266 JUAN BAUTISTA Y ELÍAS


266 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Durante las horas siguientes los discípulos del Bautista, conocen un poco más la Doctrina de Jesús.

Y luego sigue la preparación de la partida de los dos discípulos hacia Jericó.

Mannaém estaba incierto sobre si marchar con ellos, para regresar a Maqueronte o quedarse.

Al parecer se queda, pues su caballo no ha sido traído. 

Sólo los dos fuertes asnos enfrente de la abertura de la tapia del patio.

Los dos enviados de Juan, después de muchas reverencias al Maestro y a Mannaém,

suben a las monturas…

Y todavía se vuelven para mirar y saludar,

hasta que un recodo del camino los esconde a la vista.

Muchos de Cafarnaúm se han congregado para ver esta despedida,

porque la noticia de la venida de los discípulos de Juan

y la respuesta que Jesús les ha dado, se han propagado por el pueblo.

Y también por otros pueblos cercanos. 

Pues hay personas de Betsaida y Corozaín;

algunos ex discípulos del Bautista, que antes se han presentado a los enviados de Juan,

les han preguntado por él y le han mandado saludos a través de ellos.

Y ahora se quedan hablando en grupo con los de Cafarnaúm.

Jesús, con Mannaém a su lado, hace ademán de volver a la casa mientras habla.

Pero la gente se apiña alrededor de Él, curiosa de observar al hermano de Herodes

y su trato lleno de deferencia hacia Jesús;

deseosos también de hablar con el Maestro.

Está también Jairo, el arquisinagogo.

Por gracia de Dios, no hay fariseos.

Precisamente Jairo dice:

–      ¡Estará contento Juan!

No sólo le has enviado una respuesta exhaustiva, sino que,

invitándolos a quedarse, has podido adoctrinarlos y mostrarles un milagro.  

Un hombre agrega:

–       ¡Y no de poco relieve! 

Había traído expresamente a mi hija hoy para que la vieran.

Nunca se ha sentido tan bien como ahora.

Y para ella es un motivo de alegría el venir a estar con el Maestro.

¿Habéis oído su respuesta, no?

“No recuerdo lo que es la muerte.

Recuerdo, eso sí, que un ángel me llamó

y me llevó a través de una luz que aumentaba cada vez más…

Y al final de esa luz estaba Jesús.

Como lo vi entonces, con mi espíritu volviendo a mí, no lo veo ni siquiera ahora;

vosotros y yo ahora, vemos al Hombre,

pero mi espíritu vio a ese Dios que está dentro del Hombre”.

¡Qué buena se ha hecho desde entonces!

Era ya buena, pero ahora es un verdadero ángel.

¡Ah, que digan lo que quieran todos!

¡Para mí el único santo que hay eres Tú!

Uno de Betsaida añade:

–      De todas formas, también Juan es santo. 

Y se desatan los comentarios:  

–      Sí, pero es demasiado severo.

–      No lo es más con los demás que consigo mismo.

–      Pero no hace milagros.

–      Y se dice que ayuna porque es como un mago.

–      Pues de todas formas es santo.

La disputa de la gente se hace mayor.

Jesús levanta la mano y la extiende con el gesto habitual que hace,

cuando pide silencio y atención porque quiere hablar;

enseguida se hace el silencio.

Jesús dice:

–      Juan es santo y grande.

No miréis su manera de actuar ni la ausencia de milagros.

En verdad os digo que es grande en el Reino de los Cielos.

Allí se manifestará con toda su grandeza.

Muchos se quejan porque era y es severo, hasta el punto de parecer rudo.

En verdad os digo que ha hecho un trabajo de gigante para preparar los caminos del Señor.

Quien trabaja de ese modo no tiene tiempo que perder en blanduras.

¿No decía, cuando estaba en el Jordán,

las palabras de Isaías que lo profetizan a él y profetizan al Mesías:

“Todo valle será colmado, todo monte será rebajado,

los caminos tortuosos serán enderezados y las breñas allanadas”

y ello para preparar los caminos al Señor y Rey?

¡Verdaderamente ha hecho él más que todo Israel, para prepararme el camino!

Quien debe rebajar montes, colmar valles, enderezar caminos

o transformar cuestas penosas en subidas suaves, tiene que trabajar rudamente.

En efecto, era el Precursor y sólo le anticipaba a Mí una breve serie de lunas;

todo debía estar ultimado antes de que el Sol se alzara en el día de la Redención.

