366 DEFECTOS DE JUVENTUD


366 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Dejando el pueblo de Meirón, Jesús, con sus apóstoles, toma un camino,

también éste de montaña, que va en dirección noroeste, entre bosques y prados.

Sigue subiendo.

Quizás han venerado ya algunas tumbas, porque van hablando de ello.

Ahora es precisamente Judas el que va adelante con Jesús.

Se comprende que en Meirón han recibido y dado limosnas.

Judas rinde cuentas, diciendo los donativos que han recibido…

Y las limosnas que han dado.

Termina diciendo:

–        Y ahora, aquí está, mi donativo

He jurado esta noche que te lo iba a dar para los pobres, como penitencia.

No es mucho.

Pero no tengo mucho dinero.

De todas formas, he convencido a mi madre de que me mande dinero a menudo

a través de muchos amigos.

Las otras veces que dejaba mi casa era con mucho dinero.

Pero esta vez, teniendo que ir por los montes solo o sólo con Tomás,

he tomado sólo lo suficiente, para la duración del viaje.

Prefiero hacerlo así.

La única cosa es que…

Tendré que pedirte alguna vez autorización para separarme de vosotros,

durante unas horas para ir donde mis amigos.

Ya he dispuesto todo…

Maestro, ¿Sigo teniendo el dinero yo

¿Todavía yo? ¿Te fías todavía de mí

Jesús dice:

–        Judas, tú solo dices todo.

Y no sé el motivo por el que lo haces.

Has de saber que para Mí nada ha cambiado…

Porque espero con ello que cambies tú y vuelvas a ser el discípulo que fuiste…

Y llegues a ser el justo por cuya conversión oro y sufro.

–        Tienes razón, Maestro.

Pero, con tu ayuda, ciertamente lo seré.

Por lo demás…

Son imperfecciones de juventud.

Cosas sin peso.

Es más, sirven para poder comprender a los semejantes y para curarlos.

Jesús exclama:

–        ¡Verdaderamente, Judas, tu moral es muy extraña!

Y debería decir más.

Nunca se ha visto a un médico que enferme voluntariamente,

para poder decir después:

“Ahora sé curar mejor a los que tienen esta enfermedad”.

¿Así que Yo soy un incapaz?

–        ¿Quién lo dice, Maestro?

–        Tú.

Yo no cometo pecados; por tanto, no sé curar a los pecadores.

–        Tú eres Tú.

Pero nosotros no somos Tú.

Y tenemos necesidad de la experiencia para saber hacer…

–        Es tu vieja idea.

La misma de hace unas veinte lunas.

Sólo que entonces opinabas que Yo debía pecar, para ser capaz de redimir.

Verdaderamente me sorprende que no hayas tratado de corregir este…

Defecto mío, según tus modos de juzgar,

Y de dotarme de esta…

Capacidad de comprender a los pecadores.

-Estás bromeando, Maestro.

Bien, me agrada que bromees.

Me causabas pena. Estabas muy triste.

Y para mí es doble satisfacción el que sea precisamente yo quien te hace bromear.

Pero nunca he pensado en elevarme a ser tu pedagogo.

Además, ya ves que he corregido mi modo de pensar; tanto,

que digo que esta experiencia es necesaria sólo para nosotros.

Para nosotros, pobres hombres.

Tú eres el Hijo de Dios, ¿No es verdad?

Tienes, por tanto, una sabiduría que, para ser sabiduría;

no tiene necesidad de experiencias

–         Bueno, pues, has de saber que la inocencia también es sabiduría,

mucho mayor que el bajo y peligroso conocimiento del pecador.

Donde la santa ignorancia del mal limitaría la capacidad de guiarse y de guiar,

suple el ministerio angélico, que jamás se ausenta de un corazón puro.

Cree que los ángeles, aun siendo purísimos, saben distinguir el Bien y el Mal.

Y conducir al hombre puro que custodian, por el sendero recto y hacia actos rectos.

El pecado no es aumento de sabiduría.

No es luz. No es guía. Jamás.

Es corrupción. Es privación de ver. Es caos.

De modo que quien lo cometa conocerá su sabor,

mas perderá también la capacidad de saber muchas otras espirituales cosas

y ya no tendrá a un ángel de Dios, espíritu de orden y amor, que lo guíe;

sino a un ángel de Satanás,

para conducirlo por la vía de un desorden cada vez mayor,

por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.

–        Y… escucha, Maestro.

¿Si uno quisiera volver a tener la guía angélica?

