249 RETIRO EN EL CARMELO


249 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En una mañana esplendorosa, Jesús y su grupo, descansan en los márgenes del río Kisón;

mientras consumen un poco de comida: pan y fruta.

Jesús ordena:

–       Evangelizad por la llanura de Esdrelón hasta que vuelva.

Los apóstoles no parecen muy entusiastas.

Pero Jesús los conforta dando una línea que seguir en su modo de proceder;

Y dice:

–       Por lo demás…

Tenéis con vosotros a mi Madre.

Será una buena consejera.

Dirigíos a los campesinos de Yocanán.

Y  tratad de hablar el sábado con los otros de Doras.

Llevadles socorros y consolad al anciano padre de Margziam con las noticias del niño;

decidle que para los Tabernáculos se lo llevaremos.

Dad mucho, todo lo que tengáis, a los infelices:

todo lo que sepáis, todo el afecto de que seáis capaces.

Todo el dinero que tenemos.

No temáis. Como sale entra.

De hambre no moriremos nunca, aunque vivamos sólo de pan y fruta.

Y si veis desnudez, dad los vestidos, incluso los míos; es más, los primeros los míos.

No nos quedaremos nunca desnudos.

Y, sobre todo, si encontráis desdichados que me buscan, no los rechacéis:

no tenéis derecho a hacerlo.

Adiós, Madre.

Que Dios, por mi boca, os bendiga a todos.

Id y sentíos seguros.

Y mirando a su primo:

Ven, Santiago.

Al verle dispuesto a marcharse,

Tomás pregunta:

–      ¿No tomas ni siquiera tu alforja?

–      No es necesaria.

Caminaré más libre.

Santiago también deja la suya.

A pesar de que su madre solícita, la haya atiborrado de pan, pequeños quesos y fruta.

Se ponen en camino.

Durante un poco de tiempo siguen el borde del Kisón.

Luego, acometiendo las primeras pendientes que llevan al Carmelo;

desaparecen de la vista de los que se han quedado. 

Pedro dice;

–       Madre, estamos en tus manos.

Guíanos, porque…

No somos capaces de nada. – confiesa humildemente.

María regala una sonrisa tranquilizadora,

y dice:

–      Es muy simple.

Lo único es obedecer sus indicaciones…

Y haréis todo bien.

Vamos.

Mientras tanto

Jesús sube sin hablar con su primo Santiago, que tampoco habla;

está concentrado en sus pensamientos.

Santiago, que se siente ante las puertas de una revelación;

va penetrado todo de un amor reverencial, invadido de un temblor espiritual.

Mira de vez en cuando a Jesús.

El cual, en medio de su estado de concentración,

también le muestra una luminosa sonrisa en su rostro solemne.

Santiago mira a Jesús como miraría a Dios antes de encarnarse…

Y con todo el resplandor de su inmensa majestad.

Y su cara, tan parecida a la de San José,

de un moreno que no impide el rojo en lo alto de los pómulos;

se pone pálida de emoción.

Pero respeta el silencio de Jesús.

Van subiendo por empinados atajos, casi sin ver a los pastores;

que han sacado a pastar a sus rebaños a los verdes pastos;

de los bosques de acebos, robles, fresnos y otros árboles agrestes

Van subiendo, rozando con sus mantos las matas verde claro de los enebros;

las de oro de las ginestas o los matorrales de esmeralda salpicada de perlas de los mirtos.

También las cortinas ondulantes de las madreselvas y las clemátides en flor.

El incansable Caminante y su compañero;

van subiendo, dejando atrás a leñadores y pastores…

Hasta llegar a la cima del monte.

Dejan atrás el bosque y llegan a una pequeña llanura,

sobre una cima coronada de robles gigantescos.

limitado por una balaustrada de troncos, que tienen por base las copas de los otros árboles

de la pronunciada pendiente;

de modo que es como si el pequeño prado estuviera apoyado sobre este susurrante soporte;

aislado del resto del monte,

que no se puede ver por las frondas de más abajo.

Tienen a sus espaldas, el pico, que lanza sus árboles hacia el cielo.

Encima, el cielo despejado y sereno..

Al frente, el abierto horizonte, arrebolado a esta hora del ocaso

Y que se derrama en el mar, enteramente encendido.

Una grieta de amplitud apenas suficiente para que quepa un hombre.

De la tierra no hay desprendimiento,

porque las raíces de los robles gigantes mantienen el terreno en una red de tenazas,

se abre en este rellano donde un matorral de ramajes enredados;

pareciera prolongar extendiéndose horizontalmente desde su borde.

Jesús dice:

–      Santiago, hermano mío…

Pasaremos esta noche aquí.  

Y no obstante el cansancio corporal, te ruego que pases la noche en Oración.

La noche y todo el día de mañana hasta esta hora

Una jornada completa, no es demasiado para recibir lo que Dios te quiere dar…

Santiago, que había palidecido cuando Jesús comenzó a hablar…

Se pone como si fuera de cera,

al responder:

–        Jesús, Señor y Maestro mío.

Haré siempre lo que quieras .

–       Lo sé.

Vamos ahora a coger moras y mirtilos para nuestro estómago.

Y a refrescarnos a una fuente que he oído aquí abajo.

Deja si quieres, el manto en esa oquedad.

Nadie lo tomará.

Y junto con su primo da la vuelta al rellano,

recogiendo frutos silvestres de las zarzas del matorral

Luego, unos metros más abajo, en la parte opuesta a la que han seguido para subir,

llenan las cantimploras, la única cosa que llevaban consigo, en una cantarina fuente

que surge detrás de una maraña de gruesas raíces.

Y se lavan para refrescarse del calor, que a pesar de la altura es todavía fuerte.

Luego vuelven a subir a su rellano.

Y mientras el aire aparece todo arrebolado sobre la cúspide herida por el sol…

y que ya está a punto de desaparecer en el occidente…

Comen lo que han recogido y beben de nuevo, sonriéndose como dos niños felices.

Pocas palabras:

Un recuerdo de los que han dejado en la llanura.

Una exclamación de embeleso por la extrema belleza del día.

El nombre de las dos madres… nada más.

Luego Jesús acerca hacia sí a su primo;

que toma la postura habitual de Juan:

La cabeza apoyada en la parte más alta del pecho de Jesús,

una mano relajada sobre el regazo, la otra en la mano de su Primo.

Y están así, mientras la tarde declina, en medio de un intenso trinar de pájaros;

que se van retirando a la espesura, en medio de un resonar de esquilas que se aleja

Y se hace cada vez más confuso, en medio del rumor leve del viento, que acaricia las cimas.

las refresca y vivifica, tras el calor sofocante del día.

Y anuncia ya el rocío.

Están así largo tiempo.

Pareciera que es silencio sólo de labios.

Mientras los espíritus, más activos que nunca,

están entrelazando sobrenaturales conversaciones.

La tarde baja envuelta en los gorjeos de los pajaritos.

En medio del rumor del viento que acaricia y refresca la cima.

Y es preludio del rocío de la noche.

Después de un momento, Jesús besa a su primo en la frente.

Y dejándolo ahí, asciende más todavía…

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