267 UNA LECCIÓN DE CARIDAD


267 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana esplendorosa, en la aldea situada a dos millas de Cafarnaúm. 

Y la brisa lleva la frescura del mar de Tiberíades;

hasta la casa custodiada por dos higueras enormes, cuyo abundante follaje se extiende tanto, 

que casi se tocan por encima de la terraza del piso superior….

En el interior, junto al huerto con diversos árboles frutales, está el taller de carpintería;

justo en medio de las entradas que separan el viñedo del olivar.

Jesús está trabajando con empeño en el banco del carpintero.

Está terminando una rueda.

Un niño delgadito y de cara triste,

le ayuda acercándole todo lo que necesita,

para realizar su trabajo.

Mannaém, testigo inútil pero entusiasta, está sentado en un banco junto a la pared; 

observando maravillado la destreza de su Maestro. 

Jesús no tiene su bonita túnica de lino, sino que se ha puesto una oscura.

Que como no es suya, le llega hasta las espinillas:

Es una túnica de trabajo, remendada pero limpia, que perteneció al carpintero muerto.

Jesús da ánimos con sonrisas y palabras cariñosas al niño.

Y le enseña lo que debe hacer para conseguir que la cola, adquiera el punto exacto,

para  ser utilizada. 

Luego le muestra cómo trabajar…

para que queden lustrosas las paredes del baúl.

Y el niño se queda dándole lustre con un líquido que Jesús le enseñó a preparar. 

Todos estos pasos artesanales,

los ha presenciado el principesco amigo del carpintero de Nazareth;

desde que llegaron juntos, con la alborada de este día de trabajo.

Mannaém se levanta del banco y pasa un dedo por las molduras del baúl,

que ya está terminado.

Y dice: 

–     Terminaste pronto, Maestro.

Con su hermosa voz de tenor,

Jesús contesta:

–     Ya casi estaba terminado.

–     Yo quería tener este artefacto.

Pero ya vino el comprador que lo adquirió…

Tenía sus derechos y le quitaste las ilusiones…

Esperaba poder llevarse todo y recuperar no solo el depósito…

Pero no le quedó más que irse con sus cosas y ¡Basta!

¡Si fuera al menos uno que creyera que Tú…!

¡Tendrían para él, un valor infinito!

Y suspirando profundamente,

agrega;

–       ¿Me escuchaste?…

Jesús responde: 

–       Déjalo en paz.

Por otra parte aquí hay más madera…

Y la mujer estará feliz en usarla y en sacar provecho.

Dime que te haga un cofre y te lo hago…

Mannaém pega un brinco de felicidad,

y pregunta:

–      ¿De veras, Maestro?

¿De veras quieres seguir trabajando?

Jesús sonríe con ganas,

y dice:

–      Hasta que se acabe la madera.

Soy un obrero concienzudo.

–     ¡Un cofre que me des Tú!

Mannaém parece un niño con un juguete nuevo.

Y exclama: 

–       ¡Oh!

¡Qué reliquia!

¿Qué meteré dentro?

–      Todo lo que quieras Mannaém.

No será más que un cofre.

–      ¡Pero fue obra tuya! –dice maravillado.

–      ¿Y qué?

Mi Padre hizo al hombre.

A todos los hombres.

Y sin embargo el hombre y los hombres,

¿Qué han metido dentro de sí?

Jesús habla mientras sigue trabajando.

Va de aquí para allá, por todos lados del taller.

Buscando los instrumentos necesarios.

Apretando tornillos.

Taladrando, torneando, cepillando…

Según es necesario a lo que hace.

Mannaém contesta:

–     Hemos metido el pecado.

Es verdad.

–     ¿Lo ves?

Y sabes que el hombre que Dios creó, es mucho más que un cofre que Yo haga.

No confundas jamás el objeto con las acciones.

Hazte de mi trabajo, sólo una reliquia para tu alma.

–      ¿En otras palabras?

–      En otras palabras, 

Da a tu espíritu la enseñanza que brota de lo que hago.

–      Caridad. Humildad. Laboriosidad….

Estas virtudes, ¿No es así?

–     Sí.

Y en lo futuro, obra tú en igual modo.

–      Sí, Maestro.

Pero, ¿Me haces el cofre?

–      Te lo hago.

Pero recuerda que como tú lo verás siempre como una reliquia…

haré que lo pagues por lo que vale.

Así se podrá decir que al menos en una ocasión, estuve lleno hasta de dinero.

Pero tú sabes para quién…

Para estos huerfanitos.

Mannaém el príncipe de la corte de Herodes, sonríe lleno de alegría…

Y pleno de satisfacción, concede:

–      Pídeme lo que quieras.

Te lo daré.

Así por lo menos tendrá alguna justificación mi ociosidad.

Mientras Tú, Hijo de Dios, trabajas.

–      Está dicho:

Comerás tu pan, bañado con el sudor de tu frente.’

Mannaém objeta con énfasis:

–     ¡Pero eso se dijo por el hombre culpable!

No contra Ti!

