253 AMOR Y MILAGROS


253 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SA

Sigue llamando “hijo” a quien te cause dolor,

porque así os llama el Padre a través de mi boca.

Y en verdad, no hay ningún hombre que no haya causado dolor al Padre de los Cielos…

Sigue un largo silencio mientras atraviesan pastos tachonados de ovejas que pacen.

Al final, Jesús dice:

–      ¿No tienes otras preguntas que hacerme?

Santiago responde: 

–       No, Jesús.

Esta mañana pude entender mejor, la tremenda misión que me espera…

–      Porque estás menos turbado que ayer.

Cuando llegue tu hora, tendrás más paz.

Martirio de Santiago el obispo de Jerusalén

Y comprenderás todavía mejor.

–      Recordaré todas estas cosas…

Todas… menos…

–      ¿Qué, Santiago?

–      Menos la que no me dejaba mirarte esta noche sin llorar. 

Eso que no sé si verdaderamente me lo has dicho Tú.

Y como dicho por Ti, tendría que creerlo.

O si ha sido una turbación demoníaca.

¿Cómo podrías estar tan sereno si…

Si deben sucederte todas estas cosas?

–      Al Obedecer Yo al Padre, siempre tengo Paz.

Santiago llora bajando la cabeza.

–      ¿Estarías sereno si te dijera:

“Allá hay un pastor que renquea porque está impedido de una pierna.

Trata de curarlo en nombre de Dios”?

–      No, mi Señor.

Me sentiría como fuera de mí, pensando en la tentación de usurpar tu puesto.

–      ¿Y si te lo mandara?

–      Lo haría por obediencia.

No me turbaría en absoluto, porque sabría que sería Voluntad tuya.

No tendría miedo a no ser capaz, porque está claro que Tú al mandarme,

me darías la fuerza de cumplir tu voluntad.

–      Tú lo has dicho.

Es así.

Piensa entonces que Yo, obedeciendo al Padre, estoy siempre en paz.

Santiago llora con la cabeza baja.

–     ¿De veras quieres olvidarlo?

–      Lo que Tú quieras, Señor…

–     Tienes dos caminos:

Olvidar o recordar.

Olvidar te liberará del dolor y del silencio absoluto ante tus compañeros.

Pero te dejará sin preparación.

El recuerdo te preparará para tu misión.

Porque no hay más que recordar lo que padece en su vida terrena el Hijo del Hombre,

para no lamentarse jamás.

Para ser fuerte en el espíritu…

Y vigorizarse espiritualmente,

viendo toda la realidad de Cristo en su más  luminosa luz.

Al ver todo en el Mesías, en su luz más radiante.

Escoge.

–     Creer. Recordar. Amar. Esto quiero.

Y morir lo más pronto posible, Señor…

Santiago sigue llorando en silencio.

Si no fuera por las gotas de llanto que brillan en su barba castaña,

no se sabría que está llorando.

Jesús lo deja llorar..

Al final Santiago dice:

–      ¿Y si más adelante vuelves a aludir a…

A tu martirio, debo decir que lo sé?

–       No.

Guarda silencio.

José supo callar respecto a su dolor de esposo, que se creía traicionado.

Así como respecto al Misterio de la concepción virginal y de mi Naturaleza.

Imítalo.

Aquello era también un secreto tremendo.

Un secreto que había que custodiar;

porque el no custodiarlo, por orgullo o ligereza;

habría significado poner en peligro toda la Redención.

Satanás es constante en la vigilancia y en la acción.

Recuérdalo.

Si hablases ahora, perjudicarías a demasiados.

Y por demasiadas cosas.

Guarda silencio.

–      Guardaré silencio…

Aunque significará doble peso…

Jesús no responde.

Deja que Santiago, al amparo de la prenda que cubre su cabeza, llore libremente.

Entonces se encuentran con un hombre que lleva atado sobre su espalda,

a un pobre niño desgraciado.  

Jesús pregunta: 

–     ¿Es tu hijo? 

El hombre responde: 

–      Sí.

Al nacer mató a su madre

Ahora, que ha muerto también mi madre, cuando voy a trabajar lo traigo conmigo

para poder cuidar de él.

Soy leñador.

Lo extiendo sobre la hierba, sobre mi manto.

Y mientras yo corto árboles, él se divierte con las flores.

¡Pobre hijo mío!

Santiago dice:

–     ¡Es una desgracia!

El hombre contesta:

–      Sí.

Pero lo que Dios quiere se acepta con paz.

Jesús se despide:

–    Adiós, hombre.

La paz sea contigo.

El hombre sube el monte.

Jesús y Santiago siguen bajando.

Santiago suspira profundamente,

y dice: 

–      ¡Cuántas desgracias!

Esperaba que lo curases.

Jesús no da muestras de haber oído.

Santiago insiste: 

–      Maestro… 

Si ese hombre hubiera sabido que eres el Mesías, quizás te hubiera pedido el milagro…

Jesús no responde.

–      Jesús,

¿Me dejas volver para decírselo a aquel hombre?

Siento compasión de aquel niño.

Mi corazón está ya muy lleno de dolor!

¡Dame al menos la alegría de ver curado a aquel niño!  

Jesús dice: 

–      Ve si quieres.

Te espero aquí.

Santiago echa a correr, alcanza al hombre,

lo llama:

–       ¡Hombre, detente, escucha!

