Archivos diarios: 11/06/21

267 UNA LECCIÓN DE CARIDAD


267 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana esplendorosa, en la aldea situada a dos millas de Cafarnaúm. 

Y la brisa lleva la frescura del mar de Tiberíades;

hasta la casa custodiada por dos higueras enormes, cuyo abundante follaje se extiende tanto, 

que casi se tocan por encima de la terraza del piso superior….

En el interior, junto al huerto con diversos árboles frutales, está el taller de carpintería;

justo en medio de las entradas que separan el viñedo del olivar.

Jesús está trabajando con empeño en el banco del carpintero.

Está terminando una rueda.

Un niño delgadito y de cara triste,

le ayuda acercándole todo lo que necesita,

para realizar su trabajo.

Mannaém, testigo inútil pero entusiasta, está sentado en un banco junto a la pared; 

observando maravillado la destreza de su Maestro. 

Jesús no tiene su bonita túnica de lino, sino que se ha puesto una oscura.

Que como no es suya, le llega hasta las espinillas:

Es una túnica de trabajo, remendada pero limpia, que perteneció al carpintero muerto.

Jesús da ánimos con sonrisas y palabras cariñosas al niño.

Y le enseña lo que debe hacer para conseguir que la cola, adquiera el punto exacto,

para  ser utilizada. 

Luego le muestra cómo trabajar…

para que queden lustrosas las paredes del baúl.

Y el niño se queda dándole lustre con un líquido que Jesús le enseñó a preparar. 

Todos estos pasos artesanales,

los ha presenciado el principesco amigo del carpintero de Nazareth;

desde que llegaron juntos, con la alborada de este día de trabajo.

Mannaém se levanta del banco y pasa un dedo por las molduras del baúl,

que ya está terminado.

Y dice: 

–     Terminaste pronto, Maestro.

Con su hermosa voz de tenor,

Jesús contesta:

–     Ya casi estaba terminado.

–     Yo quería tener este artefacto.

Pero ya vino el comprador que lo adquirió…

Tenía sus derechos y le quitaste las ilusiones…

Esperaba poder llevarse todo y recuperar no solo el depósito…

Pero no le quedó más que irse con sus cosas y ¡Basta!

¡Si fuera al menos uno que creyera que Tú…!

¡Tendrían para él, un valor infinito!

Y suspirando profundamente,

agrega;

–       ¿Me escuchaste?…

Jesús responde: 

–       Déjalo en paz.

Por otra parte aquí hay más madera…

Y la mujer estará feliz en usarla y en sacar provecho.

Dime que te haga un cofre y te lo hago…

Mannaém pega un brinco de felicidad,

y pregunta:

–      ¿De veras, Maestro?

¿De veras quieres seguir trabajando?

Jesús sonríe con ganas,

y dice:

–      Hasta que se acabe la madera.

Soy un obrero concienzudo.

–     ¡Un cofre que me des Tú!

Mannaém parece un niño con un juguete nuevo.

Y exclama: 

–       ¡Oh!

¡Qué reliquia!

¿Qué meteré dentro?

–      Todo lo que quieras Mannaém.

No será más que un cofre.

–      ¡Pero fue obra tuya! –dice maravillado.

–      ¿Y qué?

Mi Padre hizo al hombre.

A todos los hombres.

Y sin embargo el hombre y los hombres,

¿Qué han metido dentro de sí?

Jesús habla mientras sigue trabajando.

Va de aquí para allá, por todos lados del taller.

Buscando los instrumentos necesarios.

Apretando tornillos.

Taladrando, torneando, cepillando…

Según es necesario a lo que hace.

Mannaém contesta:

–     Hemos metido el pecado.

Es verdad.

–     ¿Lo ves?

Y sabes que el hombre que Dios creó, es mucho más que un cofre que Yo haga.

No confundas jamás el objeto con las acciones.

Hazte de mi trabajo, sólo una reliquia para tu alma.

–      ¿En otras palabras?

–      En otras palabras, 

Da a tu espíritu la enseñanza que brota de lo que hago.