–      ¡Oh! Un día seré el Culpable…

Y tendré sobre Mí, todos los pecados del Mundo.

Los llevaré conmigo, en mi primera partida.

–      ¿Y piensas que el mundo no pecará más?

–      Debería no hacerlo…

Pero siempre pecará.

Por esto el peso que tendré sobre Mí, será tal;

que me hará pedazos el Corazón.

Tendré los pecados desde Adán hasta ahora.

Y los de esa Hora, hasta los del último siglo.

Todo lo descontaré por el hombre.

–      Y el hombre no te entenderá.

Y mucho menos te amará…

¿Crees que Corozaín se convierta con esta lección silenciosa y santa,

que estás dando con tu trabajo, para socorrer a una familia?

–     No se convertirá.

Dirá: ‘Prefirió trabajar para pasar el tiempo y ganarse unos centavos.’

Yo no tenía dinero.

Lo había dado todo.

Siempre doy cuanto tengo, hasta el último céntimo. 

He trabajado para dar dinero.

–      ¿Y para que comieses tú y Mateo?

–      Para eso, Dios proveyó.

–      A nosotros también nos diste de comer.

–      Así es.

–     ¿Cómo lo hiciste?

–      Pregúntaselo al dueño de la casa

–     ¡Claro que lo haré!

Se lo preguntaré tan pronto regresemos a Cafarnaúm.

Y mientras piensa algo, la sonrisa de Jesús ilumina su rostro hermosísimo…

Y luego ríe serenamente tras su rubia barba. 

Se hace un silencio.

Mannaém se queda meditando en la lección recibida

Tan solo se escucha el chirrido de la prensa y del tornillo;

 que une apretando las dos partes de la rueda. 

Luego Mannaém pregunta:

–     ¿Qué piensas hacer para el sábado?

Jesús responde: 

–      Ir a Cafarnaúm a esperar a los apóstoles.

Hemos convenido en reunirnos cada viernes por la tarde y pasar juntos el sábado.

Después les daré órdenes y si Mateo ya está curado;

serán seis las parejas que irán a evangelizar.

Si no…

¿Quieres ir con ellos?  

–      Prefiero estar contigo, Maestro…

Pero, ¿Me permites darte un consejo?

–      Dilo.

Si es atinado lo aceptaré.

–      Nunca estés solo.

Tienes muchos enemigos, Maestro.

–      Lo sé.

¿Pero crees que los apóstoles harían mucho en caso de peligro?

–      Creo que te aman.

–      Ciertamente.

Pero de nada serviría.

Los enemigos, si tuvieran intención de apresarme;

vendrían con mayores fuerzas que las de los apóstoles.

–       No importa.

No estés solo.

–       Dentro de dos semanas muchos discípulos se me unirán.

Los preparo para mandarlos también a ellos a evangelizar.

Ya no estaré solo.

Puedes estar tranquilo.

Mientras ellos hablan…

Muchas personas curiosas de Corozaím vienen a fisgar…

Y luego se van sin decir nada.

Mannaém los ve,

y dice:

–      Se quedan sorprendidos al verte trabajar.

–      Sí.

Pero no son lo bastante humildes para decir:

‘¿Nos das una enseñanza?

’Los mejores que tenía aquí, están con los discípulos;

menos un viejo que ya murió.

No importa.

La lección es siempre lección.

–      ¿Qué dirán los apóstoles cuando sepan que te pusiste a trabajar?

–      Son once.

Porque Mateo ya dio su juicio.

Serán once pareceres diferentes y en general chocarán entre sí.

Pero me darán oportunidad para adoctrinarlos.

–       ¿Me permitirás asistir a la lección?

–       Si quieres quedarte…

–       Pero yo soy discípulo y ellos son apóstoles

–     Lo que hace bien a los apóstoles, lo hace también al discípulo.

–     Ellos se sentirán incómodos,

de que se les llame la atención en mi presencia.

–     Les servirá para que sean humildes.

Quédate Mannaém.

Me alegra que estés conmigo.

–     Y yo me quedo de muy buena gana.

Se asoma la viuda y dice:

–       La comida está preparada y lista para servirla, Maestro.

Tú trabajas demasiado.

–       Me gano el pan, mujer.

Y luego…

Mira, aquí tienes otro cliente.

También él quiere un cofre.

Y pagará muy bien..

El sitio de la madera se te va a quedar vacío

Esto dice Jesús quitándose un delantal parchado que se había puesto encima.

Se dirige a la salida para lavarse en una jofaina que la mujer le llevó al huerto.

Ella, con una de esas sonrisas que florecen, después de mucho tiempo de llanto,

dice:

–      En el cuarto ya no hay madera.

Mi casa está llena de tu Presencia y el corazón repleto de paz.

Ya no tengo miedo al mañana, Maestro.

Y Tú puedes estar seguro de que jamás te olvidaremos.

Y entran en la cocina.

Al atardecer, Jesús junto con Mannaém,

salen de la casa de la viuda.

Y se despide diciendo: 

–       La paz sea contigo y con los tuyos.

Nos volveremos a ver después del sábado.

