Archivos diarios: 20/09/21

354 LA MUJER CANANEA


354 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana invernal, donde el sol resplandece de forma maravillosa sobre las plantas

que lucen sus destellos dorados; pero no calienta los cuerpos.

sólo las ovejas, tienen sus abrigos esponjosos y muy blancos,

como el invierno que ya se despide, en los últimos vestidos de nieve…

iJudas Tadeo, entra en la cocina, donde la lumbre ya resplandece acogedora,

para calentar la leche y el lugar, que está un poco frío en estas primeras horas

de una bellísima mañana de finales de Enero;

bellísima, pero bastante punzante en su frío amanecer…

El viejo campesino Jonás, también entra en la cocina y al ver al apóstol,,

le pregunta:

–         ¿El Maestro está contigo?

.Tadeo le responde:

–         Habrá salido a orar.

Sale frecuentemente al alba, cuando sabe que puede estar solo.

Regresará pronto.

¿Por qué lo preguntas?

–        Lo he preguntado también a los otros, que se han desperdigado para buscarlo,

porque hay una mujer allí, con mi esposa.

Es una del pueblo de allende el confín con los fenicios.

La verdad no sabría decir cómo ha podido saber que está aquí el Maestro.

Pero lo sabe.

Y quiere hablar con Él. 

Tadeo afirma:

–        Bien.

Hablará con Él.

Quizás es la mujer que Él está esperando, con una hijita enferma.

O la habrá guiado aquí su espíritu.

–        No.

Está sola.

No tiene hijos consigo.

Los pueblos están tan cercanos… por eso la conozco…

Y el valle es de todos.

Yo, además, pienso que para servir al Señor no hace falta ser crueles con los vecinos,

si son fenicios.

Estaré equivocado, pero…

–        El Maestro también dice siempre que tenemos que ser compasivos con todos.

–        Él lo es, ¿No es verdad.

–        Lo es.

–        Me ha dicho Anás que también esta vez lo han tratado mal.

¡Mal, siempre mal!…

En Judea, en Galilea, en todos los lugares.

¿Por qué, me pregunto yo, Israel es tan malo con su Mesías?

Me refiero a los principales de Israel.

Porque el pueblo lo ama.

–         ¿Cómo sabes estas cosas?

–         Vivo aquí, lejos; pero soy un fiel israelita.

¡Basta ir para las fiestas de precepto al Templo, para saber todo lo bueno y todo lo malo!

Y el bien se sabe menos que el mal.

Porque el bien es humilde y no hace autoalabanza.

Deberían proclamarlo los que han sido agraciados.

Pero pocos son los agradecidos después de recibir una gracia.

El hombre acepta el beneficio y lo olvida…

El mal, sin embargo, toca fuerte sus trompetas y hace escuchar sus palabras incluso

a quienes no quieren oírlas.

¡Vosotros, sus discípulos, no sabéis cuánto abundan en el Templo las críticas

y acusaciones contra el Mesías!

Los escribas ya sólo tratan de esto en sus lecciones.

Yo creo que se han hecho un libro de lecciones sobre cómo acusar al Maestro.

Y de hechos que presentan como objetos de acusación verosímiles.

Y se necesita una conciencia muy recta, firme y libre;

para saber resistir y juzgar con cordura.

¿Él está al corriente de todas estas sucias maniobras?

–       De todas.

Y también nosotros, más o menos, las conocemos.

Pero Él no se intranquiliza, ni se detiene.

Continúa su obra,.

Y los discípulos o las personas que creen en Él aumentan cada día que pasa.

–        Dios quiera que perseveren hasta el final.

Pero el hombre es de pensamiento mudable.

Y débil…

Está viniendo el Maestro hacia la casa, con tres discípulos.

Y el viejo sale afuera, seguido por Judas Tadeo, para venerar a Jesús;

que, lleno de majestad, viene hacia la casa.

Jesús al verlo, lo saluda:

–        La paz sea contigo hoy y siempre, Jonás.

–        Gloria y paz contigo, Maestro, siempre.

–        Paz a ti, Judas.

