Archivos diarios: 2/09/21

336 VERDUGO PURIFICADOR


  1. 336 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe haber llovido toda la noche.

Pero con el alba ha venido un viento seco que ha repelido las nubes hacia el sur,

más allá de las colinas de Nazaret.

Por ello, un tímido sol invernal se atreve a asomarse y a encender con su rayo

un diamante en cada hoja de los olivos; mas es vestido de gala que pronto pierden,

porque el viento agita sus frondas y las desnuda…

Y parecen llorar esquirlas de diamante, que se desvanecen entre la hierba adornada,

en el camino lodoso.

Pedro, con la ayuda de Santiago y Andrés,

prepara carro y burro.

No se ve a los otros todavía.

Luego salen uno tras otro de una cocina, porque dicen a los tres que ya estaban fuera

–       Id ahora vosotros a tomar algo.

Y los tres entran, para salir poco después, esta vez con Jesús.  

Pedro explica:

–      He vuelto a poner la cubierta, por el viento.

Si estás decidido a ir a Yiftael, tendremos de frente el viento… y punza.

No comprendo por qué no nos vamos por el camino que va a Sicaminón,

luego el del litoral… Es más largo, pero menos escabroso.

¿Has oído lo que decía ese pastor al que he logrado tirar de la lengua?

Ha dicho: «Yotapata, durante los meses de invierno, queda aislada.

Sólo hay un camino para llegar a ella.

Y no se va con corderos, no…

No se debe llevar nada en las espaldas, porque hay pasos que se salvan

más con las manos que con los pies…

Y los corderos no pueden nadar…

Hay dos ríos, llenos muchas veces… 

Y hasta el propio camino es un torrente que corre por un fondo de rocas.

Yo voy allí después de los Tabernáculos, y en plena primavera.

Y vendo bien, porque entonces la gente se aprovisiona para meses».

Eso ha dicho…

Y nosotros… con este cacharro… (y da una patada a la rueda del carrito)…

y con este burro… ¡Mmmm!…

Jesús responde:

–        El camino que va de Sefori a Sicaminón era mejor.

Pero lo utiliza mucha gente…

Recuerda que conviene no dejar rastro de Juan…

Zelote observa:

–        El Maestro tiene razón.

Podríamos encontrar incluso a Isaac con otros discípulos… 

¡Y en Sicaminón ya no digamos!… 

Pedro acepta:

–        Pues nada… vamos…

Andrés dice:

–        Voy a llamar a esos dos… 

Y mientras Andrés hace esto, Jesús se despide de una anciana y de un niño,

que salen de un aprisco con unos cubos de leche.

Llegan también unos pastores, barbados.

Jesús les agradece la hospitalidad ofrecida en la noche de lluvia.

Juan y Síntica ya están en el carro, que ahora, guiado por Pedro, se dirige por el camino.

Jesús acelera el paso para seguirlo;

a su lado el Zelote y Mateo;

detrás de Él, Andrés, Santiago, Juan y los dos hijos de Alfeo.

El viento corta la cara e hincha los mantos.

La cobertura extendida sobre los arcos del carro, cruje como una vela;

a pesar de que la lluvia de la noche la haya hecho más pesada.

Mirándola. Pedro susurra:

–        ¡Bueno caramba, pues se secará pronto! –

¡Basta con que a este pobre hombre no se le sequen los pulmones!…

Espera, Simón de Jonás… Se hace así –

Y para el burro, se quita el manto, sube al carro y arropa muy bien a Juan.  

Qué le pregunta.

–       ¿Pero por qué?

Ya tengo el mío…

–        Porque yo, tirando del asno, tengo ya tanto calor,

como si estuviera en un horno de pan.

Y además estoy habituado a estar desnudo en la barca.

Y cuanto más tormenta más desnudo.

El frío es para mí, un acicate y me hace más ágil.

¡Vamos  arrópate bien!

María me ha dado en Nazaret tantas recomendaciones;

tantas, que, si te pones malo, no voy a poder presentarme a Ella jamás…

Baja del carro y agarra otra vez los ramales e incita al asno para que camine.

