173 PRINCIPIO DE LA CAÍDA


173 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El miércoles por la mañana, la comitiva de los apóstoles y las mujeres, a cuyo frente van Jesús y María con el pequeño Margziam, se acerca a la Puerta de los Peces, en el Templo de Jerusalen. 

José de Arimatea, fiel a su palabra ha venido a su encuentro.

Jesús busca con sus ojos al soldado Alejandro, pero no lo ve.

Dice en voz alta:

–   Ni siquiera hoy está.

Me gustaría saber que ha sido de Él.

La gente es tan numerosa que no hay manera de dirigirse a los soldados.

Además de que sería una imprudencia, pues los judíos están muy enojados por la rabia que sienten por la captura del Bautista;

a manos de Herodes Antipas, de quién hacen cómplice a Pilatos y sus satélites.

Una andanada de insultos con epítetos muy pintorescos, aunque nada diplomáticos, estallan a cada instante;

como las chispas de una rueda de fuegos artificiales.

A los galileos también les toca.

José de Arimatea se adelanta cerca de Jesús y la multitud que lo conoce, guarda silencio por respeto a él.

Dejan atrás la Puerta de los peces y…

Les sale al encuentro Felipe, Tomás y Bartolomé.

Tomás grita:

–    ¡Eh, Maestro!

Varios preguntan:

–    ¿Judas no está con ustedes?

Tomás contesta:

–    Estamos aquí desde temprano por temor de que fueses a venir antes.

Pero él no se ha dejado ver. Ayer lo encontré. Parecía un levita y estaba con Sadoc el escriba.

¿No lo conoces José?

Es viejo, flaco y con una verruga bajo el ojo. Había también otros jóvenes. Le grité: ¿Cómo estas Judas? Y no me respondió…

 Fingió no conocerme y yo dije: ¿Qué le pasará?

Y cuando me acerqué a él, se separó de Sadoc y se fue rápido con  otros de su edad… Que ciertamente no eran levitas.

Y ahora, no ha venido.

¡Él sabía que quedamos de vernos aquí!

Felipe no dice nada.

Bartolomé aprieta los labios, para no decir lo que está pensando en su corazón.

Pedro dice:

–    Está bien. da lo mismo.

No me voy a poner a llorar porque no está aquí.

Jesús dice:

–    Vamos a esperar un poco.

Puede ser que se haya entretenido en el camino.

Las mujeres y los hombres en diversos grupos, se apoyan sobre el muro donde hay sombra.

Todos se han vestido muy solemnes.

El más lujoso es Pedro.

Hace gala de un turbante nuevo, blanco como la nieve, con galón recamado en color rojo y dorado.

El vestido que trae es de color granada muy oscuro.

Lo adorna con una faja nueva del mismo color del turbante, donde le cuelga la vaina de un puñal.

La empuñadura está grabada y la vaina adornada de latón, bruñido. A través de ella se ve brillar el acero.

Casi todos los demás están armados, menos Jesús; que luce su vestido blanco y su manto azul rey.

Margziam trae un vestido rojo claro, con un galón más oscuro al cuello, en los bordes y en las muñecas.

en la cintura y en los bordes del manto que el niño trae doblado sobre el brazo.

Lo toca con cariño.

vez en cuando levanta su carita, mitad sonrisa, mitad preocupación…

Pasa el tiempo y Judas no llega.

Pedro gruñe:

–    No se dignó…

Juan dice:

–    Tal vez nos espera en la Puerta Dorada.

Se van al templo, pero Judas no está.

José de Arimatea no aguanta más…

y dice:

–     Vámonos.

Margziam palidece.

Besa a María diciéndole:

–    Ruega… Ruega…

Ella contesta sonriendo con dulzura:

–     Sí, querido.

No tengas miedo. Estás muy bien preparado…

Margziam se arrima a pedro y le estrecha nerviosamente la mano.

Y como no se siente muy seguro, busca la mano de Jesús,

que le dice:

–   Yo no voy, Margziam.

Voy a rogar por ti. Nos veremos después.

Pedro exclama asombrado:

–   ¿No vienes?

¿Por qué, Maestro?

–   Porque es mejor así.   

Jesús está serio y triste.

Agrega:   

–   José que es justo, no puede menos que aprobar mi acción.

En realidad, José no dice nada.

