244 FORJA DE LAS ALMAS


 244 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

243 -La Magdalena debe forjarse sufriendo

En el tránsito de la noche al día, habiéndose ocultado la Luna sin haber empezado todavía a amanecer…

La luz ha disminuido.

Pero es sólo un breve intervalo incierto…

Inmediatamente después, la luz primero plomiza, luego levemente gris y casi enseguida verdastra; 

Finalmente luce esplendorosa la vía láctea con transparencias de azul.

Dando a continuación paso a una claridad de casi incorpórea plata;

que termina afirmándose cada vez más, facilitando el camino por el guijarral húmedo; 

que las olas han dejado al descubierto.

El mar es un verdadero milagro de belleza.

Majestuosamente mueve sus olas coronadas de espuma.

El crepúsculo tiñe de oro y violeta el horizonte.

Mientras, los ojos se alegran con la vista del mar, ya de un azul más claro;

pronto a encenderse de visos como gemas preciosas.

Y luego el aire embebe su plata de un rosa cada vez más seguro, hasta que este rosa-oro de la aurora; 

se hace lluvia rosa-roja que cae en el mar, en los rostros, en los campos…

Formando contrastes de tonalidades cada vez más vivos,

los cuales alcanzan el punto perfecto, el más bonito del día cuando el Sol;

saltando los confines del oriente, lanza su primer rayo hacia montes y laderas,

bosques, prados y vastas llanuras marinas y celestes

Y acentúa todos los colores: la blancura de las nieves o de las lejanías montañosas;

con un color añil entreverado de verde diaspro.

O el cobalto del cielo, que palidece para acoger el rosa;

el zafiro veteado de jaspe y orlado de perlas del mar.

Y hoy el mar es un verdadero milagro de belleza:

No muerto en la tranquilidad pesada, ni agitado bajo la lucha de los vientos,

sino majestuosamente vivo con su reñir de leves olas, apenas señaladas,

con una ondulación coronada por una cresta de espuma.  

Jesús dice:

–      Llegaremos a Dora antes de que el sol queme.

Reanudaremos la marcha al declinar del sol.

Pronto terminará en Cesárea vuestra fatiga, hermanas y también nosotros descansaremos.

Vuestro carro os estará esperando y nos separaremos…

Y mirando a la Magdalena pregunta:

¿Por qué lloras, María?

¿Voy a tener que ver hoy llorar a todas las Marías?

Martha trata de disculparla:

–      Le apena dejarte.

–      Eso no significa que no nos vayamos a volver a ver,

Y además, será pronto.

María hace señal con la cabeza de que no llora por eso.

Y Zelote da la explicación:

–     Tiene miedo de no ser siempre buena sin tu cercanía.

Teme que será tentada muy fuertemente…

Cuando no estés cerca para alejar al Demonio.

Hace poco me hablaba de ello.

Jesús le dice:

–      No tengas este temor.

Yo no retiro nunca una gracia que he concedido.

¿Quieres pecar?

María niega con la cabeza. 

i dice con un sollozo: 

–      ¡No, mi Señor!

 –     Entonces no te intranquilices.

Está atenta, eso sí.

Pero no tengas miedo.

–   Señor… 

Lloro también porque en Cesárea…

Cesárea está llena de mis pecados.

Ahora los veo todos…

Tendré que sufrir mucho en mi ser humano.

–     Me alegro de saberlo…

Entre más sufras, mejor.

Porque después no sufrirás con estas penas inútiles.

María de Teófilo, quiero recordarte que eres hija de un valiente.

Que eres un alma fuerte.

Yo quiero hacerte fortísima.

Compadezco las debilidades en las otras;

porque han sido siempre mujeres mansas y tímidas, incluyendo a tu hermana.

En ti no lo soporto.

Te forjaré con el fuego y en el yunque.

Para que estés tan templada… 

 Que no eches a perder el milagro de tu voluntad y la Mía.

Esto tenlo en cuenta…

Y quien de los presentes o de los ausentes pueda pensar que Yo porque te quiero mucho,;

voy a ser débil contigo.

Te permito que llores por arrepentimiento y por amor.

No por otra cosa. ¿Has entendido?  

Jesús es claro y severo.

María de Mágdala lucha por controlar sus lágrimas y sollozos.

Cae a los pies de Jesús.

