Archivos diarios: 25/09/21

361 PARÁBOLA DEL BANQUETE


361 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los más encumbrados y poderosos Fariseos del Consejo del Sanedrín;

están reunidos en la casa del fariseo Ismael ben Fabi

donde sólo faltan, Anás, Caifás  y los verdaderos amigos de Jesús:

José de Arimatea y Nicodemo…

Porque todos los otros distinguidos y poderosos fariseos y escribas, 

reunidos en este banquete del Sábado,  en su casa,

forman un coro ruidoso e inconforme…

Eleazar ben Annás le toca a Jesús en el brazo:

–          Maestro, escúchame.

Tengo un caso especial que someter a tu consideración.

Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad;

este hombre se ha echado a perder por una mujer.

Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana,

su nodriza, ya ciega y medio chiflada.

El vendedor no la quiere.

Yo… no la querría.

Pero, ponerla en plena calle…

¿Qué harías tú, Maestro?

Jesús responde: 

–        ¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

–        Diría: “Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine”.

–        ¿Y por qué dirías eso?

–        Bueno, pues…

Porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

–        Estás muy cerca de la justicia, Eleazar.

Y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

–         Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.  

Jesús les pregunta: 

–        ¿Qué tenéis que criticar?

¿No he hablado rectamente?

¿Y éste?, ¿No ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

–        Maestro, hablas bien, pero…

¡Si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

–       Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿No?

–        No digo eso.

Pero hay casos…

–        La Ley dice que hay que tener misericordia…

–        Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano.

Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana,

ni peregrina, forastera, huérfana o viuda.

Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar no suyo,

pero olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo.

A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya,

sino de su verdadero amo…

–       El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo;

de forma que también está exento de obligaciones.

Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

–        Así, Maestro.

Es la suerte de los que… ya no sirven.

Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad.

Y la muerte es lo mejor para ellos…

Así es desde que el mundo existe. 

Y así será…

–         ¡Jesús, ten piedad de mí!

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas…

Porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío.

Jesús pregunta: 

–        ¿Quién me llama?

Ismael ben Fabi dice:   

–        Algún importuno.

Haré que lo manden afuera.

O algún mendigo.

Diré que le den un pan.

–        Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!

–       Ya decía yo.

Un importuno.

Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él.

Y con todo el cuello y la cabeza más alto,

lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

–        Quédate ahí, Ismael.

Quiero ver a este que me busca.

Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros.

Puede tener unos cuarenta años.

Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón;

violáceos los labios en la boca jadeante.

Le acompaña la mujer que hospedara a Jesús por la mañana.

El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor.

¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz.

Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío

que hay entre las mesas, colocadas en forma de “u” justo debajo de la lámpara.  

Jesús pregunta: 

–        ¿Qué quieres de Mí?

El hombre responde: 

–         Maestro… te he buscado mucho…

Desde hace mucho…

Nada quiero aparte de salud…

Por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo…

Ya ves mi mísero estado…

–        ¿Y crees que te puedo curar?

–        ¡Vaya que si lo creo!…

Cada paso que doy me hace sufrir…

Cada movimiento brusco es un dolor para mí…

Y no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte…

Y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca…

¡Vaya que si lo creo!

Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya,

porque todo en Ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras.

La mujer mira a su marido y a Jesús…

Y llora.

Jesús los mira y sonríe.

Luego se vuelve hacia el viejo tembloroso que le preguntó primero

que si iba a modificar la Ley,

y pregunta:

–        Tú, anciano escriba…

Respóndeme: ¿Es lícito curar en Sábado?

–        En sábado no es lícito hacer obra alguna.

–        ¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación?

No es trabajo manual.

–        El sábado está consagrado al Señor.

–        ¿Cuál obra más digna de un día sagrado, que hacer que un hijo de Dios

diga al Padre: “Te amo y te alabo porque me has curado”?».

–        Debe hacerlo aunque sea infeliz.

–        Cananías,

¿Sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo…

y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

–        Maestro, ¿Dices la verdad o estás bromeando?

–        Digo la verdad.

Yo veo y sé.

–        ¡Oh, pobre de mí!

¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición!

¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego!

¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

–        ¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas!

¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura?

Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos.

Y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿No me es lícito curar en sábado a éste?

–          ¡Maldito Tú, él y el sábado!

Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… 

Y dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo.

Sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca, para que le traigan su carro.

Jesús pasea lentamente sus ojos mirando a los que tiene alrededor,

Pregunta: 

–        ¿Y ahora? 

Y ahora, decidme, vosotros. ¿Es lícito o no?