¿Andrés y Juan no han vuelto todavía?

–         No.

Y no los he oído salir.

A ninguno.

Estaba cansado y dormía profundamente.

Jonás los invita:

–        Entra, Maestro.

Entrad.

El ambiente está fresco esta mañana.

En el bosque debía hacer mucho frío.

Ahí hay leche caliente para todos.

Y todos, excepto Jesús…

Están bebiendo la leche, mojando en ella unos recios trozos de pan,

cuando he aquí que llegan Andrés y Juan, junto con Anás, el pastor.

Andrés exclama al verlo:

–        ¡Ah! ¿Estás aquí?

Volvíamos para decir que no te habíamos encontrado… –

Jesús dirige su saludo de paz a los tres,

y añade:

–        Pronto.

Tomad vuestra parte y pongámonos en marcha.

Quiero estar, antes de que anochezca, al menos en las faldas del monte de Akcib.

Esta noche empieza el sábado.

El pastor pregunta perplejo:

–        ¿Y mis ovejas?

Jesús sonríe y responde:

–         Estarán curadas después de la bendición.

–        ¡Pero yo estoy a oriente del monte!

Tú vas hacia poniente para ir a ver a esa mujer…

—        Déjalo en manos de Dios y Él a todo proveerá.

Terminado el desayuno, los apóstoles suben por los talegos de viaje,

preparándose para partir.

–         Maestro…

¿No vas a escuchar a esa mujer que está allí?

–        No tengo tiempo, Jonás.

El camino es largo.

Y además Yo he venido para las ovejas de Israel.

Adiós, Jonás.

Que Dios te recompense por tu caridad.

Mi bendición a ti y a todos tus parientes.

Vamos.

El viejo, entonces, se pone a gritar con todas sus fuerzas:

–         ¡Hijos! ¡Mujeres!

¡El Maestro se marcha! ¡Venid!

Y como responde a la voz de la clueca que los llama una nidada de pollitos desperdigados

por un pajar, de todas las partes de la casa acuden mujeres y hombres,

ocupados en sus labores o todavía medio dormidos.

Y niños semidesnudos con su carita sonriente recién salida del sueño…

Se apiñan en torno a Jesús, que está en medio de la era.

Las madres envuelven en sus amplias faldas a los niños para protegerlos del aire frío.

O los estrechan entre sus brazos hasta que una criada llega con los vestiditos,

que enseguida son empleados.

Pero viene también una que no es de la casa.

Una pobre mujer que llora.

Se la ve abochornada.

Camina encorvada, casi arrastrándose.

Llegada cerca del grupo en cuyo centro está Jesús, se pone a gritar:

–        ¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!

Mi hija vive malamente atormentada por el demonio, que le hace hacer cosas vergonzosas.

Ten piedad, porque sufro mucho y todos se burlan de mí por esto.

Como si mi hija tuviera la culpa de hacer lo que hace…

Ten piedad, Señor, Tú que lo puedes todo.

Alza tu voz y tu mano.

Y ordena al espíritu inmundo que salga de Palma.

Sólo tengo a esta criatura, y soy viuda…

¡Oh, no te vayas! ¡Piedad!…

Jesús, efectivamente, una vez que ha terminado de bendecir a cada uno de los componentes

de la familia, después de haber amonestado a los adultos por haber hablado de su venida. –

Ellos se disculpan diciendo:

«         ¡Créenos, Señor, no hemos hablado!» –

Jesús se marcha, inexplicablemente duro para con la pobre mujer, que se arrastra

sobre sus rodillas, tendidos los brazos en actitud de congojosa súplica, ,

mientras dice:

—       ¡Yo, yo te vi ayer cuando pasabas el torrente!

¡Y oí que te llamaban: “Maestro”.

He venido siguiéndoos, ocultándome

entre las matas.

Oía lo que iban diciendo éstos.

He comprendido quién Eres…

Y esta mañana, todavía de noche, he venido a ponerme aquí a la puerta como un perrito;

hasta que se ha levantado Sara y me ha invitado a entrar.

