196 EL PRIMER CRISTIANO


196 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La aurora despierta con su hálito fresco a los durmientes.

Se levantan del lecho de arena en que han dormido, al abrigo de  una duna salpicada de escasas hierbas resecas.

Trepan hasta la cima.

Ante ellos se abre una profunda pendiente arenosa, mientras que un poco más allá y acá de ella;

hay parcelas cultivadas y bonitas.

Un torrente carente de agua marca con sus guijarros blancos el oro de la arena.

Y ya con este blancor de huesos resecos hasta el mar, que cabrillea a lo lejos;

con sus olas llenas por la marea de la mañana, más llenas por un ligero mistral que peina el océano.

Caminan por el borde de la duna, hasta el torrente desecado.

Lo pasan y siguen caminando en diagonal por las dunas, que ceden bajo sus pies.

Y que con su superficie toda ondulada, parecen continuación del océano, de materia sólida y seca en vez de las móviles aguas.

Llegan a la húmeda playa.

Ahora andan más deprisa.

Juan se queda como hipnotizado ante la visión del mar sin límites;

labrado en infinitas caras encendidas por los primeros destellos del sol;

Parece beber esa belleza y parecen teñirse aún más de azul sus ojos.

Mientras Pedro más práctico, se descalza, se sube un poco la ropa y chapotea por las suaves olas de la orilla;

con  la esperanza de encontrar algún cangrejillo o alguna concha de molusco que chupar.

A dos kilómetros largos de distancia se ve una bonita ciudad marítima, edificada en la orilla…

Siguiendo el arrecife de forma de media luna, al otro lado del cual el viento y las borrascas, han transportado las arenas.

El arrecife, ahora que el agua con la baja marea se está retirando, emerge también aquí;

obligandolos a volver a la arena seca, para no torturar con los escollos los pies desnudos.  

Felipe pregunta:  

-¿Por dónde entramos, Señor?

Por este lado se ve sólo una muralla bien sólida.

Por el mar no se puede entrar.

La ciudad está en el punto más profundo del arco. 

Jesús responde: 

–     Venid.

Sé por donde se entra.

–     ¿Has estado alguna otra vez aquí?

–     Una vez, de niño.

No creo que recuerde cómo es, pero sé por dónde se pasa.

Santiago de Zebedeo observa: 

–     ¡Extraño!

He notado muchas veces que Tú no yerras nunca el camino;

alguna vez te lo hacemos confundir nosotros.

¡Tú… parece como si hubieras estado en todos los sitios por donde te mueves! 

Jesús sonríe, pero no responde.

Va, sin vacilar, hasta un pequeño suburbio rural donde los hortelanos cultivan verduras para la ciudad.

Las parcelas, las huertas, son de trazado regular y están bien cuidadas.

Mujeres y hombres las cultivan.

Ahora están regando los surcos, extrayendo el agua de los pozos a fuerza de brazos o con el viejo y chirriante sistema del pobre:

Un burrito vendado que eleva los arcaduces dando vueltas en torno al pozo.

Los cultivadores no dicen nada.

Jesús saluda:

–     Paz a vosotros.

Pero la gente permanece, si no hostil, al menos indiferente.

Tomás dice: 

–     Señor, aquí se corre el riesgo de morir de hambre.

No comprenden tu saludo. Voy a probar yo. 

 Y aborda al primer hortelano que ve,

diciéndole:

–     ¿Cuesta cara tu verdura? 

El hombre contesta: 

–     No más que la de otras huertas.

Es cara o no, según lo nutrida que esté la bolsa.

–     Bien has dicho…

Pero como puedes ver, yo no muero de inanición; estoy gordo y tengo buen color, a pesar de no comertus verduras.

Lque significa que mi bolsa es una buena ubre.

En pocas palabras: Somos trece y podemos comprar…

¿Qué nos vendes?

–     Huevos, verduras, almendras tempranas, manzanas…

También pasas, porque son de hace bastante tiempo, aceitunas…

Lo que quieras.

–     Dame huevos, manzanas y pan, para todos.

–     Pan no tengo.

En la ciudad lo encuentras.

–     Tengo hambre ahora, no hambre dentro de una hora.

No creo eso de que no tienes pan.

–     No tengo.

La mujer lo está haciendo.

Mira, ¿Ves allá, donde está a aquel viejo? Siempre tiene mucho pan…

 Porque estando más cerca del camino, a menudo se lo piden los peregrinos.

Ve donde Ananías y pídeselo.