Ninguna respuesta.

Eleazar agacha la cabeza.

Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos,

sobrecogido por el hielo que reina en la sala. 

Con majestuoso aspecto y voz tronante,

como siempre cuando está para realizar un milagro.  

Jesús declara: 

–        Bien, pues entonces voy a hablar Yo.

–        Hablaré, Yo.

Hablo. Digo:

Hombre, hágase en ti según crees. Estás curado.

Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda un poco desorientado.

Se estremece y… 

Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

–         ¡Ve, ve!

Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

–        Pero, Maestro…

En mi casa… En sábado…

–        ¿No das tu aprobación?

Ya lo sé.

Por esto he venido.

Y volviéndose hacia Ismael ben Fabi,

agrega:

–        ¿Tú, amigo? No.

Enemigo mío.

No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

–        ¿Ofendes ahora?

–        No.

Digo la verdad.

Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana,

porque no es de su propiedad.

Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando,

uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga

por haberte tenido que servir, como le exigías para no despedirla.

Servirte por ella y por su marido.

Tú decías: “He hecho contrato por dos personas que trabajaran.

Y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto”.

Y ella te lo ha dado.

Y ha muerto con su hijo en el vientre, porque esa mujer era madre.

Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta.

¿Dónde están ahora esos dos niños?

–         No lo sé…

Desaparecieron un día.

–        No mientas ahora.

Basta haber sido cruel.

No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados,

a pesar de su total carencia de obras serviles.

¿Dónde están esos niños?

–        No lo sé.

Ya no lo sé. Créelo.

–        Yo lo sé.

Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura.

Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos

en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca…

Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro, más que un perro verdadero.

Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos.

Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido.

¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos.

Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices

de que los demás no se ocupan.

Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios.

Y dicen: “Señor, vénganos Tú;

porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando”.

¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad?

Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían

a su padre y a su madre.

Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros.

Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta.

Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías.

¿Es que la Ley no dice: “No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis

y elevan su voz hacia Mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará,

Y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos”?

¿No dice eso la Ley?

Y entonces, ¿Por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás?

¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo?

¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo?

Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos,

por la destrucción de su bosque.

¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir?

Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿Por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas?

Yo soy el Médico de vuestro espíritu.

¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos – y esa mujer que ha salido es uno de ellos – merecen,

a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el Banquete de Dios?

No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale.

Dios os ve desde lo alto de su Trono. Y os juzga.

¡Cuántos ve mejores que vosotros!

Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas,

elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante”. Honor de méritos y honor de humildad.

Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia!

¡Y oír que le dicen: “Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú”!

Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios.

Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico.

Yo no te odio. He venido para curarte.

Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos.

Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto.

No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos.

Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos,

huérfanos y viudas.

La única compensación que te darán serán bendiciones.

Pero Dios las transformará para ti en gracias.

Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos,

que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia,

y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos!

Yo vengaré a los abandonados.

–        Maestro… yo… quiero complacerte.

Tomaré de nuevo a esos niños.

–         No.

–        ¿Por qué?

–        ¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza.

Quiere aparentar humildad.

Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno.

Y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios,

en su espíritu y en el Reino eterno.

Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo.

Los cargos…

Las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete,

Lucas 14

y termina:

–        Has dicho los cargos… las ocupaciones.

Es verdad.

Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con

victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla.

El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes

con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón.

Si ese corazón quiere.

Y basta una palabra.

Yo os he dicho muchas. Y miro…

En un corazón está naciendo una planta santa.

En los otros, espinos para Mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa.

Yo voy por mi camino recto.

El que me ame que me siga.

Yo paso llamando.

Los que sean rectos que vengan a Mí.

Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente.

Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo.

Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita.

Siente que fui severo por amor, no por odio.

Paz a esta casa y a sus habitantes.

Paz a todos, si merecéis paz.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreo

360 LA AMISTAD DE LOS PODEROSOS


360 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.

Ahora un tibio sol de invierno templa el aire crudo.

Un muchacho de unos quince años espera con un rústico carro muy desvencijado.

La mujer dice:

–         Sólo tengo esto, Señor.

Pero en todo caso, llegarás antes y con más comodidad.

Jesús se niega:

–         No, mujer.

Conserva fresco tu caballo para venir a casa de Ismael.

Indícame sólo el camino más corto.

El muchacho se pone a su lado y los guía por campos y prados,

van hacia una ondulación del terreno, tras la cual hay una depresión de algunas

hectáreas, bien cultivada, en cuyo centro hay una hermosa casa ancha y baja,

circundada por una faja de jardín bien cultivado.