¡Señor, piedad! ¡Piedad de una madre y de una niña!

Pero Jesús camina ligero, sordo a toda apelación.

Los de la casa dicen a la mujer:

–       ¡Resígnate!

No te quiere escuchar.

Ya ha dicho que ha venido para los de Israel…

Pero ella se pone en pie desesperada.

Y al mismo tiempo llena de Fe,

y responde:

–        No.

¡Suplicaré tanto, que me escuchará!

Y se echa a seguir al Maestro suplicando a gritos sin parar.

Sus súplicas hacen que salgan a las puertas de las casas del pueblo, todos los que están

despiertos, los cuales, como los de la casa de Jonás, se ponen a seguir a la mujer

para ver en qué termina la cosa.

Los apóstoles, por su parte, se miran recíprocamente con estupor.

Y susurran:

–         ¿Pero por qué hace esto?

No lo ha hecho nunca!

Y Juan dice:

–        En Alejandrocena ha curado incluso a aquellos dos.

Tadeo responde:

–         Pero eran prosélitos.

¿Y esta a la que va a curar ahora?

El pastor Anás dice:

–       También es prosélito.

–       ¿Y cuántas veces ha curado también a gentiles o a paganos?

Andrés dice desconsolado:

–       ¿Y la niña romana, entonces?…

Andrés, que no logra tranquilizarse ante la dureza de Jesús hacia la mujer cananea.

Santiago de Zebedeo, exclama:

–        Yo os digo lo que pasa.

Lo que pasa es que el Maestro está indignado.

Su paciencia se acaba ante tantos asaltos de maldad humana.

¿No veis cómo ha cambiado?

¡Tiene razón!

De ahora en adelante se dedicará sólo a los que conoce convenientemente.

¡Y hace bien!

Mateo se queja:

–        Sí.

Pero mientras tanto, ésta viene aquí detrás de nosotros gritando.

Y la sigue una buena cola de gente.

Si quiere pasar inadvertido, ha encontrado la manera de llamar la atención,

hasta de los árboles…

Tadeo está indignado:

–        Vamos a decirle que la despida…

¡Fijaos aquí qué lindo cortejo tenemos a nuestras espaldas!

¡Si llegamos así a la vía consular, estamos frescos!

Y ésta, si no le dice que se marche, no nos deja…

Judas Tadeo muestra tanto su molestia, que se vuelve y conmina a la mujer:

–        ¡Cállate y vete!

Y lo mismo hace Santiago de Alfeo, solidario con su hermano.

Pero ella no se impresiona por las amenazas y órdenes.

Y sigue suplicando.

Mateo dice:

–        ¡Vamos a decirle al Maestro que la eche Él!

¡Dado que no quiere concederle lo que pide!

¡Así no se puede seguir!

Andrés susurra:

–        «¡Pobrecilla!»

Y Juan repite sin tregua: «No comprendo… no comprendo…».

Juan está confundido por el modo de actuar de Jesús.

Mas ya, acelerando el paso, han alcanzado al Maestro, que camina raudo,

como un perseguido.

Los apóstoles gritan:

–         ¡Maestro!

¡Dile a esa mujer que se vaya!

–       ¡Es un escándalo!

–        ¡Viene gritando detrás de nosotros!

–        ¡Nos señala ante todos!

El camino se va poblando cada vez más de gente…

Y muchos se ponen detrás de ella.

Los apóstoles protestan:

–       Dile que se marche.

Jesús dice tajante:

–        Decídselo vosotros.

Yo ya le he respondido.

–         No nos escucha.

–         ¡Díselo Tú, hombre! –

Y además severamente.

Jesús se detiene y se vuelve.

La mujer interpreta ello como signo de gracia; acelera el paso y alza el tono, ya agudo,

de la voz.

Su rostro palidece por la aumentada esperanza.

–        ¡Cállate, mujer!

Vuelve a casa.

Ya lo he dicho: “He venido para las ovejas de Israel”.

Para curar a las enfermas y buscar a las perdidas.

Tú no eres de Israel.

