Archivos diarios: 18/09/21

351 UN AUDITORIO MULTIRACIAL


351 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El patio de los tres hermanos está la mitad en sombra… 

La mitad luminosa de sol, está lleno de gente que va y viene para sus compras,

mientras que fuera del portón, en la placita, vocea el mercado de Alejandrocene

en medio de un confuso ir y venir de adquisidores y compradores; de asnos, de ovejas,

de corderos, de volatería;

porque se comprende que aquí tienen menos remilgos y llevan al mercado también a los

pollos, sin miedo a ningún tipo de contaminación.

Rebuznos, balidos, cacareos de gallinas y triunfales quiquiriquíes de gallitos;

se mezclan con las voces de los hombres,

formando un alegre coro que de vez en cuando, adquiere notas agudas y dramáticas

por algún altercado.

También dentro del patio de los hermanos hay bullicio.

Y no falta algún que otro altercado, por el precio o porque un marchante ha tomado

lo que otro, para sus adentros había elegido.

No falta el quejido lastimero de los mendigos que en la plaza, cerca del portón, recitan la

letanía de sus miserias con una cadencia cantora y triste como un aúllo de moribundo.

Soldados romanos con aire dominador, van y vienen por la hostería y la plaza; en servicio,

porque van armados y nunca solos, en medio de los fenicios;

que también van todos armados.

Jesús pasea arriba y abajo por el patio, con los seis apóstoles, esperando el momento

adecuado para hablar.

Luego sale a la plaza un momento.

Pasa cerca de los mendigos y les da una limosna.

La gente se distrae unos minutos a mirar al grupo galileo…

Y se pregunta quiénes serán esos extranjeros.

Hay quien informa de quiénes son los huéspedes de los tres hermanos;

porque les ha pedido a éstos información.

Un rumor sigue los pasos de Jesús… 

Que va tranquilo, acariciando a los niños que encuentra en su camino.

En el rumor no faltan risitas irónicas y epítetos poco halagüeños para los hebreos,

como tampoco falta el honesto deseo de oír a este «Profeta», a este «Rabí», a este «Santo»,

a este «Mesías» de Israel.

Así, se lo señalan unos a otros con tales nombres, según su grado de fe

y su rectitud de corazón. 

Dos madres: dicen: 

–        ¿Pero es verdad?

–        Me lo ha dicho Daniel, precisamente a mí.

Y él ha hablado en Jerusalén con gente que ha visto los milagros del Santo.

–        Sí, de acuerdo.

¿Pero será el mismo hombre?

–         Me ha dicho Daniel que no hay duda de que es Él, por lo que dice.

–         Entonces…

¿Qué piensas…

¿Me concederá la gracia aunque sea sólo prosélito?

–        Yo diría que sí…

Inténtalo.

Quizás no vuelve.

¡Inténtalo, inténtalo!

¡Mal no te hará, eso está claro!

–       Sí.

Dice la mujercita.

Y dejando plantado a un vendedor de loza con el que estaba contratando unos cuencos,

se marcha.

El vendedor que ha oído la conversación de las dos y ahora está defraudado;

enfadado por el buen trato que se ha esfumado,

se abalanza contra la mujer que queda y la cubre de improperios:

–        «Maldita neófita.

Sangre de hebrea. Mujer vendida» etc., etc.

Dos hombres, barbudos y de porte grave,

dicen:

–        Me gustaría oírlo hablar.

Dicen que es un gran Rabí.

–        Un Profeta querrás decir.

Mayor que el Bautista.

¡Me ha dicho Elías unas cosas!… 

¡Unas cosas!

Él las sabe porque tiene una hermana que está casada con uno que vive al servicio,

de un rico de Israel.

Y para saber de ella, va a preguntar a los compañeros de servicio.

Este rico es muy amigo del Rabí…

Un tercero, un fenicio que estando cerca, ha oído la conversación… 

asoma su cara enjuta, satírica, entre los dos….