Con su silencio y con un suspiro, confirma lo dicho por Jesús.

Pedro dice afligido:

–    Entonces… vámonos.

Margziam se pega a Juan.

José, a quien saludan a cada paso con inclinaciones profundas, los precede.

Los acompañan simón y Tomás.

Los demás se quedan con Jesús.

Entran a una sala donde un joven está escribiendo en un rincón.

Se levanta al ver a José y se inclina hasta el suelo.

José le dice:

–    Dios sea contigo, Zacarías.

Ve a llamar al punto a Azrael y a Jacob.

Inmediatamente se va y poco después regresa con dos rabinos de aspecto severo, que pierden su cejo de preocupación ante José. 

Detrás de él están otros ocho personajes de menor rango.

Se sientan y solo quedan de pie, José y los postulantes.

El de mayor edad pregunta:

–     ¿Qué quieres, José?

José de Arimatea responde:

–    Presentar a vuestro saber a este hijo de Abraham que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y gobernarse por sí solo.

Lo miran con admiración,

y preguntan:

–    ¿Pariente tuyo? 

–     En Dios todos somos parientes.

El niño es huérfano y este hombre de cuya honradez yo soy fiador, lo ha tomado por suyo a fin de que su tálamo no quede sin descendencia.

–   ¿Quién es?

¡Qué responda por sí!

Pedro contesta:

–    Simón de Jonás.

De Betsaida de Galilea.  Casado sin hijos; pescador porque así quiere el mundo. Hijo de la Ley por voluntad del Altísimo.

–    Y tú Galileo asumes esa responsabilidad, ¿Por qué?

–    Está en la Ley que se tenga amor por el huérfano y por la viuda. La cumplo.

–    ¿Conoce éste realmente la Ley para merecer que…? Pero tú niño responde; ¿Quién eres?

El niño, con dignidad pero sin altivez; contesta:

–   Yabé Margziam de Juan, de la campiña de Emmaús.

Tengo doce años de edad.

Los rabinos dicen: 

–    Luego eres de Judá.

.    ¿Es lícito que cuide de él un galileo?-

–    Busquemos en las leyes.

A Pedro le empieza a hervir la sangre:

–    ¿Pero que soy yo?

¿Leproso o maldito?

José de Arimatea interviene:

–     Cállate Simón.

Yo hablo por él. Dije que soy fiador de este hombre. Lo conozco como si fuese de mi casa.

El Anciano José jamás propondría una cosa contraria a la Ley y ni siquiera a las leyes.

Examinad por favor al niño, justa y cuidadosamente.

El patio está lleno de niños que esperan el examen.

No os tardéis por amor a todos los demás.  

–     Pero, ¿Quién prueba que el niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?

–    Lo puedes comprobar en las Escrituras.

Es una investigación molesta, pero se puede hacer. Niño, me dijiste que fuiste el primogénito ¿No es así?

Margziam contesta:

–     Sí, señor.

Puedes verlo, porque fui consagrado al señor y rescatado con lo prescrito.

José agrega: 

–     Entonces busquemos otros datos… 

Los dos quisquillosos responden secamente:

–     No es necesario.

–     Ven aquí, muchacho.

Y comienza el examen de los doctores de la Ley…   

–    Dí el Decálogo.

–    El niño lo recita.

–   Dame ese rollo, Jacob.

Le entregan el rollo solicitado,

e indica:

–     Si sabes, lee.

–     ¿En dónde rabí?

Azrael responde:

–     En donde quieras.

En donde tus ojos se fijen.

Jacob le quita el pergamino y lo desenrrolla.

le señala: 

–     Aquí.

El niño lee.

–    ¡Basta! Basta…

¿Qué cosa es esto?

Pregunta Jacob señalando las extremidades de su manto.

–    Las franjas sagradas, señor.

Las llevamos para acordarnos del precepto del Altísimo Señor.

–    ¿Es lícito a un israelita comer de cualquier carne?

–    No, señor. tan sólo de las que han sido declaradas lícitas.

–    Dime los preceptos.

Y obediente, el niño comienza la letanía de: ‘No cometerás…’

–    ¡Basta! Basta.

Para ser galileo, sabe demasiado.   

Entonces se dirige a Pedro:   

–     Oye tú,

A ti te toca jurar que el niño ha llegado a su mayoría de edad.

Pedro, con el mayor garbo que todavía conserva, después de tantos desaires…

Empieza a proclamar su discurso que le pertenece,

como padre:

–    Como habéis observado mi hijo ha llegado a la edad prescrita.

Es capaz de guiarse por el conocimiento de la Ley, de los preceptos, de las costumbres y tradiciones; ceremonias, bendiciones y oraciones.

Por eso, como habéis comprobado; puede él, como yo también, pedir que se le conceda el derecho de haber llegado a la mayoría de edad.

En realidad, yo debería haberlo dicho antes. Pero las costumbres han sido violadas y no por nosotros los galileos.

Al niño le preguntaron antes que a su padre. Ahora os digo, una vez que lo habéis considerado capaz:

Desde este momento no soy yo responsable de sus acciones, ni ante Dios, ni ante los hombres.

Azrael indica:

–   Pasad a la sinagoga.

El reducido grupo pasa a la sinagoga, en medio de las caras rígidas de los rabinos a quienes Pedro les ha dicho la verdad.

Derecho, enfrente de los fascítoles y lámparas, le cortan el cabello a Marziam, hasta las orejas.

Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, recamada en amarillo oro.

Y con él ciñe la cintura del niño.

Margziam le entrega a Pedro el manto y mientras los sacerdotes le colocan en la frente y en el brazo, cintas de cuero.

Pedro hace lo propio, poniendo diligentemente en el manto de Margziam, las franjas sagradas.

¡Qué emocionado está Pedro cuando entonan los salmos y la Palabra del Señor!…

Y casi inmediatamente, todos los celebrantes, literalmente escapan…

Con esto se pone fin a la ceremonia.

Pedro dice:

–     ¡Menos mal!

¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa.

Tú… tú, hijo mío, tienes a Otro que te consagra…

Vamos a tomar un corderito, para el sacrificio de Alabanza al Señor. Un corderito encantador como tú.

Y su vuelve hacia el anciano doctor de Israel,

diciendo:

–     Te agradezco mucho José.

Tú también Marziam. Da las gracias a este gran amigo.

Sin ti José, nos hubieran tratado muy mal del todo…

Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú.

José de Arimatea dice:

–     Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú.

Te ruego que vengas a mi casa de Bezetha, para el banquete. Y contigo todos, como es lógico.

Permíteme que sean mis invitados.

Pedro, lleno de humildad, pero radiante de alegría, inclinando la cabeza como saludo,

contesta con exquisita cortesía:

–     Vamos a decírselo al Maestro.

Para mí… ¡Es demasiado honor!

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al Patio de las Mujeres.

Allí todas felicitan a Margziam.

Luego los hombres pasan al Atrio de los Israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos.

Se reúnen todos en una armónica comunión de felicidad. 

 Y mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto!

Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio más bien angustioso, de sus compañeros.

Sólo cuando están en la sala de la casa de José y cuando le hacen a Margziam la pregunta de rigor, acerca de lo que hará en el futuro… 

Y el niño declara con firmeza: 

–     Seré pescador como mi padre.

Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende…

Y dice: 

–     La verdad es que Judas nos ha puesto una gota de acíbar sobre esta felicidad y en esta fiesta…

Estás preocupado, Maestro… y los demás…

Tú… tú, hijo mío, tienes

Tú estás muy preocupado, Maestro.

Y los demás están tristes por eso. Perdóname si antes no lo había notado…

¡Ah!… ¡Ese, Judas!…

Ese mismo lamento está en el corazón de todos los demás.

Jesús, para quitar la preocupación, se esfuerza en sonreír…

Y dice:

–    No te molestes Simón.

No hace falta a la fiesta.

Oye, ¿Entonces Margziam respondió muy bien?

Lo sabía de antemano.

José regresa después de haber dado órdenes a sus criados,

Y dice:

–     Os agradezco a todos vosotros por haberme rejuvenecido con esta ceremonia.

Y por haberme dado el honor de tener en mi casa al Maestro, a su madre, a sus familiares y amigos.

Y a vosotros queridos condiscípulos, junto con todos mis invitados, venid al jardín…

Con la última frase, José manifiesta su verdadero sentir de pertenencia al grupo apostólico.

Todos van y celebran el acontecimiento.

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