Pero pronto debe pedir ayuda a su hermano y a Santiago;

para ayudar al burro a salir de un sitio cenagoso en que se ha hundido la rueda.

Y así van, empujando por turnos el carro para facilitar la labor al burro,

que hinca sus robustas patas en el fango y tira – ¡pobre animal! -,

resoplando afanoso y espurreando ávido…

Porque Pedro lo estimula a caminar, ofreciéndole unos pedazos de pan

y unos trozos de manzana, que le concede sólo cuando hacen un alto en el camino.

Mateo que observa la maniobra,

le dice bromeando:

–        Eres un sinverguenza, Simón de Jonás.

–        No.

Aplico con dulzura al animal a su deber.

Si no hiciera esto, tendría que usar la tralla… y eso me duele.

Si no pego a la barca cuando hace caprichos, y es de madera,

¿Por qué debería pegar a éste, que es de carne?

Ahora mi barca es éste… está en el agua…

¡Vaya que si está en el agua!

Por tanto, lo trato como a la barca.

¡Yo no soy Doras, eh!

¿Sabéis que quería llamarlo Doras, antes de comprarlo?

Pero luego oí su nombre y me gustó.

Se lo he dejado…  

Los apóstoles preguntan curiosos:

–        ¿Cómo se llama? 

–        ¡Adivinad! – y Pedro se ríe bajo su barba.

Salen los más extraños nombres.

Y los de los más cafres fariseos o saduceos, etc. etc

Pero Pedro siempre menea su cabeza…

Se dan por vencidos.

–        ¡Se llama Antonio!

¿No es un nombre bonito?

¡Ese maldito romano!

¡Se ve que el griego que me lo vendió, también tenía sus resentimientos contra Antonio!

Todos ríen, mientras Juan de Endor,

explica:

–        Será uno de los que obtuvo la libertad previo pago de una talla,

después de la muerte de César.

¿Es viejo?

–        Tendrá setenta años…

Y debe haber hecho todos los tipos de trabajos…

Ahora tiene un hospedaje en Tiberíades…

Llegan al crucero de Sefori con el camino de Nazaret Tolemaida.

Nazaret-Sicaminón, Nazaret-Jotapata.

El hito consular tiene escritas las tres indicaciones de Tolemaida, Sicaminón y Yotapata.

Pedro pregunta:

–        ¿Entramos en Sefori, Maestro? 

–        Es inútil.

Vamos a Yiftael.  Sin detenernos.

Comeremos mientras andamos.

Es preciso estar allí antes de que anochezca.

Marchan y marchan, atravesando dos torrentillos bien cargados,

afrontando las primeras pendientes de un sistema de montes en dirección norte-sur,

pero que forman al norte un nudo escabroso, que luego se resuelve hacia el este. 

Jesús señala diciendo:

–        Allí está Yiftael  

Pedro observa:

–        No veo nada.

–        Está a septentrión.

Por la parte nuestra hay pendientes a pico, y lo mismo a oriente y a poniente.

–        De modo que hay que rodear todo aquel monte, ¿No?

–        No.

Hay un camino junto al monte más alto, al pie de él, en el valle

Acorta mucho, aunque es un camino muy empinado.

–        ¿Has estado allí alguna vez?

–        No. Pero lo sé.

¡Verdaderamente es un camino empinado!

Tanto que, llegados a él se sienten desfallecer: parece como si uno, de tanto como

se reduce la luz en el fondo de este valle,

tan horrendo y escarpado que hace pensar en las dantescas simas, del octavo círculo,

y descendiera veloz al encuentro de la noche.

Es un camino verdaderamente ahondado en el volumen rocoso;

tan lleno de desniveles, que está dispuesto casi en escalones;

un camino estrecho, agreste, encajado entre un torrente rabioso…

y una pendiente aún más rabiosa,

que continúa, con empinada subida, hacia el norte.

La luz aumenta a medida que se sube, pero, como contrapartida,

aumenta también el cansancio; tanto que aligeran de los talegos personales el carroy baja también Síntica para que el carrito vaya lo más ligero posible.

Juan de Endor, que después de aquellas pocas palabras no había vuelto a abrir la boca

sino para toser, querría bajarse también.