Y con sardónica risotada, dice:

–        ¡Pues vaya santidad!

¡Aderezada con riquezas!

¡Por lo que yo sé, el santo debería vivir en pobreza!

–        Calla, Doro, mala lengua.

Tú pagano, no eres digno de juzgar estas cosas.

–       ¡Ah, vosotros sí sois dignos, especialmente tú, Samuel!

Mejor sería que me pagaras esa deuda.

–       ¡Ten, y no sigas dando vueltas alrededor de mí, vampiro de cara de fauno!…

Un anciano semiciego, que está acompañado de una muchachita,

y que pregunta:

–        ¿Dónde está, dónde está el Mesías?

Y la niña:

–      « ¡Dejad paso al viejo Marcos!

¡Por favor, decidle al viejo Marcos dónde está el Mesías!».

Las dos voces:  la senil, débil y trémula; la de la niña argentina y segura,

se expanden en vano por la plaza;

hasta que otro hombre dice:

–      ¿Buscáis al Rabí?

Ha vuelto hacia la casa de Daniel.

Ahí está, parado, hablando con los mendigos.

Dos soldados romanos: dicen: 

–       Debe ser ese al que persiguen los judíos.

¡Menudos bichos, ésos!

A simple vista se ve que es mejor que ellos.

 ¡Eso es lo que los fastidia!

–       Vamos a decírselo al alférez.

Ésa es la orden.

–      ¡Disparatada, Cayo!

Roma se cuida de los corderos y soporta, diría incluso que acaricia, a los tigres.

–       ¡No creo, Escipión!

¡A Poncio matar le es fácil!

–       Sí…

Pero no cierra su casa a las hienas rastreras que lo adulan.

–      ¡Política, Escipión! ¡Política!.

–      Vileza, Cayo, y necedad.

De éste debería hacerse amigo.

Ganaría una ayuda para mantener obediente a esta gentuza asiática.

No sirve bien a Roma

Poncio desatendiendo a este hombre bueno y adulando a los malos.

–        No critiques al Procónsul.

Somos soldados.

El superior es sagrado como un dios.

Hemos jurado obediencia al divino César y el Procónsul lo representa.

–      Eso está bien en lo que respecta al deber hacia la Patria, sagrada e inmortal,

pero no para el juicio interno.

–       Pero la obediencia viene del juicio.

Si tu juicio se rebela contra una orden y la critica, ya no obedecerás totalmente.

Roma se apoya en nuestra obediencia ciega para tutelar sus conquistas.

–        Pareces un tribuno.

Y es correcto lo que dices.

Pero te hago una observación:

Roma es reina, pero nosotros no somos esclavos, sino súbditos.

Roma no tiene, no debe tener, ciudadanos esclavos.

Y esclavitud es imponer silencio a la razón de los ciudadanos.

Yo digo que mi razón juzga que Poncio hace mal, no ocupándose de este israelita…

Llámalo Mesías, Santo, Profeta, Rabí, lo que quieras.

Y siento que puedo decirlo; 

porque diciéndolo, no viene a menos mi fidelidad a Roma, ni mi amor;

es más, si deseo esto;

es porque siento que Él, enseñando respeto a las leyes y a los Cónsules, como hace,

ayuda al bienestar de Roma.

–     Eres culto, Escipión…

Llegarás lejos.

¡Ya vas adelante! Yo soy un pobre soldado.

Pero, ¿Ves, mientras, allí?

El soldado señala al grupo que se ha congregado…

Y agrega:

–      La gente se ha amontonado en torno al Hombre.

Vamos a decírselo a los jefes militares…

Efectivamente, cerca del portón de los tres hermanos,

hay un montón de gente alrededor de Jesús,

al cual se le ve bien por su alta estatura.

Luego de repente, se eleva un grito.

Y la gente se agita.

Otros, que estaban en el mercado, acuden corriendo.

Y algunos del remolino de gente corren hacia la plaza e incluso más allá de la plaza.

