277 PRIMERA MULTIPLICACIÓN


277 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Sigue siendo el mismo lugar.

Sólo que el sol ya no viene de oriente, filtrándose por entre el bosque que bordea el Jordán

en este lugar agreste situado junto al desagüe del lago en el lecho del río;

viene, igualmente oblicuo, pero de occidente.

Y va declinando en medio de una gloria de rojo,

rasgando el cielo con el sable de sus últimos rayos.

Bajo el tupido follaje, ya la luz está muy atenuada; y tiende a las equilibradas tonalidades del atardecer.

Los pájaros, embriagados del sol que ha habido durante todo el día,

del alimento arrebatado a los limítrofes campos

se abandonan a una algazara de gorjeos y cantos en las copas de los árboles.

La tarde se viste con las pompas finales del día.

Los apóstoles se lo hacen notar a Jesús,

que siempre adoctrina según los temas que le exponen.

–        Maestro… 

La noche se acerca.

Este lugar es un desierto, lejos de casas y pueblos, umbrío y húmedo.

Dentro de poco aquí ya no será posible vernos, ni caminar.

La Luna se levanta tarde.

Despide a la gente para que vaya a Tariquea o a los pueblos del Jordán

para comprarse comida y buscar alojamiento.

Jesús responde:

–         No es necesario que se vayan.

Dadles vosotros de come

Pueden dormir aquí, como durmieron mientras me esperaban.

–        No nos han quedado más que cinco panes y dos peces,

Maestro, ya lo sabes.

–       Traédmelos.

Andrés ve a buscar al niño, que está vigilando la bolsa.

Poco antes estaba con el hijo del escriba y otros dos más,

fabricándose unas coronitas de flores jugando a los reyes.

Andrés va con diligencia.

También Juan y Felipe se ponen a buscar a Margziam entre la muchedumbre, 

que continuamente se mueve.

Lo encuentran casi al mismo tiempo, con su bolsa de las provisiones en bandolera,

un sarmiento de clemátide arrollado en torno a la cabeza y un cinturón,

también de clemátide, en que pende, haciendo de espada, un nudo:

la empuñadura es el nudo propiamente dicho

la hoja, el tallo de éste.

Con él están otros siete, igualmente ataviados.

Y hacen de cortejo al hijo del escriba:

un majestuoso niño de mirada muy seria, como de quien ha sufrido mucho,

el cual, más adornado que los otros, hace de rey.

Andrés dice:

–         Ven, Margziam.

¡El Maestro te requiere!

Margziam deja plantados a los amigos y va rápidamente,

sin quitarse siquiera sus… distintivos florales.

Pero le siguen también los otros

Pronto Jesús se ve circundado de una coronita de niños enguirnaldados de flores.

Los acaricia mientras Felipe saca de la bolsa un envoltorio con pan dentro.

Y en cuyo centro hay a su vez envueltos, dos gruesos pescados asados.

Le presentan al Maestro estos alimentos que son insuficientes,…

También para los dieciocho incluido Mannaém, que forman la comitiva apostólica. .

Jesús dice:

–          Bien.

Ahora traedme unos cestos.

Diecisiete, como cuantos sois vosotros.

Margziam dará la comida a los niños…

Jesús mira fijamente al escriba, que ha estado siempre a su lado,.

Y le pregunta:

–        ¿Quieres dar también tú la comida, a quienes tienen hambre?

El escriba responde:

–         Me gustaría.

Pero yo también estoy sin comida

–         Te concedo que des de lo mío.

–         Pero…

¿Pretendes dar de comer a unos cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños,

con esos dos peces y esos cinco panes?

–        Sin duda.

No seas incrédulo.

Quien cree habrá de ver el cumplimiento del milagro.

–        ¡Oh, entonces sí que quiero repartir el alimento también yo!

–        Que te den un canasto a ti también.

Vuelven los apóstoles con canastos y cestas de todos tamaños…

(anchas y bajas u hondas y estrechas).

Y vuelve el escriba con un cesto mediano.  

Jesús dice:

—      Está bien.

Poned todo aquí delante.

Disponed que se siente con orden la muchedumbre; en lo posible, regladamente.

Mientras esto se lleva a cabo… 

Jesús eleva el pan -encima del pan, los peces-.

Ofrece, ora, bendice.

El escriba no quita ni un instante de El sus ojos.

Luego Jesús divide los cinco panes en dieciocho partes.

Y los dos peces en dieciocho partes.