No se lo conceden, así que se queda donde estaba, mientras todos empujan el carro

y tiran del asno;

y sudan cada vez que hay un desnivel.

Pero ninguno se queja.

Al contrario, todos tratan de mostrarse satisfechos del ejercicio;

para no humillar a los dos por los que lo hacen…

(los cuales ya más de una vez han expresado su pesar por este esfuerzo).

El camino hace un ángulo recto, y luego otro ángulo, más corto,

que termina en una ciudad acomodada en lo alto de una ladera;

o tan empinada que, como dice Juan de Zebedeo, da la impresión

de que vaya a deslizarse hacia abajo con sus casas.

-Sin embargo, es muy sólida.

Todo un bloque con la roca.

Síntica recuerda y dice:

–        Como Ramot entonces…

Juan dice:

–        Más todavía.

Aquí la roca es parte de las casas, no sólo base de ellas.

Recuerda más a Gamala. ¿Os acordáis?  

Andrés replica:

–        Sí.

Y también de aquellos cerdos…  

Simón Zelote agrega:

–        De allí justamente partimos para Tariquea, el Tabor y Endor…

Juan de Endor, suspira, 

diciendo:

–        Estoy destinado a daros recuerdos penosos y grandes trabajos…

Judas de Alfeo. exclama impetuoso:  

–        ¡De ninguna manera!

Tú nos has dado una amistad fiel.

Nada más, amigo

Y todos se unen a él para confirmar más claramente.

–        De todas formas…

Alguno no me ha amado…

Ninguno me lo dice…

Pero yo sé meditar, sé reunir en un solo cuadro los hechos diseminados.

Esta partida, no, no estaba prevista… 

Y la decisión no es espontánea…  

Dulcemente afligido,

Jesús pregunta:

–        ¿Por qué hablas así, Juan?

–        Porque es verdad.

Alguno no me ha aceptado.

He sido elegido yo, no otros, ni siquiera los grandes discípulos, para ir lejos.

Santiago de Alfeo, entristecido por esta luz que viene a la mente del hombre de Endor.

pregunta:

–        ¿Y entonces Síntica? 

–        Síntica viene para no trasladarme a mí solo…

Para ocultarme compasivamente la verdad…

–        ¡No, Juan!…

–        Sí, Maestro.

Fíjate, podría hasta decirte el nombre de mi torturador.

¿Sabes dónde lo leo?

¡Me basta mirar a estas ocho personas buenas para leerlo!

¡Me basta reflexionar en la ausencia de los otros para leerlo!

El hombre por quien Tú me encontraste, es el mismo que quisiera que Belcebú me encontrara.

Y me ha conducido a este momento.

Y a ti también, Maestro;

porque Tú también sufres come yo, o quizás más que yo.

Y me ha conducido a este momento, para hacerme caer de nuevo en la desesperación.

Y en el odio.

Porque es malo, es cruel, es envidioso… y más cosas.

El alma oscura en medio de tus siervos luminosísimos, es Judas de Keriot…

–        No hables así, Juan.

No falta sólo él.

Todos, excepto el Zelote, que no tiene familia, faltaron durante las Encenias.

De Keriot, y menos aún en este período, no se viene en pocas etapas.

Son casi doscientas millas de camino.

Y era justo que fuera a casa de su madre, como Tomás.

También he prescindido de Nathanael, porque es anciano.

Y de Felipe, para que acompañara a Nathanael…

–        Sí.

Faltan otros tres.

Pero… ¡Oh, Jesús bueno!…

Tú conoces los corazones porque eres el Santo.

Pero no eres el único que los conoce

También los perversos conocen a los perversos;

porque se reconocen en ellos.

Yo fui perverso, y me he visto de nuevo, en mis peores instintos, en Judas.

De todas formas, lo perdono.

Solamente por una cosa le perdono, el que me mande a morir tan lejos:

porque precisamente por él vine a ti.

Y que Dios le perdone todo lo demás… todo lo demás.

Jesús no intenta rebatir… Calla.

Los apóstoles se miran unos a otros, mientras a fuerza de brazos empujan al carro,

por el camino resbaladizo.