–      Caridad. Humildad. Laboriosidad….

Estas virtudes, ¿No es así?

–     Sí.

Y en lo futuro, obra tú en igual modo.

–      Sí, Maestro.

Pero, ¿Me haces el cofre?

–      Te lo hago.

Pero recuerda que como tú lo verás siempre como una reliquia…

haré que lo pagues por lo que vale.

Así se podrá decir que al menos en una ocasión, estuve lleno hasta de dinero.

Pero tú sabes para quién…

Para estos huerfanitos.

Mannaém el príncipe de la corte de Herodes, sonríe lleno de alegría…

Y pleno de satisfacción, concede:

–      Pídeme lo que quieras.

Te lo daré.

Así por lo menos tendrá alguna justificación mi ociosidad.

Mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas.

–      Está dicho:

Comerás tu pan, bañado con el sudor de tu frente.’

Mannaém objeta con énfasis:

–     ¡Pero eso se dijo por el hombre culpable!

No contra Ti!

–      ¡Oh! Un día seré el Culpable…

Y tendré sobre Mí, todos los pecados del Mundo.

Los llevaré conmigo, en mi primera partida.

–      ¿Y piensas que el mundo no pecará más?

–      Debería no hacerlo…

Pero siempre pecará.

Por esto el peso que tendré sobre Mí, será tal;

que me hará pedazos el Corazón.

Tendré los pecados desde Adán hasta ahora.

Y los de esa Hora, hasta los del último siglo.

Todo lo descontaré por el hombre.

–      Y el hombre no te entenderá.

Y mucho menos te amará…

¿Crees que Corozaín se convierta con esta lección silenciosa y santa,

que estás dando con tu trabajo, para socorrer a una familia?

–     No se convertirá.

Dirá: ‘Prefirió trabajar para pasar el tiempo y ganarse unos centavos.’

Yo no tenía dinero.

Lo había dado todo.

Siempre doy cuanto tengo, hasta el último céntimo. 

He trabajado para dar dinero.

–      ¿Y para que comieses tú y Mateo?

–      Para eso, Dios proveyó.

–      A nosotros también nos diste de comer.

–      Así es.

–     ¿Cómo lo hiciste?

–      Pregúntaselo al dueño de la casa

–     ¡Claro que lo haré!

Se lo preguntaré tan pronto regresemos a Cafarnaúm.

Y mientras piensa algo, la sonrisa de Jesús ilumina su rostro hermosísimo…

Y luego ríe serenamente tras su rubia barba. 

Se hace un silencio.

Mannaém se queda meditando en la lección recibida

Tan solo se escucha el chirrido de la prensa y del tornillo;

 que une apretando las dos partes de la rueda. 

Luego Mannaém pregunta:

–     ¿Qué piensas hacer para el sábado?

Jesús responde: 

–      Ir a Cafarnaúm a esperar a los apóstoles.

Hemos convenido en reunirnos cada viernes por la tarde y pasar juntos el sábado.

Después les daré órdenes y si Mateo ya está curado;

serán seis las parejas que irán a evangelizar.

Si no…

¿Quieres ir con ellos?  

–      Prefiero estar contigo, Maestro…

Pero, ¿Me permites darte un consejo?

–      Dilo.

Si es atinado lo aceptaré.

–      Nunca estés solo.

Tienes muchos enemigos, Maestro.

–      Lo sé.

¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?

–      Creo que te aman.

–      Ciertamente.

Pero de nada serviría.

Los enemigos, si tuvieran intención de apresarme;

vendrían con mayores fuerzas que las de los apóstoles.

–       No importa.

No estés solo.

–       Dentro de dos semanas muchos discípulos se me unirán.

Los preparo para mandarlos también a ellos a evangelizar.

Ya no estaré solo.

Puedes estar tranquilo.

Mientras ellos hablan…

Muchas personas curiosas de Corozaím vienen a fisgar…

Y luego se van sin decir nada.

Mannaém los ve,

y dice:

–      Se quedan sorprendidos al verte trabajar.

–      Sí.