El tiempo ha llegado, el Sol sube para resplandecer sobre Sión.

Y desde Sión, extender su luz al mundo entero.

Juan ha preparado el camino, como debía.

¿Qué habéis ido a ver al desierto?

¿Una caña agitada por el viento en distintas direcciones?

¿Qué es lo que habéis ido a ver?

¿A un hombre refinadamente vestido?

¡No!…

Esas personas viven en las casas de los reyes; ataviados con delicadas vestiduras,

agasajados por mil siervos y cortesanos.

Cortesanos que lo son de un pobre hombre como ellos.

Aquí tenemos un ejemplo.

Preguntadle, a ver si no experimenta desazón por la vida de la Corte

y admiración por el risco solitario y escabroso, en vano embestido por el rayo y el pedrisco,

en vano circundado por los necios vientos que quieren arrancarlo

y él se mantiene no obstante firme, elevándose entero hacia el cielo,

con su punta tan enhiesta -puntiaguda cual llama que asciende-,

que predica la alegría de lo alto.

Éste es Juan.

Así lo ve Manahén, porque ha comprendido la verdad de la vida y la muerte

Y ve la grandeza donde está, aunque esté oculta bajo apariencias agrestes.

Y vosotros,

¿Qué habéis visto en Juan cuando habéis ido a verlo?

¿Un profeta?,

¿Un santo?

Os digo que es más que un profeta; es más que muchos santos,

más que los santos porque es aquel de quien está escrito:

“Mando ante vosotros a mi ángel para preparar tu camino delante de Ti”.

Ángel. Pensad.

Sabéis que los ángeles son espíritus puros creados por Dios según su semejanza espiritual,

colocados como nexo entre el hombre:

perfección de lo creado visible y material.

Y Dios:

Perfección del Cielo y de la Tierra, Creador del reino espiritual y del reino animal.

Aún en el hombre más santo subsisten la carne y la sangre,

que abren un abismo entre él y Dios:

Abismo que se ahonda profundamente con el pecado,

que hace pesado incluso lo espiritual del hombre.

Así pues, Dios crea a los ángeles, criaturas que tocan el vértice de la escala creadora,

de la misma forma que los minerales señalan su base: los minerales,

polvo que compone la tierra, las materias inorgánicas en general.

Espejos tersos del Pensamiento de Dios;

voluntariosas llamas que obran por amor, resueltos para comprender,

diligentes para obrar, de voluntad libre como la nuestra;

aunque enteramente santa, ajena a rebeliones y a estímulos de pecado.

Esto son los ángeles adoradores de Dios,

mensajeros suyos ante los hombres,

protectores nuestros;

ellos nos dan la Luz de que están investidos y el Fuego que adorando, recogen.

La palabra profética llama “ángel” a Juan.

Pues bien, Yo os digo:

“Entre los nacidos de mujer no ha habido nunca uno mayor que Juan Bautista”.

No obstante, el menor del Reino de los Cielos será mayor que él hombre.

Porque quien es del Reino de los Cielos es hijo de Dios y no hijo de mujer.

Tended, pues, todos, a ser ciudadanos del Reino.  

Se dirige señalándolos y cuestiona:

–       ¿Qué os estáis preguntando entre vosotros dos?

Los hombres responden:

–       Decíamos:

“¿Juan estará en el Reino?”

y “¿Cómo estará en el Reino?”

–       En su espíritu está ya en el Reino.

Cuando muera, estará en el Reino como uno de los soles

más resplandecientes de la eterna Jerusalén.

Es así por la Gracia sin resquebrajaduras que hay en él y por su propia voluntad.

En efecto, ha sido y es, violento también consigo mismo, con fin santo.

A partir de Juan el Bautista, el Reino de los Cielos es de los que saben

conquistárselo con la fuerza opuesta al Mal.

Y son los violentos los que lo conquistan.

Sí, ahora ya se sabe lo que hay que hacer y todo ha sido dado

para llevar a cabo esta conquista.

El tiempo en que hablaban sólo la Ley y los Profetas ha pasado.

Los Profetas han hablado hasta Juan.

Ahora habla la Palabra de Dios.

Y no esconde ni una iota de cuanto ha de saberse para esta conquista.

Si creéis en Mí, debéis ver en Juan a ese Elías que debe venir.

Quien tenga oídos para oír que oiga.

