Archivos diarios: 20/07/21

301 FUNDACIÓN DEL REINO


301 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

¡Creía El que no lo conocían!

Cuando al día siguiente por la mañana pone pie fuera del edificio de uso de Alejandro,

encuentra ya personas que lo están esperando.

Jesús sale sólo con los apóstoles.

Las mujeres y los discípulos se quedan en casa, descansando.

La gente lo saluda y lo rodea.

Le dicen que lo conocen por lo que de Él dijo uno que había sido curado de los demonios

y que ahora no está porque se había puesto en camino con dos discípulos que habían pasado

por la ciudad unos días antes.

Jesús escucha benignamente todas estas cosas, mientras anda por esta ciudad,

que muestra muchas zonas sobre las que se abate, febril, un verdadero fragor de talleres:

albañiles construyendo; cavadores rebajando o colmando desniveles; canteros desbastando

piedras para las murallas; herreros trabajando el hierro para este o aquel uso;

carpinteros serrando, cepillando, sacando palos de gruesos troncos.

Jesús pasa y mira, cruza un puente construido para salvar un pequeño torrente cantarín

que pasa exactamente por el centro de la ciudad.

 Las casas aquí están alineadas a ambos lados;

con pretensiones de formar una avenida a lo largo del río.

Luego hacia la parte alta de la ciudad, cuyo plano está un poco en desnivel,

siendo así que el lado sudoeste es más alto que el lado nordeste,

pero ambos están más altos que el centro de la ciudad,

dividido en dos por el  pequeño curso de agua.

Hay una vista bonita desde el sitio en que se ha detenido Jesús

Toda la ciudad, bastante grande, se muestra al  observador.

Detrás, por los lados de oriente, meridión y occidente, hay una herradura de suaves colinas

enteramente verdes.

Hacia el norte la mirada se extiende por una llanura abierta y vasta, que en el horizonte muestra

una elevación del terreno, tan ligera que no puede llamarse colina, toda dorada de un sol

matutino que pone preciosas las pámpanas amarillentas de las vides que cubren esta

ondulación del terreno, como queriendo mitigar la melancolía de las hojas que agonizan

con el fasto de una pincelada de oro.

Jesús observa.

La gente de Gerasa lo mira.

Jesús se los conquista diciendo:

–         Esta ciudad es muy bonita.

Hacedla bonita también en justicia y santidad.

Dios os ha dado las colinas, el arroyo, la verde llanura.

Roma os ayuda ahora a haceros casas y edificios bellos.

Pero depende solamente de vosotros el dar a vuestra ciudad el nombre de ciudad santa y justa.

La ciudad es como la hacen sus habitantes.

Porque la ciudad es una parte de la sociedad recintada dentro de sus murallas;

pero quien hace la ciudad son los ciudadanos.

La ciudad en sí misma no peca.

No puede pecar el arroyo, ni el puente ni las casas ni las torres; son materia, no alma.

Pero sí pueden pecar los que están dentro del recinto amurallado de la ciudad, en las casas,

en las tiendas, los que pasan por el puente, los que se bañan en el arroyo.

Se dice de una ciudad facciosa y cruel:

“Es una ciudad pésima”.

Pero está mal dicho.

No es la ciudad, los que son pésimos son los ciudadanos.

Los individuos, que forman, uniéndose, una cosa múltiple, pero al mismo tiempo una cosa

individual, que se llama “ciudad”.

Escuchad.

Si en una ciudad diez mil habitantes son buenos y sólo mil no lo son,

¿Podría decirse que esa ciudad es mala? No se podría decir.

De la misma forma: si en una ciudad de diez mil habitantes hay muchos partidos

y cada uno de ellos tiende a beneficiar al propio,

¿Se puede seguir diciendo que esa ciudad está unida?

No se puede decir.

¿Y creéis que esa ciudad será próspera? No lo será.

Vosotros, habitantes de Gerasa, estáis ahora todos unidos con el propósito de hacer de vuestra

ciudad una cosa grande.

lo lograréis, porque todos queréis lo mismo

y cada uno trata de superar al otro en conseguir este fin.

Pero si mañana entre vosotros surgieran partidos distintos y uno dijera:

“No, mejor es extenderse hacia el occidente”,

y otro partido:

“De ninguna manera.

