Archivos diarios: 26/04/21

221 LA NUEVA DISCÍPULA


221 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Ha vuelto el cielo sereno sobre el mar de Galilea.

Todo está incluso más hermoso que antes de la tormenta, porque ha quedado limpio de polvo.

El aire presenta una nitidez absoluta.

Y el ojo, mirando al firmamento, recibe la impresión de que haya sido retirado, hecho más ligero…

un velo casi transparente extendido entre la tierra y los fulgores del Paraíso.

El lago refleja este azul perfecto y sosegado con sus aguas de turquesa.

Está comenzando la aurora.

Jesús con María, Marta y Magdalena, sube a la barca de Pedro y Andrés;

también Simón Zelote, Felipe y Bartolomé.

Mateo, Tomás, los primos de Jesús y Judas Iscariote están, sin embargo, en la barca de Santiago y Juan.

Se enfilan hacia Betsaida: un breve trayecto favorecido por el viento.

En pocos minutos hacen el recorrido.

Cuando están ya para llegar,

Jesús dice a Bartolomé y al inseparable Felipe:

–     Iréis a avisar a vuestras mujeres e hijas.

Hoy visitare vuestra casa.

Y mira fijamente a los dos en manera elocuente.  

Felipe contesta: 

–    Así lo haremos, Maestro.

Y Bartolomé pregunta: 

–    ¿No nos vas a conceder ni a mí ni a Felipe hospedarte?

–     Nos detendremos sólo hasta la puesta del sol.

Y no quiero privar a Simón Pedro de la delicia de estar con Margziam.

La barca roza en la orilla y se detiene.

Bajan.

Felipe y Bartolomé se separan de los compañeros para ir al pueblo.

Pedro, que ha sido el primero en bajar y está a un lado de Jesús,

pregunta: 

–     ¿A dónde van esos dos? 

Jesús responde: 

–     A avisar a sus mujeres e hijas.

–     Voy yo también entonces a avisar a Porfiria.

–     No hace falta.

Porfiria es tan buena que no hace falta prepararla para nada.

Su corazón sólo sabe dar dulzura.

A Simón Pedro se le ilumina el rostro al oír la alabanza a su esposa y no dice nada más.

Entretanto han bajado también las mujeres, para ellas han puesto una tabla como puente.

Y todos se dirigen hacia la casa de Simón

El primero que los ve es Margziam, que en ese momento estaba saliendo con sus ovejas;

para llevarlas a pastar a la hierba fresca de las primeras pendientes de Betsaida.

El niño da el anuncio de esta visita con un grito de alegría.

Y corre a refugiarse en el pecho de Jesús, que se inclina para besarlo.

Luego va a Pedro.

Porfiria viene diligentemente, con las manos llenas de harina.

Y se inclina para saludar.  

Jesús dice: 

–     Paz a ti, Porfiria.

¿No nos esperabas tan pronto, verdad?

Es que te he querido traer a mi Madre y a dos discípulas, además de mi bendición.

Mi Madre deseaba ver de nuevo al niño…

Ahí está ya entre sus brazos.

Y las discípulas querían conocerte… 

Y Jesús las presenta: 

–    Ésta es la esposa de Simón…

La discípula buena y silenciosa, más activa en su obediencia que muchos otros.

Éstas son Marta y María de Betania.

Dos hermanas. Quereos.

Porfiria, muy sonriente responde: 

–     ¡Oh, Maestro!…

A las personas que Tú traes, las quiero más que a mi propia sangre.

Ven.

Mi casa se embellece cada vez que pones pie en ella.

María se acerca sonriente y abraza a Porfiria,

diciéndole:

–     Veo que tienes en ti verdaderamente viva la maternidad.

El niño ha prosperado y se le ve feliz.

Gracias.

–     ¡Oh, Mujer más bendita que ninguna otra!

Sé que por ti he recibido la alegría de ser llamada mamá.

Te digo que no te daré el dolor de no serlo con todo lo mejor que hay en mí.

Pasa, pasa con las hermanas…

Margziam mira con curiosidad a la Magdalena.

En su cabeza se forma todo un torbellino de pensamientos.

Al final dice:

–     Pero…

En Betania no estabas…

Magdalena se ruboriza intensamente y muy sonriente,

contesta: 

–     No estaba.

Pero ahora estaré siempre.

Y acaricia al niño,

mientras le pregunta:

–    ¿Me amarás….?

¿A pesar de que no nos hayamos conocido hasta ahora?  