Aquel que estaba conmigo es el Mesías

Dame tu niño para que se lo lleve.

Ven también tú, si quieres; para ver si el Maestro te lo cura.

El hombre dice:

–      Ve tú, hombre.

Tengo que segar toda esta leña.

Ya se me ha hecho tarde por causa del niño.

Si no trabajo, no como.

Soy pobre y él me cuesta mucho.

Creo en el Mesías, pero es mejor que le hables tú por mí.

Santiago se agacha para recoger al niño, que está recostado en la hierba.

Y el leñadpr le advierte: 

–       Con cuidado.

Es un puro dolor.

En efecto: apenas Santiago trata de levantarlo, el niño llora quejumbrosamente.  

Santiago suspira: 

–      ¡Qué pena!

El hombre se aplica con la sierra a un tronco duro,

y añade:

–      Una gran pena. 

¿No podrías curarlo tú?

–      Yo no soy el Mesías.

Soy sólo un discípulo suyo…

–      ¿Y qué quieres decir con eso?

Los médicos aprenden de otros médicos.

Los discípulos, del Maestro.

¡Anda! ¡Hazlo! No lo hagas sufrir.

Haz la prueba.

Si el Maestro hubiera querido venir aquí, lo habría hecho.

Te envió, porque no quiere curarlo…

O porque quiere que tú lo cures.

Santiago está perplejo.

Piensa en las palabras del campesino,

luego se decide.

Se endereza y ora como ve hacer a Jesús,

y ordena:

–      En Nombre de Jesucristo,

Mesías de Israel e Hijo de Dios, queda curado.

Acto seguido, se arrodilla,

y dice:

–      ¡Señor mío, perdón!

¡Perdón! ¡Lo hice sin tu permiso!

¡Pero fue por compasión de esta pobre criatura de Israel.

¡Piedad, Dios mío!

¡Para él y para mí, pecador!

Y llora sobre el niño extendido en el prado.

Las lágrimas caen encima de las piernitas torcidas e inertes.

Aparece Jesús por el sendero.

Ninguno lo ve, porque el leñador está trabajando.

Santiago llorando.

Y el niño mira a este último con curiosidad.

Y dulcemente,

pregunta: 

–      ¿Por qué lloras?

Alargando una manita para acariciarlo.

Y sin darse cuenta, se sienta por sus propias fuerzas.

Se levanta y abraza a Santiago para consolarlo. 

Que detiene bruscamente su llanto…

Y mira atónito al niño que lo está abrazando.

Entonces es el grito de Santiago, lo que hace que el leñador se vuelva.

Y el hombre  ve a su hijo firme sobre sus propias piernas,

que ya no están inertes, ni muertas ni torcidas.

Al volverse, también ve a Jesús, parado en el sendero…

Y grita: 

–      ¡Ahí está!

Mientras señala a las espaldas de Santiago, que también se vuelve,

y ve a Jesús,

Que está mirándolo con un rostro radiante de alegría.

–      ¡Maestro!

¡Maestro!

No sé cómo se ha producido…

La compasión…

Este hombre… este niño…

¡Perdón!

–      ¡Levántate!

Los discípulos no son más que el Maestro,

pero pueden realizar lo que el Maestro,

cuando lo hacen por motivos santos

Levántate y ven conmigo.

Os bendigo.

Recordad que los siervos hacen las obras del Hijo de Dios,

Y se marcha.

Llevándose consigo a Santiago. jalándolo.

que sigue diciendo:

« ¿Cómo lo he hecho?

No entiendo.

¿Con qué he hecho un milagro en tu Nombre?

Jesús responde muy feliz. 

–      Con tu piedad,

Con tu compasión, Santiago.

Con tu deseo de que ese inocente me amase…

Y de que el hombre creyese en Mí.

Para que dejase de dudar.

Juan, cerca de Yabria, hizo un milagro por amor;

curó a un moribundo con ungirlo y con orar.

Tú aquí has curado con tu llanto y piedad.

Y con tu confianza en mi Nombre.

¿Ves qué paz produce el servir al Señor cuando hay recta intención en el discípulo?

Ahora vamos a caminar veloces, porque aquel hombre nos sigue.

Y no conviene todavía que los otros sepan esto.

Pronto os enviaré en mi Nombre…

Jesús suspira profundamente,

y continúa: 

Y todos también los harán, como Judas de Simón desea ardientemente hacer esto…

(otro fuerte suspiro).

Y llevaréis a cabo obras sorprendentes..

Pero no para todos significará un bien.

¡Rápido, Santiago!  

Vámonos aprisa porque ese hombre nos viene siguiendo.

Simón Pedro, tu hermano y los otros, si supieran esto,

sufrirían, como si fuera parcialidad…  

Aunque de hecho no lo es:

Es preparar a alguno de entre vosotros doce, para que sepa guiar a los demás.

Y con esto culmina tu aprendizaje en la enseñanza, para tu misión pastoral.

¡Apresúrate Santiago!

Bajemos por este río cubierto de follaje.

Si caminamos por la arena, desaparecerán nuestras huellas…

Vamos a bajar al guijarral cubierto de hojarasca de este torrente,

para que se pierdan nuestras huellas…

¿Lo sientes por el niño?…

Volveremos a encontrarlo.

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