Nos extenderemos hacia el norte, que está la llanura”,

Y un tercero: “Ni hacia aquí ni hacia allá. Todos queremos estar concentrados en el centro,

cerca del arroyo”,

¿Qué sucedería?

Pues que se pararían los trabajos ya empezados;

quienes prestan los capitales los retirarían, quienes tienen intención de establecerse aquí

se marcharían a otra ciudad en que los ciudadanos estuviesen más de acuerdo.

Y lo ya hecho, expuesto a las inclemencias del tiempo sin estar ultimado por causa de las

diatribas de los ciudadanos, se derrumbaría. ¿Es así o no?

Decís que es así, y es como decís.

Por tanto, hace falta concordia entre los ciudadanos para construir el bien de la ciudad,

y, como consecuencia, de los propios ciudadanos, porque en la sociedad el bien de ella redunda

en bienestar de quienes la componen.

Ahora bien, no sólo existe la sociedad cual vosotros la pensáis, la sociedad de los ciudadanos,

de los miembros de la misma patria; o la pequeña y amada sociedad de la familia.

Existe una sociedad más grande, infinita: la de los espíritus.

Todos nosotros, que vivimos, tenemos un alma.

Esta alma no muere con el cuerpo, sino que a la muerte del cuerpo sigue 

viviendo, eternamente.

Idea del Creador Dios, que ha dado al hombre el alma;

era que todas las almas de los hombres se reunieran en un único lugar: el Cielo,

constituyendo el Reino de los Cielos, cuyo monarca es Dios y cuyos súbditos bienaventurados

serían los hombres tras una vida santa y una plácida dormición.

Satanás vino a dividir y a crear desorden, a destruir y a afligir a Dios y a los espíritus.

E introdujo el pecado en los corazones, y, con el pecado, acarreó la muerte al cuerpo al final de

la existencia, con la esperanza de dar muerte también a los espíritus.

La muerte de los espíritus es la condenación, que es un seguir existiendo, sí,

pero con una existencia privada de aquello que es verdadera vida y júbilo eterno:

de la visión beatífica de Dios y de su eterna posesión en las luces eternas.

Y la Humanidad se dividió en sus voluntades,

como una ciudad dividida por partidos contrarios.

Actuando así, encontró su ruina.

En otro sitio ya lo he dicho a quien me acusaba de expulsar a los demonios,

con la ayuda de Belcebú: “Todo reino dividido en sí mismo caerá”.

En efecto, si Satanás se echara a sí mismo de un lugar, caería con su tenebroso reino.

Yo, por el amor que Dios tiene a la Humanidad que ha creado,

he venido a recordar que sólo un Reino es santo: el de los Cielos.

Y he venido a predicarlo, para que los mejores acudan a él.

¡Oh, quisiera que todos lo hicieran, incluso los peores, convirtiéndose,

liberándose del demonio, que los tiene esclavizados, ora de forma evidente en el caso de las

posesiones que además de ser espirituales son corporales,

ora secretamente en el caso de las posesiones sólo espirituales!

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

Por ello voy curando a los enfermos, arrojando demonios de los cuerpos poseídos,

convirtiendo a los pecadores, perdonando en nombre del Señor,

instruyendo para el Reino, obrando milagros para persuadiros de mi poder

y de que Dios está conmigo.

Porque no se pueden obrar milagros sin tener a Dios por amigo.

Por tanto, si arrojo a los demonios con el dedo de Dios, si curo a los enfermos,

limpio a los leprosos, convierto a los pecadores, si anuncio el Reino y lo propongo como meta

en nombre de Dios e instruyo para el Reino; si la condescendencia, clara e indiscutible, de Dios

está conmigo y solamente los enemigos desleales pueden decir lo contrario-, señal es de que

el Reino de Dios está ya entre vosotros y debe ser constituido,

porque ésta es la hora de su fundación.

¿Cómo se funda el Reino de Dios en el mundo y en los corazones?

Volviendo a la Ley mosaica o, si se ignora, con su conocimiento exacto. 

Y sobre todo, con la aplicación total de la Ley en uno mismo, en cada uno de los hechos y momentos de la vida.

300 EL MÁS ALLÁ…


300 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Con la luz un poco cruda de una mañana bastante ventosa, la singularidad de este pueblo

que yace sobre una plataforma rocosa elevada en medio de una corona de picos,

unos más altos, otros más bajos que él, se muestra en toda su peculiar belleza.

