298 EL MERCADER


298 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Después de una fértil llanura, seguida por un largo tramo allende el Jordán,

y es hermoso caminar en esta estación serena y dulce de un morir de Octubre,

Hacen un alto en un pueblecillo acurrucado a los pies de las primeras pendientes,

de una respetable cadena montañosa

pues alguna de sus cimas puede tomar el verdadero nombre de montaña.

Más adelante se encuentran una caravana grande y rica que va custodiada

por hombres altos y morenos, que van muy bien armados.

Y se agregan a ella.

Atraviesan la llanura del otro lado del Jordán y cuando abrevan sus animales en un estanque,

Jesús platica con el rico mercader que la conduce.

y se entera de que van a pasar por las ciudades por las que Él también pasará.

Como sabe que los ladrones se la pensarán bien antes de asaltarlos,

decide ir con él, para que las mujeres vayan más seguras.

El mercader le pregunta:

–       ¿Eres el Mesías?

Jesús le contesta:

–       Sí.

–        Me llamo Alejandro Mixsace.

Hace días estuve en el Templo; en el Patio de los Gentiles y te oí.

Yo te protegeré y Tú me protegerás.

Llevo un cargamento de mucho valor.

Nos detendremos en el siguiente poblado.

Me alegro de haberte encontrado, porque he perdido de vista a Dios.

–         Porque tienes por dioses el comercio, el dinero, la vida…

Y Dios es el que te concede estas cosas.

¿Por qué entraste al Templo?

–        Por curiosidad.

Fui a hacer algunos negocios, vi a un grupo de personas que te veneraban.

Y recordé lo que había oído de Ti en Ascalón, de un fabricante de tapetes.

Pregunté quién eras y te seguí.

Como ya terminaron de abrevar los animales, avisan al mercader que ya están listos,

El hombre da algunas órdenes y se ponen en camino.

Jesús organiza su comitiva a la zaga de su larga caravana

rica de cuadrúpedos y de hombres bien armados, con los que ha hablado antes,

mientras daban de beber a sus animales en los pilones de la plaza.

Son, en su mayor parte, hombres altos y muy morenos, ya de apariencia asiática.

Montado en un fortísimo mulo, está el jefe de la caravana, armado hasta los dientes,

más otras armas que penden de la silla.

Y no obstante, se ha mostrado muy deferente con Jesús.

Los apóstoles preguntan a Jesús:

–        ¿Quién es?

–        Un rico mercader de allende el Eufrates.

Le he preguntado a dónde iba, y ha sido amable.

Pasa por la ciudad por la que tengo intención de pasar Yo.

Es una cosa providencial por estos montes, llevando mujeres con nosotros.

–        ¿Temes algo?

–        Como robos nada, porque no tenemos nada.

Pero sería ya suficiente el miedo para las mujeres.

Un puñado de ladrones no asalta jamás a una caravana tan fuerte.

Y podrá sernos útil también para conocer los pasos mejores y superar los difíciles.

Me ha preguntado: “¿Eres el Mesías?”,

Y habiendo sabido que sí, ha dicho: “Estaba en el patio de los Paganos, hace días.

Y más que verte, porque soy pequeño, te he escuchado.

Bien, yo te protejo a ti y Tú me proteges a mí.

Llevo una cargamento de mucho valor”.

–        ¿Es prosélito?

–        No creo.

Pero quizás procede de nuestro pueblo.

La caravana se mueve despacio;

como si no quisiera agotar las fuerzas de los cuadrúpedos marchando mucho.

Por eso es fácil seguir su ritmo.

Es más, a menudo es necesario pararse,

porque los acemileros hacen pasar a los animales cargados de uno en uno,

llevándolos del cabestro en los puntos difíciles.

A pesar de que sea montaña propiamente dicha, la zona es muy fértil y está bien cultivada.

Quizás los montes situados al nordeste, que van siendo más altos, protegen de las corrientes

frías del norte o de las perjudiciales del este, y esto favorece los cultivos.

La caravana sigue el curso de un torrente que ciertamente vierte en el Jordán,

bien nutrido de aguas que descienden desde la cima.

La vista es bella, cada vez más bella a medida que se va subiendo:

se extiende hacia occidente por la llanura del Jordán.