Pero la mujer ya está a sus pies y se los besa, adorándolo;

sujetándolo fuerte por los tobillos como si fuera una náufraga

que hubiera encontrado un escollo de salvación.

Y gime:

–        ¡Señor, ayúdame!

Tú lo puedes, Señor. Dale una orden al demonio, Tú que eres santo…

Señor, Señor, Tú eres el amo de todo: de la gracia y del mundo.

Todo está sometido a ti, Señor.

Yo lo sé. Lo creo.

Toma, pues, tu poder y úsalo para mi hija.

Jesús objeta:

—       No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros de la calle.

–       Yo creo en Ti.

Creyendo, he pasado de ser perro de la calle a ser perro de la casa.

Ya te he dicho que he venido antes del alba a acurrucarme a la puerta de la casa,

donde estabas.

Y si hubieras salido, habrías tropezado sobre mí.

Pero has salido por el otro lado y no me has visto.

No has visto a este pobre perro lacerado, hambriento de Tu Gracia,

que esperaba entrar, arrastrándose, adonde Tú estabas, para besarte los pies así,

pidiéndote que no la arrojaras de tu presencia…

–        No está bien echar el pan de los hijos a los perros – repite Jesús.

–        Pero los perros entran en la habitación donde come el amo con sus hijos.

Y comen lo que cae de la mesa.

O los desperdicios que les dan los de la familia, lo que ya no sirve.

No te pido que me trates como a una hija, no te pido que me invites a sentarme a tu mesa;

¡Te suplico implorándote!

¡Te pido al menos las migajas…!

Jesús sonríe.

¡Cómo se transfigura su rostro con esta sonrisa de gozo!…

La gente, los apóstoles, la mujer, lo miran admirados…

Sintiendo que está para suceder algo.

Y Jesús dice:

–       ¡Oh, mujer!

¡Grande es tu fe!

Con tu fe consuelas mi espíritu.

Ve, pues, y te suceda como quieres.

Desde este momento, el demonio ha salido de tu hijita.

Ve en paz.

Y, de la misma forma que, como perro extraviado, has sabido querer ser perro de casa,

sabe ser hija en el futuro, sentada a la mesa del Padre.

Adiós.

–         ¡Oh! ¡Señor!

¡Señor! ¡Señor!…

Quisiera echarme a correr, para ver a mi Palma amada…

¡Quisiera estar contigo, seguirte!

¡Bendito! ¡Santo!

–         Ve, ve, mujer.

Ve en paz.

Y Jesús reanuda su camino, mientras la cananea, más ligera que una niña;

regresa corriendo por el mismo camino que había venido;

tras ella la gente, curiosa de ver el milagro…

Santiago de Zebedeo. pregunta:

–        ¿Pero, por qué, Maestro, la has hecho suplicar tanto; si luego la ibas a escuchar? 

Jesús responde:

–       Por causa tuya y de todos vosotros.

Esta no es una derrota, Santiago.

Aquí no me han expulsado, no se han burlado de Mí, no me han maldecido…

Sirva ello para levantar vuestro espíritu abatido.

Yo ya he recibido mi dulcísimo alimento.

Y bendigo a Dios por ello.

Y ahora vamos a ver a esta otra que sabe creer y esperar con Fe segura.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

353 LOS HIJOS DEL TRUENO


353 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús va caminando por una zona muy montañosa.

No son montes altos, pero es un continuo subir y bajar de collados.

Y un fluir de torrentes (alegres en esta estación fresca y nueva;

límpidos como el cielo; niños como las primeras hojas, cada vez más numerosas,

sobre las ramas).

Mas, a pesar de que la estación del año sea tan bella y alegre, que podría aliviar el corazón,

no parece que Jesús esté muy aliviado de espíritu.

Y menos que Él lo están los apóstoles.

Caminan, muy callados, por el fondo de un valle.

Solamente pastores y greyes se presentan ante sus ojos.

Pero Jesús ni tan siquiera da muestras de verlos.

Lo que capta la atención de Jesús es el suspiro desconsolado de Santiago de Zebedeo.

