309 LOS PRECEPTOS DE SATANÁS


309 IMITAR A JESUS ES EL QUE SALVA

En el patio de la posada de Fara en Bosrá, Jesús continúa su enseñanza:

¡Exulta, pueblo de la Auranítida!

Exulta en la alegría de conocer.

Verdaderamente también de ti se habla, y de tus  pueblos limítrofes,

cuando canta el Profeta que vuestros camellos y dromedarios

se apiñarán por los caminos de Neftalí y Zabulón,

para llevar adoración al verdadero Dios y para ser sus siervos en la santa y dulce Ley

que sólo impone la observancia de los Diez Preceptos del Señor,

a cambio de paternidad divina y bienaventuranza eterna:

amar al verdadero Dios con la totalidad de uno mismo,

amar al prójimo como a uno mismo, respetar los sábados sin profanarlos

honrar a los padres, no matar, no robar, no cometer adulterio,

no ser falso en los testimonios, no desear la mujer ni las cosas de los demás.

Bienaventurados vosotros si, viniendo desde más lejos,

superáis a los que estaban en la Casa del Señor.. 

Doblemente Bienaventurados vosotros…

Si, viniendo desde más lejos, superando todos los obstáculos, buscando la Verdad;

superáis a los que estaban en la Casa del Señor.. 

Y que la han dejado,

aguijoneados por los Diez Preceptos de Satanás:

El desamor a Dios, el amor a uno mismo, la corrupción del culto, la dureza con los padres,

el deseo homicida, el afán de hurtar la santidad ajena, la fornicación con Satanás,

los falsos testimonios,

la envidia por la Naturaleza y Misión del Verbo,

el horrendo pecado que fermenta y va madurando en el fondo de los corazones;

de demasiados corazones.

Exultad, vosotros los sedientos, los hambrientos, los afligidos!

¿Erais los repudiados, los proscritos, los despreciados, los extranjeros?

¡Venid! ¡Exultad! Ahora ya no.

Yo os doy casa, bienes, paternidad, patria.

Os doy el Cielo.

¡Seguidme, porque soy el Salvador!

¡Seguidme, porque soy el Redentor!

¡Seguidme, pues soy la Vida!

¡Seguidme, pues Soy Aquel a quien el Padre no niega gracias!

¡Exultad en mi amor! ¡Exultad!

Para que veáis -vosotros que me habéis buscado con vuestros dolores,

que habéis creído en Mí antes de conocerMe,

que os amo, para que este día sea de verdadera exultación,

Oro así:

“¡Padre, Padre santo!

¡Sobre todas las heridas, las enfermedades, las llagas de los cuerpos, las angustias,

los tormentos, los remordimientos de los corazones,

sobre todas las fes que están naciendo, sobre las que vacilan,

sobre las que se fortalecen, DESCIENDA, descienda; 

descienda salud, gracia, paz!

¡Paz en mi Nombre!

¡Gracia en tu Nombre!

¡Salud por nuestro recíproco amor!

¡Bendice, oh Padre santísimo

¡Recoge y funde en un solo rebaño a estos tus hijos e hijos míos dispersos!

¡Haz que donde esté Yo estén ellos, una sola cosa contigo,

Padre santo, contigo, conmigo y con el divinísimo Espíritu!

Jesús, con los brazos abiertos en forma de cruz, las palmas elevadas hacia el cielo,

el rostro alzado, su voz sonando aguda e intensa como una trompeta de plata,

ha hablado arrolladoramente…

Ahora se queda así, en silencio, durante unos minutos.

Luego sus ojos de zafiro dejan de mirar al cielo para mirar al vasto patio lleno de gente,

que suspira emocionada y vibra de esperanza;

las manos se juntan extendiéndose levemente hacia delante,

y, con una sonrisa que le transfigura,

lanza su último grito:

–         ¡Exultad, vosotros que creéis y esperáis!

¡Pueblo que sufre, yérguete!