Margziam contesta: 

–    ¡Claro que sí!

Ya te amo, porque también te llamas María…

Y porque eres buena. ¿Has llorado, verdad?

Por eso eres buena. ¿Te llamas María, verdad?

También mi mamá se llamaba así y era buena.

Todas las mujeres que se llaman María son buenas.

Pero… -agrega para no entristecer a Marta y a Porfiria…

Pero también hay mujeres buenas que tienen otro nombre. Tu mamá cómo se llamaba?

–     Euqueria…

Y era muy buena… 

Dos lagrimones caen de los ojos de María de Magdala.

Margziam le acaricia las manos, que Magdalena  tiene cruzadas sobre el vestido oscuro,

y le pregunta: 

–     ¿Lloras porque ha muerto? – 

Y añade:

No debes llorar. ¿Sabes?, no estamos solos.

Nuestras mamás están siempre a nuestro lado.

Lo dice Jesús.

Y son como ángeles custodios. Esto también lo dice Jesús.

Y, si somos buenos, vienen a nuestro encuentro cuando morimos y subimos a Dios en brazos de nuestras mamás.

Es verdad ¿Eh? ¡Lo ha dicho Él!

María de Magdala abraza fuertemente al pequeño consolador.

Y lo besa diciendo:

–    Reza entonces para que yo sea buena de esa forma».

–    ¿Pero no lo eres?

Con Jesús van sólo los que son buenos…

Y si uno no es del todo bueno progresa hasta serlo, para poder ser discípulos de Jesús;

porque no se puede enseñar si no se sabe.

No se puede decir “perdona” si primero no perdonamos nosotros.

No se puede decir: “Tienes que amar a tu prójimo”, si antes no lo amamos nosotros.

¿Sabes la Oración de Jesús?

–     No.

–     ¡Ah, claro!

¡Es que hace poco que estás con Él!

Es muy bonita, ¿Sabes?

Dice todo esto.

Escucha qué bonita es.

Y Margziam dice lentamente el “Pater noster”, con sentimiento y fe.

–     ¡Qué bien la sabes! – dice admirada María de Magdala.

–     Me la han enseñado mi mamá por la noche…

Y la Mamá de Jesús durante el día.

Si quieres te la enseño.

¿Quieres venir conmigo?

Las ovejitas balan. Tienen hambre.

Ahora las llevo al pasto. Ven conmigo.

Te enseño a rezar y así serás buena del todo.

Y la toma de la mano.

–     Pero, no sé si el Maestro quiere…  

Jesús la anima:  

–     Ve, ve, María.

Tienes a un inocente por amigo y corderitos…

Ve. Serenamente.

María de Magdala sale con el niño y se le ve alejarse precedida de las tres ovejitas.

Jesús mira…

Y también los otros.  

Martha dice: 

–     ¡Pobre hermana mía! 

Jesús observa: 

–     No la compadezcas.

Es una flor que está enderezando su tallo después del huracán.

¿Oyes?… Ríe…

La inocencia siempre conforta.

Mientras resuena en el aire, la risa cantarina de María de Mágdala…

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220 PARÁBOLA DE LOS PECES


220 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Están todos reunidos en la espaciosa habitación de arriba.

El violento temporal se ha resuelto en una lluvia persistente, ora leve hasta casi desaparecer,

ora intensa con repentina furia.

El lago, de ninguna manera, está hoy azul:

sino amarillento con estrías de espuma en los momentos de viento y aguacero;

gris plúmbico con espumas blancas, en las pausas del turbión.

Las colinas -todas chorreando agua, con las frondas tan cargadas de lluvia…

Que todavía están plegadas, algunas ramas colgando quebradas por el viento,

muchas hojas arrancadas por el granizo, muestran regatillos por todas partes.

Aguas amarillentas que llevan al lago hojas, piedras y tierra arrancada a sus pendientes.

La luz ha quedado turbia, verdosa.

En la habitación están, sentadas junto a una ventana que abre un panorama a las colinas;

María con Marta, la Magdalena y otras dos mujeres que charlan sosegadamente.

Sin duda, más que la Magdalena que está muy quieta, cabizbaja, pensativa, entre la Virgen y Marta

Se han vuelto a poner los vestidos que han sido secados al fuego y cepillados, para quitarles el barro.

La Virgen se ha puesto su vestido de lana azul marino.

la Magdalena tiene uno prestado, corto y estrecho para ella, que es alta y bien modelada.

Trata de remediar la escasez del vestido envolviéndose en el manto de su hermana.

Y se ha recogido la cabellera en dos gruesas trenzas anudadas a la altura de la nuca,

porque para sostener ese peso no bastan de ninguna manera, las pocas horquillas que ha podido juntar en ese momento.

En efecto, ella siempre ayuda a las horquillas con una cinta fina, que le sirve también casi de sutil diadema,

cuyo color paja se pierde en el oro de sus cabellos.

En el otro lado de la habitación, sentados unos en taburetes y otros en los alféizares de las ventanas,

están Jesús con los apóstoles y el dueño de la casa.

Falta el sirviente de Marta.

Pedro y los otros pescadores están estudiando el tiempo,

haciendo pronósticos para el día siguiente.

Jesús escucha, o responde, a unos o a otros.  

Santiago de Zebedeo,  mirando un momento hacia las mujeres.,

comenta: 

–     Si lo hubiera sabido,

le habría dicho a mi madre que viniera.

Conviene que esta mujer se sienta enseguida relajada con las compañeras

Tadeo mira a su hermano Santiago,

y pregunta: 

 –     ¡Ya!

¡Si lo hubiéramos sabido!…

Pero, ¿Y por qué mamá no ha venido con María?

Santiago de Alfeo responde: 

–     No lo sé.

Eso me pregunto también yo.

–     ¿No será que se siente mal?

–     María lo habría dicho.

–     Yo se lo pregunto –

Y Judas Tadeo va donde las mujeres.

Se oye la respuesta de la cristalina voz,

de María:

–     Está bien.

He sido yo, que le he ahorrado la paliza de este calor.

Nos hemos fugado como dos niñas, ¿No es verdad, María?

María llegó ya de noche y al alba hemos salido.

Sólo le he dicho a Alfeo: “Aquí está la llave. Volveré pronto. Díselo a María”.

Y he venido.  

Jesús agrega: 

–     Volveremos juntos, Madre.

Iremos todos juntos por la Galilea.

En cuanto el tiempo esté bien y María tenga un vestido.

Acompañaremos a las hermanas,, hasta el camino más seguro.

Así las conocerán también Porfiria, Susana y vuestras mujeres e hijas, Felipe y Bartolomé.

Dice: «las conocerán» y ello es exquisito.

Es por no decir: «conocerán a María».

También es fuerte, y abate todas las prevenciones y restricciones mentales, de los apóstoles hacia la redimida.

La impone, venciendo las resistencias de ellos, la vergüenza de ella y todo.

A Marta se le ilumina el rostro.

María Magdalena se ruboriza y mira suplicante, agradecida, turbada…

Sólo ella sabe, lo que piensa y siente…

María Santísima sonríe con su delicada sonrisa.  

Pedro pregunta:

–     ¿A qué lugar vamos a ir, Maestro?

–      A Betsaida.

Luego a Magdala, a Tiberíades, a Caná, a Nazaret.

Desde allí, por Jaffa y Semerón, iremos a Belén de Galilea, luego a Sicaminón y a Cesárea…

Un acceso de llanto de la Magdalena, interrumpe a Jesús.

Levanta la cabeza, la mira…

Y sigue hablando como si no hubiera sucedido nada:  

–     En Cesárea encontraréis vuestro carro.

Así se lo he ordenado al sirviente.

Iréis a Betania.

Nos volveremos a ver para los Tabernáculos.

Las principales fiestas hebreas, son:

La Pascua, que se celebraba durante el plenilunio de Nisán (marzo-abril)

Estaba seguida por la Pascua suplementaria, en el decimocuarto día del mes sucesivo;

para aquellos que no hubieran podido celebrarla;

Pentecostés o fiesta de las Semanas, cincuenta días después de la Pascua.

Los Tabernáculos o fiesta de las Tiendas, al final de las recolecciones de otoño;

Las Encenias o fiesta de las Luces; también llamada de la Purificación, de la Dedicación del Templo;

celebrada el 25 de Kisléu en Noviembre- Diciembre)

Magdalena recobra la tranquilidad al cabo de poco.

No responde a las preguntas de su hermana.

Sale de la habitación y se retira, rumbo la cocina, durante un tiempo.  

Martha, humilde y apurada,

explica: 

–     María sufre, Jesús.

Al oír que debe ir a ciertas ciudades.

Hay que comprenderla…

Lo digo más por los discípulos que por ti, Maestro.  

Jesús responde: 

–     Es verdad, Marta.