Pero no son lo bastante humildes para decir:

‘¿Nos das una enseñanza?

’Los mejores que tenía aquí, están con los discípulos;

menos un viejo que ya murió.

No importa.

La lección es siempre lección.

–      ¿Qué dirán los apóstoles cuando sepan que te pusiste a trabajar?

–      Son once.

Porque Mateo ya dio su juicio.

Serán once pareceres diferentes y en general chocarán entre sí.

Pero me darán oportunidad para adoctrinarlos.

–       ¿Me permitirás asistir a la lección?

–       Si quieres quedarte…

–       Pero yo soy discípulo y ellos son apóstoles

–     Lo que hace bien a los apóstoles, lo hace también al discípulo.

–     Ellos se sentirán incómodos,

de que se les llame la atención en mi presencia.

–     Les servirá para que sean humildes.

Quédate Mannaém.

Me alegra que estés conmigo.

–     Y yo me quedo de muy buena gana.

Se asoma la viuda y dice:

–       La comida está preparada y lista para servirla, Maestro.

Tú trabajas demasiado.

–       Me gano el pan, mujer.

Y luego…

Mira, aquí tienes otro cliente.

También él quiere un cofre.

Y pagará muy bien..

El sitio de la madera se te va a quedar vacío

Esto dice Jesús quitándose un delantal parchado que se había puesto encima.

Se dirige a la salida para lavarse en una jofaina que la mujer le llevó al huerto.

Ella, con una de esas sonrisas que florecen, después de mucho tiempo de llanto,

dice:

–      En el cuarto ya no hay madera.

Mi casa está llena de tu Presencia y el corazón repleto de paz.

Ya no tengo miedo al mañana, Maestro.

Y Tú puedes estar seguro de que jamás te olvidaremos.

Y entran en la cocina.

Al atardecer, Jesús junto con Mannaém,

salen de la casa de la viuda.

Y se despide diciendo: 

–       La paz sea contigo y con los tuyos.

Nos volveremos a ver después del sábado.

Acaricia al niño: 

Adiós Josesito. 

Mañana descansa y juega, porque después me ayudarás.

¿Por qué lloras?

–      Tengo miedo de que no regreses más…

–      Siempre digo la verdad.

¿Te desagrada tanto que me vaya?

El niño asiente con la cabeza

Jesús lo acaricia diciendo:

–      Un día pasa pronto.

Mañana quédate con tus hermanitos.

Yo estaré con mis apóstoles y les hablaré.

Estos días te he estado enseñando a trabajar.

Ahora voy con ellos a enseñarles a predicar y a ser buenos.

No estarías a gusto conmigo, en medio de tantos hombres.

El niño replica:

–      ¡Oh!

¡Lo estaré si estoy contigo!

Jesús se vuelve hacia la madre, 

diciendo: 

–       Entendí, mujer.

Tu hijo hace como muchos y son los mejores.

No me quiere dejar.

¿Tendrías desconfianza en dejármelo hasta mañana?

Ella con las manos juntas, muy emocionada,

exclama: 

–     ¡Oh, Señor!

¡Te los puedo dar a todos!

Contigo están seguros como en el Cielo.

Este niño, que de todos era el que más estaba con su padre, ha sufrido demasiado.

Estaba él en el momento en el que él..

Y de pronto se encontró solo, ¿Ves?

No hace más que llorar y penar.

Y le dice al niño:

–       No llores hijito mío.

Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo.

Se vuelve a Jesús:   

–        Maestro, para consolarlo le digo, que su padre no ha muerto;

sino que solo fue lejos y por un tiempo.  

Jesús confirma: 

–      Es verdad.

Es así como dice tu mamá, pequeño José. 

El niño con voz dolorida,

se lamenta: 

–      Pero hasta que me muera me lo encontraré.

Soy muy pequeño.

¿Cuánto deberé esperar, para que me haga viejo como Isaac?

Mannaém trata de consolarlo:

–      ¡Pobre niño!

No te preocupes, el tiempo pasa veloz.