¡Y ama al Señor Dios tuyo!

Simultánea y globalmente, se produce la curación de todos los enfermos:

Un clamor de trino y trueno, de gritos y voces, se eleva para ensalzar al Salvador.

Desde el fondo del patio, todavía arrastrando la sábana que la cubría,

una mujer  se abre paso entre la  muchedumbre,

para caer a los pies del Señor.

El clamor de la gente se hace distinto, de terror al reconocerla: 

–         ¡María, la leprosa, la mujer de Joaquín

Y huyen en todas las direcciones.  

Jesús, en tono tranquilizador,

declara:

–        ¡No temáis!

Está curada.

El contacto con ella ya no os puede hacer ningún daño.

Y luego dice a la mujer que está prosternada:

–       «Levántate, mujer.

Tu gran esperanza te ha premiado…

Y te merece el perdón de haber conculcado la prudencia que debías guardar con los hermanos.

Vuelve a tu casa después de las purificaciones por la curación

La mujer, joven y  bella

llora mientras se pone de pie.

Jesús la muestra a la gente, que se acerca un poco, admira el milagro…

Y expresa con gritos su maravilla:

Alguien explica:

–        El marido la adoraba.

Le había construido un refugio en el extremo de sus tierras; 

y todas las tardes iba y llorando, le  daba comida…

–        Había enfermado por su piedad…

Atendiendo a un mendigo que no había dicho que era leproso.

–        Pero, ¿Cómo ha venido María, la buena?

–        Con esa camilla.

¿Cómo no hemos pensado que eran dos servidores de Joaquín?

–        Se han arriesgado a que los lapidaran.

–        ¡Su ama!

La quieren, sabe hacerse querer más que a uno mismo…

Jesús hace un gesto y todos guardan silencio, 

cuando dice:

–        Habéis visto que el amor y la bondad provocan el milagro y la alegría.

Sabed ser buenos, pues.

Puedes marcharte, mujer.

Nadie te hará ningún mal.

Paz a ti y a tu casa.

La mujer sale seguida por los servidores,

que han prendido fuego a la camilla en medio del patio;

detrás de ella, mucha gente

Jesús, después de escuchar a alguno, despide a la multitud.

Y se retira a casa seguido de los que estaban con Él.

–      ¡Qué palabras, Maestro!

–        ¡Qué transfigurado estabas!

–        ¡Qué voz!

–        ¡Y qué milagros!

–        ¿Has visto cuándo han desaparecido los fariseos?

–        Se han marchado…

Reptando como dos lagartos después de las primeras palabras.

–        Los de Bosrá y de todos estos pueblos tienen de Tí un recuerdo espléndido…

Jesús pregunta:

–        Madre, ¿Y tú qué dices? 

María responde:

–        Te bendigo, Hijo.

Por mí y por ellos.

–        Y tu bendición me acompañará hasta que nos volvamos a reunir.

–        ¿Por qué dices eso, Señor?

¿Es que las mujeres nos dejan?

–        Sí, Simón.

Mañana, con los primeros albores, Alejandro parte para Aera.

Iremos con él hasta el camino de Arbela, luego lo dejaremos…

Con dolor, créeme, Alejandro Misax, tú que has sido un amable guía del Peregrino.

Te recordaré siempre, Alejandro…

La emoción se transparenta en el hombre maduro.

Está saludando con los brazos cruzados, con gran reverencia, a la manera oriental,

un poco inclinado, frente a Jesús.

Mas, al oír estas palabras,

dice:

–       Sobre todo, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.

–        ¿Lo deseas, Misax?

–        Sí, mi Señor.

–        Yo también deseo una cosa de ti.

–        ¿Cuál, Señor?

Si puedo, te la daré; aunque fuera la cosa más valiosa que poseo.

–        Es la más valiosa.

Quiero tu alma.

Ven a Mí.

Al principio del viaje te dije que esperaba ofrecerte un don al final.

