171 LA INTERCESORA


172 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Da la espalda a la ciudad y se dirige a un lugar desolado que está en las faldas de una colina rocosa que hay entre dos caminos que llevan de Jericó a Jerusalén.

Un lugar extraño hecho como de escalones.

Al dirigir la vista hacia abajo, se ve un foso como de tres metros de profundidad que baja en declive.

El lugar es árido. Está muerto. Se respira mucha tristeza.

Después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, se presenta una estructura escalonada de forma que hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico. 

Igual el segundo desnivel…

Es un lugar árido, muerto…

Mortalmente triste.  

Entonces se oye el grito de Simón Zelote:

–     ¡Maestro, estoy aquí!

Po favor detente, para indicarte el camino…

Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene.

Y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní…  

Mount of Olives view from Solomon’s Temple grounds in Jerusalem, Israel

Aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania. 

 Entonces Simón explica: 

–     Hemos llegado.

Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos.

Parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir.

Pues para ello habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto.  

Jesús dice:

–     Iremos a verlos también a ellos.

–     ¡Gracias!, por ellos y por mí.

–     ¿Son muchos?

–     El invierno ha matado a la mayoría.

Aquí hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan.

Mira allí están, en el borde de su presidio…  

Realmente no se sabe cuántos son…

Porque si bien a cinco de ellos se los puede ver parados…

A los otros por el color grisáceo de su piel, por la deformidad de su rostro y porque apenas se distinguen del pedregal que los rodea…  

Éste los camufla de tal manera, que su número es muy impreciso…. 

Son como una docena.

Entre los que están en pie, hay sólo una mujer:  

Ello se deduce por sus características distintivas…

Sus encanecidos cabellos descuidados, duros y sucios, le caen por la espalda hasta la cintura.

Por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha convertido prácticamente en un esqueleto, destruyendo sus contornos femeninos. 

Igualmente respecto a los hombres, sólo uno conserva en su cara rastros de bigote y barba.

A los demás los ha rasurado la destructora enfermedad. 

Todos gritan:

–      ¡Jesús, Salvador nuestro!

–     ¡Ten piedad de nosotros!

–     ¡Jesús Hijo de David, ten piedad!

–    ¡Oh, Señor, ten piedad!

–     ¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro!

Y extienden hacia Él sus manos, deformes y ulceradas.

Jesús los mira con infinita compasión…Y levantando su rostro hacia esas ruinas humanas.

les pregunta:

–    ¿Qué queréis que os haga?

–     Que nos liberes del pecado y de la enfermedad.

–     Del pecado libera la voluntad y salva el arrepentimiento.

–     Pero si quieres puedes cancelar nuestros pecados…

La mujer suplica:

–     Por lo menos eso, si es que no quieres curar nuestros cuerpos.

Jesús declara:

–     Yo os digo:

Escoged entre ambas cosas, ¿Cuál queréis?

–     El Perdón de Dios, para vivir menos desolados y abatidos.

Jesús hace una señal de aprobación.

En su rostro brilla una sonrisa.

Levanta los brazos y grita:

–   Obtened lo que pedís.

 ¡Sea como queréis! ¡Lo Quiero!…

¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad… O a las dos cosas.

Los cinco desdichados quedan en la incertidumbre…

Pero los apóstoles no dudan y gritan hosannas…

Al ver que la lepra desaparece rápido, como un copo de nieve junto al fuego.

Entonces ellos comprenden que fueron escuchados del todo…

Su grito resuena cual clarín de victoria.

Se abrazan entre sí.

Lanzan besos a Jesús…

Porque no pueden ir a arrojarse a sus pies.

Luego se vuelven a sus compañeros de desgracia,

diciéndoles:

–  ¿Y no queréis creer todavía?

–    ¿Pero qué clase de infelices sois?

Jesús dice:

–    ¡Calma! Sed buenos.

Nuestros pobres hermanos tienen necesidad de pensar. No les digáis nada.

La fe no se impone.

Se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia.