Ahora te traigo los huevos.

De todas formas, ten en cuenta que cuestan a un denario el par.

–     ¡Ladrón!

¿Qué pasa? ¿Acaso tus gallinas ponen huevos de oro?

–     No.

Pero uno no está en medio del hedor de los pollos por nada; ya que no es agradable.

Además, ¿No sois judíos?

Pues pagad.

–     Quédate con los huevos y considérate bien pagado

Tomás le vuelve la espalda y empieza a caminar…   

El hombre grita: 

–     ¡Eh, hombre!

¡Ven! Te los doy por menos: tres al denario.

–     Ni cuatro; bébetelos.

Y a ver si se te atragantan.  

El hortelano sigue a Tomás. 

Y le dice: 

–     Ven.

Escúchame.

¿Cuánto me quieres dar?

–     Nada.

Ya no los quiero.

Quería tomar un tentempié antes de entrar en la ciudad.

Será mejor que no coma nada.

Así no pierdo ni la voz para cantar las crónicas del rey, ni el apetito para comer bien en la hostería.

–     Te los doy a un didracma el par.

–     ¡Uf, eres peor que un tábano!

¡Dame esos huevos! ¡Que sean frescos!

Si no, vuelvo y te pongo el morro más amarillo de lo que lo tienes.  

Tomás va con el hombre y vuelve con, al menos, dos docenas de huevos en el vuelo del manto.

Y le dice a Jesús: 

–     ¿Has visto?

A partir de ahora en este pueblo de ladrones, yo hago  las compras; sé cómo tratarlos.

Ellos vienen cargados de dinero a comprar a nuestra tierra, para sus mujeres. 

Los brazaletes nunca son lo suficientemente gruesos…

Y se pasan jornadas enteras regateando el precio.

Ahora me vengo. 

Vamos con aquel otro escorpión.

Ven Pedro.

Y entregándolos, 

dice: 

–    Ten estos huevos, Juan.   

Los dos apóstoles se dirigen a donde está el anciano Ananías…

Que tiene la huerta a lo largo de la vía principal. que conduce a la ciudad.

Y que desde el norte, siguiendo el trazado de las casas del suburbio, 

Es una vía bien adoquinada, sin lugar a dudas, hecha por los romanos.

Ya está cerca la puerta del lado oriental de la ciudad.

Dentro, se ve que la vía prosigue derecha verdaderamente artística, transformada en un doble soportal umbrío;

sostenido por columnas de mármol por cuya fresca sombra la gente camina;

dejando el centro de la calle para los asnos, camellos carros y caballos.

Tomás llega a su destino.

Preguntando:  

–     ¡Salud!

¿Nos vendes pan? 

El anciano no oye o finge que no quiere oír.

La verdad es que el chirrido de la noria es tal, que puede crear confusión.

Pedro pierde la paciencia,

Y grita:

–     ¡Para a tu Sansón!

Al menos podrá coger respiro para no morir ante mi vista.

¡Escúchanos!

El hombre para el burro y mira a su interlocutor con cara de pocos amigos…

Pero Pedro le desarma inmediatamente,

diciendo:

–     ¡Vaya que sí es inteligente!…

¿No te parece acertado llamar Sansón a un burro?

Si eres filisteo te dará gusto porque ofendería a Sansón…

Y si eres israelita también te gustará, porque recordaría una derrota de los filisteos.

Así que…

–     Soy filisteo…

¡Y a mucha honra!

–     Me parece bien.

Yo también te ensalzaré, si nos das pan.

–     Pero, ¿No eres judío?

–     Soy cristiano.

–     Nunca lo había escuchado…

No lo conozco. ¿Qué lugar es?

–     No es un lugar.

Es una persona.

Y yo soy de esa persona.

–     ¿Eres esclavo suyo?

–     Soy más libre que ningún otro hombre,

porque quien es de esa persona, ya no depende sino de Dios.

El anciano pregunta admirado: 

–     ¿Es verdad eso que dices?

¿Ni siquiera del César?

–     ¡Bah!,

¿Cómo vas a comparar al César con Aquel a quien yo sigo?…

¡Al cual pertenezco y en cuyo Nombre te pido un pan!

–     Pero, ¿Pónde está esta persona poderosa?

–     Es aquel hombre de allí, el que mira hacia aquí y sonríe.

Es el Cristo, el Mesías.

¿No le has oído nunca mencionar?

–     Sí.

El rey de Israel.

¿Derrotará a Roma?