Preguntas… respuestas…

–       ¿Qué ha pasado?

–        ¿Qué sucede?

–       ¡El Hombre de Israel ha curado a Marcos, el anciano!

El velo de sus ojos se ha disipado.

Jesús, entretanto, ha entrado en el patio, seguido de una procesión de gente.

Renqueando al final, viene uno de los mendigos… 

Un renco que se arrastra más con las manos que con las piernas.

Pero, si las piernas están torcidas y carecen de fuerza;

por lo cual sin los bastones, no andaría… 

La voz por el contrario, es muy vigorosa.

Parece una sirena que desgarra el aire luminoso de la mañana:

Grita desgañitándose y sin tregua.

–       ¡Santo! ¡Santo!

¡Mesías! ¡Rabí!

¡Piedad de mí! 

Se vuelven dos o tres personas:

–       ¡No malgastes energías!

–       Marcos es hebreo, tú no.

–       ¡Para los israelitas verdaderos hace milagros, no para los hijos de perro!

–        Mi madre era hebrea…

–        Y Dios la ha castigado dándole a ti, un monstruo, por su pecado.

–        ¡Fuera, hijo de loba!

–        Vuelve a tu sitio, lodo en el lodo…

El hombre se pega a la pared, acobardado;

atemorizado ante los amenazadores puños levantados…

Jesús se detiene, se vuelve, mira.

Ordena:

–        ¡Hombre, ven aquí!

El hombre lo mira, mira a los que lo amenazan…

Y no se atreve a avanzar.

Jesús se abre paso entre la pequeña muchedumbre y se acerca a él.

Lo toma de la mano y le pone la otra mano en el hombro,

y dice:

–          No tengas miedo.

Ven aquí delante conmigo.

Y mirando a los despiadados,

dice severo: –

        «Dios es de todos los hombres que lo buscan y que son misericordiosos».

Comprenden la alusión.

Y ahora son ellos los que se quedan parados, arrinconados y acobardados,  donde están.

Jesús se vuelve de nuevo.

Los ve allí, confusos, casi decididos a marcharse.

Y les dice:

–        No, venid también vosotros.

Os vendrá bien también a vosotros, para enderezar y fortalecer vuestra alma,

de la misma forma que enderezo y fortalezco a éste; porque ha sabido tener fe.

Hombre, Yo te lo digo:  ¡Queda curado de la enfermedad!

Y quita la mano del hombro del renco;

tras haber experimentado éste como una sacudida.

El hombre se yergue seguro, sobre sus propias piernas;

arroja las muletas ya consumidas por el uso,

y grita:

–        ¡El me ha curado!

¡Bendito sea el Dios de mi madre!

Y se arrodilla para besar los bordes de la túnica de Jesús.

El tumulto de quien quiere ver o ya ha visto y ahora comenta, alcanza su culmen.

En el profundo atrio, que de la plaza conduce al patio, las voces resuenan con sonoridad

de pozo y producen eco contra las murallas del Castro.

Los soldados temen que se haya producido una reyerta, algo que es fácil en estos lugares,

con tantos contrastes de razas y fes.

Y pronto acude un pelotón y se abre paso rudamente preguntando qué sucede.

Algunos responden:

–        ¡Un milagro, un milagro! Jonás, el renco, ha sido curado.

–         Ahí está, al lado del Hombre galileo!

Los soldados se miran unos a otros.

No hablan hasta que no ha pasado toda la muchedumbre.

Detrás se ha agregado más gente, de la que había en los locales de la hostería. 

Y en la plaza, donde ahora se ve solamente a los vendedores, enojadísimos por el imprevisto

reclamo, que hace fracasar el mercado de ese día.

Luego, al ver pasar a uno de los tres hermanos,

preguntan:

–        Felipe, ¿Sabes lo que piensa hacer ahora el Rabí?

Felipe todo alborozado, responde: 

–        Va a hablar, a adoctrinar.