El niño mirando a Jesús,

contesta:

–      No, Señor.

Hace tres semanas que no tengo a  mi papá.

Y me parece mucho, mucho tiempo.

No puedo vivir sin él.

Y llora silenciosa pero amargamente.

La mujer dice:

–     ¿Lo ves?

Así siempre hace.

Y sobre todo cuando no hay nada que lo distraiga completamente.

El sábado le es un tormento.

Tengo miedo de que se me muera.

–     No.

Tengo otro niño huérfano.

Estaba flacucho y triste.

Ahora vive con una buena mujer de Betsaida.

Tiene la seguridad de no estar separado de sus padres.

Y con esto ha reflorecido en su cuerpo y en su corazón.

Así le pasará al tuyo.

Estará más tranquilo con lo que le diré.

Con el tiempo que es un buen médico y con verte más tranquila,

sin preocupación por lo que tendrán que comer.

Adiós mujer.

Debo llegar antes del crepúsculo del atardecer, para esperar a mis apóstoles.

Ven, José.

Despídete de tu mamá, tus hermanitos y tu abuelita.

Y luego alcánzame corriendo.

Jesús se va.

Mannaém le dice:

–      ¿Y qué vas a decir a los apóstoles?

–      Que tengo conmigo a un viejo discípulo y a uno nuevo.

Se dirige a atravesar el poblado de Corozaín, para tomar la salida a Cafarnaúm. 

Está lleno de gente.

Un grupo de hombres detiene a Jesús,

diciéndole:

–     ¿Ya te vas?

¿No te quedas el sábado?

–      No.

Voy a Cafarnaúm.

–      Sin habernos dicho una sola palabra durante toda la semana.

¿No somos dignos de ella?

–      ¿No os he dado la mejor predicación durante seis días?

Varios preguntan al mismo tiempo:

–      ¿Cuándo?

–      ¿A quién?

–      A todos.

Desde el banco de la carpintería.

Durante estos días he predicado que al prójimo, se le debe amar…

Y ayudar en todos modos.

Especialmente dónde hay personas débiles, como viudas y huérfanos.

Hasta pronto, vosotros de Corozaín.

Meditad durante el sábado esta lección mía.

Y sin esperar contestación…. 

Jesús reanuda su camino, dejando desorientados a los de Corazín.

Pero el niño lo alcanza corriendo.

Y hace que se despierte nuevamente en los lugareños la curiosidad.

Y lo vuelven a detener.

–     ¿Le quitaste ya su hijo a la mujer?

¿Para qué?

–      Para enseñarle a creer que Dios es Padre.

Y que en Dios encontrará también a su padre muerto.

Y también para que aquí, haya alguien que crea en lugar del viejo Isaac.

–       Con tus discípulos hay tres que son de Corozaín.

–      Con los míos.

No aquí.

Este estará aquí.

Hasta pronto.

-Y llevando al niño en medio entre Él y Manahén, reanuda su camino,

y va ligero por la campiña hacia Cafarnaúm;

hablando con Manahén.

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266 JUAN BAUTISTA Y ELÍAS


266 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Durante las horas siguientes los discípulos del Bautista, conocen un poco más la Doctrina de Jesús.

Y luego sigue la preparación de la partida de los dos discípulos hacia Jericó.

Mannaém estaba incierto sobre si marchar con ellos, para regresar a Maqueronte o quedarse.

Al parecer se queda, pues su caballo no ha sido traído. 

Sólo los dos fuertes asnos enfrente de la abertura de la tapia del patio.

Los dos enviados de Juan, después de muchas reverencias al Maestro y a Mannaém,

suben a las monturas…

Y todavía se vuelven para mirar y saludar,

hasta que un recodo del camino los esconde a la vista.

Muchos de Cafarnaúm se han congregado para ver esta despedida,

porque la noticia de la venida de los discípulos de Juan

y la respuesta que Jesús les ha dado, se han propagado por el pueblo.

Y también por otros pueblos cercanos. 