Parece una gran bandeja de granito que tuviese encima casas de distintos tamaños,

puentes y fuentes, para diversión de un niño gigante.

Las casas parecen labradas en la roca calcárea que constituye la materia base de esta zona.

Edificadas a escuadra, a base de superposición de sillares, algunos sin revoque,

algunos ni siquiera desbastados, parecen realmente casitas del pueblo de un Nacimiento

construido con hexaedros por un gigantesco niño ingenioso.

Y todo alrededor de este poblado se contempla su fértil campiña poblada de árboles

y variados cultivos, que hacen que desde arriba parezca una alfombra de geometría:

cuadrados, trapecios, triángulos: unos, pardos de tierra poco antes arada;

otros, verde esmeralda por la hierba renacida con las lluvias de otoño;

otros, rojeantes por las últimas hojas de vides y árboles frutales;

otros, verde-grises por los chopos y sauces.

O de un verde lustroso por las encinas y algarrobos,

o verde-bronce por los cipreses y coníferas.

¡Muy bonito, verdaderamente muy bonito!

Y caminos que van, como cintas a partir de un nudo, del pueblo a la lejana llanura,

o hacia montes incluso más elevados;

y se hunden bajo los bosques;

o separan con una marca cenicienta el color verde de los prados,

el pardo de los campos arados.

Hay un risueño curso de agua:

allende el pueblo en la dirección de su nacimiento,

argénteo; de un azul esfumado tendente al color del jaspe, por el lado opuesto,

en el descenso hacia el valle entre angosturas y suaves cuestas;

que aparece  o desaparece, juguetón,  cada vez más caudaloso,

cada vez más azul a medida que, aumentando sus aguas,

va impidiendo a las cañas de su fondo

y a las hierbas nacidas en su lecho durante los meses secos,

teñirlo de verde, para reflejar, antes al contrario, el cielo, sepultados ahora los leves tallos

bajo una capa de aguas ya profundas.

El cielo es de un azul irreal: una preciosa lastra de esmalte azul intenso,

sin siquiera una veta impura en su estupenda totalidad.

Y la caravana reanuda así su marcha, con las mujeres todavía a caballo,

porque, como dice el mercader, el camino es penoso allende el pueblo… 

Y deben recorrerlo pronto para llegar a Gerasa esa noche.

Arrebozados, ligeros por haber descansado, van a buen ritmo por el camino que sube

entre un estupendo boscaje, rozando las pendientes más altas de un monte solitario

que se eleva como un enorme bloque por encima de los dorsos de los otros montes más bajos:

un verdadero gigante como los que pueden verse en los puntos más altos de nuestros Apeninos.

El mercader, que se ha quedado al lado de Jesús, conduciendo todavía del ramal,

al mulito de María. 

Señalando hacia un punto específico, 

dice: 

–        Galaad   

Y añade:

«        Después de esto el camino es mejor.

¿Habías estado alguna vez aquí?».

Jesús responde:    

–        Nunca.

Quería recorrerlo en primavera.

Pero en Galgala no me aceptaron.

–         ¿Rechazarte a Ti?

¡Qué error!

Jesús lo mira y calla.

El mercader ha subido a la silla de su caballería a Margziam, que realmente penaba con sus

piernitas cortas, para seguir el paso ágil de los caballos.

¡Bien sabe Pedro si es ágil!

Pues él camina deprisa y con fatiga, con toda su energía

imitado por los otros, pero aún así, bastante distanciado de la caravana.

Suda, pero está contento porque oye que Margziam ríe.

Y ve que la Virgen va descansada

y el Señor alegre.

Habla, resoplando, con Mateo y su hermano Andrés, que son los que van en la cola como él.

Y los hace reír diciendo que si en vez de piernas tuviera alas, esa mañana se sentiría dichoso.

Se ha desembarazado de todos los pesos, como los otros, atando los talegos a las sillas de las mujeres;

pero el camino es verdaderamente tremendo, por piedras resbaladizas a causa del rocío.

Los dos Santiagos, junto con Juan y Tadeo se las apañan mejor y logran mantener el paso

al lado de las mulas de las mujeres.

Simón Zelote habla con Juan de Endor.

Timoneo y Hermasteo cooperan en guiar a los mulitos.

De esta manera avanzan por el camino, hasta llegar al lugar que señalara Alejandro.

Por fin la parte peor queda atrás.