¿Con quién compararé a esta generación?

Es semejante a la que describen esos muchachos que,

sentados en la plaza gritan a sus compañeros:

“Hemos tocado y no habéis bailado;

hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

En efecto, ha venido Juan, que no come ni bebe, y esta generación dice:

“Puede hacerlo porque tiene al demonio, que le ayuda”;

ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen:

“Ahí tenemos a un comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores”.

¡Así la Sabiduría ha sido acreditada por sus hijos!

“En verdad os digo que sólo los niños saben reconocer la verdad,

porque en ellos no hay malicia.

El arquisinagogo dice:

–       Bien has dicho, Maestro.

 Por eso mi hija, que no conoce aún la malicia,

te ve como nosotros no alcanzamos a verte.

Pero esta ciudad y las otras cercanas rebosan de tu poder, sabiduría y bondad.

Y debo confesarlo, no te responden sino con maldad.

No se convierten.

El bien que de Ti reciben se transforma en odio contra Ti.  

Uno de Betsaida exclama:

–       ¿Qué estás diciendo, Jairo?

¡Nos estás calumniando!

Si estamos aquí es por fidelidad al Cristo.  

–       Sí. Nosotros.

¿Pero cuántos somos

Menos de cien en tres ciudades que deberían estar a los pies de Jesús.

De los que faltan -me refiero a los hombres- la mitad son enemigos;

la cuarta parte, indiferentes;

la otra cuarta parte…

Quiero pensar que no puede venir.

¿No es esto ya pecado ante los ojos de Dios?

¿No será castigada toda esta aversión y obcecación en el mal?

Habla, Maestro,

Tú que no ignoras.

Tú que si guardas silencio es por tu bondad, no porque no sepas.

Eres longánimo, y confunden tu longanimidad con ignorancia y debilidad.

Habla, pues;

que tu palabra remueva al menos a los indiferentes,

ya que los malos no se convierten, sino que se hacen cada vez peores.

Kesús toma la palabra:

–       Sí.

Es culpa y será castigada.

Porque no se debe despreciar nunca el don de Dios, ni usarlo para hacer el mal.

¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida!

¡Que hacéis mal uso de los dones de Dios!

Si en Tiro y Sidón se hubieran cumplido los milagros que se han producido entre vosotros,

ya haría mucho tiempo que, vestidos de cilicio y espolvoreados de ceniza,

habrían hecho penitencia y habrían venido a Mí.

Por esto os digo que Tiro y Sidón serán tratadas,

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

con mayor clemencia que vosotras en el día del Juicio.

¿Y tú, Cafarnaúm, crees que por haberme dado alojamiento serás elevada hasta el Cielo?

Hasta el Infierno bajarás

Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que Yo te he dado,

estaría todavía floreciente, porque habría creído en Mí y se habría convertido.

Por tanto, Sodoma, en el último Juicio,

será tratada con mayor clemencia que tú, que has conocido al Mesías

y has oído su palabra y no te has convertido,

porque Sodoma no conoció al Salvador y su Palabra,

por lo cual su culpa es menor.

No obstante, como Dios es justo,

los de Cafarnaúm, Betsaida y Corazaín que han creído

y se santifican prestando obediencia a mi palabra,

serán tratados con mucha misericordia;

no es justo, en efecto

que los justos se vean implicados en el descalabro de los pecadores.

Respecto a tu hija Jairo, a la tuya Simón, a tu hijo Zacarías y a tus nietos, Benjamín,

os digo que no conociendo malicia, ven ya a Dios.

Ya veis que su fe es pura y activa, unida a sabiduría celestial

y también a deseos de caridad como no tienen los adultos.

Y Jesús, levantando los ojos al cielo que ya se va oscureciendo con la noche,

exclama:

–      Te doy gracias, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido

estas cosas a los sabios y a los doctos y se las has revelado a los pequeños.

Así, Padre, porque así te plugo.

Todo me ha sido confiado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo

y aquellos a los que el Hijo quiera revelárselo.

Y Yo se lo he revelado a los pequeños, a los humildes, a los puros,

porque Dios se comunica con ellos.

Y la verdad desciende como semilla a las tierras libres.

Y sobre la verdad hace llover el Padre sus luces para que eche raíces y dé un árbol.

Es más, verdaderamente el Padre prepara a estos espíritus de los pequeños de

edad o de corazón, para que conozcan la Verdad y Yo exulte por su Fe…

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