Pues hay personas de Betsaida y Corozaín;

algunos ex discípulos del Bautista, que antes se han presentado a los enviados de Juan,

les han preguntado por él y le han mandado saludos a través de ellos.

Y ahora se quedan hablando en grupo con los de Cafarnaúm.

Jesús, con Mannaém a su lado, hace ademán de volver a la casa mientras habla.

Pero la gente se apiña alrededor de Él, curiosa de observar al hermano de Herodes

y su trato lleno de deferencia hacia Jesús;

deseosos también de hablar con el Maestro.

Está también Jairo, el arquisinagogo.

Por gracia de Dios, no hay fariseos.

Precisamente Jairo dice:

–      ¡Estará contento Juan!

No sólo le has enviado una respuesta exhaustiva, sino que,

invitándolos a quedarse, has podido adoctrinarlos y mostrarles un milagro.  

Un hombre agrega:

–       ¡Y no de poco relieve! 

Había traído expresamente a mi hija hoy para que la vieran.

Nunca se ha sentido tan bien como ahora.

Y para ella es un motivo de alegría el venir a estar con el Maestro.

¿Habéis oído su respuesta, no?

“No recuerdo lo que es la muerte.

Recuerdo, eso sí, que un ángel me llamó

y me llevó a través de una luz que aumentaba cada vez más…

Y al final de esa luz estaba Jesús.

Como lo vi entonces, con mi espíritu volviendo a mí, no lo veo ni siquiera ahora;

vosotros y yo ahora, vemos al Hombre,

pero mi espíritu vio a ese Dios que está dentro del Hombre”.

¡Qué buena se ha hecho desde entonces!

Era ya buena, pero ahora es un verdadero ángel.

¡Ah, que digan lo que quieran todos!

¡Para mí el único santo que hay eres Tú!

Uno de Betsaida añade:

–      De todas formas, también Juan es santo. 

Y se desatan los comentarios:  

–      Sí, pero es demasiado severo.

–      No lo es más con los demás que consigo mismo.

–      Pero no hace milagros.

–      Y se dice que ayuna porque es como un mago.

–      Pues de todas formas es santo.

La disputa de la gente se hace mayor.

Jesús levanta la mano y la extiende con el gesto habitual que hace,

cuando pide silencio y atención porque quiere hablar;

enseguida se hace el silencio.

Jesús dice:

–      Juan es santo y grande.

No miréis su manera de actuar ni la ausencia de milagros.

En verdad os digo que es grande en el Reino de los Cielos.

Allí se manifestará con toda su grandeza.

Muchos se quejan porque era y es severo, hasta el punto de parecer rudo.

En verdad os digo que ha hecho un trabajo de gigante para preparar los caminos del Señor.

Quien trabaja de ese modo no tiene tiempo que perder en blanduras.

¿No decía, cuando estaba en el Jordán,

las palabras de Isaías que lo profetizan a él y profetizan al Mesías:

“Todo valle será colmado, todo monte será rebajado,

los caminos tortuosos serán enderezados y las breñas allanadas”

y ello para preparar los caminos al Señor y Rey?

¡Verdaderamente ha hecho él más que todo Israel, para prepararme el camino!

Quien debe rebajar montes, colmar valles, enderezar caminos

o transformar cuestas penosas en subidas suaves, tiene que trabajar rudamente.

En efecto, era el Precursor y sólo le anticipaba a Mí una breve serie de lunas;

todo debía estar ultimado antes de que el Sol se alzara en el día de la Redención.

El tiempo ha llegado, el Sol sube para resplandecer sobre Sión.

Y desde Sión, extender su luz al mundo entero.

Juan ha preparado el camino, como debía.

¿Qué habéis ido a ver al desierto?

¿Una caña agitada por el viento en distintas direcciones?

¿Qué es lo que habéis ido a ver?

¿A un hombre refinadamente vestido?

¡No!…

Esas personas viven en las casas de los reyes; ataviados con delicadas vestiduras,

agasajados por mil siervos y cortesanos.

Cortesanos que lo son de un pobre hombre como ellos.

Aquí tenemos un ejemplo.

