la vuelve a besar…

La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena.

Pero todos los ojos, que parecen atentos a otra parte, no se abstienen de mirar de reojo a este tierno cuadro.

El que más mira es Yabé.

Jesús lo había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre.

Se ha quedado solo. Ahora, con el aluvión de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido.

Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto…

Pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo:

–     ¡Mamá! ¡Mamá!

Todos – los primeros, Jesús y María – se vuelven, todos tratan le poner remedio de alguna forma.

O de saber quién es el niño.

María de Alfeo y Pedro, que estaban juntos, se acercan inmediatamente,

–     ¿Por qué lloras?

Pero antes de que Yabé ahogado por su llanto, pueda tomar respiro para hablar…

Ya ha venido María y tomándolo en brazos,

ha dicho:

–     ¡Sí, hijito mío, Mamá!

No llores más… y perdona si no te he visto antes… Os presento, amigos, a mi hijito…

Y es porque Jesús, en los pocos metros que mediaban, le dijo:

–     Es un huerfanito que he tomado conmigo.

El resto lo ha intuido María y ha consolado rápidamente.

El niño llora, pero ya con menos desolación.

Al final, dado que María lo tiene en brazos y lo está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.

–     Deja que te seque todas estas lágrimas.

¡No debes llorar más! Dame un beso…

Era precisamente lo que estaba deseando Yabé.

Después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla suave y aterciopelada de María.

Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor y lo ve allá, apartado.

Se dirige a él y lo lleva hacia María – que está siendo saludada por todos los apóstoles.

Y teniendo sujeta su mano,

dice:

–     Mira, Madre, el otro discípulo.

Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste.

–     Tu obediencia, Hijo – repite María.

Luego saluda al hombre, diciendo:

–    «La Paz está contigo».

El hombre, el rudo e inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas de Keriot llevó a Jesús a Endor,

termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María, a juzgar por lo sereno y verdaderamente “pacificado” que se ve su rostro cuando lo levanta, una vez cumplido el respetuosísimo saludo.

Se encaminan todos hacia la casa de Simón.

María llevando en brazos a Yabé. 

Jesús – cogida su mano – con Juan de Endor.

Luego a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.

En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe.

Entran en la casa.

–     La paz a ti José, y a esta casa.

Dice Jesús, levantando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.

Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes,

de forma que Jesús pregunta:

–     ¿Por qué, amigos?

–     Porque no estás con nosotros.

Y porque todos se aceran a Tí, excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya.

–     Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración.

Además, Yo estoy con vosotros. ¿Esta casa?…

Esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará, para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia…

Y  si se considera la cosa sobrenaturalmente, infinitamente más cercanos en el amor.

Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro.

¿Acaso se puede estar más cerca?

De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa.  

María de Alfeo exclama:

–     ¡Ay, pobre de mí!

¡Y yo aquí holgazaneando! ¡Ven, Salomé, que tenemos cosas que hacer!

 Y se levanta diligentemente para ir a su trabajo.

Tanto el exabrupto como el salto para irse, hace sonreír a todos.

Pero Marta la alcanza,

y le dice:

–     No te preocupes María, por la comida.

Voy a dar las disposiciones oportunas para que tú tengas que preparar sólo las mesas.

Te traerán sillas suficientes y todo lo que se necesita.

Y voñviéndose hacia su dama de compañía,

agrega:   

–    Ven, Marcela.

Vuelvo enseguida, Maestro.

Jesús dice:

–     Juan, lleva al niño a la terraza, para que se divierta.

Juan de Zebedeo siempre obediente, se levanta enseguida de su sitio…

Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus patadas en la terraza que rodea la casa.

Luego Jesús  dice:

–    Lázaro, vi a José de Arimatea.

El lunes viene aquí con amigos suyos.

Lázaro exclama:

–     ¡Oh!

¡Entonces ese día estarás conmigo!

–     Sí.

Viene a tratar de una ceremonia que tiene que ver con Yabé y a estar con nosotros.

El niño, -explica Jesús a todos- Es nieto de un campesino de Doras.

Pasé por Esdrelón.  

–     ¿Es verdad que los campos están desolados y que quiere venderlos?

–     Están desolados.

Lo de la venta no lo sé. Un campesino de Yocana me ha aludido a ello, pero no sé si es seguro.

–     Si los vendiera…

Los compraría de buena gana para disponer de un lugar de refugio para Tí, incluso en medio de ese nido de serpientes.

–     No creo que lo consigas.

Yocana ya está pensando en adquirirlos.

–     Veremos…

Pero… continúa tu narración. ¿Qué campesinos son?

–     ¡A todos los de antes los ha desperdigado por distintos sitios!

–     Sí.

Éstos vienen de sus tierras de Judea, por lo menos el anciano que es pariente del niño.

Lo tenía en el bosque como a un animal salvaje, para que Doras no lo descubriera…

Estuvo allí desde el invierno.

Todas las mujeres se conmueven:

–     ¡Oh, pobre niño!

Pero, ¿Por qué?…

–    Porque sus padres quedaron sepultados en el derrumbe que hubo cerca de Emmaús.

Todos: padre, madre, hermanitos. Él sobrevivió porque no estaba en la casa.

Lo llevaron al abuelo. Pero, ¿Qué puede hacer un campesino de un fariseo cómo Doras? 

Tú Isaac, le hablaste de Mí como de un Salvador, aún en este caso.

El pastor pregunta humildemente:

–     ¿Hice mal, Señor?

–     Hiciste bien.

Dios lo quería. El viejo me dio al niño, que en estos días será mayor de edad.

María de Alfeo exclama:

–    ¡Oh, pobrecito!

¿Tan pequeño a los doce? Mi Judas a su edad tenía casi el doble de su tamaño…

Y Jesús, ¡Oh! ¡Qué flor!…

Martha dice:

–    Realmente es muy pequeño.

Pensé que tendría cuando mucho diez años.

Pedro explica:

–      ¡Eh! ¡El hambre es horrible!

Debe haberla padecido desde que vino al mundo.

Además, ¿Qué cosa podía darle el pobre viejo, si allí todos mueren de hambre?

Jesús dice:

–     Sí. Ha sufrido mucho.

Pero es muy bueno e inteligente.  Lo tengo para consolar al viejo.

Lázaro pregunta:

–    ¿Lo adoptas?

–     No. No puedo.

–     Entonces lo tomo yo.

Pedro ve que sus esperanzas se le van y con un verdadero grito de angustia,

exclama:

–     Señor, ¿Todo a él?

Jesús sonríe,

y dice:

–    Lázaro, ya has hecho muchas cosas y te lo agradezco.

Pero no te puedo confiar este niño. Es ‘nuestro niño’. De todos nosotros y la alegría de los apóstoles y del Maestro.

Por otra parte, aquí crecería en medio de la abundancia. Quiero regalarle mi manto real: la pobreza honrada.

Lo que el Hijo del Hombre quiere para Sí, para poder acercarse a todas las grandes miserias, sin mortificar a nadie.

–    Al menos me permitirás…

Pedro grita:

–     ¡Yo me ocuparé de su vestido para la fiesta!

Todos se echan a reír por lo inesperado del grito.

Lázaro dice:

–    Está bien.

Pero tendrá necesidad de otros vestidos. Simón, sé bueno.

También yo estoy sin niños; permite que yo y Martha nos consolemos proveyendo algunas cosas.

Pedro, ante esta súplica de Lázaro se conmueve al punto,

y dice:

–     Pero el vestido del miércoles, lo compro yo.

Me lo ha permitido el Maestro y me dijo que iré mañana con su Madre a comprarlo.

Pedro ha dicho esto por temor de que haya algún cambio en su contra.

Jesús sonríe y dice a María:

–    Sí, Madre.

Te ruego que vayas mañana con Simón; de otro modo este hombre se me muere de ansiedad.

Lo aconsejarás en la compra.

Pedro dice:

–     Ya dije: vestido rojo y faja verde.

Se verá muy bien. Mejor que con ese color que trae ahora.

María sugiere dulcemente:

–     El rojo le quedará muy bien.

También Jesús iba vestido de rojo. Yo propondría que sobre el vestido rojo, hubiese una faja roja o al menos recamada en rojo.

Pedro contesta:

–     Yo decía así…

Porque veo que Judas se ve muy bien con esa faja sobre su vestido rojo.

Judas replica con una sonrisa:

–    Pero estas no son verdes, amigo.

–    ¿No?

¿Entonces de qué color son…?

–     Este color se llama ‘vena de ágatha’

–     ¿Y cómo quieres que yo lo sepa?

Me pareció verde. Lo he visto en las hojas…

María interviene con dulzura:

–     Simón tiene razón.

Es el color exacto con el que se revisten las hojas en las primeras aguas de Tisri.  

Pedro concluye contento:

–     Y como las hojas son verdes, yo pienso que son verdes tus fajas.

María ha puesto paz y ha dado alegría, aún en esta cosa tan pequeña.

Luego dice:

–     Llamad al niño.

Cuando Juan lo trae,

María pregunta acariciándolo:

–     ¿Cómo te llamas?

–     Me llamo…

Me llamaba Yabé. Pero ahora estoy esperando el nombre…

–   ¿Lo estás esperando?

Jesús responde:

–     Sí.

Yabé quiere un nombre que quiera decir que lo salvé.

Lo buscarás, Madre. Un nombre que entrañe amor y salvación.

María piensa…

Y luego dice:

–    Margziam.

Eres la pequeña gota en el mar de los que salva Jesús. ¿Te gusta?

Y así recuerdas la salvación.

–     Es muy hermoso.

Dice contento el niño, mientras María lo acaricia.

María de Alfeo toca el manto de Yabé,

y dice:

–    Esta es una buena lana.

Pero, ¡Tiene un color!...

¿Qué te parece si lo teñimos de rojo oscuro? Quedará mejor.

María contesta:

–    Lo haremos mañana por la tarde.

Porque mañana tendrá un vestido nuevo y ahora no podemos desteñirlo.  

Marta dice:

–     ¿Quieres venir conmigo, niño?

Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos…

Yabé no se opone. Nunca dice que no a nada…

Pero está un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida.

Dice, tímido y educado:

–     ¿Podría venir conmigo Juan?

–     ¡Pues claro!…

Se marchan.

En su ausencia las conversaciones entre los varios grupos continúan.

Relatos, comentarios, suspiros por la dureza humana.

Isaac relata todo lo que ha podido saber acerca de Juan el Bautista.

Quién dice que está en Maqueronte, quién en Tiberíades.

Los discípulos no han vuelto aún… 

–    Pero, ¿No lo habían seguido?

–     Sí, pero…

Cerca de Doco, los que habían prendido a Juan cruzaron el río con el prisionero.

Y no se sabe si luego subieron hacia el lago o bajaron a Maqueronte.

Juan, Matías y Simeón se han lanzado a la búsqueda, para saber a dónde lo llevaron.

Ciertamente, no lo abandonarán.

–     Como tú tampoco Isaac…

Me abandonarás a este nuevo discípulo. Por ahora estará conmigo. Quiero que pase la Pascua conmigo.

–     Yo la celebraré en Jerusalén, en casa de Juana.

Me ha visto y me ha ofrecido una dependencia de la casa para mí y mis compañeros.

Este año vienen todos. Y estaremos con Jonathán

–     ¿También los del Líbano?

–     También.

Pero quizás no puedan venir los discípulos de Juan.

–     ¿Sabes que vienen los de Yocana?

–    ¡Oh! ¿De verdad?

Pues estaré a la puerta, junto a los sacerdotes encargados de las inmolaciones.

Así, cuando los vea, me los llevaré conmigo.

–     Espéralos para última hora…

Pues tienen el tiempo contado. Pero traen el cordero.