Y, más allá de la llanura, presenta los graciosos perfiles de los collados y montes

de la Judea del Norte.

A oriente y a septentrión es una continua variación de panoramas,

ora paisajes abiertos a lejanías, anchurosos.

Ora paisajes que ofrecen a la mirada un encabalgarse de lomas y picos verdes,

o rocosos, que parecen cerrar el camino cual improviso muro laberíntico.

Acercase el sol a su ocaso tras los montes de Judea,

arrebolando intensamente el cielo y las pendientes;

cuando el rico mercader, que se había detenido dejando pasar a la caravana,

dice a Jesús:

–        Hay que llegar al pueblo antes de que anochezca.

Pero muchos de los tuyos parecen cansados.

Este trayecto es duro.

Diles que monten en los mulitos de reserva.

Son animales tranquilos.

Tendrán toda la noche para descansar.

Y además no es fatiga llevar el peso de una mujer.

Jesús acepta.

El hombre da orden de pararse para que puedan montar en los animales las mujeres.

Jesús dispone que también monte a caballo Juan de Endor.

Los que van a pie -también Jesús – cogen los ramales para hacer más segura la marcha a las mujeres.

Margziam quiere comportarse como un hombre y aunque esté derrengado,

no quiere de ninguna manera subir a la montura con nadie;

antes al contrario, coge él también un ramal del mulito de María Santísima,

que queda así entre Jesús y el niño que camina valeroso.

E1 mercader se ha quedado al lado de Jesús,

y dice a María:

–       ¿Ves, Mujer, aquel pueblo?

Es Ramot. Nos detendremos allí.

Me conocen en la posada porque recorro este camino dos veces al año;

mientras que otras dos veces voy por la costa, para vender o comprar.

Mi vida… dura vida.

Pero tengo doce hijos y muy pequeños.

Me he casado tarde.

A uno lo he dejado con nueve días.

Ahora me lo encontraré ya con los primeros dientes.  

María comenta:

–       Una bonita familia…

«Que el Cielo te la conserve.

–        Efectivamente.

No me quejo de su ayuda, a pesar de que me la merezca muy poco.

Jesús pregunta:

–        ¿Eres al menos prosélito?

–        Debería serlo…

Mis antepasados eran verdaderos israelitas.

Luego… nos aclimatamos allí…

–        El alma se aclimata a un solo ambiente, el del Cielo.

–       Tienes razón.

Pero, ya sabes…

Mi bisabuelo se casó con una que no era de Israel.

Sus hijos fueron menos fieles…

Los hijos de sus hijos se casaron a su vez con nuevas mujeres que no eran de Israel… 

Y dieron hijos que sólo mantenían el respeto hacia el nombre judío;

porque, como origen, somos judíos.

Ahora yo, nieto de nietos… ya nada.

Estando en contacto con todos, he cogido de todos, para terminar por no ser de ninguno.

–        No es buena razón esto que me dices.

Te lo voy a demostrar.

Si tú, yendo por este camino, que sabes que es bueno,

te encontraras con cinco o seis personas, las cuales te dijeran:

“¡No, hombre, no, ve por allí!”, “Vuelve para atrás”, “Párate”,

“Ve hacia oriente”, “Tuerce a occidente”

 ¿Qué dirías?

–        Diría: “Sé que éste es el camino más corto y atinado. No lo dejo”.

–      Otro ejemplo:

Si tuvieras que concluir un trato y conocieras el método adecuado para llevarlo a cabo…

¿Prestarías oídos a quienes por mera petulancia o por astucia calculada,

te aconsejasen en otra línea?

–        No.

Seguiría aquello que mi experiencia me señala como mejor.

–        Muy bien.

Tú, originario de Israel, tienes a tus espaldas milenios de fe.

No eres ni un estúpido ni un inculto.

¿Por qué, entonces, absorbes lo que te viene de los contactos con todos en materia de fe,

mientras que sabes rechazarlo en materia de dinero o de seguridad de caminos?

¿No te parece esto deshonroso incluso humanamente?

Postergar a Dios al dinero y al camino…

–        No pospongo a Dios.

Lo he perdido de vista…

–        Porque tienes como dioses el comercio, el dinero, la vida.

Y sin embargo es Dios, es Él, quien te permite tener estas cosas..

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