Preguntadle, a ver si no experimenta desazón por la vida de la Corte

y admiración por el risco solitario y escabroso, en vano embestido por el rayo y el pedrisco,

en vano circundado por los necios vientos que quieren arrancarlo

y él se mantiene no obstante firme, elevándose entero hacia el cielo,

con su punta tan enhiesta -puntiaguda cual llama que asciende-,

que predica la alegría de lo alto.

Éste es Juan.

Así lo ve Manahén, porque ha comprendido la verdad de la vida y la muerte

Y ve la grandeza donde está, aunque esté oculta bajo apariencias agrestes.

Y vosotros,

¿Qué habéis visto en Juan cuando habéis ido a verlo?

¿Un profeta?,

¿Un santo?

Os digo que es más que un profeta; es más que muchos santos,

más que los santos porque es aquel de quien está escrito:

“Mando ante vosotros a mi ángel para preparar tu camino delante de Ti”.

Ángel. Pensad.

Sabéis que los ángeles son espíritus puros creados por Dios según su semejanza espiritual,

colocados como nexo entre el hombre:

perfección de lo creado visible y material.

Y Dios:

Perfección del Cielo y de la Tierra, Creador del reino espiritual y del reino animal.

Aún en el hombre más santo subsisten la carne y la sangre,

que abren un abismo entre él y Dios:

Abismo que se ahonda profundamente con el pecado,

que hace pesado incluso lo espiritual del hombre.

Así pues, Dios crea a los ángeles, criaturas que tocan el vértice de la escala creadora,

de la misma forma que los minerales señalan su base: los minerales,

polvo que compone la tierra, las materias inorgánicas en general.

Espejos tersos del Pensamiento de Dios;

voluntariosas llamas que obran por amor, resueltos para comprender,

diligentes para obrar, de voluntad libre como la nuestra;

aunque enteramente santa, ajena a rebeliones y a estímulos de pecado.

Esto son los ángeles adoradores de Dios,

mensajeros suyos ante los hombres,

protectores nuestros;

ellos nos dan la Luz de que están investidos y el Fuego que adorando, recogen.

La palabra profética llama “ángel” a Juan.

Pues bien, Yo os digo:

“Entre los nacidos de mujer no ha habido nunca uno mayor que Juan Bautista”.

No obstante, el menor del Reino de los Cielos será mayor que él hombre.

Porque quien es del Reino de los Cielos es hijo de Dios y no hijo de mujer.

Tended, pues, todos, a ser ciudadanos del Reino.  

Se dirige señalándolos y cuestiona:

–       ¿Qué os estáis preguntando entre vosotros dos?

Los hombres responden:

–       Decíamos:

“¿Juan estará en el Reino?”

y “¿Cómo estará en el Reino?”

–       En su espíritu está ya en el Reino.

Cuando muera, estará en el Reino como uno de los soles

más resplandecientes de la eterna Jerusalén.

Es así por la Gracia sin resquebrajaduras que hay en él y por su propia voluntad.

En efecto, ha sido y es, violento también consigo mismo, con fin santo.

A partir de Juan el Bautista, el Reino de los Cielos es de los que saben

conquistárselo con la fuerza opuesta al Mal.

Y son los violentos los que lo conquistan.

Sí, ahora ya se sabe lo que hay que hacer y todo ha sido dado

para llevar a cabo esta conquista.

El tiempo en que hablaban sólo la Ley y los Profetas ha pasado.

Los Profetas han hablado hasta Juan.

Ahora habla la Palabra de Dios.

Y no esconde ni una iota de cuanto ha de saberse para esta conquista.

Si creéis en Mí, debéis ver en Juan a ese Elías que debe venir.

Quien tenga oídos para oír que oiga.

¿Con quién compararé a esta generación?

Es semejante a la que describen esos muchachos que,

sentados en la plaza gritan a sus compañeros:

“Hemos tocado y no habéis bailado;

hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

En efecto, ha venido Juan, que no come ni bebe, y esta generación dice:

“Puede hacerlo porque tiene al demonio, que le ayuda”;

ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen:

“Ahí tenemos a un comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”.