Pero debe suceder.

Si no afronta inmediatamente el mundo….

Si no ahoga ese horrendo tirano del respeto humano… 

Su heroica conversión quedará paralizada.

Por eso lo hará inmediatamente y con nosotros.

Pedro promete: 

–     Con nosotros nadie le dirá nada.

Te lo aseguro por mí y por todos mis compañeros, Marta.  

Tadeo confirma: 

–     ¡Pues claro!

La escudaremos como a una hermana.

María ha dicho que es hermana.

Y hermana será para nosotros. 

Zelote apoya: 

–    Además…

¡Somos todos pecadores!

¡Y el mundo no nos ha concedido inmunidad tampoco a nosotros!

Por tanto comprendemos sus luchas..

LIBRE DEL RESPETO HUMANO

Mateo agrega:   

–     Yo la comprendo más que todos.

En los lugares donde hemos pecado es muy meritorio vivir.

¡Las personas saben quiénes somos!…

Es una tortura.

Pero es también justicia y gloria el resistir allí.

Precisamente porque la potencia de Dios se manifiesta en nosotros con evidencia.

Somos medio de conversiones incluso sin hablar. 

Jesús dice: 

–     Como ves, Marta… 

Todos son comprensivos con tu hermana, todos la quieren.

Y la comprenderán y la querrán cada vez más.

Está llamada a ser signo indicador para muchas almas culpables y medrosas.

Y una gran fuerza también para los buenos.

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

Y es que María, una vez que haya roto las últimas cadenas de su humanidad; será una llama de amor.

No ha hecho otra cosa sino cambiar de dirección, a la exuberancia de su sentimiento.

Ha colocado a nivel sobrenatural esta poderosa facultad de amar que tiene.

Y en este campo hará prodigios, os lo aseguro.

Ahora está todavía turbada;

pero cada día que pase la veréis calmarse y fortalecerse en su nueva vida.

En casa de Simón dije: “Mucho le es perdonado porque ama mucho”.

En verdad os digo ahora que todo le será perdonado; porque amará a su Dios con toda su fuerza;

con toda su alma, con todo su pensamiento, con toda su sangre, con toda su carne…

Hasta el holocausto.  

Andrés suspira, muy profundo,

CORAZÓN ARDIENTE

diciendo: 

–     ¡Dichosa ella, que se ha hecho merecedora de estas palabras!

Quisiera merecerlas también yo… 

Jesús exclama: 

–     ¿Tú?…

¡Pero si ya las mereces!

Ven aquí, pescador mío, que quiero narrarte una parábola, que parece pensada exactamente para ti.   

Martha suplica: 

–     Maestro, espera.

Voy por María.

¡Tiene mucha sed de conocer tu doctrina! …

Mientras Marta sale, los demás colocan los asientos en semicírculo en torno al de Jesús.

Vuelven las dos hermanas….

Y se sientan al lado de María Stma.

Jesús empieza a hablar:

–     Unos pescadores salieron a mar abierto…

Y echaron en el mar su red.

Pasado un tiempo la subieron a bordo.

Trabajaban fatigosamente, por orden de un patrón que les había encargado de la provisión de pescado selecto para su ciudad.

Les había dicho: “De los peces malsanos o de poca calidad no os preocupéis siquiera de sacarlos a tierra.

Devolvedlos al mar.

Otros pescadores los pescarán.

Pero, al ser pescadores de otro patrón, los llevarán a su ciudad:

pues allí se consumen cosas malsanas; cosas que hacen cada vez más abominable, la ciudad de mi enemigo.

Pero, en la mía: bella, luminosa, santa, no debe entrar ninguna cosa malsana”.

Subida pues a bordo la red, los pescadores empezaron su trabajo de discernimiento y selección.

Había muchos peces y de distintos aspectos, tamaños y colores.

Había peces de buen aspecto, pero llenos de espinas, con mal sabor;

con un grueso vientre lleno de lodo, gusanos, hierbas pútrida;

que hacían peor todavía el sabor, ya de por sí malo, de la carne del pez.

Había otros, por el contrario, de aspecto feo, con una cabeza que parecía la fea cara de un delincuente;

o de un monstruo de pesadilla;

pero los pescadores sabían que su carne era exquisita.

Otros, por ser insignificantes, pasaban desapercibidos.

Los pescadores trabajaban y trabajaban.

Ya las cestas estaban repletas de pescado exquisito.

En la red quedaban los peces insignificantes.