Está ya cerca la noche cuando llegan a la ciudad.

Allí, desconocidos entre desconocidos, se alojan en una posada,

construida en el extremo sur del pueblo, el extremo sur:

un risco, cuya pared está tan cortada a pico y es tan profunda, que lanzar hacia abajo

la mirada por ella hace venir vértigo; mientras en el fondo

ruido, sólo ruido, en la sombra de pez que ya viste al valle, ruge un torrente.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

335 DOS VIDAS CONSAGRADAS


335 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y ya llegó la noche.

Otra noche de despedida para la casita de Nazaret y sus habitantes.

Otra cena durante la cual la pena quita las ganas de comer a las bocas

y pone taciturnas a las personas.

Están sentados a la mesa Jesús, Juan y Síntica, Pedro, Juan, Simón y Mateo.

Los demás no han podido:

¡Es tan pequeña la mesa de Nazaret!

¡Hecha realmente para una pequeña familia de justos, que, al máximo,

pueden invitar a sentarse al peregrino y al afligido,

para ofrecerles un alivio más de amor que de alimento!

Al máximo esta noche, se hubiera podido sentar a la mesa Margziam,

porque es un niño muy menudito, que ocupa poco sitio…

Pero Margziam, muy serio y silencioso, está comiendo en un rincón,

sentado en una banquetita, a los pies de Porfiria…

Para quien la Virgen ha reservado su silla del telar -,

que, sumisa y silenciosa, come la comida que le han dado,

mirando con ojos compasivos a los dos que están para partir.

Estos tratan de tragar sus bocados con la cabeza muy baja,

para esconder el rostro excoriado por las lágrimas.

Los dos hijos de Alfeo, Andrés y Santiago de Zebedeo;

se han instalado en la cocina, junto a una especie de hintero.

Pero se les ve por la puerta abierta.

La Virgen María y María de Alfeo van y vienen sirviendo a éstos y a aquéllos; 

maternales, acongojadas, tristes.

Y, si  María santísima acaricia con su sonrisa, muy dolorosa esta noche;

a aquellos a quienes se acerca; 

María de Alfeo, menos reservada y más campechana, une a la sonrisa el acto y la palabra,

Y más de una vez anima, añadiendo una caricia o incluso un beso,

según quién sea la persona favorecida, a éste o a aquél a nutrirse,

tomando los alimentos más apropiados para su físico y para el próximo viaje.

Tanto se aplica a convencer al exhausto Juan, que en estos días de espera

está aún más demacrado;

Para que coma esto o aquello, alabando su sabor y sus propiedades salutíferas,

que por amor compasivo hacia él, le daría de comer a sí misma.

Pero, a pesar de sus… seducciones, los alimentos se quedan casi intactos en el plato de Juan.

Y María de Alfeo se aflige por ello,

como una madre que ve que su lactante rechaza el pezón.  

Y exclama:

–       ¡Pero así no puedes partir, hijo!

Y movida por la maternidad de su alma, no reflexiona que Juan de Endor

tiene más o menos su edad y que el nombre de hijo, está mal dado.

Pero ella ve en él sólo una criatura que sufre…

Y por ello, no encuentra sino este nombre para consolarlo… –

       Te va a hacer daño viajar con el estómago vacío;

en esa carreta tambaleante con el frío húmedo de la noche.

Y, además, ¡A saber cómo comeréis durante este horrible y largo viaje!…

¡Eterna piedad! ¡Por mar tantas millas!

Yo me moriría de miedo.

Y costeando tierras fenicias. ¡Y luego!…

¡Peor todavía!

Claro, el patrón de la nave será filisteo, o fenicio.

O de alguna otra nación infernal…

Y no tendrá piedad con vosotros…

¡Vamos hijo, ahora que tienes todavía a tu lado a una madre que te quiere!…

Come: sólo un trocito de este pescado bonísimo…

Aunque sólo sea por contentar a Simón de Jonás, que lo ha preparado en Betsaida;

con mucho amor y hoy me ha enseñado a cocinarlo de esta manera, para ti…

Y para Jesús, para que os dé muchas fuerzas.

