311 LIBRO DE ESDRAS Y NEHEMÍAS


311 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Con la primera persona a la que se dirigen, preguntándole por Felipe de Jacob,

se dan cuenta de lo mucho que ha trabajado el joven discípulo.

La persona consultada, una viejecita llena de arrugas, que con fatiga transporta un cántaro lleno de agua,

mirando fijamente con sus ojitos hundidos por la edad al hermoso rostro de Juan,

que le ha hecho la pregunta sonriendo y precediéndola con un «La paz sea contigo»

tan dulce que la anciana ha quedado conquistada,

pregunta:

–        ¿Eres el Mesías?  

Juan responde:

–         No.

Soy su apóstol. Él viene allí.

La anciana deja en el suelo su cántaro y dirige sus pasos, renqueando, al punto indicado;;

cuando llega, se arrodilla ante Jesús.

Juan, que está con Simón frente al cántaro, que casi se ha volcado;

derramándose la mitad de su contenido,

sonríe mientras dice a su compañero:

–        Creo que es mejor que tomemos este cántaro y vayamos donde la anciana.

Toma el cántaro y se encamina, mientras,

añade: 

–       Sí.

Nos servirá para beber, porque todos tenemos sed.

Y llegando donde la viejecita, que arrodillada y no sabiendo exactamente qué decir,

repite una y otra vez:

–       «¡Bonito, santo Hijo…

De la Madre más santa!»,

Mientras bebiéndose con sus ojos la figura de Jesús;

Quien, a su vez, le sonríe, repitiendo también:

«        Levántate, madre.

¡Pero mujer, levántate!

Juan le dice:

–        Hemos cogido tu cántaro, que casi se había volcado.

Hay poca agua.

Pero, si nos lo permites, bebemos esta agua y luego te lo llenamos.

La anciana replica:

–        Sí, hijos, sí.

Lo que siento es tener solamente agua para vosotros.

Leche, como cuando alimentaba a mi Judas, querría tener en mi pecho,

para daros lo más dulce que hay en la tierra:

la leche de una madre; vino querría tener, del más selecto, para  daros fuerzas..

Pero Mariana de Eliseo es vieja y pobre…

Jesús responde:

–        Tu agua, madre, es para Mí vino y leche, porque la ofreces con amor.

Y bebe, Él el primero, del cántaro que Juan le ha acercado.

Luego beben los demás.

La anciana se ha levantado por fin.

Y ahora los mira como miraría al Paraíso;

pero al ver que han bebido todos y ahora van a tirar el agua que queda…

Y ya hacen ademán de ir a la fuente que gorgotea en el fondo de la calle,

la anciana se interpone defendiendo el cántaro,

y dice:

–        No, no.

Esta agua de la que ha bebido Él es más santa que el agua lustral.

La conservaré con esmero para que me purifiquen con ella cuando muera.

Y, aferrando su cántaro, dice:

–        Me lo llevo a casa.

Tengo otros.

Ya llenaré ésos.

Antes ven, Santo, que te enseño la casa de Felipe.

Y va dando trotecillos, ligera, toda encorvada, risueños su rostro rugoso y sus ojos avivados por la alegría.  

Teniendo cogido el borde del manto de Jesús con sus dedos,

como temiendo que se le pueda escapar.

Y defendiendo su cántaro de las insistencias de los apóstoles; que quisieran que no llevase ese peso;

Va dando trotecillos muy dichosa, mirando la calle y las casas de Arbela

(desierta la primera, cerradas éstas, en el atardecer)

Con la mirada de un conquistador feliz de su victoria.

Por fin, al pasar de esta calle secundaria a otra más céntrica, en que hay gente que se apresura a llegar a casa.

Y la gente la observa con asombro, señalándosela unos a otros y preguntándole…

Ella espera a que se forme alrededor un corro de gente,

y grita:

–         ¡Tengo conmigo al Mesías de Felipe!

Corred a decirlo por todas partes; primero a la casa de Jacob.

Que estén preparados para glorificar al Santo.

Grita hasta desgañitarse.

Sabe hacerse obedecer.

Le ha llegado, pobre ancianita lugareña, sola y desconocida, la hora de mandar.

Y ve a toda una ciudad revolucionada por su imperativo.

Jesús, mucho más alto que ella, le sonríe cuando de vez en cuando, ella lo mira;

y le pone una mano en su cabeza senil,

con una caricia de hijo que la hace desmayarse de felicidad.

La casa de Jacob está en una calle céntrica.

Abierta de par en par e iluminada, muestra tras el portal una larga entrada, en que hay

movimiento de gente con lámparas,

personas que, en cuanto Jesús aparece en la calle, corre afuera

el joven discípulo Felipe, luego su madre y su padre, parientes, domésticos y amigos.

Jesús se detiene y responde con majestuosidad al reverente saludo de Jacob,

luego se agacha hacia la madre de Felipe…

La cual, de rodillas, lo está venerando y la hace ponerse de pie, la bendice,

y le dice:

–        Sé siempre feliz por tu fe.

Luego saluda al discípulo y al otro que ha venido con él.

La anciana Mariana, a pesar de todo, no suelta el borde del manto, ni su puesto al lado de Jesús,

hasta que están ya para poner pie en el atrio.

Entonces gime:

–        ¡Una bendición para que yo sea feliz!

Ahora Tú estarás aquí… yo voy a mi pobre casa y…

¡Todo lo bonito se acabó!

¡Cuánta nostalgia en esa voz senil!

Jacob, al que su mujer le ha hablado en voz baja,

dice:

–        No, Mariana de Eliseo.

Quédate tú también en mi casa, como si fueras una discípula.

Quédate el tiempo que el Maestro esté con nosotros, y sé feliz así.

Jesús dice:

–        Dios te bendiga, hombre.

Tú comprendes la caridad.

–        Maestro…

Ella te ha traído a mi casa.

Tú me has concedido gracia y caridad.

No hago sino restituir, y, en todo caso, míseramente, lo mucho que de Ti y de ella he recibido.

Entra. Entrad.

Quisiera que encontrarais acogedora mi casa.

La multitud, afuera, en la calle, los ve entrar,

y grita:

–        ¿Y nosotros?

Queremos oír su palabra.

Jesús se vuelve:

–        Es ya de noche.

Estáis cansados.

Preparad vuestra alma con un santo descanso.

Mañana oiréis la Voz de Dios.

Por ahora, os acompañen la paz y la bendición.  

Y el portal se cierra, cubriendo con ello la felicidad de esta casa.

Santiago de Zebedeo, mientras se purifican del viaje;

hace esta observación al Señor:

–        Quizás hubiera sido mejor hablar inmediatamente y partir al alba.

Los fariseos están en la ciudad.

Me lo ha dicho Felipe.

Te van a crear conflictos.

–        Los que habrían tenido conflictos con ellos están lejos.

Los problemas que me puedan causar no tienen importancia.

El amor anulará…    

Es la mañana del día siguiente…

La salida, alegre, entre los familiares de Felipe y los apóstoles.

La ancianita va detrás.

La cita con los de Arbela, que esperan pacientemente.

El camino hacia la plaza principal,

donde Jesús empieza a hablar.

Se lee en el capítulo octavo del segundo de Esdras esto que ahora os repito aquí: “Llegado el séptimo mes…”

(Jesús me dice: “No escribas más. Repito íntegramente las palabras del libro“).

(Las palabras del libro son las de Nehemías 8, porque el primero y el segundo libro de Esdras reciben, respectivamente, en los nuevos títulos de los libros de la Biblia,

los nombres de libro de Esdras y libro de Nehemías)

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