–     ¡A Roma!

¡Al mundo entero y hasta al Infierno!

–     ¿Sois sus generales?

¿Vestidos así?

Quizás lo hacéis para evitar el hostigamiento de los pérfidos judíos…

–     Sí y no. Pero…

Dame pan y mientras comemos te explico.

–     ¿Pan?…

¡Hombre y también agua y vino!

¡Y unos bancos aquí a la sombra para ti, tú compañero y tu Mesías!

¡Llámalo!

Pedro trota ligero hacia Jesús. 

Y lo llama: 

–     ¡Ven, ven!

Ese filisteo anciano nos da lo que queramos.

Pero creo que te va a asaltar a preguntas…

Le he dicho quién Eres, más o menos.

Tiene buena disposición.

Todo el grupo se dirige hacia la huerta.

Cuando llegan…

El hombre tiene ya preparados unos bancos en torno a una tosca mesa, a la sombra de una tupida pérgola de vid.

Jesús lo saluda, diciendo: 

–     Paz, Ananías.

Prosperidad a tus tierras por tu caridad.

Que te produzcan pingües frutos.  

El hombre agradece:  

–     Gracias.

Paz a ti. Siéntate, sentaos.   

Y a gritos llama,

Indicando:

–    ¡Anibé! ¡Nubi!

Pan, vino, agua.

Inmediatamente.

 Ordena el anciano a dos mujeres que se ve que son africanas:

Una es completamente negra, de labios gruesos y pelo crespo.

La otra, muy oscura, aunque de tipo más europeo.

El anciano explica:

–     «Son las hijas de las esclavas de mi difunta mujer.

También han muerto ya las que vinieron con ella.

Las hijas han quedado. Son del Alto y Bajo Nilo.

Mi mujer era de allí.

Prohibido, ¿No? no me preocupa. No soy de Israel y las mujeres de raza inferior son dóciles.

–     ¿No eres de Israel?

–     Lo soy a la fuerza…

Porque a Israel lo tenemos al cuello como un yugo. Pero…

Tú eres israelita… ¿Te ofendes por esto que digo?

–     No. No me ofendo.

Lo único que querría es que escucharas la Voz de Dios.

–     A nosotros no nos habla.

–     Eso lo dices tú.

Yo te estoy hablando, y es su Voz.

–     ¡Pero Tú eres el Rey de Israel!.

Las mujeres, que están llegando con el pan, el agua y el vino…

Y que oyen hablar de “rey” se detienen turbadas, mirando al joven rubio, sonriente, honorable, al que el amo llama “rey”.

Y deciden retirarse, casi arrastrando los pies por el respeto.

Jesús les dice:   

–     Gracias, mujeres.

Paz también a vosotras.

Luego, vuelto al anciano:

–     Son jóvenes…

Sigue, sigue tu trabajo.

–     No. La tierra está mojada y puede esperar.

Habla un poco. Anibé, suelta al burro y llévalo a su sitio.

Tú, Nubi, vuelca los últimos arcaduces y luego…  

Dirigiéndose a Jesús, le pregunta:

–    ¿Te vas a detener un tiempo, Señor?

–     No te tomes más molestias.

Me basta con un poco de comida, luego entro en Ascalón.

–     No es molestia.

Ve a la ciudad si tienes esos planes, pero vuelve a la noche;

partiremos el pan y compartiremos la sal.  

Y vuelve a dar órdenes: 

¡Venga, vosotras, daos prisa!

Tú ocúpate del pan, tú llama a Yeteo y que mate un cabritillo y lo preparas para la cena.

Poneos en marcha.

Y las dos mujeres se van sin hablar.  

Ananías reanuda su diálogo con Jesús: 

–     ¿Así que eres Rey?

¿Y las armas?

Herodes es cruel en todas sus manifestaciones.

Nos ha reconstruido Ascalón, pero lo ha hecho buscando su propia gloria. ¡Y ahora!…

Bueno, conoces mejor que yo las vergüenzas de Israel.

¿Cómo te las vas a arreglar?

–     Sólo tengo el arma que viene de Dios.

–     ¿La espada de David?

–     La espada de mi palabra.

–     ¡Pobre iluso!

Perderá la punta y el filo contra el bronce de los corazones.

–     ¿Tú crees?

Mi mirada no se dirige a un reino de este mundo; sino por todos vosotros, al Reino de los Cielos.

–     ¿Todos nosotros?

¿También yo, que soy filisteo? ¿También mis esclavas?