¿No te apetece realmente?…

Entonces… ¡Ah, esto si que te lo comerás!

Y va ligera hacia la cocina y vuelve con una bandeja repleta de un humeante preparado

Ciertamente un tipo de harina,  de granos cocidos en leche hasta deshacerlos:

«Mira, esto lo he hecho yo, porque me he acordado de que un día hablaste de ello

como de un dulce recuerdo le tu niñez…

Es rico y bueno. ¡Venga, un poco!».

Juan se deja meter en el plato alguna cucharada de este blando manjar,

y trata de tragarlo; pero las lágrimas descienden para mezclar su sal, con el alimento.

mientras pliega aún más su rostro hacia el plato.

Los otros reciben con muchos signos de alegría este alimento;, que es una golosina. 

Sus rostros se han iluminado al verlo. Margziam se ha puesto de pie…

.Pero luego ha sentido la necesidad de preguntarle a la Virgen María 

–        ¿Lo puedo comer?

Faltan todavía cinco días para el final del voto…  

María lo acaricia,

diciendo:

–       Sí, hijo mío.

Lo puedes comer.

Pero el niño vacila todavía.

Entonces María, para calmar los escrúpulos del pequeño discípulo,

consulta a su Hijo:

–       Jesús,

Margziam pregunta si puede comer la cebada monda…

por la miel, que hace que sea un plato dulce, ¿Sabes?…

Jesús responde:

–        Sí, sí, Margziam.

Esta noche te dispenso Yo de tu sacrificio;

a condición de que Juan se coma también su cebada con miel.  

Y mirando al viejo pedagogo,

agrega:

¿Ves cómo lo desea el niño?

Pues ayúdale a conseguir esto.

Y Jesús, que está al lado de Juan, le toma la mano y se la sujeta,

mientras éste se esfuerza, obediente, en terminar su cebada.

María de Alfeo ahora está más contenta.

Y vuelve al asalto con un buen plato de peras cocidas en el horno, humeantes.

Entra, del huerto, con su bandeja,

y dice:

–       Llueve.

Empieza ahora. ¡Qué pena!

Pedro, que en toda acción ve la vela y la navegación.,

dice:

–       ¡No, mujer, no!

¡Al revés!

¡Es mejor!

Así no habrá nadie por las calles.

Cuando uno se marcha, los saludos hacen siempre daño..

Mejor correr con el viento en la vela y sin encontrar bajos o escollos,

que le hagan detenerse a uno y moverse lentamente;  

y los curiosos son exactamente eso: bajos y escollos…  

Juan, tratando de rechazar la fruta,

dice:

–       Gracias, María.

Pero no como más.   

Pero María de Alfeo,

es implacable:

–       ¡Ah, esto no!

Las ha cocido María.

¿No querrás despreciar la comida hecha por ella?

¡Mira qué bien las ha preparado!

Con sus especias en el agujerito..

.Con su mantequilla en la parte baja…

Deben ser un manjar regio.

Almíbar. Para cocerlas tan doradas, se ha dorado también ella en el fuego del horno.

Vienen bien para la garganta, para la tos…

Dan calor y son medicinales.

Y volviéndose hacia su cuñada, agrega:

María dile cuánto bien le hacían a mi Alfeo cuando estaba enfermo.

Pero las quería hechas por ti. ¡Sí, claro!

¡Tus manos son santas y dan salud!…

¡Benditos los alimentos que preparas tú!…

Estaba más tranquilo mi Alfeo después de comer esas peras…

Respiraba con más suavidad…

¡Pobre marido mío!…

Y María aprovecha la oportunidad de la evocación, para poder por fin llorar.

Y salir a llorar.

Pues siendo mal pensados, sin la pena por los dos que parten, para el «pobre Alfeo»

no habría  habido ni una lágrima de la consorte, esa noche…

María de Alfeo estaba llena de llanto por Juan y Síntica,

También por Jesús, Santiago y Judas Tadeo, que se marchan;

tan llena, que abrió una salida al llanto para no ahogarse.

María toma su lugar ahora,

pone delicadamente una mano en el hombro de Síntica, que está frente a Jesús,

entre Simón y Mateo.