Un escenario completamente distinto se abre ante los ojos asombrados.

El valle del Jordán ha dejado de verse definitivamente.

Ahora la mirada se extiende hacia el oriente, por un altiplano de dimensiones imponentes,

en el que sólo una encrespadura de cerros apenas quiere elevarse

para interrumpir la monotonía del paisaje.

No habría imaginado nunca que pudiera existir en Palestina una cosa como ésta.

Parece como si la tempestad rocosa de los montes se hubiera petrificado y calmado,

en una ingente onda que hubiera quedado suspendida entre el nivel del fondo y el cielo. 

Y en la que el único recuerdo de su furia originaria, al extenderse el agua de la onda

por una superficie plana de una magnificencia maravillosa,

fueran esas encrespaduras de cerros. 

Con la espuma de las crestas solidificada acá o allá.

A esta zona de paz se accede a través de la última garganta, bravía como el abismo

entre dos golpes de mar que se embisten;

los dos últimos golpes de una marejada;

en su fondo hay un nuevo torrente espumeante que corre de este a oeste,

por un atormentado y furioso camino entre rocas y cascadas,

tan en contraste con la paz lejana del enorme altiplano.

Misace dice: 

–        A partir de ahora el camino será bueno.

Si me lo permites, doy la orden de que se paren. 

Jesús responde: 

–        Me dejo guiar por ti, hombre.

Tú conoces esto.

Se apean todos y se diseminan por la ladera en busca de leña para asar los alimentos,

agua para los pies cansados y para las gargantas sedientas.

Los animales, librados de su carga, rozan la abundante hierba y bajan a abrevarse

en las cristalinas aguas del torrente.

Olor de resinas y carne asada emanan de las pequeñas hogueras, que se yerguen

para asar los corderos. 

Los apóstoles se han preparado su fuego y están calentando en él pescado salado,

previo lavado en el agua fresca del torrente.

Pero el mercader lo ve y viene con un corderito despellejado -quizás es un cabritillo-

y obliga a aceptar.

Pedro se dispone a asarlo, después de llenarlo bien lleno de poleo fresco.

La comida pronto está terminada y pronto consumida.

Y bajo el sol cenital del mediodía se reanuda la marcha por un camino mejor,

que sigue el curso del torrente en dirección nordeste, en una zona de maravillosa fertilidad

y muy bien cultivada, rica en ovejas y en manadas de cerdos,

los cuales, al encontrarse la caravana, huyen gruñendo.

El mercader señala: 

–        Aquella ciudad fortificada es Gerasa, Señor.

Una ciudad con un gran porvenir.

Ahora se está formando.

No creo que me equivoque si digo que pronto competirá con Joppe y Ascalón,

con Tiro y muchas otras ciudades, en belleza, comercio y riqueza.

Los romanos ven la importancia que tiene, situada en esta vía que viene desde el mar Rojo,

por tanto desde Egipto…

Y pasando por Damasco, va hasta el mar Póntico

Así que ayudan a los gerasenos a construir…

Tienen vista y buen olfato.

Por ahora sólo tiene mucho comercio, ¡Pero más adelante!…

¡Será bonita y rica!

Una pequeña Roma, con templos, piscinas, circos y termas.

Yo sólo tenía en esta ciudad relaciones comerciales.

Pero ahora he comprado ya mucho terreno, para abrir bazares,

o venderlo a alto precio dentro de poco,

o quizás para construir una casa de verdadero señor y venir a pasar mi vejez cuando Baltasar, 

 Nabor, Félix y Sidmia puedan, respectivamente, tener y llevar adelante los bazares de Sinopo,

Tiro, Joppe y Alejandría en la  desembocadura del Nilo.

Mientras tanto, crecerán mis otros tres hijos varones y les daré los bazares de Gerasa, Ascalón,

y quizás Jerusalén.

Las mujeres, ricas y guapas, recibirán propuestas, se casarán bien y me darán muchos nietos…

El mercader sueña con los ojos abiertos el más rosa y áureo futuro.

Jesús pregunta sereno:

–        ¿Y luego?

El mercader torna en sí, lo mira perplejo,

y dice:

–       ¿Y luego?

Nada más.

Luego vendrá la muerte…

Es triste, pero es así.

–        ¿Y dejarás todas las actividades, todos los bazares, todos los sentimientos de afecto?

