Archivos diarios: 11/04/21

204 APÓSTOL DEL AMOR


204 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La comitiva apostólica sufre un cambio en su séquito.

Ya no viene más el macho cabrío.

Y en su lugar vienen trotando una oveja y dos corderillos.

La oveja está gorda; las ubres llenas y los corderitos alegres.

Un minúsculo rebaño que, por su aspecto menos mágico que la negrísima cabra, da más alegría a todos.

Jesús dice:

–    Os había dicho que quería la cabrita para Margziam.

Para que fuese un pequeño pastor feliz..

En vez de la cabrita, dado que no queréis saber nada de cabras, han venido ovejas.

Y además blancas, exactamente como Pedro las soñaba.

Pero en lugar de ella; porque a vosotros no os gustaba, tenemos ovejas blancas…

¡Eh! Tal cual la soñaba Pedro…

Pedro confirma:

–    Tienes razón.

Me parecía que el macho cabrío nos arrastraba en pos de Belcebú.

Judas dice irritado:

–    Y de hecho…

Desde que estuvo con nosotros, nos pasaron cosas muy desagradables.

Era el sortilegio que nos perseguía.

Juan contesta calmadamente:

–    Entonces era un buen sortilegio. ¿No?

Nada malo nos sucedió.

Todos desaprueban, como recriminándolo por su ceguera:

–     ¿Pero no has visto cómo se han burlado de nosotros en Modín?

–     ¿Te parece nada la caída de mi hermano?…

–     Pues se podía haber hecho daño de verdad…

–     Y si se hubiera roto las piernas o la columna… 

–    ¿Cómo nos las hubiéramos arreglado para transportarlo?;

–    ¿Te ha parecido bonito el entreacto de ayer?

Juan dice: 

–    He visto todo.

Todo lo he considerado. Y he bendecido al Señor porque no nos ha sucedido nada malo.

El mal ha venido hacia nosotros, pero luego se ha alejado, como siempre.

El encuentro con el mal ha servido para dejar la simiente del bien, tanto en Modín como con los viñadores; 

que vinieron inmediatamente con la certeza de encontrar una persona al menos herida; 

arrepentidos por haberse comportado sin caridad, hasta el punto de que quisieron reparar el mal de alguna forma.

Y también con los ladrones de ayer noche, que no han hecho ningún mal.

Además, hemos ganado – bueno, Pedro nos ha conseguido

las ovejas a cambio del macho cabrío y como regalo por haber salido ilesos.

Por si fuera poco, ahora tenemos mucho dinero para los pobres:

Las bolsas que nos han dado los mercaderes y las ofrendas de las mujeres.

Además todos – y es lo que más valor tiene – han recibido la palabra de Jesús.

Zelote ratifica:

–   Juan tiene razón.

Tadeo agrega:

–    Parece que todo lo que hubiese sido malo se convirtió en un bien.

Voltea hacia Jesús,

y agrega:

–    Hermano, dime la verdad.

¿Tú sabías lo que nos iba a suceder?

«Da la impresión de que todo suceda por una clara cognición de las cosas venideras.

¡Mira que encontrarnos precisamente allí, con retraso por causa de mi caída,

junto a aquellas mujeres enjoyadas!

¡Con esos pastores de gordos rebaños, con esos mercaderes repletos de dinero!…

Todos ellos magníficas presas para los ladrones.

Hermano, dime la verdad, ¿Sabías que iba a suceder lo que ha sucedido? 

Jesús contesta:

–     Muchas veces os he dicho que leo en los corazones.

Y que cuando el Padre no dispone de otro modo; no ignoro lo que debe suceder.

Judas de Keriot le pregunta:

–    Entonces, ¿Por qué a veces cometes errores, como los de ir al encuentro de fariseos que son hostiles o de ciudadanos que no nos quieren?

Jesús lo mira fijamente, por unos segundos…

Y luego responde con calma:

–     No son errores.

Es algo inherente a mi misión.

Los enfermos tienen necesidad del Médico y los ignorantes del Maestro.

Algunas veces, unos y otros rechazan al Médico y al Maestro

Pero éstos, si son buenos médicos y buenos maestros,

siguen yendo a quienes los rechazan, porque es su deber…

Vosotros querríais que donde me presente se desvanezca toda resistencia.