¿Basta el arrepentimiento, o, por el contrario, el veneno del pecado perdura

incluso después de que uno se ha arrepentido y ha sido perdonado?…

Ya sabes…

Uno que se ha dado al vino, por ejemplo, aunque jure no volver a emborracharse,

y lo jure con verdadera voluntad de cumplirlo,

sigue sintiendo la incitación a beber.

Y sufre…

–        Claro. Sufre.

Por este motivo uno no se debería hacer nunca esclavo de lo malo.

Pero sufrir no es pecar. Es expiar.

Como un borracho arrepentido no comete pecado

si resiste heroicamente a la incitación y deja de beber vino;

asimismo, quien ha pecado y se arrepiente y resiste a todas las incitaciones,

adquiere un mérito.

Y no le falta la ayuda sobrenatural para esta resistencia.

Ser uno tentado no es pecado.

Es más, es batalla que procura victoria.

Y – cree también esto – Dios desea sólo perdonar…

Y ayudar a quien habiendo errado luego se arrepiente…

Judas está en silencio un rato…

Luego, toma la mano de Jesús y la besa.

E inclinado todavía hacia la mano que ha besado,

dice:

–        Pero yo ayer por la noche me he pasado de la raya.

Te he insultado, Maestro…

¡He dicho estas blasfemias!

¿Pueden acaso serme perdonadas?

–        El mayor pecado es desesperar de la misericordia divina…

Judas, Yo he dicho:

“Todo pecado contra el Hijo del hombre será perdonado”.

El Hijo del hombre ha venido para perdonar, salvar, curar, para llevar al Cielo.

¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas!

¡Judas’. ¡Mírame!

Lávate el alma en el Amor que brota de mis ojos…

–        ¿Pero no te causo repulsa?

–         Sí…

Pero el Amor es mayor que la repulsa.

Judas, pobre leproso, el mayor leproso de Israel;

Ven a invocar la salud a Aquel que te la puede dar…

–        Dame la salud, Maestro.

–        No.

No así.

No hay en ti arrepentimiento verdadero y voluntad firme.

Hay sólo un conato de amor sobreviviente por Mí, por tu pasada vocación.

Hay un pulular de sentimiento, pero enteramente humano.

No es que sea malo todo esto.

Es más, es el Primer paso hacia el Bien.

Cultívalo, auméntalo, injértalo en lo sobrenatural;

 haz de ello un verdadero amor por Mí,

una vuelta verdadera a lo que eras cuando viniste a Mí, ¡Eso al menos!

¡Eso al menos!

Haz de ello, no un latido transitorio, emotivo, de sentimentalismo inactivo;

sino un verdadero sentimiento, activo, de atracción al Bien.

Judas, Yo espero.

Sé esperar. Yo oro.

Soy Yo quien suple, en esta espera, a tu ángel disgustado.

Mi piedad, mi paciencia, mi amor; siendo perfectos, son superiores a los angélicos,

y pueden permanecer a tu lado,

en medio de los desagradables hedores de lo que te fermenta en el corazón,

PARA AYUDARTE… 

Judas se estremece, no fingidamente, sino en la realidad.

Con labios temblorosos, con voz quebradiza por lo que le estremece,

pálido, pregunta:

–        ¿Pero Tú sabes realmente lo que he hecho?

—        TODO, JUDAS. 

¿Quieres que te lo diga o prefieres que te ahorre esta humillación?

–          Pero… bueno, es que no puedo creer…

–         Bien, pues entonces vamos a recorrer hacia atrás el camino…

Y a decirle al incrédulo la verdad.

Esta mañana ya has mentido más de una vez:

Sobre el dinero y sobre cómo has pasado la noche.

Tú ayer por la noche has tratado de ahogar con la lujuria todos tus otros

sentimientos, todos los odios, los remordimientos. Tú…

–        ¡Basta! ¡Basta!

¡Por caridad, no sigas!

O huiré de tu Presencia.

–       Deberías, por el contrario, abrazarte a mis rodillas pidiendo perdón.

–        ¡Sí, sí!

¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío

¡Perdón! ¡Ayúdame!

¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo!

Todo es más fuerte que yo.

–        Menos el amor que deberías tener por Jesús…

Pero, ven aquí, para vencerte la tentación y librarte de ella.

Y lo toma entre sus brazos.

Y llora silenciosas lágrimas, encima de la cabeza morena de Judas.

Los demás, que están algunos metros más atrás, se han detenido prudentemente

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