Y muy amorosa, dice:

–        ¡Vamos, ánimo, comed!

¿Queréis marcharos añadiendo a mi angustia, la de que os habéis marchado casi en ayunas?

Síntica levanta su cara cansada y signada por el llanto de varios días.

Y dice:

–        Yo he comido, Madre.Y luego la baja hacia el hombro en que está la mano de María.

Y roza la mejilla contra la mano menuda para recibir su ternura.

María le acaricia con la otra mano los cabellos,

y acerca hacia sí la cabeza de Síntica, cuya cara ahora está apoyada en el pecho de María.

La Madre insiste:

–       Come, Juan.

Te vendrá muy bien.

No te puedes enfriar.

Tú, Simón de Jonás, te encargarás de darle la leche caliente con miel, todas las noches

O, al menos, agua muy caliente con miel.

Acuérdate.

Síntica dice:

–        También yo me ocuparé de ello, Madre.

Puedes estar segura.

–       Efectivamente, estoy segura

Pero lo harás a partir de que te instales en Antioquía.

Por ahora se encargará Simón de Jonás.

Y acuérdate, Simón, de darle mucho aceite de oliva.

Por eso te he dado esa orza.

Cuida de que no se rompa.

Y, si le ves más cerrado de respiración, haz como te he dicho con el otro frasco de bálsamo.

Tomas la cantidad suficiente para untarle el pecho, la espalda y la parte de los riñones.

Y lo calientas hasta que lo puedas tocar sin quemarte; luego le untas;

y le recubres enseguida con esas fajas de lana que te he dado.

Lo he preparado concretamente para eso.

Tú, Síntica, recuerda su composición.

Para volver a hacerlo.

Siempre tendrás lirios, alcanfor y díctamo, resinas, claveles, laurel, artemisias y todo lo demás.

He oído que Lázaro tiene en Antigonio jardines de esencias. 

Zelote, que los ha visto,

confirma:

–       Y además magníficos

Y añade:   

«       No doy ningún consejo.

Pero digo que para Juan ese lugar debería ser saludable;

para el espíritu y para el cuerpo; incluso más que Antioquía.

Está protegido del viento.

Tiene una brisa ligera que viene de los bosquecillos de árboles de resinas;

arraigados en las laderas de un pequeño collado, que forma barrera al viento del mar. 

Pero que permite a las sales marinas beneficiosas, extenderse hasta allí.

Es un lugar sereno, silencioso,

Y no obstante, alegre, por las mil flores y los mil pájaros que viven allí en paz…

Bueno, bien, vosotros veréis; lo que más os hace al caso.

¡Síntica es muy juiciosa!

Porque en estas cosas, es mejor ponerse en manos de las mujeres.

¿No es verdad?

Jesús dice:

–       Por eso Yo confío a mi Juan al buen juicio y al buen corazón de Síntica.

Juan de Endor  dice:

–        Y yo también.

Yo… yo… yo no tengo ya ninguna energía…

Y… ya jamás serviré para nada. 

Síntica lo corrige: ..

–        ¡Juan, no digas eso!

Si el otoño desnuda los árboles, no se puede concluir que no tengan ya vitalidad

al contrario, trabajan, con oculta energía, para preparar el triunfo de los próximos frutos.

Tú eres lo mismo.

Ahora te ves empobrecido por el viento frío de este dolor; 

pero, en realidad, en lo profundo de ti, trabajas ya para los ministerios nuevos.

Tu propio dolor te servirá de acicate para la acción.

Estoy segura.

Entonces serás tú, siempre tú, el que me ayudarás a mí, que soy una pobre mujer; 

que todavía tiene mucho que aprender, para llegar a ser algo para Jesús.

–       ¿Pero qué crees que puedo ser ya?

Ya nada tengo que hacer… ¡Estoy acabado!

–        No. ¡No está bien decir eso!

Sólo el que muere puede decir: «Como hombre estoy acabado».

Otro no puede decirlo.

¿Crees que no tienes ya nada que hacer?

