254 DESPRECIO CLASISTA


254 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y Santiago han bajado por la pendiente del Carmelo, hasta  llegar a un cruce de caminos  de la llanura de Esdrelón,

Donde se encuentran los discípulos en torno a una hoguera bien alimentada,

que resplandece en las primeras sombras del anochecer,

Jesús pregunta: 

–      ¿Qué hacéis, amigos, junto a este fuego?

Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan.

Y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro,

como si hiciera un siglo que no lo vieran.

Luego explican:

–      ¡Oh, Maestro!

Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yizreel.

Y de tan contentos como se han puesto, nos han regalado cada uno un cordero.

Hemos decidido asarlos y dárselos a los campesinos de Doras.

Miqueas de Yocaná los ha degollado y preparado.

Ahora los vamos a poner a que se asen.

Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras, para que

vengan cuando se haga de noche, cuando ya a esas horas,

el administrador se encierra en la casa a emborracharse. 

Las mujeres llaman menos la atención…

Hemos tratado de verlos pasando como viandantes por los campos, pero poco se ha hecho.

Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir…

algo más, para el alma.

Y poner los medios para que se sintieran bien, también en lo corporal,

como has hecho Tú las otras veces.

Pero, ahora que estás Tú, será más interesante.

–     ¿Quién iba a hablar?

Pedro comenta: 

–      ¡Bueno pues, todos un poco!

Así, como si fuera una cosa espontánea, familiar.

No somos capaces de más.

Y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, el Zelote y Tadeo no quieren hablar.

Tampoco Judas de Simón.

También Bartolomé está evitando hablar…

Incluso hemos discutido por este motivo… 

–      ¿Y por qué no quieren hablar estos cinco?

–      Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre sean ellos…

Tu hermano Tadeo porque quiere que hable yo, porque  dice que no empiezo nunca…

Bartolomé porque…

Porque tiene miedo a hablar demasiado como maestro y a no saberlos convencer.

Como ves son excusas…

Jesús mirando a Judas,

le pregunta: 

–       ¿Y tú, Judas de Simón, por qué no quieres hablar?

–      ¡Por las mismas razones que los demás!

Por todas al mismo tiempo, porque todas son justas…

–      Muchas razones.

Y una no ha sido dicha.

Ahora juzgo Yo…

Y con juicio inapelable.

Tú, Simón de Jonás hablarás, como lo juzgó Judas Tadeo, que dice sabiamente.

Y tú, Judas de Simón, también hablarás.

Así una de las muchas razones, que Dios conoce y también tú, dejará de existir.  

Judas trata de rebatir: 

–      Maestro…

Piénsalo, no se trata de nada.

Créeme que no hay más… 

Pero la voz de Pedro le interrumpe:

–      ¡Oh, Señor!

¿Yo hablar estando Tú?

¡No soy capaz!

Temo que te rías…

–      No quieres estar solo…

No quieres estar conmigo…

¿Qué quieres entonces?

–      Tienes razón.

Pero es que… ¿Qué digo?

–      Mira tu hermano;

está viniendo con los corderos.

Ayúdale, y mientras los asas piensas en ello.

Todo sirve para encontrar temas.  

Pedro pregunta incrédulo: 

–      ¿Incluso un cordero en el fuego? 

–       Incluso.

Obedece.

Pedro emite un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más.

Se acerca donde Andrés, le ayuda a ensartar a los animales en una estaca puntiaguda;

que servirá de asador. y su cara refleja una gran preocupación…

Y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro

que le hace asemejarse a un juez en el momento de la sentencia.

Jesús ordena: 

–      Vamos a recibir a las mujeres, Judas de Simón.

Y se pone en camino, a su encuentro, en dirección a los campos sin vida de Doras.  

Después de unos minutos y sin ningún preámbulo,

Jesús dice:

–      Un buen discípulo…

No desprecia lo que su Maestro no desprecia, Judas.

La soberbia y la hipocresía de Judas, lo impulsan inmediatamente,

a contestar: 

Judas con posesión diabólica perfecta… 

–       Maestro…

No es que desprecie, lo que pasa es que, como Bartolomé, siento que no me entenderían.

Y prefiero no hablar.

–      Nathanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo de iluminar y consolar los corazones.

Hace mal también, porque le falta confianza en el Señor.

Pero tu caso es mucho peor…

Porque no es que tengas miedo a no ser comprendido.

Sino desdén de hacerte entender de pobres campesinos ignorantes de todo,

menos de la virtud.

En ésta verdaderamente superan a muchos de vosotros.

No has entendido nada todavía, Judas.

