197 UN PACTO SELLADO


197 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está parado en la plaza principal de la ciudad de Ascalón y ha despedido a los apóstoles en grupos de cuatro, para que misionen en el puerto filisteo.  

Él los mira mientras los apóstoles se alejan.

Con Él se ha quedado sólo Judas de Keriot, que ha declarado que a éstos no les va a decir nada, porque son peores que los paganos.

Pero, cuando oye que Jesús va a ir aquí o allá…

Y no va a hablar, entonces cambia de idea, 

y dice:

–     ¿Te molesta si te dejo solo?

Querría ir con Mateo, Santiago y Andrés…

Son los menos dotados…  

Jesús responde:

–     Ve, ve. Adiós.

Jesús, solo, va por la ciudad, sin rumbo fijo; a lo largo y a lo ancho, anónimo entre la atareada gente…

Ni siquiera se fijan en El

Salvo dos o tres niños que levantan curiosos, la cabeza,…

Y una mujer provocadoramente vestida, que viene resueltamente hacia Él con una sonrisa llena de insinuaciones… 

Pero Jesús la mira tan severamente, que ella se ruboriza violentamente;

 roja como la púrpura; baja los ojos y cambia de dirección. 

Llegando a la esquina se vuelve…

Pero uno del lugar que ha observado la escena, la hiere con una observación mordaz y burlona por su derrota.

Entonces ella se envuelve en su manto y huye.  

Los niños lo miran curiosos y lo rodean.

Lo miran, sonríen ante su sonrisa.

El que es más audaz, un chicuelo como de ocho años; 

le pregunta:

–            ¿Quién eres?

Jesús acariciándolo,

le responde:

–     Jesús.

–     ¿Qué haces?

–     Estoy esperando a unos amigos.

–     ¿De Ascalón?

–     No, de mi tierra y de Judea.

–     ¿Eres rico?

Yo sí. Mi padre tiene una casa bonita. Adentro trabaja alfombras.

Ven a ver. Está aquí cerca.

Y Jesús va con el niño. 

Entran en un largo atrio que se conecta con una calle cubierta.

En el fondo resplandece, avivado por la penumbra del atrio, un retazo de mar todo encendido por el sol.

Encuentran a una niña demacrada que llora de miedo.  

El niño explica: 

–     Es Dina.

Es pobre, ¿Sabes? Mi madre le da comida.

Su madre está muy enferma y ya no está en condiciones de ganar dinero.

Su padre murió en el mar, era un marinero nuestro.  

Fue una tormenta, mientras iba de Gaza al puerto del Gran Río a llevar y recoger mercancías.

Como la mercancía era de mi padre y el padre de Dina era uno de nuestros marineros, mi madre se ocupa ahora de ellos.

Muchos se han quedado sin padre así… ¿Tú que opinas?

Debe ser duro ser huérfano y pobre.

Ahí está mi casa. No digas que estaba en la calle, porque tenía que estar en la escuela.

Pero es que me han echado porque hacía reír a los compañeros con esto… 

Y saca de debajo del vestido, un muñeco tallado en una delgada tablita de madera, realmente muy cómico, 

Es la caricatura de un hombre con barba y una nariz descomunales.

Por los labios de Jesús se asoma una sonrisa que reprime rápidamente,

diciendo serio:

–   ¿No será el maestro verdad?

¿Ni ningún familiar? ¡No está bien!

El chiquillo responde:

–   No.

Es el sinagogo de los judíos.

Es viejo y feo. Y siempre nos burlamos de él.

–    Eso tampoco está bien.

Fíjate que es mucho mayor que tú y…

–   ¡Oh!….

Es un vejete medio jorobado y casi ciego.

Pero, ¡Es tan feo!… Yo no tengo la culpa de que sea feo.

–     No.

Pero tienes la culpa de burlarte de un anciano.

También tú cuando seas viejo serás feo.

Porque caminarás enclinado, tendrás pocos cabellos, estarás medio ciego y caminarás con bastones.

Tendrás una cara semejante…

¿Te gustaría que se burlaran de ti, muchachos sin respeto?

Y luego, ¿Por qué perturbas al maestro y a tus compañeros?

¡No está bien!

Si tu padre lo supiese te castigaría.

Tu madre se apenaría.

Yo no les voy a decir nada, pero tú me das inmediatamente dos cosas:

La promesa de no volver a cometer estas faltas y el muñeco.

¿Quién lo ha hecho?

-Yo, Señor… – dice el niño muy avergonzado.

Pues está plenamente consciente ya, de la gravedad de sus… fechorías…

Y añade:

«    ¡Me gusta mucho trabajar la madera!