¡Y además en mi patio! 

Los soldados se consultan. ¿Quedarse? ¿Marcharse?

–        El alférez nos ha dicho que vigilemos…

Y se contestan:

–        ¿A quién?

–        ¿Al Hombre?

Escipión, el soldado defensor de Jesús,

agrega:

–        Por Él podríamos ir a jugarnos a los dados un ánfora de vino de Chipre.

A mí me parece que es Él el que necesita ser protegido, no el derecho de Roma!.

¿No lo veis?

Ninguno de nuestros dioses tiene un aspecto tan manso y al mismo tiempo tan viril.

Esta gentuza no es digna de Él.

Y los indignos son siempre malos.

Medio sarcástico, medio admirado, otro soldado, 

exclama:

–        ¡Vamos a quedarnos a protegerlo!

Si hace falta le guardamos las espaldas…

Y se las acariciamos a estos bribones.

–        Bien dices, Pudente.

Es más, para que Prócoro el alférez, que siempre está soñando complots contra Roma y…

ascensos para él, por gracia y mérito de su solícita vigilancia por la salud del divino César

y de la diosa Roma, madre y señora del mundo, se convenza de que aquí no va a conquistar

brazalete o corona, ve a llamarlo, Acio.

Un soldado joven se marcha corriendo y corriendo vuelve,

diciendo:

–        Prócoro no viene, manda al triario Aquila…

–        ¡Bien! ¡Bien!

Mejor él que el propio Cecilio Máximo. Aquila ha servido en África, en Galia,

y estuvo en las crueles selvas que nos arrebataron a Varo y a sus legiones.

Conoce a griegos y bretones y tiene buen olfato para distinguir…

Y viendo llegar al glorioso oficial.

lo saluda diciendo:

–         ¡Salve! ¡Aquí tenemos al glorioso Aquila!

¡Ven, enséñanos, a nosotros míseros, a comprender el valor de los seres!  

Todos los demás soldados gritan:

–        ¡Viva Aquila, maestro de soldados!

Dándole afectuosos zarandeos al viejo soldado, marcado de cicatrices en el rostro…

Y, como el rostro, así tiene sus brazos y pantorrillas desnudos.

É1 sonríe bonachón,

y exclama:

–         ¡Viva Roma, maestra del mundo!

¡No yo, que soy un pobre soldado!

¿Qué sucede, pues?

–          Vigilar a ese hombre alto y rubio como el más claro cobre.

–         Bien. Pero, ¿Quién es?

–          El Mesías, según dicen.

Se llama Jesús y es de Nazaret.

Es aquel, ¿Ya sabes, no?,

Por el que se comunicó aquella orden…

–         ¡Mmm! Bien…

Pero me parece que perseguimos nubes.

–          Dicen que quiere hacerse rey y suplantar a Roma.

El Sanedrín, los fariseos, saduceos y herodianos, lo han denunciado ante Poncio.

Ya sabes que los hebreos tienen esta obsesión en la cabeza…

Y, de vez en cuando, aparece un rey…

–        Sí, sí…

¡Pero si es por este hombre!…

De todas formas, vamos a oír lo que dice.

Creo que se dispone a hablar.

–         He sabido por el soldado, que está con el centurión;

que Publio Quintiliano le ha hablado de Él como de un filósofo divino…

Otro soldado, joven, dice

–        Las mujeres imperiales se muestran entusiastas… 

Otro soldado joven suelta la carcajada y riéndose

agrega abiertamente:

–         ¡Claro!

También yo me sentiría entusiasta de El si fuera una mujer…

¡Y querría tenerlo en mi cama…!  

Otro más, bromeando, agrega:

–        ¡Cállate, impúdico!

¡La lujuria te come! 

–         ¿Y tú no, Fabio?

Ana, Sira, Alba, María…

El triano, ordena.

–        Silencio, Sabino.

Está hablando y quiero escuchar.

Y todos guardan silencio….

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6