258 EL DEPREDADOR


258 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Por un terreno ondulante de colinas en que serpentea el camino que conduce a Nazaret,

aprovechando las sombras de las matas de olivos y de distintos árboles frutales

diseminadas por esta región cultivada y fértil,

Jesús regresa hacia su ciudad.

Cuando llega al cruce con el camino de Tolemaida, se detiene,

y dice:

–       Detengámonos aquí.

En esta casa, donde ya he estado otras veces.

Vamos a reponer fuerzas.

Así, mientras el Sol recorre su camino, estaremos juntos antes de separarnos de nuevo:

nosotros iremos hacia Tolemaida;

mi Madre y María, a Nazaret;

Juan con Hermasteo, a Sicaminón.

Van atravesando un olivar, en dirección a una casa de campesinos, ancha y baja,

adornada con la indefectible higuera,

enguirnaldada con los festones de una parra, que extiende sus ramas escalera arriba

y luego por la terraza.  

Jesús saluda: 

–     Paz a vosotros.

Aquí estoy nuevamente.

Un hombre anciano que en ese momento estaba cruzando el patio, con una brazada de haces de leña. 

Le responde: 

–      Ven, Maestro.

Tu presencia siempre es bien recibida

Dios te dé esa misma paz, a ti y a los tuyos.

Luego llama:

–     « ¡Sara!

¡Sara! Está aquí el Maestro con sus discípulos.

¡Añade harina a tu pan!».

Sale de una habitación una mujer, toda blanca de harina, pues la estaba cribando.

Y tiene en la mano todavía la criba con el moyuelo.

Se arrodilla sonriendo, delante de Jesús.

–       Paz a ti, mujer.

He traído conmigo a mi Madre, como te había prometido.

Es ésta. Y ésta es su cuñada, madre de Santiago y Judas.

¿Dónde están Dina y Felipe?

La mujer saluda a las dos Marías,

y luego responde:

–       Dina ha tenido ayer a su tercera hija.

Estamos un poco tristes, porque no se nos concede un nieto.

De todas formas, contentos.

¿No es verdad, Matatías?

–      Sí, porque es una niña muy linda.

Y en todo caso lleva nuestra misma sangre.

Te la daremos a conocer. Felipe ha ido a buscar a Ana y a Noemí a casa de sus padres.

Volverá pronto.

La mujer vuelve a su pan mientras el hombre, después de colocar en el horno los haces de leña,

se preocupa de los recién llegados

Les procura sillas.

Y les ofrece leche acabada de ordeñar para los que la desean.

O para el que lo prefiere, fruta y aceitunas.

La habitación de la planta baja es muy espaciosa, abierta por el frente y la trasera de la casa,

con sus dos puertas situadas a la sombra de la grande higuera y de un alto seto cubierto de flores estrelladas,

una especie de girasoles por la forma, pero de corola no tan gigantesca- es fresca y umbría.

Una luz esmeraldina entra en la espaciosa estancia:

dando gran alivio a los ojos fatigados a causa del exceso de sol.

Hay bancos y mesas en esta espaciosa habitación, que es donde las mujeres hilan y tejen.

Y los hombres arreglan los aperos de labranza o guardan las reservas de harina y fruta,

a juzgar por las viguetas llenas de ganchos y a lo largo de las paredes,

las tablas apoyadas en gruesas repisas, además de los largos arquibancos.

Colgados en las paredes encaladas,

hay esponjosos copos de lino o cáñamo que parecen trenzas despeinadas.

Y un trozo de tela rojo fuego, extendido encima de un telar que ha quedado destapado,

parece alegrar toda la habitación con su color alegre y pomposo.

Vuelve la dueña de la casa, que ha terminado de elaborar el pan y pregunta a los peregrinos,

si quieren ver a la recién nacida.

Jesús responde:

–      La voy a bendecir, ciertamente.

María, por su parte, se levanta,

y dice:

–      Voy a saludar a la madre.

Salen todas las mujeres.  

Bartolomé, que se le ve muy cansado,

dice:  

–      Se está bien aquí»

Pedro también medio adormilado, 

confirma: 

–      Sí. Hay sombra y silencio.

Al final nos dormiremos.  

Jesús dice: 

–      Dentro de tres días estaremos…

Y bastante tiempo, en nuestras casas.

Descansaréis, porque evangelizaréis en los aledaños.

–       ¿Y Tú?

–       En general no me moveré de Cafarnaúm;

salvo algunas veces que estaré en Betania.

Evangelizaré a los que vengan.

Luego, para la luna de Tisrí, de nuevo a caminar.

Y todos los días, acabada la jornada, seguiré mejorándoos…

Jesús calla, porque al mirarlos, ve que el sueño hace inútiles sus palabras.

Sonríe meneando la cabeza,

mientras observa a este grupo de personas vencidas por el cansancio,

que en posturas más o menos cómodas duermen con verdaderas ganas.

El silencio de la casa y la solana son completos.

Parece un lugar encantado.

Jesús sale a la puerta cercana al seto de las flores y mira, a través de sus ramas

a las suaves colinas galileas, grises todas por los olivos inmóviles.

Un ligero rumor de pasos y un gritito débil de recién nacido, suenan por encima de su cabeza.

Jesús levanta la cara y sonríe a su Madre, que está bajando;

llevando en sus brazos un bulto blanco del que sobresalen tres cositas rosáceas:

una cabecita y dos manitas gesticulantes.

–       ¡Mira, Jesús, qué niña tan bonita!

Se asemeja un poco a ti cuando tenías un día.

Eras tan rubio, que se hubiera dicho que no tenías pelo,

a no ser porque ya destacaba formando leves rizos,

como un copo de nube; respecto al color, eras también así, como una rosa.

Y… mira, mira, está abriendo los ojitos y busca el pecho;

mira, con esta sombra, tiene tus ojos azul oscuros…

¡Tesoro! ¡No tengo leche, pequeñita, rosita, tortolita mía!

Y la niña, acunada por la Virgen, calma su vagido, hace arrullos, como una tortolita y se duerme.

Al ver a su Madre acunando a la niña con la cara apoyada en la cabecita rubia.

Jesús pregunta: 

–      Mamá, ¿Hacías lo mismo conmigo? 

–      Sí, Hijo.

Te decía “corderito mío”.

¿Es bonita, verdad?

–      Muy bonita.

Y robusta.

¡Bien contenta puede estar la madre!

Confirma Jesús, que está también encorvado, observando el sueño de la inocente.

–       Pues no está contenta…

El marido está enfadado porque todos los hijos son niñas.

-Es verdad que con las tierras que tenemos son mejores los niños.

Sara la dueña de la casa, que acaba de llegar, suspira profundamente,

diciendo: 

–      Pero nuestra hija no tiene la culpa…

Jesús dice con seguridad: 

–      Son jóvenes.

Que se amen.

Y tendrán también niños. 

La mujer se turba y murmura: 

–      Ahí está Felipe…

Pondrá ceño… 

Y más fuerte, dice:

–      ¡Felipe, está aquí el Rabí de Nazaret!

El hombre dice: 

–      Me alegro mucho de verlo.

La paz sea contigo, Maestro.

–      Y contigo, Felipe.

He visto a tu bonita niña.

Es más, todavía la estoy mirando porque verdaderamente despierta admiración.

Dios te bendice con hijos bellos, sanos y buenos.

Debes sentirte muy agradecido a Él…

¿No respondes?

Pareces preocupado…

–       ¡Esperaba un niño!  

Jesús pregunta con tono severo: 

–      No querrás decirme ya que eres injusto,

¿Acusando a esta inocente de ser niña, no?

¿Y, menos aún, que eres duro con tu mujer, no? 

Felipe exclama resentido:

–      ¡Yo quería un niño, por el Señor y por mí!

–     ¿Y piensas obtenerlo siendo injusto y rebelde?

¿Has leído acaso, el pensamiento de Dios?

¿Eres más que El, como para decirle: “Haz esto, que es lo justo”?

Señalando a Susana, Jesús agrega: 

Esta mujer por ejemplo, es discípula mía y  no tiene hijos.

Y, a pesar de todo, me dice:

“Bendigo esta esterilidad que me pone alas para seguirte”.

Y ésta, madre de cuatro varones, desea que dejen de ser suyos los cuatro.

¿Verdad, Susana y María?

Ellas responden asintiendo. 

Y Jesús continúa: 

¿Las oyes?

¿Y tú, casado desde hace pocos años con una mujer fecunda,

bendecido con tres capullos de rosa que piden tu amor, estás enfadado?

¿Con quién?

¿Por qué?

¿No quieres decirlo?

Pues lo digo Yo: porque eres un egoísta.

Corta enseguida tu resentimiento.

Abre tus brazos a esta criatura nacida de ti y ámala.

¡Vamos!

¡Tómala en tus brazos!

Y Jesús coge el pequeño amasijo de ropa y se lo pone al joven padre en los brazos.

Jesús añade:

–     «Ve donde tu mujer, que está llorando.

Dile que la quieres.

Si no, Dios verdaderamente no te dará jamás un varón.

Te lo aseguro. ¡Ve!…

El hombre sube a la habitación donde está su esposa.  

La suegra susurra: 

–     ¡Gracias, Maestro!

Se le veía muy cruel desde ayer…

Pasan unos minutos y el hombre vuelve.

Dice:

–     Lo he hecho, Señor.

La mujer te da las gracias.

Dice que te pregunte el nombre de la pequeñuela, porque…

Porque yo le había destinado un nombre demasiado feo…

Por mi injusto odio…

–      Llámala María.

Ha bebido el llanto amargo junto con su primera gota de leche,

también amarga por tu dureza.

Puede llamarse María.

Y María la amará, ¿Verdad, Madre?

–      Sí, pobre criatura.

¡Tan bonita como es!

Será, sin duda, buena.

–      Será una estrellita del Cielo.

Regresan al gran salón donde los apóstoles se han quedado dormidos,

rendidos por el cansancio.

Menos Judas de Keriot, que parece revolverse sobre ascuas.

Y da la impresión de estar muy preocupado.  

Jesús pregunta: 

–      ¿Me necesitas para algo, Judas? 

–      No, Maestro;

pero no logro dormir.

Quisiera salir un poco.

–       ¿Quién te lo prohíbe?

Yo también salgo.

Iré a aquel colladito que está en la sombra…

Voy a descansar haciendo Oración.

¿Quieres venir conmigo?

–       No, Maestro.

Te molestaría, porque no estoy en condiciones de orar.

Estoy muy inquieto.

Tal vez…

Quizás no me siento bien y por eso estoy inquieto…

–      Quédate entonces.

No obligo a nadie.

Hasta pronto…

Adiós, mujeres.

Madre, cuando se despierte Juan de Endor, dile que vaya a verme, que vaya solo.

–      Sí, Hijo.

La paz sea contigo.

Jesús sale.

María y Susana se detienen a mirar la tela que está encima del telar.

María se sienta y pone las manos en su regazo, con la cabeza un poco baja;

quizás está orando también.

María de Alfeo pronto se cansa de mirar el trabajo del telar, se sienta en el rincón más oscuro

y se queda pronto dormida.

Susana juzga conveniente hacer lo mismo.

Quedan despiertos María y Judas.

Judas deambula un rato por el huerto.

Luego se sienta en una banca de piedra, que está junto al emparrado.

En el portal, María está recogida en sí, meditando;

mientras los demás duermen.

Judas la mira con los ojos muy abiertos.

Y una fugaz expresión de malvada hipocresía y de crueldad, se asoma a su mirada.

Es como un destello que pronto se pierde..

Tiene una belleza repulsiva. 

Hay en él una emanación de maldad, que casi se materializara.

La Virgen está absorta, totalmente alejada del mundo…

Ella, toda recogida en sí misma, meditando sin hacer caso de lo que la rodea. 

Judas mirándola fijamente con una expresión artera, con los ojos bien abiertos,

destellando una inteligencia que no es de este mundo…

Es cómo mirar a Lucifer, maquinando una estrategia de ataque…

Finalmente se levanta y se acerca a Ella sin hacer ruido.

Y al verlo es inevitable pensar que a pesar de su indiscutible belleza varonil,

parece la imagen depredadora de un felino o una serpiente mortal, acercándose a su presa.

Su personalidad es repulsiva porque emana tanta maldad,

que lo hace ver artero y cruel hasta en su paso…

La llama en voz baja:

–      ¡María!  

Ella pregunta con bondad:

–      ¿Qué quieres de mí, Judas?

Mientras lo mira con sus ojos dulcísimos.

–      Quisiera hablar contigo…

–      Habla. Te escucho.

–      Aquí no…

No quisiera que me oyeran…

¿Te importa salir un poco?

También afuera hay sombra…

–      Bien, vamos.

De todas formas, como ves, aquí están todos dormidos…

Podías hablar también aquí.

Pero se levanta y sale antes que Judas.

Y se pone junto al alto seto de flores

–      ¿Qué quieres de mí, Judas? – vuelve a preguntar.

Mientras fija agudamente su mirada en el apóstol.

El cual se turba un poco y muestra dificultad en encontrar las palabras…

María pregunta solícita: 

–     ¿Te sientes mal?

¿Has hecho algo malo y no sabes cómo decirlo?

¿Te ves a las puertas de hacer algo malo y te pesa confesar que te sientes tentado?

Habla, hijo.

De la misma forma que cuidé tu carne cuando enfermaste, cuidaré tu alma.

Dime lo que te turba y si puedo, te tranquilizaré.

Si no puedo sola, se lo diré a Jesús

Aunque hubieras pecado mucho, te perdonará si pido perdón para ti.

La verdad es que también Él te perdonaría enseguida..

Pero quizás ante Él, que es el Maestro, te avergüenzas.

Yo soy una madre…

No infundo sentimiento de vergüenza…

Judas confirma: 

–      Sí, no haces sentir vergüenza porque eres madre y además muy buena.

Eres verdaderamente la paz entre nosotros.

Yo… yo me siento muy turbado.

Tengo un pésimo carácter, María.

No sé lo que tengo en la sangre y en el corazón…

De vez en cuando no sé dominarlos…

En esos momentos, haría las cosas más extrañas…

Y las peores cosas, más perversas».

–      ¿No logras resistir al que te tienta ni siquiera al lado de Jesús?

–       No.

Créeme que sufro por ello.

Pero es así.

Soy un desdichado.

–      Oraré por ti, Judas.

–      No es suficiente.

–      Pondré a orar a los demás.

Sin decir por quién es la oración que solicito.

–       No es suficiente.

–       Pondré a orar a los niños.

A mi casa vienen muchos.

Vienen a mi huerto, como pajarillos en busca de trigo.

El trigo son las caricias y las palabras que les doy

Hablo de Dios…

Y ellos inocentes, prefieren esto antes que los juegos y las fábulas.

La Oración de los niños es grata al Señor.

–      ¡Nunca tanto como la tuya!

Pero… no, no es suficiente.

–      Le diré a Jesús que pida por ti al Padre».

–      Tampoco es suficiente

–       ¡Pero, si más ya no hay!

La Oración de Jesús vence incluso a los demonios…

–       Sí.

Pero Jesús no oraría siempre y yo volvería a ser yo…

Jesús lo dice siempre, un día se irá.

Tengo que preocuparme de cuando me falte Él.

Jesús ahora nos quiere enviar a evangelizar

Me da miedo ir a sembrar la palabra de Dios

La posesión demoníaca perfecta controla totalmente, por medio de los pecados convertidos en vicio que no se pueden dejar

acompañado por este enemigo mío que soy yo mismo.

Quisiera estar ya formado para este momento.

–       Pero, hijo mío;

si ni siquiera puede hacerlo Jesús, ¿Quién va a poder?

–      ¡Tú, Madre!

Déjame estar un poco de tiempo contigo.

Si han estado contigo paganos y meretrices, yo también puedo.

Si no quieres que esté en tu casa por la noche,

iré a dormir a casa de Alfeo o María de Cleofás, pero pasaré el día contigo y los niños.

Las veces pasadas he tratado de actuar solo y he empeorado las cosas.

Si voy a Jerusalén, tengo demasiados amigos malos.

Y en las condiciones en que me encuentro cuando se apodera de mí esto,

soy un juguete en sus manos…

Si voy a otra ciudad, es igual.

La tentación del camino se enciende en mí, además de la que ya tengo.

Si voy a Keriot a casa de mi madre, me esclaviza la soberbia.

Si voy a un lugar solitario, el silencio me tortura con las voces de Satanás.

Pero… en tu casa… ¡Oh!…

¡Contigo presiento que será distinto!…

¡Déjame que vaya!

¡Dile a Jesús que me lo conceda!

¿Quieres que me pierda?

¿Tienes miedo de mí?

Me miras con la mirada de una gacela herida,

sin fuerzas para seguir huyendo de sus perseguidores.

No, no te causaré ningún daño.

Yo también tengo una madre, y..

Y  te quiero más que a ella.

¡María, ten piedad de un pecador!

Judas se echa realmente a llorar a los pies de María,

diciendo: 

–      Mira, lloro a tus pies…

Si me rechazas, puede significar mi muerte espiritual…

Ella lo mira con una mirada de piedad, angustia y de miedo; está palidísima.

No obstante, da un paso hacia delante, porque estaba casi hundida en el seto,

para alejarse de Judas que se le estaba acercando demasiado.

Y pone una mano en el pelo moreno del Iscariote.

María lo tranquiliza: 

–     ¡Calla!

¡Que no te oigan!

Hablaré con Jesús.

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_X

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: