Archivos diarios: 11/07/21

292 SACERDOCIO AGONIZANTE


292 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

¡Marta, abre, pues, tu casa al Peregrino!

Marta se hace reconocer y abren.

Entran todos en un largo atrio terminado en un patio empedrado,

que tiene cuatro árboles en sus cuatro ángulos.

Una amplia sala se abre en el piso superior;

por sus ventanas abiertas, se ve toda la ciudad con sus subidas y bajadas.

Pues la casa está en las pendientes meridionales o sur-orientales de la ciudad.

La sala está preparada para recibir a una gran cantidad de invitados.

Han colocado gran número de mesas, paralelas las unas a las otras.

Un centenar de personas puede cómodamente comer.

María Magdalena, que estaba en otra parte de la casa ocupándose de las despensas,

viene enseguida y se postra delante de Jesús.

Y viene Lázaro, con una sonrisa feliz en su cara achacosa.

Van llegando también los invitados:

unos, un poco azorados; más seguros otros:

pero la amabilidad de las mujeres hace que pronto todos se sientan a gusto.

El sacerdote Juan lleva a la presencia de Jesús a los dos que ha traído del Templo. 

Y le dice: 

–        Maestro, mi buen amigo Jonatán y mi joven amigo Zacarías.

Son auténticos israelitas, sin malicias ni rencores.  

Jesús sonriendo dulcemente, los saluda:

–         Paz a vosotros.

Me alegro de que hayáis venido.

El rito debe ser observado incluso en estas delicadas costumbres.

Es hermoso que la Fe antigua tienda su mano amiga a la nueva Fe nacida de su mismo tronco.

Sentaos a mi lado hasta que llegue la hora de ponerse a la mesa.

Habla el patriarcal Jonatán, mientras el joven levita mira a todas las partes, con curiosidad; 

asombrado, con cierta timidez y como si fuera un pez fuera del agua.

Tiene la suerte de que Esteban viene en su ayuda y le trae, uno tras otro, a los apóstoles y discípulos principales.

El viejo sacerdote, acariciándose la barba de nieve,

dice:

–        Cuando Juan vino a mí… 

Precisamente a mí su maestro, a que viera que estaba curado, sentí ganas de conocerte.

Pero Maestro, ya casi no salgo de mi recinto. Soy viejo…

De todas formas, tenía esperanza de verte antes de morir.

Yeohveh ha escuchado mi deseo.

¡Loado sea! Hoy te he oído en el Templo.

Superas a Hil.lel, el anciano, el sabio.

No quiero -es más, no puedo- dudar de que Eres lo que mi corazón espera.

¿Sabes lo que significa beber durante ochenta años esta fe de Israel, como es ahora,

tras siglos de… elaboración humana?

Se ha hecho sangre nuestra. ¡Y soy tan viejo!…

Oírte a ti es como oír el agua que brota de manantial fresco.

¡Sí, agua virgen!

Y yo… estoy harto de esta agua cansada que viene de muy lejos y está cargada de muchas cosas

 ¿Cómo librarme de esta hartura para saborearte a Ti?  

Jesús responde: 

–         Creyendo en Mí y amándome.

No es necesario nada más para el justo Jonathán.

–         Pero si voy a morir pronto!

¿Me va a dar tiempo a creer en todo lo que dices?

Ni siquiera tendré tiempo para seguir todas tus palabras.

O para conocerlas por boca de otros.

¡Entonces!…   

–         Las aprenderás en el Cielo.

Sólo el réprobo muere a la Sabiduría

Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría.

¿Qué crees que soy Yo?

–          Sólo puedes ser el Esperado;

que ha sido precedido por el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Lo conociste?

–         Era pariente mío.

–        ¡Oh!

¿Eres pariente del Bautista?

–        Sí, sacerdote.

–        Ha muerto…

Y no puedo decir: “¡Desdichado!”.

Porque ha muerto fiel a la justicia, tras haber cumplido su misión, y porque…

¡Oh, qué tiempos más atroces vivimos

¿No sería mejor volver a Abraham?

–        Sí. Pero vendrán tiempos aún más atroces, sacerdote.

–       ¿Tú crees? ¿Roma, no?

–        No sólo Roma.

Israel, con su culpabilidad, será la primera causa.

–        Es verdad.

Dios nos castiga.

Lo merecemos.

Pero también Roma…

Habrás oído lo de los galileos asesinados por Pilatos mientras consumaban un sacrificio.

Su sangre se unió a la de la víctima. ¡Hasta el mismo altar!

¡Hasta el mismo altar!

–         Sí, lo he oído.

–        Todos los galileos se alborotan por este atropello.

Gritan: «Es verdad que era un falso Mesías.

¿Pero por qué ha tenido que matar a sus seguidores después de haber descargado su mano sobre él?

¿Y por qué en ese momento?

¿Es que quizás eran más pecadores?

Jesús impone paz y dice:

–        ¿Os preguntáis si éstos eran más pecadores que muchos otros galileos,

y si ha sido éste el motivo de su muerte?

No, no lo eran

En verdad os digo que han pagado.

Y que muchos otros pagarán, si no os convertís al Señor.

Si no hacéis todos penitencia, pereceréis todos igualmente, en Galilea y en otros lugares.

Dios está enojado con su pueblo.

Os lo digo.

No se crea que son siempre los peores los que sufren el daño.

Que cada uno se examine a sí mismo, se juzgue a sí mismo, y no a otros.

También esos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató

no eran los más pecadores de Jerusalén.

Os lo digo.: Haced penitencia,

Haced penitencia si no queréis morir aplastados como ellos incluso en el espíritu.

Ven, sacerdote de Israel.

La mesa está preparada.

Te toca a ti, porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que representa

y recuerda, te toca a ti, patriarca entre todos nosotros más jóvenes,

ofrecer y bendecir.

–          ¡No, Maestro!

¡No! ¡No puedo delante de Ti!

¡Tú eres el Hijo de Dios!

–        ¡Tú ofreces el incienso ante el altar!

¿No crees que allí esté Dios?

–         ¡Sí que lo creo!

¡Con todas mis fuerzas!

–        ¿Entonces?

Si no vacilas en ofrecer dones ante la Gloria santísima del Altísimo,

¿Por qué quieres temblar ante la Misericordia, que se ha vestido de carne,

para traerte también a ti la bendición de Dios antes de que te alcance la noche?

¡Oh, no sabéis los de Israel que he corrido sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne

precisamente para que el hombre pueda  aproximarse a Dios sin morir por ello!

Ven y cree, y sé feliz.

En ti venero a todos los sacerdotes santos, desde Aarón hasta el último sacerdote justo de Israel;

quizás hasta ti;

porque, verdaderamente, la santidad sacerdotal languidece entre nosotros como planta sin asistencia…..