El Evangelio es realmente la Buena Nueva comunicada a los pobres,

enfermos, esclavos, afligidos.

Luego será también de los demás.

Pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo de infelicidad,

para reciban ayuda y consuelo.

Judas baja la cabeza y no responde nada.

En este preciso instante…

María, María Cleofás y Susana salen de entre una espesura.

Jesús las saluda: 

–       ¡Hola, Madre!

¡Paz a vosotras, mujeres!

La sonrisa de la Madre es radiante,

y responde amorosa: : 

–       ¡Hijo mío!

He ido a ver a esos… torturados.

Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites.

Doras se ha liberado de estas tierras y han pasado a Yocaná.

No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno.

Hoy se lo ha dicho a los campesinos el administrador.

El ya se ha marchado, llevándose en los carros hasta el último grano de trigo.

De forma que ha dejado a todos sin comer.

Y como además, el vigilante de Yocaná, hoy tiene comida solamente para los suyos;

pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer.

¡Ha sido verdaderamente providencia esos corderos!

–       También es providencia el que no sean ya de Doras.

Susana está muy indignada,

cuando dice: 

–      Hemos visto sus chozas…

Son unos horrorosos cuchitriles… 

María Cleofás concluye:

–      ¡Están tan contentos todos esos pobrecillos! .

Jesús responde: 

–      También Yo estoy contento.

En todo caso, estarán mejor que antes. 

Y vuelve hacia donde están los apóstoles.

Regresan todos al lugar donde se cocinan los corderos, en medio de espesas columnas de humo.

Juan de Endor lo alcanza, con unas ánforas de agua que lleva junto con Hermasteo.

Saludan a Jesús postrándose…

Y explica: 

–      Nos las han dado los de Yocaná.

Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos;

entre densas nubes de humo untuoso.

Pedro sigue dando vueltas a su asado… 

 Está muy concentrado en el fuego, mientras sigue pensando…

Y dando vueltas a su espitón.

Sin embargo, Judas Tadeo, teniendo abrazado por la cintura a su hermano Santiago; 

va y viene caminando mientras habla muy animadamente.

Los otros tienen diversas ocupaciones…

Quién trae más leña, quién prepara la mesa según su ingenio (!),

trayendo voluminosas piedras para que hagan de asiento o de mesa… 

En esto, llegan los campesinos de Doras.

Más delgados y harapientos que la última vez.

¡Y, sin embargo, qué felices!

Son unos veinte.

No hay ni siquiera un niño ni una mujer: sólo hombres pobres y solos…

Jesús les da la bienvenida:

–     Paz a todos vosotros.

Bendigamos juntos al Señor por haberos dado un amo mejor.

Bendigámoslo orando por la conversión del que tanto os ha hecho sufrir.

¿No es verdad?

Al abuelo de Margziam,

le pregunta amoroso: 

–      ¿Te sientes feliz, anciano padre?

Yo también.

Podré venir más a menudo con el niño.

¿Ya te han puesto al corriente?

¿Lloras de alegría, verdad?

Ven, ven, sin miedo…

El anciano le besa las manos inclinándose mucho, y llora.

Y susurra:

–       «No pido nada más al Altísimo.

Me ha dado más de cuanto esperaba.

Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento».

Muy asombrados al principio por estar con el Maestro,

los campesinos se sienten pronto serenos y seguros.

De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas hojas grandes,

colocadas encima de las piedras que habían traído antes.

Luego los dividen y ponen cada una de las partes encima de unas tortas de pan, poco gruesas

pero grandes, que sirven de plato.

Están ya más relajados y tranquilos, dentro de su simplicidad.

Y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada;

mientras cuentan los últimos acontecimientos.

Uno dice:

–       Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas;

pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor,

porque por ellos dejamos este infierno.

Y a pesar de que comparar hormigas y langostas con los ejércitos angélicos sea un poco fuerte,

ninguno ríe porque todos sienten el drama que se esconde bajo esas palabras.

La llama ilumina este grupo de personas, pero las caras no miran a la llama.

Y pocos miran a lo que tienen delante.

Todos los ojos convergen hacia el rostro de Jesús.

Sólo se distraen unos momentos cuando María de Alfeo, que se ocupa de dividir los corderos,

pone más carne en los panes de los hambrientos campesinos

y termina su obra envolviendo dos muslos asados en otras hojas grandes

Mientras le dice al anciano padre de Margziam:

–       Ten.

Así tendréis también un bocado para cada uno mañana.

Entretanto, el vigilante de Yocaná proveerá.

–       Pero vosotros…

–       Iremos más ligeros.

Toma, toma, hombre.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados…

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

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