Archivos diarios: 12/10/21

374 EL CAMINO DE LA CRUZ


374 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pedro con el rostro profundamente preocupado…

Y escandalizado como los demás,

Toma de un brazo a Jesús, lo separa un poco,

y le dice en voz baja al oído:

–        ¡Pero, Señor…!

No digas esto. No está bien.

Ya ves que se escandalizan.

Decaes del concepto en que te tienen.

Por nada del mundo debes permitir esto.

Ya de por sí nunca te va a pasar nada semejante.

¿Por qué pensarlo como si fuera verdadero

Debes subir cada vez más en el concepto de los hombres, si te quieres afirmar;

debes terminar por ejemplo, con un último milagro,

como reducir a cenizas a tus enemigos.

Pero nunca degradarte hasta aparecer como un malhechor castigado.

Pedro parece un maestro o un padre afligido corrigiendo con amorosa angustia a un

hijo que ha dicho una necedad.

Jesús, que estaba un poco inclinado para escuchar el bisbiseo de Pedro,

se yergue severo, con rayos en los ojos.

Pero rayos de amargura, y grita fuerte, para que todos oigan,

y la lección sirva para todos:

–        ¡Aléjate de Mí!

¡Tú que en este momento eres un satanás

que me aconseja desistir de la obediencia a mi Padre!

¡Para esto he venido!

¡No para los honores!

Tú, aconsejándome la soberbia, la desobediencia y el rigor sin caridad,

tratas de seducirme al mal. ¡Vete!

¡Me escandalizas!

¿No comprendes que la grandeza no está en los honores sino en el sacrificio?

¡Y que nada importa aparecer a los ojos de los hombres como gusanos,

si Dios nos considera ángeles?

Tú, hombre ignorante, no comprendes lo que es grandeza y razón según Dios,.

Y ves, juzgas, sientes, hablas según el hombre.

El pobre Pedro queda anonadado por esta severa corrección;

se separa, compungido y rompe a llorar…

No es el llanto gozoso de pocos días antes;

sino el sollozo desolado de quien comprende que ha pecado y ha causado dolor a la

persona amada.

Jesús lo deja llorar.

Se descalza, se remanga las vestiduras y vadea el arroyo.

Los demás hacen lo mismo en silencio.

Ninguno se atreve a decir una palabra.

Al final de todos va el pobre Pedro, en vano consolado por Isaac y el Zelote.

Andrés se vuelve más de una vez y lo mira.

Y luego susurra algo a Juan, que está muy afligido;

pero Juan menea la cabeza en señal de negación.

Entonces Andrés se decide.

Se adelanta corriendo.

Alcanza a Jesús.

Lo llama suavemente, con visible temor: –

        ¡Maestro! ¡Maestro!…

Jesús deja que lo llame varias veces.

Al final se vuelve, severo

y pregunta:

–        ¿Qué quieres?

–        Maestro, mi hermano está compungido…

Llora…

–        Se lo ha merecido.

–        Es verdad, Señor.

Pero de todas formas es un hombre…

No puede hablar bien siempre.

–        Efectivamente, hoy ha hablado muy mal – responde Jesús.

Pero ya se le ve menos severo.

Y un atisbo de sonrisa dulcifica la mirada divina.

Andrés se siente más seguro y aumenta la peroración en pro de su hermano.

–      Pero Tú eres justo

Y sabes que el amor a Ti ha sido lo que le ha hecho caer…

–        El amor debe ser luz, no tinieblas.

Él lo ha hecho tinieblas y ha envuelto en ellas su espíritu.

–        Es verdad, Señor.

Pero las vendas se pueden quitar cuando se quiera.

No es como tener el espíritu mismo tenebroso.

Las vendas son lo externo; el espíritu es lo interno, el núcleo vivo…

El interior de mi hermano es bueno.

–        Que se quite entonces las vendas que se ha puesto. –

        ¡Lo hará, sin duda, Señor!

Ya lo está haciendo.

Vuélvete y mira: lo desfigurado que está por ese llanto que no consuelas Tú.

¿Por qué has sido tan severo con él?

–         Porque él tiene el deber de ser «el primero»

de la misma forma que le he dado el honor de serlo.

Quien mucho recibe, mucho debe dar.

–        ¡Es verdad, Señor, sí!

Pero, ¿No te acuerdas de María de Lázaro?,

¿De Juan de Endor?, ¿De Áglae?, ¿De la Beldad de Corozaín?, ¿De Leví?

A éstos les diste todo…

Y ellos todavía te habían dado sólo la intención de redimirse…

¡Señor!… Atendiste mi súplica por la Beldad de Corozaín y por Áglae…

¿No lo harías ahora por tu Simón y mi Simón, que ha pecado por amor a Ti?

Jesús baja su mirada hacia este hombre apacible que se vuelve intrépido y

apremiante en favor de su hermano, como lo fue, silenciosamente, en favor de Áglae

y de la Beldad de Corozaín.

Y su rostro resplandece de luz, al ordenar a Andrés:

–        Ve a llamar a tu hermano y tráemelo aquí

–        ¡Gracias, mi Señor! Voy…

Y se echa a correr, raudo como una golondrina.

Cuando llega con Pedro,

le dice:

–        ¡Ven, Simón!.

¡El Maestro ya no está irritado contigo!

Ven, que te lo quiere decir.

–        No, no.

Me da vergüenza…

Hace demasiado poco que me ha corregido…

Será que quiere que vaya para reprenderme otra vez…

–        ¡Qué mal lo conoces!

¡Venga, ven!

¿Piensas que yo te llevaría a otro sufrimiento?

Si no estuviera seguro de que te espera allí una alegría, no insistiría. Ven. 

 –        ¿Y qué le voy a decir? – dice Pedro.

Mientras se pone en marcha un poco recalcitrante, frenado por su humanidad,

aguijado por su espíritu, que no puede estar sin la indulgencia de Jesús y sin su amor

–         ¿Qué le voy a decir? – sigue preguntando.

–         ¡Nada, hombre!

¡Será suficiente con que le muestres tu rostro! – le dice su hermano animándolo.

Todos los discípulos, a medida que los dos hermanos los van adelantando, los miran

Y comprendiendo lo que sucede, sonríen.

Llegan donde Jesús.

Pero Pedro, al último momento, se detiene.

Andrés no se anda con pequeñeces.

Con un enérgico tirón, como los que da a la barca para empujarla al mar,

lo echa hacia adelante.

Jesús se detiene…

Pedro levanta la cara…

Jesús la baja…

Se miran…

Dos lagrimones se deslizan por las mejillas enrojecidas de Pedro…

Jesús le dice:

–        Ven aquí, niño grande irreflexivo;

para que te haga de padre enjugando este llanto. 

Y levanta su mano, en que es muy visible aún, la señal de la pedrada de Yiscal.

Y seca con sus dedos esas dos lágrimas.

Pedro todavía tembloroso,

pregunta: 

–         ¡Oh, Señor!

¿Me has perdonado?

Agarrando la mano de Jesús con las suyas…

Y mirándolo con unos ojos

como los de un perro fiel que desea obtener el perdón del amo resentido.

–        Nunca te he condenado…

–        Pero antes…

–        Te he amado.

Es amor no permitir que en ti arraiguen desviaciones de sentimiento y de

pensamiento.

Debes ser el primero en todo, Simón Pedro.

–        ¿Entonces…

Entonces me estimas todavía?

¿Me quieres contigo todavía?

No es que yo quiera el primer puesto, ¡Eh!

Me conformo con el último, pero estar contigo, a tu servicio…

Y morir verdaderamente a tu servicio mi Señor, mi Dios

Jesús le pasa el brazo por encima de los hombros

y lo estrecha contra su costado.

Entonces Simón, que no ha dejado suelta en todo este tiempo la otra mano de

Jesús, se la cubre de besos… dichoso.

Y susurra:

–        ¡Cuánto he sufrido!…

Gracias, Jesús.

–        Da las gracias más bien a tu hermano.

Y en el futuro lleva bien tu carga con justicia y heroísmo.

Vamos a esperar a los otros.

¿Dónde están?

Están parados en el lugar en que se encontraban, cuando Pedro alcanzó a Jesús,

para dejar libertad al Maestro de hablar a su apóstol humillado.

Jesús les hace señas para que se acerquen.

Con ellos hay un grupito de labriegos, que habían dejado de trabajar en los campos

para venir a hacer preguntas a los discípulos

Jesús, todavía con la mano en el hombro de Pedro,

dice:

–        Por lo que ha pasado….

Habéis entendido que estar a mi servicio es una cosa severa.

Le he reprendido a él.

Pero la corrección era para todos.

Porque los mismos sentimientos estaban en la mayoría de los corazones, formados

o en gestación.

Así os los he truncado.

Y quien todavía los cultiva,

muestra que no comprende mi Doctrina, ni mi Misión ni mi Persona.

He venido para ser Camino, Verdad y Vida.

Os doy la Verdad con lo que enseño.

Os aliso el Camino con mi sacrificio; os lo trazo e indico.

Pero la Vida os la doy con mi Muerte.

Y acordaos de que quien responde a mi llamado y se alista en mis filas para

cooperar en la redención del mundo, debe estar dispuesto a morir para dar a otros

la Vida.

Por tanto, quien quiera seguirme debe estar dispuesto a negarse a sí mismo,

al viejo yo con sus pasiones, tendencias, costumbres, tradiciones, pensamientos… 

Y seguirme con su nuevo yo.

Tome cada cual su cruz como Yo la tomaré.

La tome, aunque le parezca demasiado infamante.

Deje que el peso de su cruz triture a su yo humano, para liberar al yo espiritual,

al cual no produce horror la cruz; antes al contrario, le es apoyo y objeto de

veneración, porque el espíritu sabe y recuerda.

Y que me siga con su cruz.

¿Qué al final del camino le esperará la muerte ignominiosa como me espera a Mí?

No importa.

No se aflija;

antes al contrario, exulte por ello, porque la ignominia de la tierra, se transformará

en grande gloria en el Cielo;

mientras que será un deshonor la vileza frente a los heroísmos espirituales.

Siempre decís que queréis seguirme hasta la muerte.

Seguidme entonces.

Y os guiaré al Reino por un camino abrupto, pero santo y glorioso,

al final del cual conquistaréis la Vida eternamente inmutable.

Esto será «vivir».

Por el contrario, seguir los caminos del mundo y la carne es «morir».

De modo que quien quiera salvar su vida en esta tierra, la perderá;

mas aquel que pierda su vida en esta tierra por causa mía y por amor a mi

Evangelio la salvará.

Pensad esto:

¿De qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?

Y otra cosa: guardaos bien, ahora y en el futuro,

de avergonzaros de mis palabras y acciones.

Eso también sería «morir».

Porque el que se avergüence de Mí y de mis palabras delante de esta generación

necia, adúltera y pecadora, de que he hablado, y esperando recibir su protección

y ganancia, la adule, renegando de Mí y de mi Doctrina

MATEO 7, 16

arrojando a las bocas inmundas de los cerdos y perros las perlas recibidas,

para recibir luego como paga, excrementos en vez de dinero, será juzgado por el

Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con los ángeles y santos, a

juzgar al mundo.

Él, entonces, se avergonzará de estos adúlteros y fornicadores;

de estos villanos y usureros.

Y los arrojará fuera de su Reino; porque no hay sitio en la Jerusalén celeste para

adúlteros, ruines, fornicadores, blasfemos y ladrones.

Y os digo en verdad, que algunos de mis discípulos y discípulas presentes no

experimentarán la muerte antes de haber visto la fundación del Reino de Dios.

Y ungido y coronado a su Rey.

El Reino de Dios vio sus comienzos el Viernes Santo, por los méritos de Cristo.

luego se afirmó con la Iglesia constituida

Pero no todos vieron esta creciente afirmación.

Reemprenden la marcha, hablando animadamente;

mientras el sol desciende lentamente en el cielo…