Lo podría hacer. Pero no hago violencia a nadie.

Persuado.

La coacción se usa tan solo en casos muy excepcionales.

Y sólo cuando el espíritu iluminado por Dios; 

comprende que tal gesto puede servir para persuadir de que Dios existe y es el más fuerte.

O también en casos de salvación múltiple.

Pedro pregunta:

–   ¿Cómo ayer noche?

Judas de Keriot dice con significativo desprecio:

–     Los ladrones de anoche tuvieron miedo al vernos bien despiertos para recibirlos. 

Tomás objeta: 

–    No.

Las palabras los persuadieron.  

Felipe comenta: 

–    ¡Sí! ¡Estás listo!

¡Como si fueran tiernas almas que se dejan persuadir por dos palabras, aunque sean de Jesús!

¡Bien presente tengo aquella vez que nos asaltaron a toda mi familia, a mí…

y a muchos de Betsaida en el desfiladero de Adomín! 

Santiago de Zebedeo, pregunta:

–    Maestro, dime la verdad.

Desde ayer te lo quería preguntar.

¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad, lo que hizo que no sucediera nada?

Jesús sonríe y calla.

Mateo responde:

–    Yo creo que fue su voluntad…

La que venció la dureza de esos corazones, para paralizarlos y así poder hablarles y salvarlos.

Andrés dice:

–    Yo también soy de esa opinión.

Por eso se quedó allí solo, mirando al bosque.

Los tenía subyugados con su mirada, con su confianza en ellos, sereno e inerme.

¡No tenía ni siquiera una estaca!… 

Pedro dice: 

–    Bien, de acuerdo. 

 Pero todas estas cosas es lo que decimos nosotros, son ideas nuestras.

Yo lo quiero saber del Maestro. 

Entonces se enciende un vivo debate, que Jesús permite; 

entre Bartolomé quien piensa que, habiendo declarado Jesús que no fuerza a nadie;

no habrá aplicado la violencia tampoco con estos ladrones,.

Y por otra parte Judas apoyado moderadamente por Tomás,

que dice que no puede creer que la mirada de un hombre tenga tanto poder.

Todos se muestran tenaces en su propia tesis, de forma que se elevan “síes” y “noes” discrepantes, violentos.

Juan, como Jesús, guarda silencio, sonríe con la cabeza inclinada (lo hace para disimular su sonrisa).

Pedro vuelve al asalto, porque ninguna de las razones de los compañeros lo convence.

Piensa que la mirada de Jesús es distinta que la de los otros hombres;

pero quiere saber si es por ser Jesús, el Mesías, o por ser Dios.

Iscariote apoyado ligeramente por Tomás,

dice:

–    No puedo creer que la mirada de un hombre tenga tanta fuerza.  

Mateo replica:

–  Esto y algo más.

Yo me convertí al contacto, primero de su mirada que de sus palabras.

Pedro dice:

–     ¡Está bien!

Pero esto lo decimos nosotros.

Son ideas nuestras.

Quiero saberlo del Maestro.

La mirada de Jesús es diferente a la de cualquier hombre.

Y pregunta: 

¿Es porque eres el Mesías?

O ¿Por qué eres siempre Dios? 

Jesús toma la palabra:

–    En verdad os digo que no solo Yo;

Sino cualquiera que esté unido íntimamente a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha;

podrá hacer esto y mucho más.

La mirada de un niño, si su espíritu está unido a Dios;

puede hacer que se desplomen los templos sin necesidad de imprimir ninguna sacudida como lo hizo Sansón;

puede ordenar la mansedumbre a las fieras y a los hombres-fiera;

rechazar la muerte, domeñar las enfermedades del espíritu.

De la misma forma, la palabra de un alma víctima corredentora,

fundida con el Señor e instrumento del Señor;

puede curar enfermedades, quitar el veneno a las serpientes, obrar cualquier milagro.

Porque Dios obra en él.Lo mismo que los hombres fieras, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu.

Pedro exclama:

–     ¡Ah! ¡He entendido!

Mira fijamente a Juan y luego concluye su razonamiento que tenía fermentando en su interior,

Agregando:

–     ¡Cierto!