Poniendo un trozo de pez -un trocito bien mísero- en cada uno de los canastos.

Trocea los dieciocho pedazos de pan:. 

Cada pedazo en muchos trozos… (los dieciocho requeridos).

Cada pedazo troceado en un canasto, con el trozo de pez.

Luego Jesús dice:

–         Y ahora tomad y ofreced hasta la saciedad.

Empezad

Ve, Margziam, a dárselo a tus compañeros.

Margziam al levantar su canasto y dirigirse enseguida hacia sus pequeños amigos,

Exclama:

–       ¡Huy, cuánto pesa! 

Pero su ángel custodio le ayuda. a cargarlo… 

Y se dirige enseguida hacia sus pequeños amigos,

caminando como quien lleva un gran peso.

Los apóstoles, los discípulos, Mannaém, el escriba,; 

lo ven alejarse, perplejos…

Luego cogen los canastos…. 

Y meneando la cabeza, se dicen unos a otros:

–         ¡El niño está de broma!

No pesan más que antes.

El escriba mira incluso dentro… 

Y dado que ya allí, en la espesura en que está Jesús, no hay mucha luz… 

No así más allá, en el calvero, donde todavía hay buena luz.

Mete la mano para palpar el fondo.

No obstante, a pesar de la constatación, se encaminan hacia la gente…

Y empiezan a repartir.

Dan, dan, dan…

De vez en cuando vuelven la cabeza asombrados;

cada vez más lejanos, hacia Jesús.

El cual, con los brazos cruzados, apoyado en un árbol,

sonríe finamente por el estupor de ellos.

La repartición es larga y abundante…

El único que no muestra estupor es Margziam, que ríe feliz

de poder llenar de pan y pescado el regazo de tantos niños pobres.

Es también el primero que vuelve donde Jesús,

Y dice:

–        ¡He dado mucho, mucho, mucho!…

Porque sé lo que es el hambre… –

Y levanta esa carita suya, que ya no se ve demacrada;

ya que, al recordar, palidece y abre los ojos como platos…

Pero Jesús, su Maestro y Protector, lo acaricia.

Y vuelve a sonreír luminosamente ese rostro niño que confiado, se apoya sobre Él.

Poco a poco van volviendo los apóstoles y los discípulos, enmudecidos de estupor.

El último en volver es el escriba, que no dice nada;

pero hace un gesto que es más que un discurso

Se arrodilla y besa el borde de la túnica de Jesús.

Jesús dice: 

–        Tomad vuestra porción y dadme un poco a Mí.

Comamos el Alimento de Dios.

Comen, efectivamente, pan y pescado, cada uno según su necesidad…

Entretanto la gente saciada, intercambia sus impresiones.

También los que están en torno a Jesús empiezan a hablar

observando a Margziam que, terminando su pescado… 

juega con otros niños.

El escriba pregunta:   

–         Maestro….

¿Por qué el niño ha sentido inmediatamente el peso y nosotros no?

Yo incluso he palpado dentro del canasto

seguían siendo los mismos pocos trozos de pan

y el único trozo de pescado.

He empezado a sentir el peso yendo hacia la muchedumbre.

Pero, si hubiera pesado en proporción a cuanto he repartido,

habría hecho falta una pareja de mulos para llevarlo.

Y no el canasto sino un carro lleno, henchido de comida.

Al principio daba escaso…

Luego me he puesto a dar y a dar.

;les he vuelto a dar, porque a los primeros les había dado poco.

¡Ha habido suficiente!

Juan dice:   

–        Yo también he sentido que se hacia pesado el canasto, mientras me encaminaba;

enseguida he dado mucho,

porque comprendí que habías hecho un milagro. 

 Mannaém agrega: 

–           Yo, por el contrario, me he parado.

Y me senté para volcar en mi regazo el peso y ver…

Y he visto muchos panes.

Entonces fuí a distribuirlos  

Bartolomé declara: 

–          Yo los he contado incluso

, porque no quería quedar en situación ridícula.

Eran cincuenta panes pequeños.

He dicho: “Se los doy a cincuenta personas y luego regreso”.

Y he llevado la cuenta.

Pero, llegado a cincuenta, el peso seguía igual.

He mirado dentro.

Había todavía los mismos.

He seguido adelante y he repartido cientos de panes.

Pero no disminuían nunca. 

Tomás da testimonio:

–         Yo, lo confieso, no creía.

He cogido los trozos de pan y esa miaja de pescado y los miraba diciendo:

“¿Y a quién le sirve esto?

¡Es una broma de Jesús!…”

Y estaba mirándolos, mirándolos, escondido detrás de un árbol; 

esperando y desesperando  porque crecieran.

Pero eran siempre los mismos.

Estaba para volverme, cuando pasó Mateo diciendo:

“¿Has visto qué hermosos son?”.

“¿Qué?” he dicho yo “

¡Pues los panes y los peces!…”.

“¿Estás loco?

Yo sigo viendo trozos de pan”.

“Ve a repartirlos con fe y verás.

” He echado dentro del canasto esos pocos trozos de pan y he ido a disgusto…

Y luego…

¡Perdóname, Jesús, porque soy un pecador!

Jesús responde:

–        No.

Eres un espíritu del mundo.

Razonas como el mundo.  

Judas de Keriot añade: 

–         Entonces también yo, Señor.

Tanto que quería dar una moneda junto con el pan pensando:

“Comerán en otro sitio” –

 Esperaba ayudarte a salir mejor parado.

¿Qué soy entonces?

¿Cómo Tomás o más todavía?

–          Eres “mundo” mucho más que Tomá

–          ¡Y, sin embargo, pensaba dar limosna para ser Cielo!

Eran denarios míos particulares…

–          Limosna a ti mismo, a tu orgullo.

Y limosna a Dios.

Dios no 1a necesita y la limosna a tu orgullo es culpa, no mérito.

Judas baja la cabeza y calla.

Simón Zelote dice:

–         Yo pensaba que tendría que desmenuzar ese trozo de pez y esos trozos de pan

para que llegaran.

Pero no dudaba que serían suficientes como número y como alimento.

Una gota de agua que das te puede alimentar más que un banquete.   

Pedro pregunta a los primos de Jesús: 

–          ¿Y vosotros qué pensabais? 

Judas Tadeo muy serio, responde:

–          Nos acordábamos de Caná..

Y no dudábamos.

Jesús pregunta: 

–          ¿Y tú, Santiago, hermano mío, pensabas sólo esto?

Santiago de Alfeo contesta:

–           No.

Pensaba que fuera un sacramento, como me dijiste…

¿Es así o me equivoco?

Jesús sonríe:….

Y dice:  –

        Es y no es.

A la verdad que ha dicho Simón, del poder de nutrición en una gota de agua,

debe unirse tu pensamiento en orden a una figura lejana

Pero todavía no es un sacramento.

El escriba conserva entre sus dedos un pedazo de corteza.

Jesús le pregunta:   

–         ¿Qué vas a hacer con ello?

El hombre contesta:

–          Un… recuerdo.  

Pedro dice:   

—       Yo también la conservo.

Se la voy a colgar al cuello a Margziam en una pequeña bolsita.  

Juan añade: 

–         Yo se la llevo a nuestra madre. 

Apenados, dicen los demás: –

        ¿Y nosotros?

Nos hemos comido todo…   

Jesús indica: 

–         Levantaos.

Pasad otra vez con los canastos y recoged lo que ha sobrado

Separad de entre la gente a los más pobres y traédmelos aquí junto con los canastos.

Y luego id todos, discípulos míos, a las barcas, haceos a la mar e id a la llanura de Genesaret.

Yo despido a la gente después de favorecer a los más pobres.

Luego os alcanzaré.

Los apóstoles obedecen…

Y vuelven con doce canastos colmados de restos.

Los siguen unos treinta mendigos, o  personas paupérrimas.

Jesús dice:

–        Bien.

Podéis marcharos.

Los apóstoles y los de Juan saludan a Mannaém y se marchan;

obedecen a pesar de estar poco contentos de dejar a Jesús.

El escriba también se despide y se va.

Porque, junto con su hijito, se ha puesto en camino cerrando la fila de los apóstoles.

Mannaém espera a despedirse de Jesús cuando ya la muchedumbre,

con las últimas luces del día, se encamina hacia los poblados.

O busca un sitio para dormir entre los altos y secos juncos.

Luego se despide.

Una vez que todos se han marchado o que han empezado a dormirse. 

Jesús se levanta, bendice a los que duermen, y a paso lento se dirige hacia el lago,

hacia la península de Tariquea, elevada unos metros por encima del lago,

cual si fuese un recorte de colina introducido en el lago.

Y, llegado a su base, no entrando en la ciudad sino bordeándola, sube el montecillo…

Y se pone en un risco, en oración, frente al azul del lago y de la noche serena y lunar

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