“Bueno, las cestas están repletas.

Vamos a tirar todo el resto al mar” dijeron muchos de los pescadores.

Pero uno, que había hablado poco mientras los otros cantaban las magnificencias;

o se burlaban, de todo pez que caía en sus manos, se quedó todavía hurgando en la red.

Y entre las menudencias insignificantes, descubrió todavía dos o tres peces y los puso encima de todo.

Los otros en las cestas. “¿Pero qué haces?” preguntaron los otros.

“Las cestas ya están completas y bien presentadas.

Las echas a perder poniendo encima atravesado, ese pez irrisorio.

Da la impresión de que lo quieres celebrar como el mejor.”

“Dejadme, respondió aquél, que conozco este tipo de peces, sus cualidades y su exquisitez.”

Ésta es la parábola, que termina con la bendición del patrón al pescador paciente, experto y silencioso;

que ha sabido discernir entre la masa los mejores peces.

Escuchad ahora su aplicación.

El soberano de la ciudad bella, luminosa y santa, es el Señor.

La ciudad es el Reino de los Cielos.

Los pescadores, mis apóstoles.

Los peces de la mar, la humanidad, compuesta por todo tipo de personas.

Los peces buenos, los santos.

El patrón de la ciudad abominable es Satanás.

La ciudad abominable, el Infierno.

Sus pescadores son el mundo, la carne, las pasiones malas encarnadas en los siervos de Satanás;

bien sean espirituales (demonios), o humanos (hombres corruptores de sus semejantes).

Los peces malos, la humanidad no digna del Reino de los Cielos: los réprobos.

Entre los pescadores de almas para la Ciudad de Dios,

habrá siempre unos que emularán la capacidad paciente del pescador;

que sabe buscar con perseverancia, en los estratos de la humanidad,

donde sus otros compañeros, más impacientes,

han separado sólo los que aparecían buenos a primera vista.

Y por desgracia, habrá también pescadores que, por ser demasiado distraídos y habladores…

Mientras que el trabajo de discernimiento exige atención y silencio;

para oír las voces de las almas y las indicaciones sobrenaturales;

no verán peces buenos y los perderán.

Y habrá otros que por demasiada intransigencia;

rechazarán a almas que si bien no son perfectas en cuanto a su aspecto exterior

son excelentes en todo lo demás.

No os debe importar que uno de los peces que capturéis para Mí, muestre signos de pasadas luchas…

O presente mutilaciones producidas por muchas causas…

Si su espíritu no está lesionado.

No debe importaros que uno de éstos, por librarse del Enemigo, se haya herido

y se presente con estas heridas;

si su interior da muestras de una clara voluntad de querer ser de Dios.

Almas probadas, almas seguras;

más que esas otras, que son como niñitos protegidos por sus pañales, su cuna y su mamá.

Y que duermen saciados y tranquilos, pero que en el futuro pueden, con la razón, la edad

y las vicisitudes de la vida que van viniendo;

dar dolorosas sorpresas de desviaciones morales.

Os recuerdo la parábola del hijo pródigo.

Oiréis otras parábolas, pues seguiré buscando la manera de infundiros recta inteligencia,

en vuestra manera de distinguir las conciencias y de elegir los modos,

con que guiar las conciencias; que son singulares.

Y cada una por tanto, tiene su modo especial de escuchar y reaccionar, respecto a las tentaciones y las enseñanzas.

No creáis que sea fácil discernir espíritus.

Todo lo contrario.

Se necesita ojo espiritual enteramente iluminado de luz divina;

intelecto penetrado de divina sabiduría infusa; posesión de las virtudes en forma heroica.

En primer lugar la caridad.

Se necesita capacidad de concentrarse en la meditación, porque cada alma es un texto oscuro, que hay que leer y meditar.

Se necesita una unión continua con Dios, olvidando todos los intereses egoístas;

vivir para las almas y para Dios;

superar prevenciones, resentimientos, antipatías;

ser dulces como padres y férreos como guerreros.

Dulces para aconsejar y animar.

Férreos para decir:

“Eso no te es lícito y no lo harás”

O: “Eso se debe hacer y tú lo harás”.

Porque -pensadlo bien- muchas almas serán arrojadas a los estanques infernales.

Pero no serán sólo almas de pecadores.

También habrá almas de pescadores evangélicos:

Las de aquellos que hayan faltado a su ministerio, contribuyendo a la pérdida de muchos espíritus.

Llegará el día, el último de la Tierra, el primero de la Jerusalén completada y eterna;

en que los ángeles, como los pescadores de la parábola, separen a los justos de los malvados;

para que, tras el decreto inexorable del Juez, los buenos pasen al Cielo y los malos al fuego eterno.

Entonces será manifestada la verdad acerca de los pescadores y los pescados.

Caerán las hipocresías y aparecerá el Pueblo de Dios como es;

con sus caudillos y los salvados por los caudillos.

Veremos entonces que muchos de entre los más insignificantes en su aspecto exterior.

O peor: tratados externamente, serán esplendor del Cielo.

Y que los pescadores calmos y pacientes, son los que más han hecho.

Y emitirán resplandor de gemas por el número de sus salvados.

La parábola queda así, dicha y explicada.  

Pedro mira a Andrés.

Lo mira, lo mira…

Luego mira a la Magdalena…

Y pregunta: 

–     ¿Y mi hermano?…

¡Oh! ¡Pero!… –   

Andrés dice con franqueza: 

–     No, Simón.

Respecto a ella no tengo mérito.

Lo ha hecho el Maestro solo.  

Felipe cuestiona: 

–     ¿Pero entonces los otros pescadores?…

¿Los de Satanás, cogen sólo los restos?

Jesús responde: 

–     Tratan de coger los mejores…

Los espíritus capaces de mayor prodigio de Gracia.

Y se sirven para ello de los propios hombres y de las tentaciones de éstos.

¡Hay muchos en el mundo que por un plato de lentejas renuncian a su primogenitura!  

Santiago de Alfeo dice:  

–     Maestro…

El otro día decías que muchos son los que se dejan seducir por cosas del mundo.

¿Serían también éstos de los que pescan para Satanás?

–     Sí, hermano mío.

En aquella parábola, el hombre se dejó seducir por el mucho dinero, que podía proporcionar mucho placer.

Y perdió así todos los derechos al Tesoro del Reino.

En verdad os digo que de cien hombres, sólo la tercera parte sabe resistir a la tentación del oro.

O a otras seducciones.

Y de esta tercera parte sólo la mitad sabe hacerlo heroicamente.

El mundo muere asfixiado, porque se carga voluntariamente de las ataduras del pecado.

Vale más estar despojado de todo, que tener riquezas irrisorias e ilusorias.

Sabed hacer como los joyeros sabios,

que, habiendo tenido noticia de que en un lugar ha sido pescada una perla rarísima;

no se preocupan de conservar en sus cofres muchas joyas modestas,

sino que se liberan de todo, para comprar aquella perla maravillosa.

Bartolomé cuestiona: 

–     ¿Pero entonces…?

¿Por qué Tú mismo estableces diferencias entre las misiones que das a las personas que te siguen?

¿Y dices que debemos considerar las misiones don de Dios?

Deberíamos renunciar también a ellas,

porque respecto al Reino de los Cielos, no son tampoco más que migajas. 

–     No migajas:

Son medios.

Serían migajas, o, más aún, sucias briznas de paja, si vinieran a ser objetivo humano en la vida.

Quienes se afanan para conseguir un puesto con miras a una ganancia human;

hacen de ese puesto, aunque sea santo, una brizna de paja sucia.

Mas si la misión es para vosotros obediente aceptación, gozoso deber, total holocausto;

haréis de ella una perla singularísima.

La misión, si se cumple sin reservas, es holocausto, martirio, gloria.

Chorrea lágrimas, sudor, sangre.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Pero forma una corona de eterna majestad real.

–     ¡No hay nada a lo que no sepas responder!

–     ¿Pero, me habéis entendido?

¿Comprendéis lo que digo con comparaciones sacadas de las cosas cotidianas;

iluminadas -eso sí- con una luz sobrenatural, que las hace ilustrativas de cosas eternas?

–     Sí, Maestro.

–     Acordaos entonces del método para instruir a las turbas.

Porque este es uno de los secretos de los escribas y rabíes: recordar.

En verdad os digo que cada uno de vosotros, instruido en la sabiduría de poseer el Reino de los Cielos;

es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro aquello que necesita su familia; 

usando cosas viejas y nuevas.

Pero todas con la única finalidad de procurar el bienestar a sus propios hijos.

Ya no llueve.

Dejemos tranquilas a las mujeres.

Vamos donde el anciano Tobías, que está para abrir sus ojos espirituales, en las auroras del más allá.

Paz a vosotras, mujeres.

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