–        ¡Señor, no quisiera, pero de la misma forma que he nacido debo morir…

y tengo que dejar todo!

Y suelta un suspiro tan profundo, que sería capaz de hacer avanzar sólo con su viento a la caravana…

Jesús pregunta: 

–        ¿Pero quién te ha dicho que cuando uno muere deja todo?

–       ¿Quién?

¡Los hechos!

Una vez que uno está muerto…

No hay nada más.

Ya no tenemos manos, ni ojos, ni orejas…

–         No eres sólo manos, ojos y orejas.

–        Soy un hombre.

Eso lo sé.

Tengo otras cosas.

Pero todas terminan con la muerte.

Es como el ocaso del sol.

El ocaso lo anula…

–        Pero la aurora lo crea otra vez,

o, mejor, lo hace presente de nuevo.

Eres un hombre, eso has dicho; no eres un animal como el que cabalgas.

Él, cuando muera, sí acabará realmente.

Tú no. Tú tienes el alma.

¿No lo sabes?

¿Ya no sabes ni siquiera esto?

El mercader percibe la triste reprensión;

triste y dulce,

e, inclinando la cabeza, susurra:

–         Eso lo sé todavía…

–        ¿Y entonces?

¿No sabes que el alma sigue viviendo?

–        Lo sé.

-¿Y entonces?

¿No sabes que en el más allá tiene siempre una actividad?:

santa si es santa, mala si es mala.

Tiene sus sentimientos

¡Claro que los tiene!:

de amor, si es santa; de odio, si es réproba

¿Odio, a quién? a las causas de su condena.

En tu caso las actividades, los bazares, los afectos exclusivamente humanos.

¿Amor, a quién?

A las mismas cosas.

En la muerte física, el ESPÍRITU vuelve a Dios, el CUERPO regresa al polvo y el ALMA va al CIELO o al INFIERNO.

¡Ah, qué bendiciones para los hijos y para las actividades de los hijos puede dar un alma

que vive la paz del Señor!

El hombre está pensativo.

Luego dice:

–         Es tarde. Soy viejo ya – y detiene al mulo.

Jesús sonríe y responde:

–        No te obligo, te aconsejo.

Y luego se vuelve para mirar a los apóstoles, los cuales, en la pausa que precede a la entrada

en la ciudad, ayudan a las mujeres a bajar de las cabalgaduras y cogen sus talegos.

La caravana reemprende la marcha y pronto entra en la ciudad.

-que está muy concurrida- por la puerta que custodian

las torres.

El mercader se acerca otra vez a Jesús:

Y le pregunta: 

–        ¿Quieres seguir conmigo todavía?

–         Si no me rechazas… 

¿Por qué no voy a querer?

–         Por lo que te he dicho.

Siendo Santo como eres, debo darte asco.

–         ¡Oh! ¡no!

He venido para los que son como tú.

Os amo porque sois los más necesitados.

No me conoces todavía.

Soy el Amor que pasa mendigando amor.

–        ¿Entonces no me odias?

–         Te amo.

Los ojos profundos del hombre brillan;

pero sonríe y dice:

–         Entonces estaremos juntos.

En Gerasa estaré tres días por negocios.

Aquí dejo los mulos y tomo los camellos.

Tengo la posta de las caravanas en los lugares de las etapas mayores.

Y uno de mis servidores cuida los animales que dejo en estos lugares.

¿Tú qué vas a hacer?

–        El sábado evangelizaré.

Te habría dejado si no te hubieras detenido, porque el sábado está consagrado al Señor.

El hombre frunce la frente, piensa…

Y, como con dificultad, asiente:

-..        Sí…

Es verdad.

Está consagrado al Dios de Israel.

Está consagrado. Está consagrado – Mira a Jesús…

Y añade: 

       Si me lo permites, te lo voy a consagrar.»

Jesús lo corrige: 

–       A Dios. No a su Siervo.

–       A Dios y a Ti, escuchándote.

Haré los negocios entre hoy y mañana por la mañana.

Luego te escucharé.

¿Vienes a la posada ahora?

–         ¡Por fuerza!

Tengo a las mujeres y aquí soy un desconocido.

–        Ahí está.

Es la mía.

Es mía porque están mis caballerizas de un año para otro.

Pero dispongo de vastas salas para las mercancías.

Si piensas…

–        Dios te lo pague.

Vamos.