Archivos diarios: 12/08/21

320 LA MANO EN EL ARADO


320 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Agua, agua, agua…

Los apóstoles, poco satisfechos de ir bajo la lluvia;

insinúan a Jesús que si no sería mejor buscar refugio en Nazaret, que no está lejos…

Y Pedro dice: 

–       Luego podríamos reanudar la marcha con el niño…

El «no» de Jesús es tan seco, que ninguno se atreve a insistir.

Jesús va delante, completamente solo…

Los otros van detrás, mohínos, en dos grupos.

Luego Pedro, no sabiendo resistir más, se acerca a Jesús.

Un poco apesadumbrado,

le pregunta:

–        Maestro, ¿Me aceptas aquí?

–       Siempre me eres grato, Simón. Ven.

Pedro se tranquiliza.

Camina con paso forzado al lado de Jesús,

que con sus largos pasos recorre mucho camino fácilmente.

Al poco rato dice:

–        Maestro…

¡Qué bonito sería si hubiéramos traído con nosotros al niño para la fiesta…!

Jesús no responde.

Pedro insiste:

–        Maestro, ¿Por qué no me das esta satisfacción?

–        Simón, te estás arriesgando a que te quite el niño.

–        ¡No!

¡Señor! ¿Por qué?

Pedro está aterrorizado por la amenaza y desolado.

–        Porque no quiero que estés atado a nada.

Te lo dije cuando te concedí a Margziam.

Tú, sin embargo, te estás encallando en este afecto.

–        No es pecado amar.

Y amar a Margziam…

Tú también lo quieres…

–        Pero este amor no me impide darme enteramente a mi misión.

¿No tienes presentes mis palabras sobre los afectos humanos?,

¿Mis consejos – tan claros que son órdenes – acerca de quien quiere poner la mano en el arado?

¿Te estás cansando, Simón de Jonás, de ser heroicamente mi discípulo?

Con voz ronca de llanto,

Pedro responde:

–        No, Señor.

Tengo presente todo y no estoy cansado.

Me da la impresión de que sea lo contrario…

Que Tú estés cansado de mí, del pobre Simón que ha dejado todo por seguirte…

–        Que ha hallado todo siguiéndome, querrás decir.

–        No… Sí…

Maestro… Yo soy un pobre hombre…

–        Lo sé.

Precisamente por eso te labro.

Para hacer del pobre hombre un hombre.

Y de éste un santo, mi Apóstol, mi Piedra.

Soy duro para hacerte duro.

No quiero que seas blando como este fango, sino un bloque escuadrado, perfecto:

la Piedra de base.

¿No comprendes que esto es amor?

¿No recuerdas lo que dice el Sabio?

Dice que quien ama es severo.

¡Pero compréndeme, hombre!

¡Compréndeme tú, al menos!

¿No ves cómo estoy agobiado;

desolado por tantas incomprensiones, por demasiadas simulaciones, por la mucha indiferencia,

y por las aún más numerosas desilusiones?

–        ¿Te sientes… te sientes así, Maestro?

¡Oh! ¡Divina Misericordia!

¡Y yo sin darme cuenta!

¡Pero qué animal soy!…

Pero, ¿Desde cuándo?

¡Por causa de quién?

Dímelo…

–        No se gana nada con decírtelo.

No podrías hacer nada.

Ni siquiera Yo puedo hacer nada…

–       ¿No podría hacer absolutamente nada para aliviarte?

–        Ya te lo he dicho:

comprender que mi severidad es amor.

Ver el amor en todo acto mío respecto a ti.

–        Sí, sí.

Ya no hablo más.

¡Mi amado Maestro! Ya no hablo más.

Perdona a este completo animal que soy.

Dame una prueba de que realmente me perdonas…

–        ¡La prueba!

Verdaderamente debería bastarte mi sí.

De todas formas te doy la prueba.

Mira: no puedo ir a Nazaret, porque en Nazaret están Juan de Endor y Síntica,

además de Margziam, y no se debe saber.

–        ¡¿Ni siquiera nosotros?!

¿Por qué?…

¡Ah! ¡¿Maestro?!

¡¿Maestro?!

¿Desconfías de alguno de nosotros?

–        La prudencia enseña que cuando se debe guardar secreto de una cosa,

demasiado es que dos la sepan.

Se puede hacer daño también con una palabra dicha a la ligera.

Y no todos ni siempre sois reflexivos.

–        Es verdad…

No lo soy tampoco yo.

Pero cuando quiero sé callar.

Y en este caso callaré.

¡Sin duda callaré!

¡Dejaré de ser Simón de Jonás si no sé callar!

Gracias, Maestro, por tu estima.

Esto sí que es una gran prueba de amor…

¿Entonces ahora vamos a Tariquea?

–      Sí.

Luego a Mágdala con las barcas.

Tengo que retirar el oro de las joyas…

–        ¡Ves como sé guardar silencio!

¡No le he dicho nada a Judas, eh!

Jesús no comenta la interrupción.

Continúa:

-Una vez que haya retirado el oro, os dejo a todos libres hasta el día de las Encenias.

Si necesito a alguno de vosotros, os llamo para que vayáis a Nazaret.

Los judíos, excepto Simón Zelote, acompañarán a las hermanas de Lázaro y a sus criadas,

más Elisa de Betsur, a la casa de Betania.

Luego irán para las Encenias a sus casas.

Me bastará con que estén de regreso para el final de Sabat;

entonces reanudaremos la marcha.

Esto lo sabes sólo tú, ¿Verdad, Simón Pedro?

–        Lo sé yo sólo.

Pero… de todas formas, tendrás que decirlo…

–        Lo diré en su momento.

Ahora regresa con los compañeros y estáte seguro de mi amor.

Pedro obedece contento.

Y Jesús se vuelve a ensimismar en sus pensamientos.