Algunas veces logro reproducir las flores y los animales de las alfombras.

¡Fíjate… también los dragones, las esfinges… y otras figuras más!

–     Esos animales sí los puedes hacer. r.

Hay tantas cosas bellas en la tierra.

Así pues, promete y dame ese muñeco.

Si no, ya no somos amigos.

Lo guardaré como recuerdo tuyo y rogaré por ti.

¿Cómo te llamas?

–    Alexandro.

¿Y Tú que me das?

Jesús se preocupa.

Casi nunca tiene nada.

Se acuerda de que Salomé le puso una hebilla muy bonita en el cuello de su vestido.

Busca en su alforja, la encuentra, la quita.

Se la da al niño y le dice:

–    Ahora vámonos.

Pero ten en cuenta que aunque Yo me vaya; de todos modos Yo sé todo.

Y si sé que eres malo, regresaré y le diré todo a tu mamá.

El pacto queda hecho.

Entran en la casa.

Al otro lado del vestíbulo hay un espacioso patio, limitado en tres de sus lados por unas naves en que están los telares.

La criada que ha abierto, al ver al niño con un desconocido, se queda sorprendida…

Y va a avisar a la señora.

Y ésta, una mujer alta y de dulce aspecto, viene inmediatamente,

y pregunta:

–     ¿Se ha sentido mal mi hijo?

–     No, mujer…

Me ha conducido aquí para mostrarme tus telares.

Soy forastero.

–     ¿Quieres comprar?

–      No. Yo no tengo dinero.

Pero tengo amigos a los que les gustan las cosas bellas, llenas de arte y que tienen dinero.

La mujer mira sorprendida a este hombre que confiesa paladinamente así, sin rodeos, que es pobre.

Y dice:

–     Pues te creía un señor

Tienes modales y aspecto de gran señor.

–    Soy simplemente un rabí galileo, Jesús, el Nazareno.

–     Somos comerciantes. 

No tenemos prejuicios. Pasa y mira…

Y le acompaña a que vea sus telares, donde trabajan muchas jóvenes bajo su dirección.

Las alfombras son verdaderamente valiosas en cuanto a dibujo y flores;

espesas, blandas, parecen hermosos cuadros realizados con mucho arte. 

Pedazos de jardín llenos de flores, una imagen calidoscópica de gemas.

Otras, mezcladas con las flores, tienen figuras alegóricas:

Hipogrifos, sirenas, dragones o grifos heráldicos muy elaborados.

Jesús admira estas obras, 

Y dice: 

–     Eres muy hábil.

Me alegro de haber visto todo esto, eres muy inteligente, como también me alegra el que seas buena.

–     ¿Cómo sabes eso?

–     Se ve en la cara.

Además el niño me ha hablado de Dina.

Dios te lo pague. Aunque no lo creas, teniendo como tienes en ti la caridad, estás muy cerca de la Verdad.

–     ¿Qué verdad?

–     Muy cerca del Señor altísimo.

El que ama al prójimo y ejercita la caridad con su familia y sus subordinados…

Y la extiende a los pobres, tiene ya en sí la Religión.

El niño me ha contado lo de Dina. Es esa niña, ¿No es así?

–     Sí. Su madre se está muriendo.

Después la tomaré yo conmigo, pero no para los telares; es demasiado pequeña y débil para ello.  

Se vuelve hacia la niña y la llama:

–     Ven, Dina, acércate a este señor.

La niña, con la carita triste propia de los niños infelices, se acerca tímidamente.

Jesús la acaricia y dice

–     ¿Me llevas a ver a tu madre?

Querrías que se pusiera buena, ¿Verdad?

Bueno, pues llévame a ella.  

Jesús la toma de la mano y se despide:

–     Adiós, mujer.

Adiós, Alejandro; y sé bueno.

Sale llevando a la niña de la mano.  

Y le pregunta: 

-¿Tienes hermanos? 

La voz infantil se quiebra al contestar: 

–     Tengo tres hermanos pequeños.

El último no conoció a nuestro padre.

–     No llores.

¿Eres capaz de creer que Dios puede curar a tu madre?

¿Sabes, verdad, que hay un solo Dios, que quiere a los hombres que ha creado y especialmente a los niños buenos?

¿Y que lo puede todo?

–     Sí, lo sé, Señor.

Antes iba a la escuela mi hermano Tolmé.

Allí están mezclados con los judíos y aprenden muchas cosas.

Sé que existe y que se llama Yeohveh.

Y que nos castigó porque los filisteos fueron malos con Él.

Siempre nos lo echan en cara los niños hebreos.