Lo bajaré de la Cruz: «Crucifícame, Señor mío y Dios mío; porque TE ADORO sobre todas las cosas…»

Todavía te queda lo que un día me dijiste: cumplir el sacrificio.

¿Y cómo, sino con el sufrimiento?

Juan, es necio citarte a los sabios a ti, que eres un pedagogo;

pero te recuerdo a Gorgias de Leontine 

Enseñaba que sólo con los dolores y sufrimientos se expía en esta vida y en la otra.

Y te recuerdo también a nuestro gran Sócrates:

«Desobedecer a quien es superior a nosotros, sea dios u hombre, es un mal y una vergüenza».

Ahora bien, si éste era un justo modo de actuar ante una injusta sentencia,

emanada de hombres injustos; 

¿Qué no será, ante una orden emanada del Hombre santísimo y de nuestro Dios?

Obedecer, por el solo hecho ya de que es obedecer, es una cosa grande;

grandísima será, entonces, prestar obediencia a una orden santa que juzgo,

– y tú conmigo debes juzgarla igual – gran misericordia.

Tú siempre dices que tu vida se acerca a su fin.

Y todavía no sientes haber anulado tu deuda con la Justicia.

¿Por qué no juzgas, entonces, este gran dolor como un medio para anular la deuda,

y además para hacerlo en el breve tiempo que te queda?

¡Un gran dolor para conseguir una gran paz!

Créeme: vale la pena sufrirlo.

Lo único importante en la vida es llegar a la muerte habiendo conquistado la Virtud.

–        Me das ánimos, Síntica…

Hazlo siempre.

–        Lo haré.

Lo prometo aquí.

Pero tú facilítamelo, como hombre y como cristiano.

La cena ha terminado.

María recoge las peras que han quedado, las mete en un recipiente y se las da a Andrés;

que sale, para volver luego,

diciendo:

–        Llueve cada vez más.

Yo diría que es mejor…  

Pedro responde:

—        Sí.

Esperar siempre es más angustioso.

Voy enseguida a preparar el burro.

Venid también vosotros, con los arcones y todo lo demás.

Tú también, Porfiria, ¡Rápidamente!

Eres tan paciente, que te has conquistado al asno.

Y se deja vestir sin resistirse.

Después se encargará Andrés, que te asemeja.

¡Vemos, todos afuera!

Y Pedro incita a todos a que salgan de la habitación y de la cocina,

excepto a María, a Jesús, a Juan de Endor y a Síntica.

Juan de Endor exclama:

–        ¡Maestro!

¡Oh, Maestro, ayúdame!

¡Llegó el momento de… sentir que se me desgarra el corazón!

¡Ha llegado, sí, el momento!

¿Por qué, Jesús Bueno, no has hecho que muriese aquí?

¿Una vez experimentada la congoja de mi condena y hecho el esfuerzo de aceptarla?

Y Juan cae sobre el pecho de Jesús, llorando angustiosamente.

María y Síntica tratan de calmarlo.

María, a pesar de que siempre es tan reservada, lo separa de Jesús,

Lo abraza.

y le dice:

–        Hijo amado,

hijo mío predilecto…

Síntica, entretanto, se arrodilla a los pies de Jesús,

y dice:

–        Bendíceme…

Conságrame, para quedar fortalecida. Señor, Salvador, Rey,

yo, aquí, en presencia de tu Madre, juro y profeso que seguiré tu doctrina.

Y te serviré hasta el último respiro.

Juro y profeso que me dedicaré a tu doctrina y a los seguidores de ella;

por amor a ti, Maestro y Salvador.

Juro y profeso que mi vida no tendrá ninguna otra finalidad,

y que todo lo que significa mundo y carne, ha muerto definitivamente para mí.

Y espero, con la ayuda de Dios y de las oraciones de tu Madre,

vencer al Demonio,

para que no me arrastre al error y no ser condenada en la hora de tu Juicio.

Juro y profeso que no me doblegarán ni las seducciones, ni las amenazas.

Y que no tendré memoria lábil, a menos que Dios permita que suceda de otra forma.

Pero espero en Él y creo en su bondad,  por lo cual estoy segura

de que no me dejará a merced de fuerzas oscuras más fuertes que las mías.

