324 PÉRDIDA Y DUELO


324 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús sale de casa llevando al niño de la mano.

No entran en el centro de Nazaret;

al contrario, salen del centro por la misma calle recorrida por Jesús la primera vez que dejó

su casa para la vida pública;

llegados a las primeros árboles de olivos, dejan la vía principal para seguir senderos

que van por entre los árboles;

en busca del sol templado que ha seguido a días de temporal.

Jesús invita al niño a correr y a saltar.

Pero Margziam responde:

–        Prefiero estar a tu lado.

Ya soy grande y soy un discípulo.

Jesús sonríe por esta…

competente profesión de edad y dignidad.

Verdaderamente, es un muy pequeño discípulo, el que camina a su lado:

nadie le echaría más de diez años.

Pero nadie puede negar que sea un discípulo y menos de todos Jesús, que

se limita a decir:

–       «Pero te vas a aburrir estando callado mientras Yo hago oración.

Te traía conmigo con intención de que te divirtieras.

No podría divertirme estos días…

Pero estar a tu lado me consuela mucho…

Te he añorado mucho durante este tiempo…

porque… porque…

El niño aprieta los labios temblorosos y no dice nada más.

Jesús le pone una mano en la cabeza,

y dice:

–        Quien cree en mi palabra, no debe estar triste como los que no creen.

Yo digo la verdad siempre.

Digo la verdad también cuando aseguro que no hay separación, entre las almas de los justos

que están en el seno de Abraham y las de los justos que están en la tierra.

Yo soy la Resurrección y la Vida, Margziam.

Y transmito la Vida incluso antes de cumplir mi misión.

Siempre me has dicho que tus padres anhelaban la venida del Mesías y le pedían a Dios

vivir mucho para verlo.

Porque creían en Mí.} y se han dormido en esta fe.

Por lo tanto ya están salvados por ella, ya han resucitado y viven por ella.

Porque esta fe da vida dando sed de justicia.

Piensa tú cuántas veces habrán resistido a las tentaciones, para ser dignos de encontrar al Salvador…

–        Pero han muerto sin haberte visto, Señor..

. Y han muerto de esa forma…

Yo vi sacar de la tierra a todos los muertos del pueblo ¿Sabes?…

A mi mamá, a mi padre… a mis hermanitos…

¿Qué me importa si para consolarme me decían: “Los tuyos no están así. No han sufrido”?

¡Oh, que no han sufrido!…

¿Acaso eran plumas las rocas que les cayeron encima?

¿Era aire la tierra y el agua que los ahogó?

¿Su razón acaso no habrá sufrido sintiéndose morir, pensando en mí?…

El niño está muy nervioso por el dolor.

Gesticula vivamente erguido frente a Jesús, casi agresivo…

Pero Jesús comprende ese dolor, esa necesidad de expresarlo…

Y lo deja hablar.

Jesús no es de esos que a quien delira por un verdadero dolor le dice:

«Calla, que me escandalizas».

El niño prosigue:

–        ¿Y después?

¿Qué sucedió después?

¡Ya sabes lo que sucedió después!

Si no hubieras venido Tú, me habría convertido en una fiera.

O habría muerto como una serpiente en el bosque.

Y no habría vuelto a reunirme con mi mamá, con mi padre, con mis hermanos,

porque odiaba a Doras y…

Y ya no amaba a Dios como antes cuando estaba mi mamá, que me quería y que me  hacía amar al prójimo.

Sentía casi odio por los pájaros, que se llenaban el buche, que tenían plumas calientes,

que rehacían sus nidos…

yo, que tenía hambre, que llevaba una túnica rota, que ya no tenía casa…

Los alejaba de mí…

Yo, que siento amor por los pájaros,;

por la ira que me venía al compararme con ellos.

Y luego lloraba porque sentía que había sido malo y que merecía el Infierno…

–        ¡Ah! ¿Te arrepentías, entonces, de ser malo?

–        Sí, Señor.

¿Pero, cómo podía ser bueno?

Mi anciano padre (el abuelo) era bueno.

Pero él decía: “Dentro de poco terminará todo. Soy viejo…”

¡Pero yo no era viejo!

¿Cuántos años, antes de poder trabajar como un hombre y no comer como un perro callejero?

Si no hubieras venido Tú, habría acabado siendo un maleante.

–        No habrías acabado maleante, porque tu mamá oraba por ti.

¿Ves como vine y te tomé conmigo?

Esto es prueba de que Dios te amaba y de que tu madre velaba por ti.

El niño guarda silencio, pensando.

Mira tanto al suelo que pisa, que parece como si buscara luz en él, mientras va caminando 

al lado de Jesús, por la hierba un poco requemada a causa de viento boreal,

muy helado de los días anteriores.

Luego levanta la cabeza,

y pregunta:

–        ¿Pero no habría sido una prueba más bonita,

si no hubiera llamado de este mundo a mi mamá?

Jesús sonríe por la lógica humana de la mente infantil.

Pero explica, serio y bueno:

–        Mira, Margziam.

Para que comprendas, te voy a poner una comparación.

Tú me has dicho que te gustan los pajaritos,

¿No es verdad?

Escúchame ahora.

¿Los pajaritos están hechos para volar o para estar en una jaula?

–        Para volar.

–       Bien.

¿Y las mamás de los pajaritos cómo los alimentan cuando son pequeños?

–        Les dan la comida en el pico.

–       Sí.

¿Pero qué les dan?

–       Semillas, moscas, larvas, migas de pan o trocitos de fruta que se encuentran, volando por ahí.

–       Muy bien.

Ahora escúchame.

Si esta primavera encontraras un nido en el suelo, con las crías dentro y la madre encima,

¿Qué harías?

–       Lo levantaría.

–       ¿Todo?

¿Así como está?

¿También con la madre?

–       Todo.

Porque es demasiado triste ser una cría y no tener mamá.

–      Verdaderamente en el Deuteronomio está escrito, que se tomen sólo a las crías

y se deje libre a la madre, sagrada para generar.

–       Pero si es una buena mamá no se marcha.

Corre a donde están sus polluelos.

La mía habría hecho eso.

Ni siquiera a Ti me habría entregado para siempre, porque todavía soy un niño.

Venir también ella conmigo no habría podido, porque mis hermanitos eran todavía más

pequeños que yo.

Así que no me habría dejado que me fuera.

–        Está bien.

Pero, escucha: según tú,

¿Demostrarías más amor a esa madre de los pajaritos y a los propios polluelos,

teniendo la jaula abierta para que entrara y saliera con el alimento apropiado;

o teniendo prisionera también a la madre?

–       ¡Hombre!…

Le demostraría más amor dejándola entrar y salir hasta que sus pequeñuelos fueran grandes…

y le demostraría todo el amor si, quedándome con ellos, una vez que fueran grandes,

la dejase libre a ella, porque el pájaro está hecho para volar…

Verdaderamente… para ser bueno completamente…

debería dejar que se marcharan también los polluelos ya crecidos y devolverlos al estado libre…

Sería el más auténtico amor que podría demostrarles…

Y el más justo…

¡Ah, sí! El más justo, porque obrando así no haría sino permitir que se cumpliera cuanto Dios

ha querido para los pájaros…

–       ¡Exactamente, Margziam!

¿Has hablado verdaderamente como un sabio!

¡Serás un gran maestro de tu Señor, y quien te escuche te creerá,

porque hablarás como persona sabia!

–       ¿Sí, Jesús?

La carita, antes inquieta y triste, luego sombría por la reflexión, concentrada en el esfuerzo de

juzgar lo mejor, se tranquiliza y resplandece de alegría laudatoria.

–       Sí, Margziam.

Ahora observa esto:

tú, sólo porque eres un niño excelente, juzgas así.

Imagínate cómo juzgará Dios, que es Perfección en todo, respecto a las almas y su bien.

Las almas, son como pájaros que la carne aprisiona en su jaula.

La tierra es el lugar al que son conducidas con la jaula.

Pero aspiran ardientemente a la libertad del Cielo, anhelan el Sol que es Dios,

el Alimento justo para ellas, que es la contemplación de Dios.

Ningún amor humano, ni siquiera el santo amor de la madre por sus hijos o de los hijos por su

madre, es tan fuerte como para ahogar este deseo de las almas de reunirse con su Origen,

que es Dios.

Como tampoco Dios, por su perfecto amor hacia nosotros, encuentra razón alguna que sea tan

fuerte como para superar su deseo de reunirse con el alma que lo desea.

¿Y entonces qué sucede?

Algunas veces la ama tanto que le dice: “¡Ven! Te libero”.

Y lo dice aunque haya niños en torno a una madre.

El ve todo, sabe todo, todo lo que hace lo hace bien.

Cuando libera a un alma, podrá no parecerles así a los hombres con su intelecto relativo, pero es así;

cuando libera a un alma, siempre lo hace por un bien mayor, de esa propia alma y de sus allegados.

Él entonces -ya te lo he dicho otras veces – añade al ministerio del ángel custodio

el ministerio de esa alma que ha llamado a Sí, y que ama a sus allegados con un amor exento

de lastres humanos, pues los ama en Dios.

Cuando libera a un alma;

Él mismo se encarga de sustituirla a ella, en los cuidados hacia los que siguen en la tierra.

¿No lo ha hecho contigo acaso?

¿No ha hecho de ti, pequeño hijo de Israel, mi discípulo, mi sacerdote del mañana?

–       Sí, Señor.

–       Ahora, fíjate.

Yo liberaré a tu madre y no tendrá necesidad de tus sufragios.

Pero tú, si ella hubiera muerto después de la Redención y hubiera necesitado sufragios,

habrías podido sufragarla como sacerdote.

Fíjate: sólo habrías podido gastar en ofrendas a un sacerdote del Templo, para que se llevase

a cabo un sacrificio por ella, de víctimas como corderos o palomas u otro producto de la tierra;

esto si hubieras seguido siendo el pequeño labriego Yabés junto a tu madre.

¡Sin embargo, tú, Margziam, sacerdote de Cristo, podrías celebrar para ella directamente el

Sacrificio verdadero de la Víctima perfecta, en cuyo Nombre todo perdón es concedido!

–       ¿Y ya no lo voy a poder hacer?

–       No por tu padre, tu madre y tus hermanitos;

pero lo podrás hacer por amigos y discípulos tuyos. ¿No es hermoso todo esto?

–       Sí, Señor.

–       Volvamos, pues, a casa, sosegados.

–       Sí…

¡Pero no te he dejado hacer oración!…

Lo siento…

–       ¡Pero si hemos hecho oración, hombre!

Hemos considerado las verdades, hemos contemplado a Dios en sus bondades… 

esto es oración.

Has hecho oración como un verdadero adulto.

Animo, ahora!

Vamos a cantar un bonito salmo de alabanza por la alegría que tenemos.

Y entona: “Un bonito canto ha brotado de mi corazón…”.

Margziam une su voz de plata al bronce y oro de la de Jesús.

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