Archivos diarios: 28/05/21

246 EL DIOS DESCONOCIDO DE LA AERÓPOLIS


246 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de cruzar el punto peligroso…

Jesús levantando la cabeza y dirigiendo su mirada adelante, hacia una maraña de zarzas…

Y otras plantas de largas ramas lanzadas al asalto de una voluminosa barrera de cactus;

situada más atrás, con sus palas tan duras cuanto flexibles son las ramas agresoras.

Jesús pregunta:

–      ¿Qué es lo que se mueve en aquellos zarzales?

Martha se espanta:

–      ¡Oh, no!

Y gime aterrorizada: 

–      ¿Otro cocodrilo, Señor?…

Pero el crujir de frondas aumenta y tras ellas aparece un rostro humano, de mujer.

Mira. Ve a todos estos hombres.

Duda entre huir por el campo o introducirse en la agreste galería.

Vence lo primero y huye hacia la campiña con un alarido.

Todos están asombrados y se preguntan perplejos:

–      ¿Leprosa?

–      ¿Loca?

–      ¿Endemoniada?

Pero la mujer regresa corriendo, porque de Cesárea que está ya cercana, 

viene un carro romano y se encuentra acorralada.

Es una joven muy bella, a pesar de sus vestidos desgarrados y su cabellera en desorden.

La mujer se ve como un ratón sin escapatoria.

No sabe a dónde ir,

porque Jesús con los suyos están ahora junto al matorral que le servía de  refugio y no puede volver.

Y hacia el carro no quiere ir…

Tras el intenso ocaso de un maravilloso crepúsculo…  

Entre las primeras sombras del anochecer que muestran que la noche se acerca de prisa.

Todavía se ve que es joven, hermosa y con donaire…

A pesar de estar harapienta y despeinada.  

Jesús ordena con imperio: 

–      ¡Mujer!

Ven aquí!

La mujer tiende los brazos hacia Él,

suplicando:

–       ¡No me hagas daño!

–      Ven aquí.

¿Quién eres?

No te voy a hacer ningún daño 

Lo dice tan dulcemente, que logra persuadirla.  

Ella se adelanta, se inclina y cae al suelo,

diciendo:

–      Quienquiera que seas, ten piedad de mí.

Mátame pero no me entregues a mi patrón.

Soy una esclava que se escapó…

–      ¿Quién era tu amo?

¿De dónde eres?

Se ve que no eres hebrea, por tu modo de hablar y tu vestido.

–      Soy griega.

La esclava griega de…

¡Piedad!

¡Escondedme!

¡El carro está llegando!.

¡El amo se acerca!…

Todos forman un círculo entorno a la infeliz que está agazapada en el suelo.

El vestido desgarrado por las espinas,

muestra su espalda surcada por golpes, latigazos y rasguños.

Jesús le pregunta:

–     ¿Por qué has huido

El carro pasa sin que ninguno de sus ocupantes muestre interés,

por este grupo parado junto al matorral.

–      Se han ido.

Habla.

Si podemos, te ayudaremos…

Y le pone la punta de sus dedos, sobre la cabellera despeinada.

–      Soy Síntica.

Esclava griega de un noble romano, del séquito del Procónsul.

Magdalena exclama:

–     ¡Entonces eres la esclava de Valeriano!

La infeliz suplica llorando:

–     ¡Oh! ¡Piedad!

¡Piedad! No me denuncies a él…

Magdalena responde:

–     No tengas miedo.

Jamás volveré a hablar con Valeriano.

Y dice el por qué a Jesús: 

–     Lo conozco.

Es uno de los romanos más ricos y más repugnantes que hay acá.

Es tan asqueroso, como cruel.

Jesús pregunta: 

–      ¿Por qué has huido?   

Ella levanta su cabeza,

Y responde con dignidad:

–     Porque tengo un alma.

No soy una mercancía.

El me compró, es verdad.

Podrá haber comprado mi persona para que embellezca su casa;

para que le alegre las horas con leerle.

Para que le sirva, pero nada más.

La mujer siente seguridad al ver que ha encontrado a personas compasivas.  

Y continúa: 

–      No soy una mercancía.

¡El alma es mía!

No es una cosa que se compre.

Y él quería también ésta.

–     ¿Cómo tienes conocimiento del alma?

–      No soy literata, Señor.

Soy botín de guerra desde mi más tierna edad.

Pero no plebeya.

Este es ni tercer dueño y es un fauno asqueroso.

Pero en mí todavía están las palabras de nuestros filósofos.

Y sé que no somos sólo carne. hay algo inmortal encerrado en nosotros.

Algo que no podemos definir claramente,

Pero hace poco he sabido su nombre.

Un día pasó un hombre por Cesárea, hace como un año.

Haciendo prodigios y hablando mejor que Sócrates y Platón.

Mucho se ha hablado de Él, en las termas y en los triclinios.

En los banquetes y en los Pórticos Dorados;

Ensuciaron su augusto nombre,

pronunciándolo en las salas de sus inmundas orgías.

Y mi amo me mandó leer otra vez, precisamente a mí;

que ya sentía dentro de mí algo inmortal que sólo le corresponde a Dios  

Me hizo leer otra vez las obras de los filósofos;

Volví a leerlas despacio para cotejar…

Y buscar si esta cosa ignorada; 

que el hombre que había venido a Cesárea había llamado “alma”,

estaba descrita en ellas.