¡Así la Sabiduría ha sido acreditada por sus hijos!

“En verdad os digo que sólo los niños saben reconocer la verdad,

porque en ellos no hay malicia.

El arquisinagogo dice:

–       Bien has dicho, Maestro.

 Por eso mi hija, que no conoce aún la malicia,

te ve como nosotros no alcanzamos a verte.

Pero esta ciudad y las otras cercanas rebosan de tu poder, sabiduría y bondad.

Y debo confesarlo, no te responden sino con maldad.

No se convierten.

El bien que de Ti reciben se transforma en odio contra Ti.  

Uno de Betsaida exclama:

–       ¿Qué estás diciendo, Jairo?

¡Nos estás calumniando!

Si estamos aquí es por fidelidad al Cristo.  

–       Sí. Nosotros.

¿Pero cuántos somos

Menos de cien en tres ciudades que deberían estar a los pies de Jesús.

De los que faltan -me refiero a los hombres- la mitad son enemigos;

la cuarta parte, indiferentes;

la otra cuarta parte…

Quiero pensar que no puede venir.

¿No es esto ya pecado ante los ojos de Dios?

¿No será castigada toda esta aversión y obcecación en el mal?

Habla, Maestro,

Tú que no ignoras.

Tú que si guardas silencio es por tu bondad, no porque no sepas.

Eres longánimo, y confunden tu longanimidad con ignorancia y debilidad.

Habla, pues;

que tu palabra remueva al menos a los indiferentes,

ya que los malos no se convierten, sino que se hacen cada vez peores.

Kesús toma la palabra:

–       Sí.

Es culpa y será castigada.

Porque no se debe despreciar nunca el don de Dios, ni usarlo para hacer el mal.

¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

¡Que hacéis mal uso de los dones de Dios!

Si en Tiro y Sidón se hubieran cumplido los milagros que se han producido entre vosotros,

ya haría mucho tiempo que, vestidos de cilicio y espolvoreados de ceniza,

habrían hecho penitencia y habrían venido a Mí.

Por esto os digo que Tiro y Sidón serán tratadas,

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

con mayor clemencia que vosotras en el día del Juicio.

¿Y tú, Cafarnaúm, crees que por haberme dado alojamiento serás elevada hasta el Cielo?

Hasta el Infierno bajarás

Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que Yo te he dado,

estaría todavía floreciente, porque habría creído en Mí y se habría convertido.

Por tanto, Sodoma, en el último Juicio,

será tratada con mayor clemencia que tú, que has conocido al Mesías

y has oído su palabra y no te has convertido,

porque Sodoma no conoció al Salvador y su Palabra,

por lo cual su culpa es menor.

No obstante, como Dios es justo,

los de Cafarnaúm, Betsaida y Corazaín que han creído

y se santifican prestando obediencia a mi palabra,

serán tratados con mucha misericordia;

no es justo, en efecto

que los justos se vean implicados en el descalabro de los pecadores.

Respecto a tu hija Jairo, a la tuya Simón, a tu hijo Zacarías y a tus nietos, Benjamín,

os digo que no conociendo malicia, ven ya a Dios.

Ya veis que su fe es pura y activa, unida a sabiduría celestial

y también a deseos de caridad como no tienen los adultos.

Y Jesús, levantando los ojos al cielo que ya se va oscureciendo con la noche,

exclama:

–      Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido

estas cosas a los sabios y a los doctos y se las has revelado a los pequeños.

Así, Padre, porque así te plugo.

Todo me ha sido confiado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquellos a los que el Hijo quiera revelárselo.

Y Yo se lo he revelado a los pequeños, a los humildes, a los puros,

porque Dios se comunica con ellos.

Y la verdad desciende como semilla a las tierras libres.

Y sobre la verdad hace llover el Padre sus luces para que eche raíces y dé un árbol.

Es más, verdaderamente el Padre prepara a estos espíritus de los pequeños de

edad o de corazón, para que conozcan la Verdad y Yo exulte por su Fe…

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