Lo que haréis después de vuestra purificación, como Simón hizo con vosotros.

Por otra parte, el milagro habla ya de por sí.

Vosotros curados, id al sacerdote lo más pronto posible.

Vosotros enfermos, esperad hasta la tarde. Os traeremos comida.

La paz sea con todos vosotros.

Jesús regresa al camino seguido por las bendiciones de todos.

Y dice a sus apóstoles:

–    Ahora vamos a Ben Hinnóm.

Lázaro dice:

–     Maestro…

Quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní.  

Jesús dice:

-Ve, ve, Lázaro.

La paz sea contigo.

Mientras Lázaro lentamente se pone en camino…  

Juan apóstol dice:

–     Maestro, lo acompaño.

Camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom.

–     Bien, ve.

Vámonos.

Pasan el Cedrón.

Siguen el lado sur del monte Tofet.

Llegan a un valle lúgubre, sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol.

Ninguna defensa contra el sol que flagela con sus rayos, en los escalones que descienden a este lugar infernal,

Sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable y flagela con sus rayos de fuego. 

Poniendo al rojo el pedrisco de estos escalones que descienden a este lugar infenal.

De cuyo fondo emana un tufo apestoso que con sus vértigos, aumenta el calor.

Y dentro de los sepulcros están los cuerpos de los pobres que se consumen vivos.

Siloán, siendo húmedo y estando orientado al Norte, será espantoso en invierno.

Pero este lugar debe ser terrorífico en verano.

Simón Zelote, con un gran grito como llamada…  

Pasan algunos minutos angustiosos y …

Aparecen primero tres, luego dos, luego uno y todavía otro más.

Se acercan como pueden hasta el límite prescrito.

Aquí hay dos mujeres.

Una de ellas lleva de la mano a un niño monstruoso.

Un esperpento al que la lepra le atacó especialmente en la cara y ya está ciego…

Otro de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos.

Y dice:

–    Sé bendito, Mesías del Señor…

Que has bajado a nuestro infierno; para sacar de él a los que esperan en Ti. ¡Sálvanos Señor, que nos morimos! ¡Sálvanos, Salvador!

¡Rey de la estirpe de David! ¡Rey de Israel! ¡Piedad para tus súbditos! ¡Oh, Retoño de la estirpe de Jesé, de quién se dijo que en su tiempo no habría ya mal!

Extiende tu mano para que recojas a estos restos de tu Pueblo. Aparta de nosotros esta muerte. Seca nuestras lágrimas, porque así está escrito de Ti.

Llámanos Señor a tus campos ubérrimos. A tus dulces aguas porque estamos sedientos. Llévanos a las eternas colinas en donde no hay culpa, ni dolor.

¡Ten piedad, Señor…!

–    ¿Quién eres?

–    Juan.

Un sacerdote del Templo. Tal vez me contaminé con algún leproso. Hace poco, como puedes ver. ¡Pero éstos!…

Hay quién hace años que está esperando la muerte

Esta niña, cuando todavía no comenzaba a caminar… No conoce las obras que Dios ha creado.

Lo que conoce o recuerda de las maravillas de Dios, son estos sepulcros. Este sol despiadado y las estrellas de la noche.

Ten piedad para los inocentes y para los culpables.

¡Señor, Salvador nuestro!

Todos están arrodillados y con sus brazos extendidos…

Jesús llora ante tanta miseria

Abre sus brazos y grita:

–     Padre Yo lo quiero:

Curación, vida, vista y santidad para ellos.

Y permanece así, con los brazos abiertos…

Orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración; llama de amor, pura e intensa, bañada en el intenso oro del sol.  

Y el primer grito resuena como clarín de victoria:

–     ¡Mamá!…

¡Veo! 

A este primer grito infantil, responde el de su madre que estrecha contra su corazón a la niña curada.

Luego uno a uno, se oyen los de los demás enfermos sanados.

Y los de los apóstoles…

Se ha realizado el milagro.

Jesús indica:

–    Juan, tú que eres sacerdote…

Guiarás a tus compañeros en el rito.

La paz sea con vosotros.

Os traeremos comida esta tarde.

Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.

Pero el ex – leproso Juan, grita:

–     ¡Quiero seguir tus pasos!

¡Dime qué tengo que hacer!

¡ A dónde debo ir para predicarte!

–    Sea esta tierra desolada y desnuda que tiene necesidad de convertidos al Señor…

Y también sea la ciudad de Jerusalén tu campo.

Adiós.

Y volviéndose a sus apóstoles,

agrega:

–     Vamos ahora adonde mi Madre.

Y muchos de los presentes preguntan:

–     Pero, ¿Dónde está?

–    En una casa que Juan conoce: la de la niña curada el año pasado.

Entran en la ciudad y recorren una buena parte del populoso suburbio de Ofel, hasta una casita blanca. 

La puerta estaba entornada, la empuja y al entrar, saluda dulcemente

Proveniente del interior de la casa, se oye la dulce voz de María y la voz argentina de Analía.

La voz de su madre más áspera, responde al saludo mientras se arrodilla.  

La jovencita se inclina profundamente para adorar.

María se levanta.

Quisieran retenerlos, al Maestro y a su Madre.

No obstante, Jesús, prometiendo volver otro día, bendice y se despide.

Pedro se marcha contento con María.

Llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz.

Muchos se vuelven a mirarlos.

Jesús, sonriendo, observa cómo van.  

Zelote exclama:

–     ¡Simón se siente feliz!  

Jesús lanza su mirada a través del Tiempo… 

Santiago de Zebedeo pregunta: 

–     ¿Por qué sonríes, Maestro? 

Jesús responde:

–     Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa. 

Tadeo inquiere:

–     ¿Cuál, Hermano?

¿Qué es lo que ves? 

–     Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora.

No debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam.

Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano.

Y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación, la mano de mi naciente Iglesia.

Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor.

Así la Iglesia se desarrollará… como Margziam… ¡Verdaderamente es un niño – símbolo!

¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro!

Vamos a casa de Juana…

Por la tarde, de nuevo en la casita de Betania.

Muchos, cansados, se han retirado ya.

Pedro no, pues va y viene paseando por el sendero, levantando la cabeza muy frecuentemente hacia la terraza donde están sentados hablando, Jesús y María.

Juan de Endor por su parte está hablando con Simón Zelote, sentados los dos bajo un granado exuberante todo en flor.

Se ve que María ha hablado ya mucho, porque Jesús,

le responde:

–     Todo lo que me has dicho es muy cabal.

Tendré presente la equidad de tus palabras. También estimo exacto tu consejo por lo que se refiere a Analía.

Es buena señal que ese hombre lo haya recibido con tanta disposición.

Es verdad que en la alta Jerusalén hay mucho embotamiento y odio, porquería se puede decir.

Pero, entre sus gentes humildes hay perlas de ignorado valor. Me alegro de que Analía se sienta feliz. Es una criatura que es más del Cielo que de la tierra.

Quizás ese hombre, ahora que ha entrado en el concepto del espíritu, lo ha intuido y por eso manifiesta hacia ella una gran veneración.

Su idea de marcharse a otro lugar, para no turbar con un latido humano el cándido voto de la muchacha, lo demuestra. 

María dice:

–     Sí, Hijo mío.

El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes… Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. El no sabía mi secreto…

Y no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo:

Había detectado el perfume de mi alma… Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado… hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que…

No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes.

No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero aunque no hablemos, sabemos…

Y aunque no hablemos, los demás intuyen…

¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Mágdala y el del sábado por la mañana…

La inocencia habla… porque ve con los ojos de su ángel.

Pero también los ancianos vislumbran…

No se equivocan: es un ser huidizo… todo en él es huidizo.

Le tengo miedo… y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Mágdala y de Margziam en Getsemaní.

Porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños.

–     ¡No todos pueden ser Juan!…

–     ¡No lo pretendo!

¡Sería un paraíso esta tierra!

Pero mira, me has hablado del otro Juan… Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena… 

 Judas, sin embargo, me da miedo.

–     ¡Ámalo, Madre!

¡Ámalo, por amor a Mí!

–     Sí, Hijo.

Pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él.

¿Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto.

–     Sí.

Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece.

–     Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: “¡Ah, Señor, eso no es verdad!”.

Y tendría razón.

–    ¿Por qué, Madre?

Pero Jesús ya sonríe, porque ha comprendido.

–     Porque no lo complaces dándole un hijo.

Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos…

Y tus negativas.

–     ¿No te ha explicado las razones, con que las he justificado?

–     Sí. Me las ha dicho.

Y ha añadido: “Es verdad… pero yo soy un hombre, un pobre hombre.

Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que… me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos… y me voy a morir sin tenerlos”.

Y ha dicho – aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, lo había besado y le había llamado “padre querido”–, ha dicho:

“Mira, cuando este pequeñuelo que hace diez días no lo conocía, me llama así; siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel.

Y me pongo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo…”

María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra…

Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla…

Y con la cabeza apoyada sobre la mano, guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del extenso huerto.

María toma una mano de Jesús, se la acaricia,

y dice:

–     Simón tiene este gran deseo..

Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello. Y exponiendo razones tan justas, que… no he podido objetarle nada.

Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres.

El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú… ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo!

¡Pero, es físicamente tan delicado!… Muy inteligente, muy bueno… Pero nada más.

A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes.

Los pastores son buenos… pero son hombres y los niños tienen necesidad de las mujeres.

¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él.

Un hijo propio es como un ancla.

Y Simón que está destinado a tan alto destino, no puede estar retenido por ninguna ancla.

Pero estarás de acuerdo en que él debe ser “el padre” de todos los hijos que le vas a confiar.

¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño?

Un padre debe ser dulce. Simón es bueno, pero no dulce.

Es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil…

Considera este destino de Simón… ¡Nada menos que tu sucesor!

¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla!

Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla.

Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam… quieres hacer de él un discípulo perfecto… pero es todavía un niño.

Tú… te marcharás antes de que se haga hombre.

¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además…

¡Pobre Simón!… ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya.

Pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado,

de su libertad de hace ya un año, para que lo dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar.

¿Y su esposa?: ¡Pobre mujer!…

¡Desea tanto amar y ser amada…! Su madre… ¡Oh!… ¿Y el marido?: encantador pero autoritario…

Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado… ¡Pobre mujer!… Confíale el niño.

Escúchame, Hijo.

Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea.

Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo. casi pariente porque procede de David.

Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía.

Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Porfiria.

Cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí lejos, el niño se quedará con ella.

¡Ah!,… te veo sonreír…

Entonces es que vas a contentar a tu Madre.

Gracias, Jesús mío.

–     Sí, sea como Tú quieres.

Jesús se levanta…

Y llama con voz potente:

–     ¡Simón de Jonás, ven aquí!

Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras.   

Pregunta:

–     ¿Qué quieres, Maestro?

–     ¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!

–     ¿Yooo?

¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?

–     Has coaccionado a mi Madre.

Por este motivo quisiste estar solo.¿Qué debo hacer contigo?

Pero Jesús sonríe…

Y Pedro se tranquiliza

–     Me has asustado verdaderamente.

Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida?

Ya sólo me queda la vida porque me has tomado todo lo demás… Pero, si quieres, te la doy.

–     No quiero tomarte nada.

Quiero darte algo.

De todas formas, no te aproveches de la victoria…

Y NO DIGAS ESTE SECRETO A LOS DEMÁS… 

Astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna.

Tendrás el niño, pero…

Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro, que se había arrodillado, se pone en pie de un salto…

Y besa a Jesús con tal ímpetu, que le corta la palabra.

     Agradéceselo a Ella.

Pero recuerda que esto debe ser una ayuda para tí, NO un obstáculo…

–     Señor, no te arrepentirás de este regalo…

¡Oh, María, santa y buena, bendita seas siempre!…

Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María…

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