182 EL ÉXTASIS MATERNO


182 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA  

Dejada Betania con la primera sonrisa de la aurora, Jesús se dirige a Belén.

A su lado van su Madre, María de Alfeo y María Salomé.

Le siguen los apóstoles.

El niño por el contrario, le precede y encuentra motivo de contento en todo lo que ve:

Las mariposas que se están despertando, los pajaritos que cantan o picotean en el sendero, las flores que resplandecen por los diamantes del rocío…

El hecho de que aparezca un rebaño en que se oye el balido de muchos corderitos.

Una vez atravesado el torrente que está al sur de Betania y que es todo espuma risueña entre los cantos, la comitiva se dirige hacia Belén.

Pasando entre dos  series de colinas enteramente verdes de olivos y viñedos con algunos pequeños campos dorados de grano aviado ya a la siega. 

El valle es fresco y el camino bastante cómodo

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús.

Pregunta:

–      ¿Por aquí se va a Belén?

Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino.  

Jesús responde: 

–     Es verdad. 

Pero porque veníamos de Jerusalén.

Por aquí es más corto.

Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos como hace tiempo habéis decidido.

Mi Madre quiere ir a Betsur.

Allí nos reuniremos de nuevo.  

Pedro dice:

–     Sí, lo dijimos…

¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!…

Especialmente la Madre… 

Que a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta.

Y conoce todo a la perfección.

Si lo contara Ella, creo que sería distinto.

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo…

Y sonríe.

Margziam pregunta: 

–     ¿Qué gruta, padre? 

Pedro responde: 

–     La gruta donde nació Jesús.  

Margziam exclama:

–    ¡Ah, muy bien!

¡Voy yo también!…  

María de Alfeo y Salomé se unen: 

–     ¡Sería precioso! 

–     ¡Realmente precioso!… 

María Mamá, comenta: 

–    Significaría volver al pasado.

A cuando el mundo te ignoraba…

Te ignoraba sí, pero todavía no te odiaba.

Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas, que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe…

Significaría depositar en el pesebre, este peso de amargura que oprime mi corazón, desde que sé lo mucho que te odian…

Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa… 

Y ello me acariciaría el corazón. 

¡Este corazón mío tan lleno de amargura!…

María habla despacio, entre anhelante y afligida.  

Jesús concede:  

–     Pues entonces vamos a ir, Mamá.

Condúcenos tú al lugar.

Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender.

–    ¡No, Hijo!

Tú eres siempre el Maestro…

En la tierra de Belén tú eres la Reina.

Es tu primer castillo.

María de la estirpe de David, guía a este pequeño pueblo a tu morada.

Judas de Keriot hace ademán de hablar, pero no dice nada.

Jesús que se ha dado cuenta del gesto y lo ha interpretado,

dice:

–    Si a1guno, por cansancio…

U otro motivo no quiere venir, que libremente prosiga hacia Betsur.

Pero ninguno habla.

Prosiguen el camino por este fresco valle que va en dirección este – oeste.

Luego giran levemente hacia el norte para bordear un entrante de un collado.

Y llegan así al camino que de Jerusalén conduce a Belén,

justo a la altura de un cubo que es la tumba de Raquel y que culmina en una pequeña cúpula orbicular.

Todos se acercan para orar con reverencia.  

María dice: 

–    Aquí nos detuvimos yo y José…

Está todo igual. Lo único distinto es la estación.

En aquel entonces era un frío día de Kisléu.

Había llovido, los caminos estaban lodosos.  Se había levantado un viento helador y había caído escarcha durante la noche.

Los caminos estaban endurecidos, pero como habían sido recorridos todos ellos,

por carros y por mucha gente, parecían un mar lleno de hoyos.

Se hacía muy trabajoso para mi burrito… 

Jesús pregunta: 

–    ¿Y para ti no, Madre?  

María exclama: 

 

–    ¡Yo te tenía a ti!…

 La expresión de beatitud con que lo mira es verdaderamente conmovedora.

Es la evocación de una marejada de recuerdos…

Unos instantes después, sigue hablando:

–    Atardecía.

José estaba muy preocupado…

Se estaba levantando un viento cortante y cada vez soplaba más fuerte…

La gente que iba hacia Belén apresuraba su paso.

Chocaban unos con otros.

Muchos decían insolencias contra mi burrito, por lo despacio que iba;

buscando el lugar donde apoyar sus pezuñas…

Parecía como si supiera que Tú estabas ahí…

Durmiendo el último sueño en la cuna de mis entrañas.

Hacía frío… pero yo ardía por dentro. Te sentía llegar…

¿Llegar? Podrías decir: “Mamá, Yo ya estaba desde hacía nueve meses”.

Sí. Pero ahora era como si vinieras del Cielo.

El Cielo descendía, se plegaba hacia mí…

Y yo veía sus resplandores…

Veía a la Divinidad arder de gozo por tu inminente nacimiento.

Y ese fuego me traspasaba, me incendiaba, me abstraía…

De todo… Frío… viento… gente… ¡Nada!

Yo veía a Dios…

De vez en cuando con esfuerzo, lograba volver con mi espíritu a esta tierra.

Y sonreía a José, que temía al frío y al cansancio por mí.

Y que iba guiando al burrito por temor a que tropezase y que me arropaba con la manta porque temía que me enfriase… 

Mas nada podía suceder.

No sentía los bamboleos.  

Me parecía ir por un camino de estrellas, entre nubes cándidas, sujetada por ángeles…

Y sonreía…

Primero a ti…

Te veía dormir, capullo mío de azucena, a través de la barrera de la carne, con los puñitos apretados en tu camita de rosas vivas…

Luego sonreía a mi esposo, que estaba profundamente afligido, para infundirle ánimo…

Luego a la gente, que no sabía que estaba respirando ya en el aura del Salvador…

Nos detuvimos cerca de la tumba de Raquel, para que descansase un momento el borriquillo.

Y para comer un poco de pan y unas aceitunas, nuestras provisiones de pobres.

Pero yo no tenía hambre.

No podía tener hambre… Me alimentaba mi alegría.

Reanudamos el camino.

Venid, os voy a decir dónde encontramos al pastor…

No penséis que puedo equivocarme; estoy reviviendo aquella hora. 

Veo y reconozco cada uno de los lugares porque veo a través de una gran luz angélica.

Quizás la muchedumbre angélica está de nuevo aquí, invisible para los cuerpo;

pero visible para las almas con su luminoso candor.

Y todo se hace patente, todo queda señalado.

Ellos no pueden equivocarse y me guían…

para alegría mía y vuestra. 

Mirad, desde aquel campo a éste vino Elías con sus ovejas.

José le pidió un poco de leche para mí.

Allí en aquel prado, estuvimos detenidos mientras él extraía la leche tibia reconstituyente.

Y daba algunos consejos a José.

Venid, venid…

Mirad, éste es el sendero de la última hondonada antes de Belén.

Lo elegimos porque el camino principal en las cercanías de la ciudad, era todo un barullo de gente y cabalgaduras…

¡Ahí está Belén!

¡Oh, entrañable tierra de mis padres, que me diste el primer beso de mi Hijo!

¡Te abriste, buena y fragante, como el pan que te da el nombre.

(Belén significa “casa del pan”) para dar Pan verdadero al mundo mortalmente hambriento!

¡Me abrazaste tú, tierra que conservas el materno amor de Raquel,

Como una madre, tierra santa de la davídica Belén;

Primer templo del Salvador, de la Estrella de la mañana nacida de Jacob…

Para señalar la ruta del Cielo a toda la Humanidad!

¡Fijaos cuán bella está en esta primavera!

¡También entonces, a pesar de que los campos y los viñedos aparecieran desnudos, era hermosa!

Un velo leve de escarcha resplandecía en las desnudas ramas, parecían espolvoreadas de diamantes,

como envueltas en un impalpable cendal paradisíaco.

Las chimeneas de todas las casas humeaban, pues llegaba la hora de la cena.

El humo, subiendo escalonadamente los rellanos hasta llegar a este límite, mostraba a la propia ciudad también velada…

Todo se sentía casto, recogido, en espera…

¡De ti, de ti, Hijo!

La tierra te sentía llegar…

Te habrían sentido también los betlemitas, porque no son malos, a pesar de que no lo creáis.

No podían ofrecernos alojamiento…

En las casas honradas y buenas de Belén, se apiñaban arrogantes como siempre;

sordos y soberbios, los que hoy lo siguen siendo.

Ésos no podían  sentirte a TÍ…

¡Cuántos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios había! ¡Cuántos!…

Su embotamiento de ahora sigue siendo manifestación de su dureza de corazón de entonces.

Cerraron su corazón al amor a su pobre hermana aquella noche.

Y se quedaron – y todavía lo están en las tinieblas.

Desde aquél momento, rechazando el amor al prójimo, rechazaron a Dios.

Venid. 

Vamos a la gruta.

Es inútil entrar en la ciudad.

Los mejores amigos de mi Niño ya no están.

Queda la naturaleza amiga con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego.

La Naturaleza que sintió la llegada de su Señor…

Sí, venid sin vacilación.

Se tuerce por aquí…

Allí están las ruinas de la Torre de David:

¡La aprecio más que a un palacio!

¡Benditas ruinas!

¡Bendito riachuelo!

Toda la Creación también es espiritual y cuando tenemos el alma viva, la apreciamos como Dios la creó y por eso las palabras de María son así… 

¡Bendito árbol que como por milagro, te despojaste con el viento de muchas de tus ramas,

para que encontrásemos leña y pudiéramos encender fuego!

María baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente.

Corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta…

Y se inclina para besar su suelo. 

La siguen todos los demás.

Están emocionados…

El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa;

sus ojitos negros brillan y sus oídos beben las palabras y los gestos de María, sin perderse ni uno solo.

María se pone en pie.

Y entra diciendo:

–    ¡Todo, todo como entonces!…

Pero en aquella ocasión era de noche… 

José me hizo luz para que entrase.

Entonces, sólo entonces desmontando del borriquillo, sentí lo cansada y helada que estaba.

Un buey nos saludó.

Me acerqué a él para sentir un poco de calor para apoyarme sobre el heno…

José, aquí donde estoy yo, extendió heno para hacerme un lecho.

Lo había secado a la llama que estaba encendida en aquel rincón; para mí y para ti, Hijo…

Porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ángel…  

Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso.

María, mientras describe, va señalando los lugares:

“Luego él fue allí a alimentar el fuego y se quitó el manto para tapar la abertura…

En realidad, había corrido el velo ante la gloria de Dios que descendía del Cielo, Tú mi Jesús…

Y yo permanecí allí encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana… 

¡Mi amado esposo!…

En la conmoción de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad;

siempre henchida de lo desconocido para una mujer. 

Y para mí en mi maternidad única, henchida además del Misterio del qué sería ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal.

José fue para mí como una madre, como un ángel… mi consuelo… entonces y siempre…

Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo…

Para que no viera lo que para mí era el beso de Dios de cada día…

Y tras el intermedio de las humanas necesidades,

he aquí que me llegan las desmesuradas olas del éxtasis, que vienen del mar paradisíaco.

Y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez más altas…

Y me llevan arriba, arriba con ellas a un océano de luz…

De Luz, de alegría, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios…

Oigo todavía una voz de la tierra:

“¿Duermes, María?”.

¡Qué lejana!… ¡Es un eco, un recuerdo de la tierra!…

Tan débil que el alma no reacciona.

No sé lo que respondo.

Mientras sigo subiendo, subiendo en esta inmensidad de fuego,

de beatitud infinita, de precognición de Dios…

hasta Él, hasta Él.

¡Oh!, pero, ¿Te alumbré yo a ti o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?,

¿Te alumbré yo a Tí o Tú me aspiraste para alumbrarme?

No lo sé…

Luego el regreso de coro en coro, de astro eastro, de estrato en estrato;

dulce, lento, feliz, sereno… 

Como el de una flor que el águila ha llevado a las alturas para dejarla caer después.

Y desciende lentamente en las alas del aire…

Embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al Cielo.

Para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer…

Mi diadema: ¡Tú! Tú sobre mi corazón…

Aquí sentada después de haberte adorado, te amé.

Por fin pude amarte sin la barrera de la carne.

De aquí me desplacé para llevarte al amor de aquel que como yo, era digno de estar entre los primeros que te amasen.

Aquí, entre estas dos toscas columnas, te ofrecí al Padre.

Aquí descansaste por primera vez sobre el pecho de José…

Aquí te envolví en pañales y los dos, te colocamos aquí…

Yo te acunaba mientras José secaba el heno al fuego y se lo metía en su pecho para mantenerlo caliente.

Luego, allí…

Adorándote los dos así, así inclinados hacia Tí, como yo ahora;

bebiendo tu respiración, contemplando hasta qué anonadamiento puede conducir el amor;

llorando las lágrimas que ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios.

Maria, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor,

con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia Jesús; 

que está sentado en  una piedra grande mientras Ella relata y lo besa en el pelo llorando…

Adorándole como entonces.  

Permaneciendo todos en un silencio reverencial, durante unos minutos…

Lugo la voz materna vuelve a escucharse: 

–     Y luego los pastores…

Dentro aquí, adorando con su buen corazón…

Con el intenso hálito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano.

De rebaños, de heno.

Y afuera por todas partes los ángeles, adorándote con su amor,

con sus cantos que ninguna criatura humana puede reproducir…

Y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba,

que ellos portaban, entre sus fulgores ¡Tu Nacimiento, bendito mío!

María se ha arrodillado al lado de su Hijo…

Y llora de emoción con la cabeza reclinada en las rodillas de Jesús.

Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato.

Emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sí…

Como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ásperas piedras, la escena descrita…

María sale de este momento particular,

y torna a hablar:

–     Bien, he descrito el nacimiento

Infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo.

Lo he hecho con mi corazón de mujer, no con la sabiduría de un maestro.

No hay más.

En efecto, fue la cosa más grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias más comunes.  

Muchos  de los presentes quieren saber…

Y las dos Marías lo preguntan 

–     Pero, ¿Y al día siguiente? 

–    ¿Y después? 

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