El don es la Fe. ¿Crees en mí, Misax?

–        Creo, Señor.

–        Entonces santifica tu alma;

para que la Fe no signifique para ti un don que no sólo sería ineficaz sino incluso perjudicial.

–        Mi alma es vieja.

Pero me esforzaré en hacerla nueva.

Señor, soy un viejo pecador.

Pero, absuélveme y bendíceme para que desde ahora empiece una vida nueva.

Llevaré conmigo tu bendición como la mejor ayuda en mi camino hacia tu Reino…

¿No nos vamos a volver a ver, Señor?

–        Nunca más en esta tierra.

Pero tendrás noticias mías y tu fe aumentará, porque no te dejaré sin evangelización.

Adiós, Misax.

Mañana tendremos poco tiempo para saludarnos.

Saludémonos ahora, antes de comer juntos por última vez.

Lo abraza y lo besa.

También lo hacen los apóstoles y los discípulos;

mientras que las mujeres saludan con un único saludo.

Pero Misax se arrodilla casi delante de María,

diciendo:

–        Tu luz de pura Estrella de la Mañana, resplandezca en mi pensamiento hasta la muerte.

María dice:   

–        Hasta la Vida, Alejandro.

Ama a mi Hijo y me amarás a mí, y yo te amaré.

Simón Pedro pregunta:

–        ¿Pero de Arbela vamos a ir a Aera?

Tengo miedo de que nos coja el mal tiempo. Mucha niebla…

Hace tres días que baja al alba y al atardecer…

Alejandro Mixace explica:

–        Porque aquí hemos descendido.

¿No te parece que hemos bajado mucho?

De todas formas es así.

A partir de mañana subirás hacia los montes de la Decápolis y ya no tendrás nieblas

–        ¿Hemos bajado?

¿Cuándo? Era camino llano…

–        Sí, pero en continua bajada.

¡Tan suave que no se advierte!

¡Pero por millas y millas!…

–        ¿Cuánto tiempo estaremos en Arbela?

Jesús dice resueltamente:

–        Tú, Santiago y Judas, ni siquiera una hora. 

–        ¿Yo… Santiago y Judas… ni siquiera una hora?

¿Y a dónde voy, si no estoy con todos vosotros?

–        A otro lugar.

Hasta las tierras que custodia Cusa.

Acompañarás con los otros a mi Madre y a las mujeres hasta allí.

Luego seguirán solas con los servidores de Juana.

Y vosotros volveréis y os reuniréis conmigo en Aera.  

Pedro se lamenta:

–        ¡Oh, Señor!

¡Me castigas porque estás enojado conmigo!…

¡Cuánto dolor me causas, Señor!

–        Se siente castigado quien tiene conciencia de culpa, Simón.

Esta conciencia de culpa y no el castigo en sí mismo, debe  producir dolor.

Pero no creo que sea un castigo el acompañar a mi Madre y a las discípulas en el camino de regreso.

–        ¿Pero no sería mejor que vinieras Tú también con nosotros?

Deja Aera y estos lugares…  y ven con nosotros.

–        He prometido que iría e iré.

–        Pues entonces voy también yo.

–        Tú obedece como hacen mis hermanos sin protestar.

–        ¿Y si encuentras fariseos?

–        Ciertamente no eres tú el más indicado para convertirlos.

Pero precisamente porque los voy a encontrar,

es por lo que quiero que tú, con Santiago y Judas Tadeo, os separéis antes de Arbela

con las mujeres, con Juan de Endor y Margziam.

–        ¡Ah!…

¡Entiendo! Bien.

Jesús se vuelve hacia las mujeres y las bendice, una a una,

dándoles a cada una consejos apropiados.

Magdalena, al agacharse a besar los pies de su Salvador,

pregunta:

–        ¿Te voy a ver antes de volver a Betania?».

–        Sin duda, María.

Para Etanim estaré en el lago.

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