Pero yo no vivía en aquella época, ni mi mamá ni mi padre.

Entonces, ¿Por qué…?

Y el llanto hace de barrera a la palabra.  

Jesús la consuela: 

–     No llores.

Te quiere también a ti y me ha traído aquí por ti y por tu mamá.

¿Sabes que los israelitas esperan al Mesías, que debe venir para fundar el Reino de los Cielos?

¿El Reino de Jesús, Redentor y Salvador del mundo?

–     Lo sé, Señor.

Nos amenazan diciendo:

–     Y cuando Él venga… “Entonces ¡Ay de vosotros cuando llegue!”

–     ¿Sabes lo que hará el Mesías?

–     Hará grande a Israel y a nosotros nos tratará muy mal. 

–    No. Redimirá al Mundo.

Quitará los pecados.

Enseñará a no pecar.

Amará a los pobres; a los enfermos, a los afligidos.

Irá a donde estén ellos.

Enseñará a los ricos, a los sanos; a los felices, a que lo amen.

Recomendará la bondad para obtener la Vida Eterna y bienaventurada en el Cielo.

Esto es lo que hará…

Y no será tirano con nadie

–     ¿Y cómo se sabrá que es Él?

–     Porque querrá a todos y curará a los enfermos que crean en Él.

Redimirá a los pecadores y enseñará el amor.

La niña exclama:

–    ¡Oh!…

¡Si Él estuviese antes de que mi mamá se muriese! ¡Yo creería!

¡Yo le rogaría! Iría a buscarlo hasta encontrarlo  y le diría:

‘Soy una pobre niña sin padre.

Mi mamá se está muriendo. Yo espero en Ti’

Y estoy segura de que aunque yo sea filistea, Él me escucharía.

Toda una fe sencilla y fuerte vibra en la voz de la niña.

Jesús la mira con infinita ternura y le sonríe a la inocente que camina a su lado.

Ella no ve esa sonrisa esplendorosa, porque va mirando que están por llegar a su paupérrima casa, que está situada en el fondo de un callejón. 

Empuja la puerta y…

La niña lo invita: 

–     Es aquí, Señor. Entra….

Es una habitación miserable.

Un jergón con un cuerpo desvanecido.

Tres pequeñitos que van desde los tres hasta los diez años, están sentados alrededor.

Miseria y hambre, se reflejan por todas partes.

Jesús saluda:

–    La paz sea contigo, mujer.

No te muevas

Tranquila. No te sientas incómoda ni hagas esfuerzos.

He conocido a tu hija, supe que estás enferma y he venido.

¿Quieres recobrar la salud?

La mujer, con un hilo de voz, responde:

–    ¡Oh, Señor!

 ¡Ya no tengo remedio! Para mí ya todo ha terminado…

Y le resbalan las lágrimas por las enjutas mejillas.

–    Tu hija ha llegado a creer, que el Mesías puede curarte…

¿Y tú?

–    ¡Oh! Si Él viniese también yo creería…

Pero,  ¿En dónde está el Mesías?

Jesús declara sencillamente:

–    Soy Yo, que te está hablando.  

Entonces Jesús, que estaba curvado hacia el jergón susurrando sus palabras junto a la cara de la enferma mortecina,

se endereza majestuoso,

y exclama en voz alta: 

–      ¡Lo quiero! ¡Queda curada!

Los niños sienten casi miedo de la gravedad de Jesús.

Están tres rostros llenos de estupor, formando una corona a la yacija materna.

Dina aprieta las manos contra su pequeño pecho; una luz de esperanza, de felicidad, ilumina su carita.

Contiene la respiración, por lo emocionada que está y casi jadea; tiene la boca abierta, preparada para una palabra que ya su corazón le susurra…

Y cuando ve que su madre, antes cérea y completamente sin fuerzas;

como atraída por una fuerza que le hubiera sido trasvasada, se incorpora y se sienta.

Y luego, sin quitar un momento los ojos de los del Salvador, se pone en pie…

Dina profiere un grito de júbilo:

–     ¡Mamá!

Ha sido pronunciada la palabra que llenaba su corazón…

Y luego otra:

–     « ¡Jesús!».

Entonces, abrazando a su madre, la obliga a arrodillarse,

mientras dice:

–     ¡Adora, adora!

Es el Salvador profetizado al que se refería el maestro de Tolmé.

Jesús dice:

–    Adorad al verdadero Dios.

Sed buenos. Acordaos de Mí. Adiós.  

Y Jesús sale rápidamente, mientras las dos felices, están postradas en el suelo…

Pronto se pierde entre las callejuelas de Ascalón

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