Consagra a tu sierva, oh Señor, para que se sienta defendida de las insidias,

de todos los enemigos.

Jesús extiende las manos sobre su cabeza, con las palmas abiertas,

como hacen también los sacerdotes…

Y ora por ella.

María lleva a Juan al lado de Síntica y le hace arrodillarse,

y dice:

–        También a él, Hijo mío;

para que te sirva con santidad y paz.

Y Jesús repite el acto sobre la cabeza inclinada del pobre Juan.

Luego lo levanta y hace levantarse a Síntica, pone las manos de ellos en las de María,

y dice:

–        Que sea Ella la última que os acaricia, aquí…

Y sale rápidamente, para ir quién sabe a dónde.  

juan gime:

–        ¡Madre, adiós!

¡No olvidaré nunca estos días! 

–        Yo tampoco te olvidaré, amado hijo

–        Igual yo, Madre…

Adiós. Déjame besarte una vez más…

¡Después de tantos años, me había saciado de besos maternos!…

Pero ahora ya no… –

Síntica llora en los brazos de María, que la besa.

Juan da rienda suelta a su llanto.

María lo abraza también a él;

ahora tiene – verdadera Madre de los cristianos – a los dos entre sus brazos.

Y toca apenas, con sus labios purísimos, la mejilla rugosa de Juan:

un beso pudoroso, pero amorosísimo.

Con el beso queda el llanto de la Virgen en la flaca mejilla…

Entra Pedro:  

Y dice:

–       Está preparado.

Venga, vamos… 

Y no dice nada más, porque está emocionado.

Margziam, que sigue a su padre como la sombra al cuerpo,

se echa al cuello de Síntica y la besa; luego abraza a Juan y lo besa,

lo besa muchas veces…

Pero llora también él.

Salen: María, llevando de la mano a Síntica;

Marziam de la mano de Juan.

–        Nuestros mantos… – dice entre lágrimas Síntica.

Y hace ademán de entrar en las habitaciones.

Pedro se muestra rudo para no dejar ver su emoción. 

Y dice:

–       ¡Están aquí, están aquí!

¡Tomad, rápido!… –

Pero, detrás de los dos que ahora se arropan en sus mantos,

se enjuga las lágrimas con el dorso de la .mano…

Al otro lado del seto, el farolillo trémulo del carro,

dibuja un cerco amarillo en el ambiente oscuro…

Se oye el susurro de la lluvia entre el ramaje de los olivos,

y su choque contra el pilón rebosante de agua…

Una paloma, despertada por la luz de las lámparas que llevan los apóstoles,

amparadas bajo los mantos,

bajas, para iluminar los senderos llenos de charcos,

zurea quejumbrosamente…

Jesús ya está al pie del carrito, sobre el cual ha sido extendida como techo una manta.  

Pedro incita:

–        ¡Vamos, vamos, que llueve recio!

Y, mientras Santiago de Zebedeo sustituye a Porfiria en los ramales,

él, sin muchas ceremonias, levanta del suelo a Síntica y la pone en el carro.

Y, todavía más rápido, agarra a Juan de Endor y lo sube encima del carro;

Sube él, y da un fustazo tan enérgico al pobre burro,

que éste, casi llevándose por delante a Santiago, empieza a correr inmediatamente.

Y Pedro insiste hasta que llegan al camino propiamente dicho, bastante lejos de las casas…

Un último grito de despedida sigue a los que parten, que lloran inconteniblemente…

Pedro detiene luego al burro fuera de Nazaret,

para esperar a Jesús y a los demás;

que no tardan en darles alcance caminando ligeros bajo la lluvia que arrecia.

Toman un camino entre las huertas;

para ir de nuevo hacia el norte de la ciudad sin cruzarla.

Pero Nazaret está oscuro y duerme bajo el agua gélida de la noche de invierno…

Y ni los que están despiertos oyen el chocar de los cascos del asno;

poco perceptibles contra el suelo de tierra empapado…

La comitiva avanza con el máximo silencio.

Sólo se oyen los sollozos de los dos discípulos,

mezclados con el rumor de la lluvia entre las frondas de los olivares.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC