261 UN ATAQUE MENTAL


261 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El sol, en esta hora de la mañana, ilumina el lado derecho de la casa,

el que se apoya en la primera ondulación de la colina.

Primero sólo las copas de los árboles se benefician.

Como las de los olivos, plantados para sujetar con sus raíces la tierra del ribazol

Los olivos que quedan, retorcidos, robustos, los de ramas más gruesas, alzadas todas al cielo;

como si también ellos invocaran su bendición…

Desde este lugar lleno de paz.

Los olivos que quedan del olivar de Joaquín, en aquel entonces bien poblado de árboles

que proseguían su paseo de peregrinos orantes hasta la campiña lejana;

en que el olivar y los campos terminaban en pastos…

Y ahora ha quedado reducido a pocos árboles supervivientes,

en la linde de la mutilada propiedad.

Luego, se benefician el almendro y los manzanos, altos y robustos;

que abren el paraguas de sus ramas para amparo del huerto.

El tercero en beber los rayos del sol es el granado.

La última, la higuera que da contra la casa, cuando ya el sol acaricia las bien cuidadas flores

y las verduras cultivadas con sumo esmero en los cuadros rectangulares,

junto a los cercados que están bajo el emparrado cargado de sarmientos.

a lo largo de los setos dispuestos.

Y también bajo la pérgola cargada de racimos.

La casa de Nazaret sería la más indicada para vuelos del espíritu:

Hay en ella paz, silencio, orden.

Sus piedras parecen rezumar santidad; santidad parecen exhalar los árboles del huerto;

santidad parece llover del cielo sereno.

No hay ninguna otra casa en donde se pueda elevar el espíritu como en Nazareth.

Está llena de santidad.

Y esa santidad emana de quien vive en ella.

De quien pronta y silenciosa, con ademanes suaves, juveniles y perfectos;

se mueve por todas partes con su sonrisa que tranquiliza, que acaricia…

Es muy temprano y el sol ilumina las copas de los olivos en el huerto,

así como el almendro y los manzanos.

Un granado y una higuera están junto a las flores.

Las abejas, como gotas de oro voladoras,

zumban sobre todo lo que pueda darles perfumados y dulces néctares.

Y atacan la madreselva y las campánulas que ya se están cerrando,

porque son flores nocturnas, con un perfume intensísimo.

Las abejas se apresuran a succionar en estas flores,

antes de que plieguen los pétalos en el sueño de la corola.

María va ligera a los nidos de las palomas y a la pequeña gruta;

cerca de la cual canta una pequeña fuente, donde admira sus flores y a sus pajarillos,

que gorjean saludándola.

María continúa ágil, dando su alimento a sus pequeños y melodiosos ocupantes;

regresando luego a la casa, ocupada en sus labores.

Pero a pesar de su trabajo, encuentra la forma de admirar las flores…

Y dar gracias por esta belleza que la rodea…

Por las palomas que danzan minués por los senderos o forman un círculo de vuelos,

por encima de la casa y del huerto.

Vuelve a casa Judas de Keriot, cargado de plantas y esquejes.

Y saluda alegremente:

–       ¡Hola, Madre!

Buenos días, ¡Mira!.

Me dieron todo lo que quería.

Corrí para que no les pasara nada.

Mientras extrae con cuidado de una bolsa unas plantas, con las raíces envueltas en tierra

y en hojas húmedas.

Y de otra bolsa unos esquejes.

Judas continúa diciendo:

Espero que prenderán y echarán raíces, como la madreselva.

Para el año que viene tendrás el jardín como un canasto lleno de flores.

Así te acordarás del pobre Judas y de su estancia aquí

María contesta:

–      Muchas gracias, Judas.

Es mucho.

No puedes hacerte una idea de lo feliz que me siento por esa madreselva junto a la gruta.

Cuando era pequeña allí, al final de aquellos campos, que entonces eran nuestros;

había una gruta todavía más bonita.

Hiedras y madreselvas la vestían de ramas y flores, eran cortina de la gruta;

protección de las minúsculas azucenas que crecían incluso dentro de ella,

toda verde por el fino recamo de los adiantos.

Porque allí había un manantial…

En el Templo pensaba siempre en esa gruta.

Y te digo que cuando oraba, yo virgen del Templo, ante el Velo del Santo;

no sentía a Dios más que allí.

Es más, tengo que decir que allí evocaba el sueño de los dulces coloquios de mi espíritu

con mi Señor…

Mi José hizo que pudiera tener esta gruta, con un útil hilo de agua;

pero sobre todo, para darme la alegría de una gruta copiada de aquélla…

José era bueno, hasta en las más pequeñas cosas..

Plantó una madreselva y una hiedra que vive todavía.

La madreselva murió en los años de destierro.

La volví a plantar y hace tres años, murió.

Ahora tú la has vuelto a plantar.

¿Ves? Ya prendió.

Eres un jardinero excelente.

Judas responde:

–       Sí.

Cuando era pequeño me gustaban mucho las plantas.

Y mi mamá me enseñó a cuidarlas.

Ahora vuelvo a ser niño a tu lado, Madre.

Y descubro mi antigua habilidad para agradarte.

¡Eres muy buena conmigo!

A éstas no les hace falta mucho sol.

Y judas las acomoda,

mientras sigue comentando:

No me las quería dar el siervo de Eleazar, pero le insistí hasta que me las dio.

Mientras trabaja como un experto, colocando las plantas en los lugares más apropiados.

Va junto al seto de las flores nocturnas, a poner unas marañas de raíces,

que al parecer son de muguetes y de otras flores.

Y aprieta la tierra con un azadón, en la parte donde ha enterrado las raíces,

diciendo:

–      Aquí están bien.

No requieren mucho sol.

María responde:

–      Tampoco le querían dar a José esas gardenias.

Pero él hizo algunos trabajos sin remuneración, para poder obtenerlas.

Aquí han estado muy bien.

Siempre han prosperado.

Judas termina y dice satisfecho:

–       Ya está, Madre.

Ahora las riego y todo irá bien.

Riega.

Y luego se lava las manos en la fuente.

María lo mira…

¡Es tan diferente de su Hijo!

¡Y también tan diferente del Judas de ciertas horas de borrasca!

Lo escudriña.

Piensa… se le acerca.

Y poniéndole una mano en el brazo,

dulcemente le pregunta:

–      ¿Estás mejor, Judas?

Quiero decir, en tu espíritu.

–      ¡Oh! ¡Madre!

¡Mucho mejor! Estoy en paz.

Me siento tranquilo, lo estás viendo.

Encuentro gusto y salvación en las ocupaciones humildes y en estar contigo.

No debería jamás salir de esta paz, de este recogimiento.

Aquí… ¡Qué lejos está el mundo de esta casa!…

Judas mira el huerto, las plantas, la casita…

Suspira y agrega:

–        Pero si me quedase aquí, jamás sería apóstol.

Y quiero serlo.

–       Créeme Judas.

Es mejor ser un alma justa, que un apóstol pecador.

Si comprendes que el contacto con el mundo te turba;

Si te das cuenta que las alabanzas y los honores del apóstol te perjudican;

renuncia ello, Judas.

Es mejor para ti ser un simple fiel de mi Jesús, pero un fiel santo;

que no un apóstol pecador.

Judas agacha la cabeza pensativo.

María lo deja con sus meditaciones…

Y entra en la casa, para continuar con sus quehaceres.

Por un rato, Judas se queda clavado en el mismo lugar.

Después pasea de un lado a otro, bajo el emparrado de la pérgola.

Lleva los brazos cruzados, la cabeza inclinada.

Profundamente ensimismado.

Piensa… Piensa…. Piensa…

Luego monologa.

Hace ademanes.

Para quien solo ve lo material, es un hombre que sufre, atormentado por lo que piensa….

Para quién puede verlo con los ojos espirituales despiertos:

el León Rugiente está a su lado, jugando como el gato con el ratón;

manipulando sus pensamientos, para luego tomar control de sus sentimientos.

culminando con el dominio total de sus actos…

Judas es la presa, que no percibe la Maldad del que lo está atacando y sigue con su ansiedad,

que crece cada vez más, como una borrasca que lo envuelve…

Piensa, piensa..

Continúa con su monólogo incomprensible…

Pero los gestos indican que sostiene una lucha muy fuerte.

Que es presa de ideas contradictorias.

Sus torturantes pensamientos, lo que buscan es llevarlo a la desesperación.

Parece como si suplicase o rechazase…

Llora.

Se auto-compadece…

Luego maldice.

Y pasa de una expresión interrogante a una expresión de miedo;

para terminar con una de angustia suprema…

En este feroz ataque mental del León Rugiente, se muestran las etapas sucesivas,

de las embestidas satánicas contra su indefensa presa, hasta que ya no lucha…

Y su rostro adquiere la expresión de sus peores momentos.

Inclina la cabeza como si se sintiese derrotado.

Se detiene y continúa así por unos momentos.

Luego levanta el rostro y….

Satanás lo ha vencido y muestra su dominio, ¡Total!

La posesión demoníaca perfecta  y a sus instrumentos, es lo que les trasmite… Y POR ESO SON TAN CRUELES

El desventurado apóstol es posesión completa de su Huésped Maldito,

que lo manifiesta de manera inequívoca en su rostro…

¡Es el de un demonio!…

Y así, de repente, se detiene a mitad del recorrido en el sendero.

Y se queda así un rato, con una expresión de verdadero demonio…

Satanás no concede ninguna tregua a sus atormentados instrumentos.

Judas no tiene ninguna protección, ni defensa alguna, porque no renuncia a sus vicios.

Y su Amo es implacable.

Nada puede detenerlo en su caída, aunque quisiera;

los esclavos ¡Obedecen a quién los domina!

Judas lo comprende plenamente, pero su soberbia le impide doblegarse…

Luego se lleva las manos a la cara con mucha angustia…

Y huye al borde de los olivos que limitan la propiedad, lejos de la vista de María.

Llora con la cara escondida entre las manos, hasta que se calma..

Está sentado con la espalda apoyada contra un olivo, como si estuviese atolondrado…

Pasan las horas…

Por la tarde, el cielo se pinta con un hermoso crepúsculo.

Nazareth abre las puertas de sus casas que estuvieron cerradas todo el día,

a causa del calor estival.

Calor de Oriente.

Hombres, mujeres y niños salen a los huertos, a las calles en busca de aire.

Van a la fuente a jugar; a platicar, mientras llega la hora de la cena.

Calurosos saludos, charloteo, risas y gritos, respectivamente entre hombres, mujeres y niños.

También Judas sale y se encamina hacia la fuente con los cántaros de cobre.

Los nazarenos lo ven y  lo señalan como ‘El discípulo del Templo’

cosa que al llegar a los oídos de Judas y le suena como música.

porque su mayor orgullo es ser sacerdote del Templo de Jerusalén.

Y el único requisito para serlo de facto, es la edad requerida para ministrar,

detrás del Velo, donde se encuentra el Santo de los santos…

Pasa saludando con afabilidad; pero con un aire de reserva que es en realidad,

una refinada soberbia que aumenta su sentimiento de superioridad, sobre el resto de los mortales:

Los que no pertenecen a su casta sacerdotal.

Un nazareno muy barbado,

le dice:

–      Eres muy bueno con María, Judas.

El apóstol responde:

–     Se merece esto y más.

Es verdaderamente una gran mujer de Israel.

Dichosos vosotros que es paisana vuestra.

La alabanza a la mujer de Nazaret seduce mucho a los nazarenos,

los cuales se repiten unos a otros lo que Judas ha dicho.

Éste entretanto, ha llegado a la fuente.

Y ahora espera su turno.

Y extiende su cortesía hasta el punto de llevarle los cántaros a una viejecita, que no acaba nunca de bendecirlo.

Y también hasta el punto de tomar el agua para dos mujeres,

que encuentran dificultad para hacerlo porque tienen en brazos a un lactante.

Levantando un poco su velo,

susurran:

–      Que Dios te lo pague. 

Judas hace una inclinación de cabeza llena de respeto.

Y dice:

–      El amor al prójimo es el primer deber de un amigo de Jesús

Luego llena sus cántaros y vuelve hacia la casa.

En el camino de regreso, lo paran el arquisinagogo de Nazaret y otros ancianos del pueblo;

para invitarlo a que el sábado siguiente hable.

El jefe de la sinagoga,

se queja:

–       Hace más de dos semanas que estás con nosotros.

Y tu única lección ha sido la de una gran cortesía con todos los pobladores –

Judas responde con cierta ironía:

–      Pero,

si no os resulta agradable la palabra de vuestro mayor hijo.

¿Os puede complacer acaso, la de su discípulo, la mía y que además soy judío?

–      Tu desconfianza es injusta y nos entristece.

Nuestra invitación es franca.

Tú eres discípulo y judío, esto es verdad;

pero eres del Templo;

por tanto, puedes hablar, porque en el Templo hay doctrina.

El hijo de José es sólo un carpintero…

–     ¡Pero es el Mesías!

–     Lo dice Él…

¿Será verdad…? o ¿Será un delirio?

–      ¿Y su santidad, nazarenos!?

¡Su santidad!

Judas se muestra escandalizado de la incredulidad de los nazarenos.

Varios discrepan:

–      Es grande.

–      Es verdad.

–      ¡Pero de eso a ser el Mesías!…

–     Y además…

–     ¿Por qué habla con esa dureza?

–      ¿Dureza?

¡No! No me parece dureza.

Más bien… Sí, eso sí….

Es demasiado sincero e intransigente.

No deja cubierta ninguna culpa, no duda en denunciar un abuso…

Y ello no gusta.

Mete el dedo exactamente en el centro de las llagas.

Y eso hace daño.

Pero es por santidad.

¡Sí, sin duda, sólo por santidad actúa así!

Yo se lo he dicho en repetidas ocasiones:

“Jesús, te perjudicas a ti mismo”.

¡Pero no me quiere hacer caso!…

–      Tú lo amas mucho.

Y además eres docto…

Podrías guiarle.

–      ¡Oh, no, docto no!…

Práctico… sí.

¡Eso… del Templo!

Conozco los mecanismos.

(Y la presunción es su talón de Aquiles)

Tengo amigos.

El hijo de Anás es como un hermano para mí.

Es más, si queréis algo del Sanedrín, pues decídmelo…

Pero ahora dejadme llevar el agua a María, que me espera para la cena.

–      Vuelve después.

En mi terraza hace fresco.

Estaremos entre amigos y hablaremos…

–      Sí, está bien.

Adiós.

Judas va a casa,

donde se disculpa ante María por haber tardado a causa de que lo han entretenido

el arquisinagogo y los ancianos del pueblo.

Y termina:

–      Quisieran que hablase el sábado…

El Maestro no me lo ha mandado.

¿Qué opinas, Madre? Aconséjame.

María pregunta:

–       ¿Hablar con el jefe de la sinagoga…?

¿O hablar en la sinagoga?

–      Las dos cosas.

No quisiera hablar con ninguno, ni a ninguno; porque sé que son contrarios a Jesús.

Y también porque me parece sacrílego hablar donde sólo Él tiene derecho a ser Maestro.

¡Pero, han insistido tanto!…

Quieren que vaya después de cenar…

Casi he dado mi palabra.

Si crees que hablando, voy a poder quitarles ese espíritu tan penoso de resistencia al Maestro,

yo, aunque me resulte cosa pesada, iré y hablaré.

Así, como sé hacer, como pueda, tratando de ser muy longánimo con sus obcecaciones.

Porque he comprendido que si uno es duro es peor.

¡No volveré a incurrir en el error de Esdrelón!

¡El Maestro se sintió muy disgustado!

No me dijo nada, pero yo lo entendí.

No lo volveré a hacer.

Pero querría dejar Nazaret después de haberla persuadido de que el Maestro es el Mesías.

Y que debemos creer en El y amarlo.

Judas está hablando mientras, sentado a la mesa en el sitio de Jesús,

come lo que María ha preparado.

Judas frente a María escuchándolo y atendiéndole como una madre.

Ahora ella responde:

–     Estaría bien, efectivamente;

que Nazaret comprendiera la verdad y la aceptara.

Yo no te pongo trabas.

Ve si quieres.

Nadie mejor que tú puede decir si Jesús merece amor.

Piensa cuánto te ama y cómo te lo demuestra disculpándote siempre.

Y dándote gusto siempre que puede…

Que esta reflexión te dé palabras y acciones santas.

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