367 PRESAGIO DE ODIO


367 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y lo toma entre sus brazos y llora silenciosas lágrimas encima de la cabeza morena de Judas.

Los demás, que están algunos metros más atrás,

se han detenido prudentemente y ahora comentan:

–         ¿Veis?

Quizás Judas tiene verdaderamente algún pesar.

–        Y esta mañana se ha abierto con el Maestro.

–        ¡Qué tonto!

Yo lo hubiera hecho inmediatamente.

–         Serán cosas penosas.

–         ¡Seguro que no es por mala conducta de su madre!

¡Es una santa mujer!

¿Qué puede ser de penoso?

–         Quizás intereses que van mal…

–         ¡No, hombre, no!

¡Él gasta y da, según le parece, con generosidad!

-¡         Bueno!

¡Asuntos suyos!

Lo importante es que esté concorde con el Maestro, y parece que es así.

Ya llevan mucho tiempo hablando y en paz.

Ahora están abrazados…

Muy bien.

–         Sí, porque es una persona con capacidad y que conoce a mucha gente.

Es buena cosa que esté en armonía y con buena voluntad con nosotros,

y especialmente con el Maestro.

–         Jesús dijo en Hebrón que las tumbas de los justos son lugares de milagros,.

O más o menos…

En estos lugares hay muchas tumbas de justos.

Quizás las de Meirón han hecho un milagro respecto a la turbación de Judas.

–        ¡Entonces terminará de hacerse santo ahora ante la tumba de Hil.lel!

¿Aquello no es Yiscala?

–         Sí, Bartolomé.

–         Pues el año pasado no pasamos por aquí…

–        ¡Hombre, claro; como que vinimos por la otra parte!

Jesús se vuelve y los llama.

Se acercan alegres.

Jesús dice:

–        Venid.

La ciudad está cerca.

Tenemos que cruzarla para encontrar la tumba de Hil.lel.

Hagámoslo en grupo.

Sin explicar nada más,

mientras los once miran curiosos con el rabillo del ojo tanto a Él como a Judas.

Pero si éste último muestra un rostro pacificado, aunque mustio,

Jesús no lo tiene radiante:

su expresión es solemne, pero seria.

Entran en Yiscala, que es vasta y bonita.

Y está bien cuidada. 

Debe haber en ella un floreciente centro rabínico, porque hay muchos doctores

reunidos acá o allá, con alumnos a su lado escuchando sus lecciones.

Es muy notorio el paso de los apóstoles, y especialmente, del Maestro.

Y muchos se ponen detrás del grupo.

Alguno sonríe maliciosamente, otros llaman a Judas de Keriot;

Pero él va al lado del Maestro y ni siquiera se vuelve.

Salen de la ciudad.

Y se dirigen a la tumba de Hil.lel,

en medio de una oléada de comentarios:

–        ¡Qué descaro!

–        ¡Es imprudente.

–        Nos provoca.

–        ¡Profanador!

–        ¡Díselo, Uziel!

–        Yo no me contamino.

–        Díselo tú, Saúl, que eres sólo alumno.

–        No.

Se lo decimos a Judas.

Ve a llamarlo.

El joven llamado Saúl, menudo, pálido, todo ojos y boca, va a donde Judas,

y le dice:

–        Ven. Te llaman los rabíes.

Judas se niega diciendo:

–        No voy.

Me quedo donde estoy. Dejadme.

El joven vuelve y refiere esto a sus jefes.

Entretanto, Jesús, circundado por los suyos,

ora con veneración ante el sepulcro de Hil.lel, bien cándido de cal.

Los rabíes se acercan despacio, como serpientes silenciosas.

Y observan.

Dos de ellos, barbudos, ancianos, tiran de la túnica de Judas,

el cual, al ponerse a hacer oración ha quedado desprotegido ,

de las parejas de los otros compañeros.

Con resentimiento,

en voz baja pregunta: 

–         Pero bueno, ¿Qué queréis?

¿Ni siquiera orar se puede?

–         Sólo una palabra.

Luego te dejamos en paz.

Simón Zelote y Judas Tadeo se vuelven….

Y se callan los cuchicheadores.

Judas se separa dos o tres pasos

y pregunta:

–         ¿Qué queréis?

El más viejo le susurra al oído.

La reacción de Judas, es impulsiva:

pues sin mediar reflexión alguna, se separa de repente,

y dice:

–         No.

Dejadme en paz, ánimas de veneno.

No os conozco, no quiero seguiros conociendo.

Una carcajada de burla sale del grupito rabínico,

junto con una amenaza:

–        ¡Atento a lo que haces, muchacho estúpido!

–         Atentos vosotros.

¡Fuera! Id a decírselo también a los demás.

A todos los demás. ¿Habéis entendido?

Hablad con quien queráis, pero no conmigo, demonios, que es lo que sois.

Y los deja plantados.

Ha hablado tan fuerte que los apóstoles, atónitos, se han vuelto;

Jesús, no.

Ni siquiera por la carcajada burlona y la promesa:

–        « ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón!»

Que resuena vibrante en el silencio del lugar.

Judas vuelve a su sitio;

es más, aparta a Andrés, que se había puesto al lado de Jesús.

Y casi como para buscar defensa y protección,

toma con sus manos un extremo del manto de Jesús.

La ira de los religiosos entonces, arremete contra Jesús.

Se aproximan, amenazadores,

y gritan:

–          ¿Qué haces aquí, anatema de Israel?

–          ¡Fuera!

–         No turbes los huesos del Justo al que no eres digno de acercarte.

–        Se lo diremos a Gamaliel para que seas castigado.

Jesús se vuelve y los mira, uno por uno.

–         ¿Por qué nos miras así, endemoniado?

Jesús responde:

–         Para conocer bien vuestras caras y vuestros corazones.

Porque no sólo mi apóstol os volverá a ver.

Yo también.

Y entonces querré haberos conocido bien, para poderos reconocer enseguida.

–         Bien, ¿Ya nos has visto?

–        Márchate de aquí.

–         Gamaliel, si estuviera, no lo permitiría.

–         El año pasado he estado con él aquí…

–         ¡No es verdad, embustero!

–         Preguntádselo.

Como es una persona honesta, os dirá que es verdad.

Yo amo y venero a Hil.lel.

Y respeto y honro a Gamaliel.

Son dos hombres en los cuales, por su justicia y sabiduría,

se pone de manifiesto el origen del hombre,

recordando que el hombre ha sido hecho a semejanza de Dios.

–          ¿En nosotros no, eh? – interrumpen los energúmenos.

–          En vosotros está entenebrecido por los intereses y el odio.

–         ¿Pero lo estáis oyendo?

–        ¡En casa ajena así habla y ofende!

–        ¡Fuera!

–        ¡Fuera de aquí, corruptor de los mejores de Israel!

Si no, echamos mano a las piedras.

Que aquí no está Roma para protegerte,

amigo de contubernios con el enemigo pagano…

–         ¿Por qué me odiáis?

¿Por qué me perseguís?

¿Qué mal os he hecho?

Algunos de vosotros han recibido beneficios de mí; todos, respeto.

¿Por qué, pues, sois crueles conmigo?

Jesús se muestra humilde, manso, afligido y amoroso.

Les suplica su amor.

Ellos toman esto como signo de debilidad y miedo,

Y acosan:

la primera piedra vuela, y roza a Santiago de Zebedeo.

Éste, rápido, hace el gesto de reaccionar lanzándola a los agresores.

Mientras, todos se apiñan en torno a Jesús.

Pero son doce contra aproximadamente un centenar.

Otra piedra le da a Jesús en la mano,

que está ordenando a los suyos que no reaccionen.

La mano, herida en el dorso, sangra: parece ya la herida del clavo…

Entonces Jesús ya no ora.

Se yergue, imponente; los mira, los fulmina con sus miradas.

Pero otra piedra hace sangrar a Santiago de Alfeo en la sien.

Jesús debe paralizar cualquier otro acto con su poder,

para defender a sus apóstoles,

los cuales, obedientes, sufren la apedreada sin reaccionar.

Y cuando la voluntad de Jesús domina a los viles,

Él manifestando una majestad terrible,

con voz de trueno, dice:

–          Me voy.

Pero sabed que, por lo que hacéis, Hil.lel os habría maldecido.

Me voy.

Pero recordad que ni siquiera el mar Rojo detuvo a los israelitas

en el camino que Dios les había señalado.

Todo se allanó y quedó abierto el camino ante la Voluntad de Dios que pasaba.

Y lo mismo para Mí.

De la misma forma que ni egipcios ni filisteos ni amorreos ni cananeos

ni ningún otro pueblo detuvieron la marcha triunfal de Israel,

ni así vosotros, que sois peores que ellos,

tampoco detendréis mi camino ni mi misión: Israel.

Recordad que fue cantado al pozo del agua por Dios dada:

“Mana, pozo, pozo cavado por los príncipes, preparado por los jefes del pueblo,

con el dador de la Ley, con los propios bastones”.

¡Yo soy aquel Pozo! ¡Aquel Pozo soy Yo!

Cavado desde los Cielos por todas las oraciones y la justicia de los verdaderos

príncipes y jefes del Pueblo santo, que no sois vosotros.

No. No lo sois

Por vosotros jamás el Mesías habría venido, porque no os lo merecéis.

Porque su venida es vuestra ruina.

Porque el Altísimo conoce todos los pensamientos de los hombre. 

Y los conoce desde siempre, desde antes de que existiera Caín, del cual procedéis,

Y Abel, al que asemejo; desde antes de Noé, figura mía;

antes que Moisés, que fue el primero en usar mi símbolo;

desde antes de que existiera Balaam, que profetizó la Estrella.

E Isaías, y todos los profetas.

Y conoce los vuestros, Dios, y le horrorizan.

Siempre le han horrorizado, 

de la misma forma que siempre ha exultado por los justos por quienes justo era

enviarme. y que verdaderamente, ¡Oh, sí, verdaderamente!

me han aspirado desde las profundidades de los Cielos

para portar el Agua viva para la sed de los hombres.

Yo soy la Fuente de Vida eterna. Pero vosotros no queréis beber.

Y moriréis.

Y pasa lentamente por entre los paralizados rabíes y alumnos.

Y sigue su camino, lento, solemne, en un silencio atónito

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