El jovencito dice:

–        La casa es aquélla, Señor.

«Si no te hago más falta, vuelvo a casa para ayudar a mi madre.

–          Ve.

Y sé siempre un hijo bueno.

Dios está contigo…

Jesús entra en la suntuosa casa de campo de Ismael.

Gran número de siervos acuden al encuentro del Huésped, ciertamente esperado.

Otros van a avisar al amo.

Y éste sale al encuentro de Jesús haciendo profundas reverencias.

Y saludándolo:

–         ¡Bien vienes, Maestro, a mi casa!.

Jesús responde al saludo: 

–        Paz a ti, Ismael ben Fabí.

Deseabas mi Presencia. Vengo.

¿Para qué querías verme

–         Para ser honrado con tu Presencia.

Y para presentarte a mis amigos.

Quiero que lo sean también tuyos.

De la misma forma que deseo que Tú seas amigo mío.

–         Yo soy amigo de todos, Ismael.

–          Lo sé.

Pero, ya sabes…

Conviene tener amistades en las altas esferas.

Y la mía y las de mis amigos son de ésas.

Tú – perdona si te lo digo – pasas por alto demasiado a quienes te pueden apoyar…

–        ¿Y tú eres de ésos?

¿Por qué?

–        Yo soy de ésos.

¿Por qué? Porque te admiro y quiero tenerte como amigo.

–         ¡Amigo

¿Pero sabes, Ismael, el significado que doy Yo a esta palabra?

Para muchos, “amigo” quiere decir “conocido”….

Para otros, “cómplice”; para otros, “siervo”…

Para mí quiere decir “fiel a la Palabra del Padre”.

Quien no es tal no puede ser amigo mío, ni Yo suyo.

–         Pero si quiero tu amistad precisamente porque quiero ser fiel, Maestro.

¿No lo crees?

Mira: ahí llega Eleazar.

Pregúntale cómo te he defendido ante los Ancianos.

Y volviéndose hacia el recién llegado, con ostentosos aspavientps de vestiduras

y grandes movimientos de ceremoniosa ostentación ritual entre sacerdotes,

Ismael ben Fabi dice:

–         Eleazar, te saludo.

Ven, que el Rabí quiere preguntarte una cosa.

Grandes saludos y recíprocas ojeadas indagadoras.

Con la hipocresía farisaica en todo su esplendor…

Los  dos fariseos profesan mutuamente:

–          Di tú, Eleazar, lo que dije del Maestro la última vez que nos reunimos.

–         ¡Oh, un verdadero elogio!

¡Una defensa apasionada!

Ismael habló de TÍ tanto, como del Profeta más grande que haya venido al pueblo

de Israel;

Tanto así Maestro, que sentí apetencia de escucharte.

Recuerdo que dijo que ninguno tenía palabra más profunda que la tuya,

ni atractivo mayor que el tuyo.

Y que si como sabes hablar sabes sujetar la espada:::

No habrá ningún rey más grande que Tú en Israel.

Ismael se va en busca de sus ‘otros poderosos amigos’

dejando a Jesús, con el poderoso hijo de Annás…

Jesús lo mira fijamente, antes de decir muy lentamente…

–        ¡Mi Reino!…

Este Reino no es humano, Eleazar.

–        ¿Pero el Rey de Israel?

Jesús dice muy solemne:

«Ábranse vuestras mentes para comprender el sentido de las palabras arcanas.

Vendrá el Reino del Rey de los reyes.

Pero no en la medida humana.

No respecto a lo perecedero, sino a lo Eterno.

A él se accede no por florida vía de triunfos…

Ni sobre purpúrea alfombra de sangre enemiga;

sino por empinado sendero de sacrificio y por benigna escalera de perdón y amor.

Las victorias contra nosotros mismos nos darán este Reino.

Y quiera Dios que la mayor parte de Israel pueda entenderme.

Mas no será así.

Vosotros pensáis lo que no es.

En mi mano habrá un Cetro puesto por el Pueblo de Israel.

Regio y eterno.

Ningún rey podrá ya arrebatárselo a mi Casa.

Pero muchos en Israel no podrán verlo sin estremecerse de HORROR,,

porque tendrá un nombre atroz para ellos.   (DEICIDIO)  

Eleazar ben Annás, pregunta:

–          ¿No nos crees capaces de seguirte?

–          Si quisierais, podríais.

Pero no queréis.

¿Por qué no queréis? Sois ya ancianos.

La edad debería haceros comprender y ser justos.

Justos incluso con vosotros mismos.

Los jóvenes… podrán errar y luego arrepentirse.