Y que no se compra como si fuera una mercancía, en los mercados de esclavos.

¡El me hizo leer esto!…

Y después, de estas inmersiones en la sabiduría,

¡El quería que yo le complaciese en los sentidos!

¡A mí me lo hizo leer!

¡A mí a quien quería someter a su carnalidad!

Y mientras Valeriano con otros compañeros suyos, escuchaban mi voz… 

Y entre bostezos y eructos, trataban de comprender, parangonar y discutir.

De este modo, llegué a saber que esta cosa inmortal es el alma.

Porque yo unía lo que decían, refiriendo las palabras del Desconocido; 

a las palabras de los filósofos y me las metía aquí…

Con la mano apoyada sobre su pecho señala su corazón.  

Y prosigue: 

Y con ellas me construía una dignidad cada vez más  fuerte, para rechazar su libídine…

Porque yo unía las palabras del Desconocido, a las de los filósofos y las ponía de mi parte.

Con ellas me creaba una dignidad mucho mayor, que la simple humanidad animal; 

para rechazar su pasión insensata…

Hace unos días, una noche, me pegó salvajemente, 

Y me golpeó hasta casi matarme;

porque a mordidas lo rechacé…

Al día siguiente me escapé.

Hace cinco días que vivo entre aquellos matorrales, recogiendo por la noche, moras y tunas.

Pero terminaré por ser atrapada otra vez, pues sé que anda en mi busca.

Le costé mucho dinero.

Y le agrado demasiado, para que me deje en paz. 

¡Ten piedad, te lo ruego!

Ten piedad!

Eres hebreo y ciertamente que sabes en donde se encuentra Él.

Te pido que me conduzcas a ese Desconocido que habla también a los esclavos y a los galeotes.

Y que habla del alma.

Me han dicho que es pobre.

No me importa sufrir hambre, pero quiero estar cerca de Él;

para que me instruya y me levante otra vez.

Vivir en medio de los brutos, embrutece a uno, aunque se resista a ellos.

Quiero volver a tener mi antigua dignidad moral.

Con cierta admiración y una sonrisa radiante,

Jesús dice: :

–    El Hombre.

El Desconocido que buscas, está delante de ti.

Síntica lo mira asombrada y boquiabierta;

y dice:

–      ¿Tú? ¡Oh!

¡Dios Desconocido de la Aerópolis!

¡Ave!…

Yo te saludo…

Y se postra delante de Él, besando la tierra… 

–      Aquí no puedes estar.

Estamos cerca de Cesárea.

–       ¡No me dejes, Señor!

–       No te dejaré.

Estoy pensando…

Magdalena aconseja:

–     ¡Maestro!

Nuestro carro está, sin duda, en el lugar convenido, esperándonos.

Manda a avisar.

En el carro estará segura como en nuestra casa.

Martha suplica:

–      ¡Sí, confíanosla a nosotras, Señor!

Ocupará el lugar del anciano Ismael.

La instruiremos sobre ti.

Será una mujer arrebatada al paganismo.

Jesús le pregunta:

–     ¿Quieres venir con nosotros?

–      Con cualquiera de los tuyos.

Con tal de no volver con aquel hombre.

¡Pero… pero esta mujer ha dicho que lo conoce!

¿No me traicionará?

¿No irán romanos a su casa?

¿No…?

Magdalena la interrumpe, para tranquilizarla. 

Y dice: 

–      No tengas miedo. 

A Bethania no llegan los romanos y mucho menos los de esa clase.

Las mujeres se la llevan y la visten con un manto de Susana.

Jesús ordena: 

–      Simón y Simón Pedro, id a buscar el carro.

Os esperamos aquí.

Entraremos en la ciudad después.

Un tiempo más tarde… 

Cuando el pesado carro cubierto anuncia su presencia;

con el ruido de los cascos y las ruedas.

Y con el farol oscilante colgado de su techo.

Los que esperaban se levantan del ribazo donde han cenado y bajan al camino.

El carro se para, bamboleándose, en la orilla del camino deformado.

Bajan Pedro y Simón.

Inmediatamente después, baja una mujer anciana; 

es Noemí la nodriza que corre a abrazar a la Magdalena,  

diciendo:

–      Ni siquiera un momento.

No quiero dejar pasar ni un momento sin decirte que soy feliz.

Que tu madre exulta conmigo, que eres de nuevo la rubia rosa de nuestra casa;

como cuando dormías en la cuna después de haber mamado de mi pecho.

Y la besa una y otra vez.

María llora entre sus brazos.  

Jesús dice a la nodriza: 

–      Mujer… 

Te confío a esta joven y te pido el sacrificio de esperar aquí toda la noche.

Mañana podrás ir al primer pueblo de la vía consular y esperar allí.

Nosotros iremos antes del final de la tercia. 

Ella responde: 

–      Todo sea como Tú quieras.

¡Bendito seas!

Déjame sólo darle a María los vestidos que le he traído.

Y vuelve a subir al carro, con María Santísima, María y Marta.

Cuando vuelven a salir..

La Magdalena aparece como la veremos en lo sucesivo: 

Siempre: con una túnica sencilla, un lienzo fino y grande de lino como velo. 

 Y un manto sin adornos.  

Jesús se despide diciendo: 

–      Ve tranquila, Síntica.

Mañana vendremos nosotros. Adiós.

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