Acaricia al niño: 

Adiós Josesito. 

Mañana descansa y juega, porque después me ayudarás.

¿Por qué lloras?

–      Tengo miedo de que no regreses más…

–      Siempre digo la verdad.

¿Te desagrada tanto que me vaya?

El niño asiente con la cabeza

Jesús lo acaricia diciendo:

–      Un día pasa pronto.

Mañana quédate con tus hermanitos.

Yo estaré con mis apóstoles y les hablaré.

Estos días te he estado enseñando a trabajar.

Ahora voy con ellos a enseñarles a predicar y a ser buenos.

No estarías a gusto conmigo, en medio de tantos hombres.

El niño replica:

–      ¡Oh!

¡Lo estaré si estoy contigo!

Jesús se vuelve hacia la madre, 

diciendo: 

–       Entendí, mujer.

Tu hijo hace como muchos y son los mejores.

No me quiere dejar.

¿Tendrías desconfianza en dejármelo hasta mañana?

Ella con las manos juntas, muy emocionada,

exclama: 

–     ¡Oh, Señor!

¡Te los puedo dar a todos!

Contigo están seguros como en el Cielo.

Este niño, que de todos era el que más estaba con su padre, ha sufrido demasiado.

Estaba él en el momento en el que él..

Y de pronto se encontró solo, ¿Ves?

No hace más que llorar y penar.

Y le dice al niño:

–       No llores hijito mío.

Pregúntale al Señor si no es verdad lo que digo.

Se vuelve a Jesús:   

–        Maestro, para consolarlo le digo, que su padre no ha muerto;

sino que solo fue lejos y por un tiempo.  

Jesús confirma: 

–      Es verdad.

Es así como dice tu mamá, pequeño José. 

El niño con voz dolorida,

se lamenta: 

–      Pero hasta que me muera me lo encontraré.

Soy muy pequeño.

¿Cuánto deberé esperar, para que me haga viejo como Isaac?

Mannaém trata de consolarlo:

–      ¡Pobre niño!

No te preocupes, el tiempo pasa veloz.

El niño mirando a Jesús,

contesta:

–      No, Señor.

Hace tres semanas que no tengo a  mi papá.

Y me parece mucho, mucho tiempo.

No puedo vivir sin él.

Y llora silenciosa pero amargamente.

La mujer dice:

–     ¿Lo ves?

Así siempre hace.

Y sobre todo cuando no hay nada que lo distraiga completamente.

El sábado le es un tormento.

Tengo miedo de que se me muera.

–     No.

Tengo otro niño huérfano.

Estaba flacucho y triste.

Ahora vive con una buena mujer de Betsaida.

Tiene la seguridad de no estar separado de sus padres.

Y con esto ha reflorecido en su cuerpo y en su corazón.

Así le pasará al tuyo.

Estará más tranquilo con lo que le diré.

Con el tiempo que es un buen médico y con verte más tranquila,

sin preocupación por lo que tendrán que comer.

Adiós mujer.

Debo llegar antes del crepúsculo del atardecer, para esperar a mis apóstoles.

Ven, José.

Despídete de tu mamá, tus hermanitos y tu abuelita.

Y luego alcánzame corriendo.

Jesús se va.

Mannaém le dice:

–      ¿Y qué vas a decir a los apóstoles?

–      Que tengo conmigo a un viejo discípulo y a uno nuevo.

Se dirige a atravesar el poblado de Corozaín, para tomar la salida a Cafarnaúm. 

Está lleno de gente.

Un grupo de hombres detiene a Jesús,

diciéndole:

–     ¿Ya te vas?

¿No te quedas el sábado?

–      No.

Voy a Cafarnaúm.

–      Sin habernos dicho una sola palabra durante toda la semana.

¿No somos dignos de ella?

–      ¿No os he dado la mejor predicación durante seis días?

Varios preguntan al mismo tiempo:

–      ¿Cuándo?

–      ¿A quién?

–      A todos.

Desde el banco de la carpintería.

Durante estos días he predicado que al prójimo, se le debe amar…

Y ayudar en todos modos.

Especialmente dónde hay personas débiles, como viudas y huérfanos.

Hasta pronto, vosotros de Corozaín.

Meditad durante el sábado esta lección mía.

Y sin esperar contestación…. 

Jesús reanuda su camino, dejando desorientados a los de Corazín.

Pero el niño lo alcanza corriendo.

Y hace que se despierte nuevamente en los lugareños la curiosidad.

Y lo vuelven a detener.

–     ¿Le quitaste ya su hijo a la mujer?

¿Para qué?

–      Para enseñarle a creer que Dios es Padre.

Y que en Dios encontrará también a su padre muerto.

Y también para que aquí, haya alguien que crea en lugar del viejo Isaac.

–       Con tus discípulos hay tres que son de Corozaín.

–      Con los míos.

No aquí.

Este estará aquí.

Hasta pronto.

-Y llevando al niño en medio entre Él y Manahén, reanuda su camino,

y va ligero por la campiña hacia Cafarnaúm;

hablando con Manahén.

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