¡Pero vosotros!

La Muerte está siempre muy cerca de los ancianos.

Eleazar, tú estás menos envuelto en las teorías de muchos de tus iguales.

Abre tu corazón a la Luz…

Vuelve Ismael con otros cinco pomposos fariseos…

Anunciando:

–         Venid, pues, adentro.

Y dejado el atrio, lleno de sillas y alfombras, entran en una estancia,

donde se manifiesta una poderosa y ostentosa riqueza….

Traen ánforas y palanganas para las abluciones.

Luego pasan al comedor, muy ricamente preparado.

Ismael ben Fabi anuncia pomposamente:

–         Jesús a mi lado, entre yo y Eleazar.

Y Jesús, que había permanecido en el fondo de la sala, junto a los discípulos,

un poco arredrados y olvidados, debe sentarse en el sitio de honor.

Empieza el banquete, con numerosos servicios de carnes y pescados asados.

Vinos, exquisitos jarabes, o por lo menos aguamieles, pasan una y otra vez.

Todos tratan de hacer hablar a Jesús.

Uno, un viejo todo tembloroso, pregunta con voz bronca de decrépito:

–          Maestro, ¿Es verdad lo que se dice, que pretendes modificar la Ley?

Jesús responde con mucha cortesía:

–          No cambiaré ni una iota a la Ley.

Es más – y Jesús recalca las palabras -, he venido realmente para devolverle su

integridad, como cuando le fue dada a Moisés.  

Un fariseo respijnga.

–           ¿Insinúas que ha sido modificada?

–           De ninguna manera.

Ha sufrido la suerte de todas las cosas excelsas,

que han sido puestas en manos del hombre, nada más.

–          ¿Qué quieres decir?

Especifica.

–          Quiero decir que el hombre, por la antigua soberbia o por el antiguo fomes,

de la triple lujuria, quiso retocar la palabra clara.

E hizo de ella una cosa opresiva para los fieles;

mientras que para los autores de los retoques:

no es más que un cúmulo de frases que…

Bueno, que es para los demás.

–        ¡Pero, Maestro! Nuestros rabíes…

–        ¡Esto es una acusación!

–        ¡No frustres nuestro deseo de favorecerte!…

–        ¡Ah, ya!

¡Tienen razón cuando te llaman rebelde!

–        Silencio!

Jesús es mi invitado.

Que hable libremente.

–        Nuestros rabíes comenzaron su esfuerzo con la santa finalidad de facilitar la

aplicación de la Ley.

Dios mismo dio comienzo a esta escuela cuando a las palabras de los

Diez Mandamientos añadió explicaciones más detalladas.

Para que el hombre no tuviera la excusa de no haber sabido comprender.

Obra santa, pues, la de los maestros que desmenuzan para los pequeñuelos de Dios

el pan que Dios ha dado al espíritu: santa si persigue recto fin.

No siempre fue así.

Y ahora menos que nunca.

Pero, ¿Por qué me queréis hacer hablar, vosotros que os ofendéis si os enumero

las culpas de los poderosos?

–        ¿Culpas?

¿Culpas? ¿No tenemos sino culpas?

–        ¡Quisiera que tuvierais sólo méritos!

–         Pero no los tenemos:

eso es lo que piensas,.

Y tu mirada lo delata.

Jesús, no se logra la amistad de los poderosos criticando.

No reinarás.

No conoces el arte de reinar.

–        No pido reinar a la manera que vosotros creéis.

Ni mendigo amistades.

Quiero amor.

Pero un amor honesto y santo.

Un amor que vaya de Mí a aquellos a quienes amo.

Y que se demuestre usando con los pobres lo que predico que se use:

Misericordia.

Uno dice:

–        Yo, desde que te oí hablar, no he vuelto a prestar con usura.

–        Dios te recompensará.

Otro agrega:

–        El Señor me es testigo de que no he vuelto a pegar a los siervos que merecían

azotes, desde que me refirieron una parábola tuya.

Un tercero añade:

–        ¿Y yo?

¡He dejado en los campos, para los pobres, más de diez moyos de cebada!

Y una lluvia de autoalabanzas continúa como un torrente…-

Los fariseos se alaban excelsamente.

Ismael no ha hablado.

Jesús pregunta:

–        ¿Y tú, Ismael?

–        ¡Oh!¿Yo?

Siempre he usado misericordia.

Sólo debo seguir actuando como siempre.

–        ¡Bien para ti!

Si es realmente así, eres el hombre que no conoce remordimientos.

–        ¡Ciertamente no!

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6