Y sus improvisas palabras, fruto de un pensamiento amargo…

Santiago dice:

–         ¡Derrotas y más derrotas!…

Parecemos como malditos…

Jesús le pone la mano en el hombro: 

Y dice:

–          ¿No sabes que ése es el sino de los mejores?

–         ¡Sí, sí!

¡Lo sé desde cuando estoy contigo!

Pero, de vez en cuando sería necesario algo distinto.

Y antes lo teníamos, para confortar el corazón y la Fe…

–          ¿Dudas de mí, Santiago?

¡Cuánto dolor tiembla en la voz del Maestro!

–         ¡No, no!…

La verdad es que no es muy seguro el “no”.

–         Pero dudar, dudas.

¿De qué, entonces?

¿Ya no me amas como antes?

¿Ver que me echan de un lugar, que sencillamente  se burlan de Mí; 

que no me prestan atención en estos confines fenicios, ha debilitado tu amor?

Hay un llanto tembloroso en las palabras de Jesús…

A pesar de que no haya sollozos ni lágrimas: es verdaderamente su alma la que llora.

Santiago protesta:

–         ¡Eso no, Señor mío!

Es más, mi amor a Ti crece a medida que te veo menos comprendido;

menos amado, más postrado, más afligido.

Y, por no verte así, por poder cambiar el corazón a los hombres,

solícito daría mi vida en sacrificio.

Debes creerme.

No me tritures el corazón, ya tan afligido, con la duda de que piensas que no te amo.

Si no… Si no, romperé todos los cánones.

Volveré para atrás y me vengaré de los que te causan dolor,

para demostrarte que te amo, para quitarte esta duda.

Y, si me atrapan y me matan, no me importará lo más mínimo.

Me conformaré con haberte dado una prueba de amor.

–         ¡Oh, hijo del trueno!

¿De dónde tanta impetuosidad?

¿Es que quieres ser un rayo exterminador?

Jesús sonríe por la fogosidad y los propósitos de Santiago.

–         ¡Al menos, te veo sonreír!

Ya es un fruto de estos propósitos míos. ¿Tú que opinas, Juan?

¿Debemos llevar a cabo mi pensamiento para confortar al Maestro,

abatido por tantas reacciones contrarias?  

Juan responde apasionadamente:

–        ¡Sí, sí!

Vamos nosotros.

Hablamos de nuevo.

Y si lo vuelven a insultar, llamándolo rey de palabras, rey hazmerreír, rey sin dinero, rey loco;

repartimos palos a diestra y siniestra, para que se den cuenta de que el rey tiene también

un ejército de fieles y que estos fieles no permiten burlas.

La violencia es útil en ciertas cosas.

¡Vamos, hermano!

Le responde Juan está colérico: y no parece él mismo, porque siempre es dulce.

Jesús se mete entre los dos,

los aferra por los brazos para detenerlos,

y dice:

–         ¿Pero los estáis oyendo?

¿Y Yo qué he predicado durante tanto tiempo?

¡Sorpresa de las sorpresas!

¡Hasta incluso Juan, mi paloma, se me ha transformado en gavilán!

Miradlo, vosotros, qué feo está, tenebroso, hosco, desfigurado por el odio.

¡Qué vergüenza!

¿Y os asombráis porque unos fenicios reaccionen con indiferencia?

¿Y de que haya hebreos que tengan odio en su corazón?

¿Y de que unos romanos me conminen a marcharme?

¿Cuándo vosotros sois los primeros que no habéis entendido todavía nada?

¿Después de dos años de estar conmigo?

¿Cuándo vosotros os habéis llenado de hiel por el rencor que tenéis en el corazón?

¿Cuando arrojáis de vuestros corazones mi doctrina de amor y perdón?

¿Y la echáis afuera como cosa estúpida?

¿Y acogéis por buena aliada a la violencia?

¡Oh, Padre santo!

¡Esta si que es una derrota!

En vez de ser como gavilanes que se afilan rostro y garfas,

¿No sería mejor que fuerais ángeles que orasen al Padre,

para que confortara a su Hijo?

¿Cuándo se ha visto que un temporal beneficie con sus rayos y granizadas?

Pues bien, para recuerdo de este pecado vuestro contra la caridad, para recuerdo

de cuando vi aflorar en vuestra cara el animal-hombre en vez del hombre-ángel

que quiero ver siempre en vosotros, os voy a apodar “Los hijos del Trueno”.

Jesús está semiserio mientras habla a los dos inflamados hijos de Zebedeo.

Pero el reproche, al ver el arrepentimiento de ellos, pasa.

Y con cara luminosa de amor los estrecha contra su pecho,

diciendo:

–         Nunca más, feos de esta forma.

Y gracias por vuestro amor.

Y volviéndose hacia Mateo, Andrés y los dos primos hijos de Alfeo,

agrega:

Y también por el vuestro, amigos.

Venid aquí, que quiero abrazaros también a vosotros.

¿No sabéis que, aunque no tuviera nada más que la alegría de hacer la voluntad de mi Padre

y vuestro amor, sería siempre feliz, aunque todo el mundo me abofetease?

Estoy triste, mas no por Mí, por mis derrotas, como vosotros las llamáis.

Estoy triste por piedad hacia las almas que rechazan la Vida.

Bien, ahora estamos todos contentos, ¿No es verdad?

niños grandes, que es lo que sois.

Ánimo, entonces.

Id donde esos pastores que están ordeñando el rebaño.

Pedid un poco de leche en nombre de Dios.

Y al ver la mirada desolada de los apóstoles. 

añade:

No tengáis miedo.

Obedeced con Fe.

Recibiréis leche y no palos, aunque el hombre sea fenicio.

Y los seis se dirigen hacia el hombre indicado.

Mientras Jesús los espera en el camino.

Y ora, entretanto, este Jesús triste al que ninguno quiere…

Vuelven los apóstoles con un pequeño cubo de leche.

Y dicen:

–        Ha dicho el hombre que vayas allí, que tiene que decirte algo.

Y no puede dejar las cabras a los pastorcillos, porque son antojadizas e imprevisibles.

Jesús dice:

–          Vamos entonces allí, a comer nuestro pan.

Y suben todos a lo alto de la escarpa, desde donde se asoman, prominentemente,

las caprichosas cabras.

Cuando llegan,

Jesús dice:

–        Te agradezco la colodra de leche que me has dado.

¿Qué deseas de Mí?

–         Tú eres el Nazareno, ¿Verdad?

¿El que hace milagros?

–         Soy el que predica la Bienaventuranza eterna.

Soy el Camino para ir al Dios verdadero; la Verdad que se da; la Vida que os vivifica.

No soy el hechicero que hace prodigios.

Éstos son las manifestaciones de mi bondad y de vuestra debilidad, que tiene necesidad

de pruebas para creer.

Pero, ¿Qué deseas de mí?

–          Mira…

¿Hace dos días estabas en Alejandrocena?

–         Sí. ¿Por qué?

–          Yo también estaba, con mis cabritillos.

Cuando he comprendido que iba a producirse una riña, he desaparecido,

porque es costumbre suscitarlas para robar lo que hay en los mercados.

Son ladrones todos: los fenicios…

Y también los otros.

No debería decirlo, porque soy de padre prosélito y de madre siria.

Y yo mismo soy prosélito.

Pero es la verdad. Bien.

Volvamos a lo que estaba diciendo.

Me había metido en una caballeriza, con mis animales,

esperando a que llegara el carro de mi hijo.

Al atardecer, al salir de la ciudad, encontré a una mujer que lloraba con una hijita suya

en los brazos.

Había recorrido ochos millas para llegar a Ti, porque está fuera, en los campos.

Le pregunté que qué le sucedía.

Es prosélito. Había venido para vender y comprar.

Había oído hablar de Ti, y le había nacido la esperanza en el corazón.

Había ido corriendo a casa, había tomado en brazos a la niña.

¡Pero con un peso se camina despacio!

Cuando llegó a los almacenes de los hermanos, ya no estabas.

Ellos, los hermanos, le dijeron: “Lo han echado.

Pero ayer por la tarde nos dijo que haría de nuevo un alto en Tiro”.

Yo – también yo soy padre – le dije: “Pues entonces ve a Tiro”.

Pero ella me respondió: “¿Y si, después de todo lo que ha sucedido, pasa por otros caminos

para volver a Galilea?”. Le dije: “Mira. O ese confín o el otro.

Yo pastoreo entre Rohob y Lesemdán,

justamente en el camino que hace de confín entre aquí y Neftalí.

Si lo veo, se lo digo; palabra de prosélito”.

Y te lo he dicho.

–        Y que Dios te recompense por ello.

Iré a ver a esa mujer.

Tengo que volver a Akcib.

–         ¿Vas a Akcib?

Entonces podemos ir juntos, si no desdeñas a un pastor.

—         No desdeño a nadie.

Por qué vas a Akcib?

–        Porque allí tengo los corderos.

A no ser que… ya no los tenga…

–        ¿Por qué?

–         Porque hay una enfermedad…

No sé si ha sido una hechicería o qué.

Sé que mi lindo rebaño se me ha enfermado.

Por eso he traído aquí las cabras, que están todavía sanas; para separarlas de las ovejas.

Aquí estarán con dos hijos míos.

Ahora están en la ciudad, para hacer las compras.

Vuelvo allá… para ver morir a mis lindas ovejas lanosas…

El hombre suspira…

Mira a Jesús y se disculpa:

–        Hablarte a Ti, siendo quien Eres, de estas cosas.

Y afligirte, estando ya afligido de cómo te tratan, es una necedad.

Pero las ovejas son afecto y dinero, ¿Sabes?,

Para nosotros…

–         Comprendo.

Pero se pondrán buenas.

¿No las has llevado a que las vea un médico rural?

–        Todos me han dicho lo mismo: “Mátalas y vende sus pieles.

No hay otra posibilidad” e incluso me han amenazado si las saco…

Tienen miedo de que las suyas se contagien la enfermedad.

Así que las tengo que tener encerradas…

Y aumenta la mortalidad.

Son malos los de Akcib…, ¿Sabes?  

Jesús dice simplemente:

–        Lo sé.

–       Yo digo que me las han embrujado…

–        No.

No creas esas historias…

¿En cuanto vengan tus hijos te pones en marcha?

–        Inmediatamente.

De un momento a otro llegarán.

¿Éstos son tus discípulos?

¿Son sólo éstos?

–         No.

Tengo otros más.

–         ¿Y por qué no vienen aquí?

Una vez, cerca de Merón, me encontré con un grupo de ellos.

A la cabeza del grupo había un pastor.

Decía serlo.

Uno alto, fuerte, de nombre Elías.

Fue en Octubre, me parece.

Antes o después de los Tabernáculos.

¿Ahora te ha abandonado?

–         Ningún discípulo me ha abandonado.

–         Me habían dicho que…

–          ¿Qué te habían dicho?

–         Que Tú… que los fariseos…

En fin, que los discípulos te habían abandonado por miedo.

Y porque Tú eras un..

Jesús completa la palabra que el pastor calla: .

—        Demonio.

Dilo tranquilamente.

Lo sé.

Doble mérito para ti, que crees igualmente.

–         ¿Y por este mérito no podrías?…

Quizás estoy pidiendo una cosa sacrílega…

–          Dila.

Si es una cosa mala, te lo digo.

Se le ve lleno de ansiedad al hombre…  

Cuando pide:

–        ¿No podrías, al pasar, bendecir a mi rebaño? –

Jesús sonríe al decir:

–        Bendeciré a tu rebaño.

A éste… –

Y Jesús levanta  la mano bendiciendo a las cabritas desperdigadas,..

Y al de las ovejas.

–         ¿Crees que mi bendición las salvará?

–         De la misma forma que salvas a los hombres de las enfermedades,

podrás salvar a los animales.

Dicen que eres el Hijo de Dios.

Las ovejas las ha creado Dios.

Por tanto son cosas del Padre. Yo… no sabía si era una cosa respetuosa el pedírtelo.

Pero, si se puede, hazlo, Señor. 

Y llevaré al Templo grandes ofrendas de alabanza; mejor: te lo doy a Ti, para los pobres,

creo que será mejor.

Jesús sonríe y calla.

Llegan los hijos del pastor.

Poco después, Jesús con los suyos y el viejo se ponen en marcha.

Dejan a los pastorcillos jóvenes custodiando las cabras.

Caminan raudos porque quieren llegar pronto a Quedes,

para dejarla también enseguida, con intención de tomar la vía que del mar va hacia el interior.

Debe ser la misma que recorrieron yendo a Alejandrocena,

la que se bifurca a los pies del promontorio.

Al parecer, por lo que conversan el pastor y los discípulos.

Jesús va adelante, solo.

Santiago de Alfeo, comenta: .

–         ¿No nos encontraremos con otros problemas?

El hijo del pastor responde:

–          Quedes no depende de aquel centurión.

Está fuera de los confines fenicios.

A los centuriones basta con no pincharlos y se desinteresan de la religión.

–         Y además no nos vamos a detener...

–         ¿Vais a aguantar más de treinta millas en un día? –

–         ¡Sí, hombre!

¡Somos peregrinos perpetuos!

Caminan ininterrumpidamente…

Llegan a Quedes.

La atraviesan sin ningún contratiempo.

Toman la vía directa.

En el mojón está indicada Akciba.

El pastor lo señala diciendo:

–        Mañana llegaremos.

Esta noche venís conmigo.

Conozco labriegos de estos valles, pero muchos están dentro de los confines fenicios…

¡Bueno!, Pues pasaremos los confines.

Seguro que no nos van a descubrir inmediatamente…

¡Lo que es la vigilancia!…

¡Mejor sería que vigilasen a los bandidos!…

El sol declina.

 Y los valles ciertamente no contribuyen a mantener la luz,  menos aún siendo boscosos.

Pero el pastor conoce muy bien la zona y va seguro.

Llegan a un poblado muy pequeño, verdaderamente solo un puñado de casas.

–        Vamos a ver si nos dan posada.

Aquí son israelitas.

Estamos justamente en los confines.

Si no nos reciben, vamos a otro pueblo, que es fenicio.

–       No tengo prejuicios, hombre.

Llaman a una casa.  

Una mujer muy anciana, abre la puerta,

y los recibe:

–         ¿Tú, Anás?

¿Con amigos?

Ven, ven, y que Dios sea contigo.

Entran en una amplia cocina alegrada por una lumbre.

Alrededor de la mesa está reunida una numerosa familia de todas las edades,

pero que hace sitio amablemente a los que de improviso acaban de llegar.

El pastor los presenta:

–         Éste es Jonás.

Ésta es su esposa, y sus hijos y nietos y nueras.

Una familia de patriarcas fieles al Señor.

Anás a Jesús.

Y luego, volviéndose hacia el anciano Jonás:

–       «Y éste que está conmigo es el Rabí de Israel, al que deseabas conocer.

El anciano Jonás responde:

–         Bendigo a Dios por ser hospitalario y por tener sitio esta noche.

Y, pidiendo bendición, bendigo al Rabí que ha venido a mi casa.

Anás explica que la casa de Jonás es casi una posada para los peregrinos,

que del mar van hacia el interior.

Se sientan todos en la caliente cocina.

Las mujeres sirven a los recién llegados.

El respeto que hay es tal, que incluso paraliza.

Pero Jesús resuelve la situación rodeándose, nada más terminar la cena,

de los muchos niños presentes.

E interesándose por ellos, los cuales en seguida fraternizan.

Detrás de ellos, durante el breve espacio de tiempo que separa la cena del descanso,

encuentran valor los hombres de la casa y narran lo que han sabido del Mesías,

y preguntan cosas nuevas.

Jesús, benigno, rectifica, confirma, explica, en serena conversación,

hasta que peregrinos y familiares se van a descansar, tras haberlos bendecido Jesús a todos.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6