Se los besa y los moja con sus lágrimas.  

Postrada en la arena de la playa…

Trata de decir con serenidad:

–     Sí, Señor mío.

Haré lo que quieres.

–     Levántate pues. 

Y mantente serena… 

Se reanuda la marcha…

La comitiva apostólica avanza por la orilla de la playa, bordeando la costa.

Los peregrinos se dirigen a Cesárea.

Cuando el sol declina, brindando un maravilloso espectáculo crepuscular…

El mar parece al rojo vivo, de tanto como refleja, en su calma, el rojo del cielo;

un rojo tan violento, que parece casi irreal:

es como si hubieran vertido sangre en la bóveda del firmamento.

Hace todavía calor, pero el aire del mar lo hace soportable.

Caminan siguiendo la orilla para evitar el ardor del terreno seco.

Continúan caminando a lo largo de la costa.

Llegan a una zona que está llena de gente.

Que pasea a la luz de las antorchas o linternas que portan esclavos…

Y que respira el aire y la brisa que viene del mar.

Un gran consuelo para los pulmones cansados del bochorno estival.

La larga playa parece un salón vastísimo lleno de ricos paseantes a la hora más social.

Pasar por ahí significa que lo desmenucen a uno completamente.

Y sin embargo, Jesús pasa por allí…

Siguen a lo largo de la playa, sin importarle que lo vean; que hablen de Él; que se rían…

Lidia la seguidora romana, está sentada en una silla plegadiza a la orilla de la vía.

Cuando lo ve…

Se pone de pie y pregunta:

–      ¡Maestro!

¿Tú aquí? ¿A esta hora?

Jesús contesta:

–       Se me ha hecho tarde en busca de alojamiento.

La amiga romana señala una hermosa villa, detrás de ella.  

Y dice titubeante:

–      Te diría que aquí está mi casa.   

Pero no sé si…  

Jesús responde: 

–       No.

Te lo agradezco.

Vienen conmigo muchas personas y dos de ellas ya se adelantaron a donde vamos a llegar.

Buenas noches, Lidia.

–    Adiós, Maestro.

Jesús sigue adelante.

Y los ojos de Lidia recorren las caras de las mujeres…

Al punto descubre a Magdalena.

Y exclama:

–     ¡María!

¿Tú? Pero… 

¿Entonces es verdad?

En los ojos de María hay una mirada de cierva acorralada.

Una mirada llena de tormento.

Y tiene razón, porque no solo a Lidia debe hacer frente;

sino a muchos que la están mirando

Pero también ella mira a Jesús y cobra fuerzas.

Respira hondo sonríe…

Y dice con firmeza:

–     Es verdad.

–     Entonces…

¡Te hemos perdido!

–    No.

Me habéis encontrado.

Por lo menos espero volver a encontrarte algún día y con una amistad…

Mejor en el camino que por fin encontré.

Dilo a todos los que me conocen, te lo ruego.

Hasta la vista Lidia.

Olvida todo el mal que me viste hacer.

Te ruego que me perdones…

–     Pero María,

¿Por qué te envileces?

Hemos vivido la misma vida de ricas desvergonzadas y no hay…  

Magdalena la interrumpe:

–      No.

Llevé una vida peor.

Pero he salido de ella y para siempre.

–     Dime la verdad,

¿Estás verdaderamente convencida?

–     Convencida no.

Feliz de ser discípula.

Sólo una cosa lamento y es no haber conocido antes la   Luz.

Y también haber comido fango en lugar de haberme alimentado de Ella.

Hasta la vista, Lidia.

La respuesta suena clara en el silencio que rodea a las dos mujeres.

Ninguno de los presentes se atreve a decir nada.

María se vuelve rápida…

Y trata de alcanzar al Maestro.

Pero un joven romano, se le para por delante.  

Trata de abrazarla, y dice: 

–     ¿Es tu última locura?

Pero como está medio borracho, no lo consigue.

Y María se le escapa,

gritándole:

–      No.

Es mi única sabiduría.

Alcanza a sus compañeras que van cubiertas con sus velos como si fueran mahometanas.

Martha le pregunta:

–       María, ¿Has sufrido mucho?

–       No.

Tiene razón el Maestro.

Ya no sufriré más por esto.

No vale la pena.

Y siguen su camino.

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