–     Todos.

Tú y ellas. Y hasta por el más salvaje que haya en el centro de las selvas africanas.

–     ¿Quieres construir un reino tan grande?

¿Por qué dices “de los Cielos”? Podrías llamarlo: Reino de la Tierra.

–     No.

No comprendas en modo errado.

Mi Reino es el Reino del verdadero Dios.

Dios está en el Cielo. Por eso es Reino del Cielo.

Todo hombre es un alma vestida de cuerpo.

Y el alma no puede vivir sino en el Cielo.

Yo os quiero curar el alma, eliminar en vuestra alma errores y odios;

conducirla a Dios a través de la bondad y el amor.

–     Me agrada mucho esto.

Aunque no vaya a Jerusalén,

sé que los de Jerusalén no hablan así desde hace siglos.  

¿De modo que no nos odias?

–     No odio a nadie.

El anciano se queda pensando un momento…

Luego pregunta:

–     ¿Y las dos esclavas tienen también alma como vosotros los de Israel?

–     Ciertamente.

No son fieras capturadas.

Son criaturas desdichadas.

Se las debe amar.

¿Tú lo haces?

–     No las trato mal.

Exijo obediencia, pero no uso el látigo.

Y además las alimento bien.

Animal mal nutrido no trabaja, se dice.

Tampoco es buen partido el hombre mal alimentado.

Además… han nacido en casa. Las he visto niñas.

Ahora se quedarán ellas solas, porque soy muy viejo.

Casi ochenta, ¿Sabes?

Ellas y Yeteo son lo que me queda de mi casa de otros tiempos.

Les tengo afecto, como a muebles míos.

Serán ellos quienes cierren mis ojos…

–     ¿Y luego?

–     Y luego…

¡Psss!… No lo sé.

Irán a servir y la casa se disgregará. Lo siento.

La he hecho próspera con mi trabajo. Esta tierra volverá a ser arenosa, estéril…

Esta viña… la plantamos yo y mi mujer.

Aquel rosal… es egipcio, Señor; en él siento el perfume de mi esposa…

Es para mí como un hijo, como mi hijo único… ya polvo, que está enterrado a sus pies…

Esto son penas…  

Mejor morir de joven y no ver esto.

Y la muerte que se acerca…

–     Tu hijo no ha muerto, ni tampoco tu mujer. 

Sobrevive su espíritu, sólo la carne está muerta.

La muerte no debe causar terror.

La muerte es vida para quien espera en Dios y vive en la justicia.

Piensa en esto.

Ahora voy a la ciudad.

Volveré esta noche y te pediré ese pórtico para dormir Yo y los míos.

–     No, Señor.

Tengo muchas habitaciones vacías.

Te las ofrezco.

Judas pone encima de la mesa unas monedas.

–     No. No las acepto.

Soy de esta tierra que os es hostil, pero quizás soy mejor que los que nos dominan.

Adiós, Señor».

–     Paz a ti, Ananías.

Las dos esclavas y Yeteo, un musculoso y anciano campesino, acuden para verlo marcharse.

Jesúss les dice: 

–     Paz también a vosotros.

Sed buenos. Adiós.

Jesús roza con su mano los cabellos crespos de Nubi y los lisos y brillantes de Anibé.

Sonríe al hombre y se marcha.

Poco después entran en Ascalón por la calle del doble pórtico, que va recta hasta el centro de la ciudad.

Ascalón es un  torpe remedo de Roma, con estanques y fuentes;

plazas usadas como foro, torres distribuidas a lo largo de la muralla.

Y por todas partes, el nombre de Herodes que él mismo ha hecho colocar;

para autoaplaudirse, dado que los de Ascalón no lo aplauden.

Hay mucho movimiento, que crece en la medida en que la hora avanza y se va acercando la parte más céntrica de la ciudad;

abierta, aireada, con el mar luminoso como fondo.

Parece una turquesa en una tenaza de coral rosa, por las casas esparcidas en el arco profundo que aquí dibuja la costa:

No es un golfo, es un verdadero arco, una porción de círculo teñida toda de un rosa palidísimo a causa del sol. 

Jesús dice: 

–     Nos separamos en cuatro grupos.

Yo aquí me separo. 

O más bien idos vosotros; luego ya decidiré.

Marchad. Después de la hora nona nos encontraremos de nuevo en la Puerta por la que hemos entrado.

Sed prudentes y pacientes.

Jesús los mira mientras los apóstoles se alejan…

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