–     Yo también.

Uno espléndido, que me ha dado Lázaro. Inmolaremos éste, de forma que el suyo les servirá para el regreso- 

Vuelven Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestido de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.  

Martha pregunta: 

–     ¿Los reconoces, Lázaro?

¿Te das cuenta como todo sirve?

Los dos hermanos se sonríen mutuamente.

Jesús dice:

–     Gracias, Marta.

–     Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo.

Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre.

De vez en cuando tomo una de ellas para algún niño. Ahora es para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden arreglar.

Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso… Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño…

Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro.

La hermana lo acaricia, amorosa.

Lázaro, por su parte, le toma su bella mano, se la besa,

y dice:

–     ¿Y tú no?

Se sonríen de nuevo.

–     Ha sido providencial – observan muchos de los presentes.

–     Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto.  Jesús dice a Lázaro:   

–    Tú, recientemente has recibido también un regalo mío…

–     ¡Ah, sí!

El anciano patriarca y su hija.

La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno.

–     ¿Dónde están ahora?

¿En qué sitio los pusiste?

–     ¡Aquí, claro!, en Betania.

¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas?

La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas.

El anciano, dado que insistió en que quiere trabajar, le he destinado a los panales. 

Ayer – ¿verdad, hermana mía? – tenía una larga barba que parecía toda de oro.

Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa enorme y blanca barba.

Y él les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz.  

Jesús exclama: 

–     ¡Lo creo!

¡Bendito seas! 

–     Gracias, Maestro…

Y de esta manera los diferentes grupos continúan conversando…

Hasta que les avisan  que la cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio…

Por la noche, Jesús y María están sentados en la terraza de la casa de Simón y hablan a solas.

Jesús le cuenta todo lo sucedido.

Cuando llega el turno de María,

le dice:

–    Hijo.

Después de tu partida vino a la casa una mujer que te buscaba.

Una gran miseria y una gran redención.

Esta persona tiene necesidad de que la perdones, para que sea tenaz en su resolución.

Se la confié a Susana diciéndole que era una a la que habías curado. Es verdad.

La habría tenido conmigo si nuestra casa no fuese ya un mar, donde todos navegan… Y muchos con malas intenciones.

La mujer siente ya el desprecio por el mundo. ¿Quieres saber quién es?

–    Es un alma.

Pero dime su nombre.

–    Es Aglae.

Romana, danzarina y pecadora, a la que empezaste a salvar en Hebrón.

Que te buscó y te encontró en Aguas Hermosas.

La que ha sufrido mucho por tratar de ser honesta.

Me lo dijo todo. ¡Qué horror!…

–     ¿Su pecado?

–      También.

¡Qué horrible es el mundo! ¡Oh, Hijo mío! Desconfía de los fariseos de Cafarnaúm.

Quisieron utilizar a esta infeliz para hacerte daño…

–     Lo sé madre.

¿Dónde está Aglae?

–    Llegará con Susana antes de la Pascua.

–    Está bien.

le hablaré. Todas las tardes estaré aquí. Menos la de la pascua que dedicaré a la familia. La esperaré.

Si viene, sólo dile que me espere. Es como dijiste: una gran redención.

Y ¡Tan espontánea! En verdad te digo que en pocos corazones, mi semilla ha echado tan profundas raíces, como en este terreno pobre.

Andrés la ayudó a crecer hasta que se hizo grande.

–     Me lo dijo.

–     Madre…

¿Qué has experimentado al acercarte a esa pobre alma?

–     Asco y alegría.

Me pareció estar cerca de un abismo del Infierno.

Pero al mismo tiempo me sentí transportada a la región azul.

¡Cómo eres Dios, Jesús mío; cuando realizas estos milagros

Jesús sonríe…

Y se quedan callados bajo las brillantes estrellas…

Y el candor de una Luna creciente  que le falta un cuarto para llenar totalmente su esplendor…

En silencio, descansando en su mutuo amor: Madre e Hijo…

Dos corazones que se aman…

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