Maestro, Tú lo has podido porque Eres Dios y porque Eres Hombre unido con Dios. 

Y lo mismo sucede con quién llega a estar fusionado por el amor con Dios.

¡He entendido perfectamente

Jesús lo mira y pregunta:

–    Pero, ¿No te preguntas acerca de la clave de esta unión y el secreto de este poder?

No todos lo alcanzan, incluso en el caso de hombres dotados de iguales capacidades.

–    ¡Exacto!

¿Dónde está la clave de esta fuerza para unirse a Dios y someter las cosas?

¿Es una oración, o quizás palabras secretas…?

Jesús responde: 

–    Hace poco Judas culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han ocurrido.

Las bestias no traen ningún sortilegio consigo.

Arrojad de vosotros esas supersticiones que huelen a idolatría y que pueden acarrear males.

Los brujos obran prodigios porque al ser posesos de Satanás,

es el Arcángel caído que sigue siendo poderoso, el que obra los sortilegios.

Y así como no existen fórmulas para hacer brujerías,

así tampoco existen para hacer milagros. 

Tan solo existe el Amor.

Si Dios está en vosotros y lo poseéis de un modo pleno, por medio de un amor perfecto;.

El ojo se convierte en fuego o en un arma que desarma.

Y la palabra se hace poderosa. 

Como he dicho ayer por la noche, el Amor calma a los violentos y sacia a los codiciosos.

El Amor es Dios.

Con Dios en vosotros, plenamente poseída por el mérito de un amor perfecto;

vuestra mirada se transforma en fuego que quema todo ídolo y echa por tierra sus imágenes.

Y la palabra se transforma en potencia.

Y os digo, la mirada es entonces, arma que  desarma.

Dios, el Amor, es irresistible.

Sólo el demonio le resiste, porque es el Odio perfecto.

Y con él, los que son hijos suyos.

Los otros, los débiles, los que están subyugados por una pasión,

pero que no se han vendido voluntariamente al demonio, no lo resisten.

Sea cual sea su religión,o su abstención completa de fe.

Sea cual sea su bajeza espiritual, reciben el impacto del Amor, que es el gran Vencedor.

Trata de llegar a esto pronto… 

Y harás lo que hacen los hijos y portadores de Dios.

Pedro no quita los ojos de Juan.

También las inteligencias de Simón Zelote, los hijos de Alfeo, Santiago y Andrés,

se han despertado e indagan.

Santiago de Zebedeo dice: 

–    Pero entonces, Señor… 

 ¿Qué es lo que le ha acontecido a mi hermano?

Hablas de él.

¿Es él el muchacho que hace milagros?

Es eso?,

¿Es así? ¿Qué ha hecho?

–    Ha pasado una página del libro de la Vida, ha leído y ha conocido nuevos misterios.

Nada más.

Os ha precedido porque no se detiene a considerar cada uno de los obstáculos…

A sopesar cada dificultad, a calcular si compensa o no…

Ya no ve este mundo, ve la Luz y a ella va, sin momentos de pausa.

Dejadlo, dejadlo tranquilo.

Hay almas que arden más que otras.

No se debe poner dificultad a este fuego suyo que alegra y consume.

Hay que dejarlas arder, lo cual es al mismo tiempo sumo gozo y sumo esfuerzo.

Dios les concede momentos de noche;

porque sabe que el ardor mata a estas almas-flor,  si están expuestas a un sol continuo.

Dios concede silencio y místico rocío a estas almas-flor, como a las flores del campo.

Dejad descansar al atleta del amor cuando Dios lo deja descansar.

Imitad a los preparadores de los gimnastas…

que conceden a éstos el debido descanso…

Cuando lleguéis vosotros adonde él ha llegado…

Y más lejos, pues tanto vosotros como él llegaréis a más todavía…

Comprenderéis la necesidad de respeto, de silencio…

De penumbra que experimentan esas almas de las que el Amor se ha apropiado…

“¿Y ahora qué quieres que HAGAMOS Abba?

Y a las que ha hecho instrumento suyo.

Y no penséis:

“Llegado ese momento querré darlo a conocer.

Juan se comporta como un necio, porque el alma del prójimo, como la de los niños,

desea la seducción de lo maravilloso”.

No.

Cuando lleguéis a ese estado, sentiréis el mismo deseo de silencio y penumbra que ahora siente Juan.

Cuando yo no esté ya con vosotros, acordaos de que,

teniendo que juzgar sobre una conversión o sobre una santidad exuberante

debéis tomar siempre como medida la humildad.

Si en alguien perdura el orgullo, no os hagáis ilusiones de que se haya convertido.

Y si en alguien; aun cuando sea tenido por ‘santo’, reina la soberbia;

estad seguros de que santo no es.

Podrá como charlatán e hipócrita, hacerse el santo y simular prodigios.  

Pero no es santo:

La apariencia es hipocresía; los prodigios, satanismo.

¿Habéis entendido?

-Sí, Maestro….

Todos, muy pensativos, guardan silencio.

Pero, aunque las bocas estén cerradas,

los pensamientos se adivinan con claridad a través de sus miradas y expresiones.

Los envuelve, como un éter tembloroso que emanase de ellos, un gran deseo de saber.

Simón Zelote se esfuerza en distraer a sus compañeros, para tener tiempo de aconsejarlos aparte; 

para insistir en que sepan callar.

Al parecer Simón Zelote tiene encargado este ministerio en el grupo apostólico;

es el moderador, el conciliador, el consejero de sus compañeros; 

además de ser un apóstol que comprende muy bien al Maestro.

En este momento está diciendo:

–    Estamos ya en las tierras de Juana.

Aquel pueblo que se ve en aquella cuna es Béter

Aquel palacio que está en aquella cima es su castillo natal.

¿No percibís este perfume del aire?

Son los rosales, que empiezan a perfumar bajo el sol de la mañana;

por la tarde es una exuberancia de aromas.

Pero ahora, con el frescor de la mañana es precioso verlos, aljofarados todavía de rocío;

como millones de diamantes desparramados sobre millones de corolas que florecen.

Cuando declina el sol recogen todas las flores que están completamente abiertas.

Venid. Os quiero mostrar desde una loma la vista de los rosales,

que desde la cima rebosan como en cascada…

Y van descendiendo por los rellanos de la otra ladera.

Una cascada de flores, que luego vuelve a subir como una ola, por las otras dos colinas.

Es un anfiteatro, un lago de flores.

¡Espléndido

El camino es más empinado, pero merece la pena ir, porque desde aquel borde se domina todo ese paraíso.

Llegaremos pronto también al castillo.

Juana vive allí libre, con sus campesinos, que es la única vigilancia de tanta copiosidad.

Pero quieren tanto a su ama, que hace de estos valles un edén de belleza y paz…

que son más eficientes que toda la guardia de Herodes.

Mira Maestro; mirad, amigos…

Y con el gesto indica un semicírculo de colinas invadido de rosales.

La mirada, en cualquier parte en que se deposite ve,

bajo altísimos árboles que tienen la función de proteger del viento, de los rayos de sol demasiado intensos…

Y de las granizadas, un sinfín de rosales.

El sol traspasa y el aire circula bajo este leve techo, que hace de velo pero no ahoga.

Y que los jardineros mantienen en las debidas condiciones:

debajo viven, felices, los más bellos rosales del mundo.

millares y millares de rosales de toda especie:

enanos, bajos, altos, altísimos; formando un matorral, como cojines recamados de flores al pie de los árboles. 

O esparcidos por los prados de verdísima hierba, formando setos a lo largo de los senderos…

y de los leves cursos de agua.

O en círculo alrededor de los estanques de riego que están  diseminados,

por este parque que comprende también colinas.

Enroscados en los troncos de los árboles y tendiendo de uno a otro…

sus cabelleras florecidas, para formar festones y guirnaldas.

Es una cosa realmente de sueño.

Todos los tamaños, las tonalidades, están representados.

Y se entremezclan colocando los colores marmóreos de las rosas de té,

al lado del sangriento ardor de otras corolas.

Y reinando soberanas por número, las verdaderas rosas del color de mejilla infantil

que va atenuándose hacia los bordes, hasta una tonalidad blanquecina rosácea

Todos quedan impresionados por tanta belleza. 

Felipe pregunta:

–     ¿Para que quiere todo esto? 

Tomás responde: 

–    Lo goza.  

Simón explica: 

–    No.

También saca esencias, con lo cual da trabajo a cientos de jardineros y de trabajadores de las prensas,

para extraer esencias.

Los romanos las solicitan con avidez.

Jonathán me lo decía mientras me mostraba las cuentas de la última recolección.

Pedro mira y dice:

–    Pero…

Ahí está María de Alfeo con el niño.

Nos han visto. Están llamando a las otras…

Así es.

Juana y las dos Marías, precedidas de Margziam, que baja corriendo,

con los brazos ya preparados para el abrazo…

Vienen deprisa, hacia Jesús y Pedro.

Se postran ante Jesús.

Jesus with his arms open and posing outdoors

Que las saluda sonriente,

y preguntando:

–    Paz a todas vosotras.

¿Dónde está mi Madre?

Juana responde: 

–    Entre los rosales, Maestro.

Está con Elisa, ¡Que está bien curada y puede afrontar el mundo y seguirte!

¡Gracias por haberte servido de mí para esto!

–    Gracias a ti, Juana.

¿Ves como era provechoso venir a Judea?

Y mirando al niño le entrega, 

diciendo: 

–    Margziam, estos regalos son para ti:

Este bonito muñeco y estas lindas ovejitas.

¿Te gustan?

El niño, de la alegría, se ha quedado sin respiración.

Se echa hacia Jesús, que se había agachado para darle el muñeco y se había quedado mirando su rostro.

Y se abraza a su cuello y lo besa con toda la vehemencia de que es capaz.

–    Así te harás manso como las ovejas. 

Y luego serás un buen pastor para los que crean en Jesús.

¿Verdad?

Margziam dice “sí, sí, sí” con la respiración entrecortada…

Y los ojos brillantes de alegría

–    Ahora ve donde Pedro.

Yo voy con mi Madre.

Veo allí una parte de su velo moviéndose a lo largo de un seto de rosas.

Y corre al encuentro de María. 

Y la recibe abrazándola contra su corazón a la altura de la curva del sendero.

Después del primer beso…

María, todavía jadeante,

explica:

–    Detrás viene Elisa…

He corrido para besarte…porque, Hijo mío, no besarte no podía…

Y besarte ante ella, no quería…

Está muy cambiada…

Pero el corazón sigue doliendo ante una alegría ajena, que a ella le ha sido negada para siempre.

Ahí viene

Elisa recorre veloz los últimos metros y se arrodilla para besar la túnica de Jesús.

Ya no es la mujer de trágica imagen de Betsur.

Ahora es una anciana austera, marcada por el dolor;

solemne por la huella que la pena ha dejado en su rostro y su mirada.

Elisa lo saluda: 

–    ¡Bendito seas, Maestro mío!   

¡Ahora y siempre, por haberme procurado de nuevo lo que había perdido!

Jesús responde: 

–    Paz cada vez mayor a ti, Elisa.

Me alegro de verte aquí.

Levántate

–    Yo también me alegro.

Tengo muchas cosas que decirte y que preguntarte, Señor.

–    Tendremos todo el tiempo que queramos…

Dado que pienso permanecer aquí unos días.

Ven, que quiero que conozcas a los condiscípulos.

–    ¡Oh!…,

¿Entonces has entendido ya lo que quería decirte?

¿Que quiero renacer a vida nueva: la tuya.

Tener de nuevo una familia: la tuya.

Unos hijos: los tuyos.

Como dijiste en mi casa, en Betsur, hablando de Noemí.

Yo soy una nueva Noemí gracias a ti, Señor mío.

¡Bendito seas por ello!

Ya no vivo afligida, ni soy infecunda.

Seré todavía madre.

Y si María lo permite, incluso un poco madre tuya; además de madre de los hijos de tu doctrina.

–    Sí, lo serás.

María no se sentirá celosa y Yo te querré de forma que no te arrepentirás de tu decisión.

Vamos ahora a ver a los que quieren decirte que te quieren como hermanos.

Y Jesús la toma de la mano y la lleva con su nueva familia.  

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El viaje en espera de Pentecostés ha terminado.