377 LLEGADA CON LA MADRE


377 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

348 y desde Cafarnaúm va con Jesús a Nazaret. 

Ahora vamos a dedicar la espera de las barcas para todos, a curar a los enfermos que me aguardan.

Y Jesús baja al huerto, donde hay camillas o enfermos.

Y los cura rápidamente, mientras recibe el saludo deferente de Jairo

y de los amigos, pocos, de Cafarnaúm.

Las mujeres son Porfiria, Salomé, más la anciana esposa de Bartolomé y la menos

anciana de Felipe con sus hijas jovencitas;

entretanto  se ocupan de la comida para el numeroso grupo de los discípulos, que

habrán de saciar el hambre con las nasas de pescado que Betsaida y Cafarnaúm han ofrecido.

Y una intensa actividad de abrir vientres argénteos todavía palpitantes, de enjuagar

peces en los barreños y una intensa crepitación de frito sobre las parrillas, se

produce en la cocina

mientras Margziam, con otros discípulos, alimenta los fuegos y trae cántaros de

agua para ayudar a las mujeres.

La comida pronto está hecha y pronto es consumida.

Y habiendo sido ya reclutadas las barcas para el transporte de tanta gente,

no falta sino embarcarse en dirección a Mágdala, por un lago de encanto:

tan sereno…

Tan hermoso, engastado en sus orillas esmeraldinas.

Los jardines y la casa de María de Magdala se abren hospitalarios en el mediodía

solar para recibir al Maestro y a sus discípulos.

Y toda Magdala se lanza a la calle a saludar al Rabí que va hacia Jerusalén.

Y las frescas laderas de las colinas galileas sienten la marcha diligente y alegre de la

turba fiel, seguida de un cómodo carro en que van Juana con Porfiria, Salomé, las

mujeres de Bartolomé y Felipe;

y las dos hijas jovencitas de este último, más los risueños María y Matías, de aspecto

irreconocible respecto a lo que eran cinco meses antes.

Margziam marcha con bravura con los adultos;

por voluntad de Jesús, está incluso en el grupo apostólico, entre Pedro y Juan.

Y no se pierde ni una palabra de cuanto dice Jesús.

El sol resplandece en un cielo purísimo.

Tibias rachas de viento traen olor a bosque, a calamanto, a violeta, con el olor de los

primeros muguetes y de los rosales que se van poblando cada vez más de flores;

soberano, sobrepujando a todos, ese olor fresco, levemente amargoso, de las flores

de los árboles frutales que desde todas partes,

esparcen nieve de pétalos sobre los prados.

Todos tienen algunos de estos pétalos entre el pelo, mientras caminan en medio de

un continuo gorjeo de pájaros,

en medio de cantos de seducción y vibrantes reclamos de unas frondas a otras

entre los audaces machos y las púdicas hembras.

Y mientras las ovejas rozan, pingües de maternidad, y los primeros corderitos

chocan el morrito rosado contra la torneada ubre

para aumentar la secreción de leche,

o, como niños felices, corretean haciendo círculos por los prados de hierba reciente.

¡Qué pronto llega Nazaret después de Caná!,

Donde Susana se une a las otras mujeres llevando consigo los productos de su

tierra en cestas y frascos.

Y una rama entera de rosas rojas, todas en capullo todavía, próximos a abrirse,

que dice:

–         Son ofrenda para María».

Juana de cusa agrega: –

        Yo también, ¿ves?

Y destapa una especie de caja donde están cuidadosamente colocadas bastantes

rosas entre musgo húmedo:

agregando:

–        «Las primeras y las más bonitas.

¡Siempre será nada para Ella, que es tan encantadora!

Todas las mujeres han traído consigo provisiones para el viaje pascual.

Y con las provisiones, quién esta flor;

quién esa otra planta, para el huerto de María…

Porfiria se disculpa porque no ha traído más que una maceta de alcanfor espléndido

con esas diminutas hojitas glaucas que emanan su aroma con sólo rozarlas.

Y dice:

–        María deseaba esta planta balsámica…

Y todas la elogian por la belleza exuberante del arbolito.

Mientras porfiria explica:

–        ¡Oh! Lo he vigilado todo el invierno, resguardándolo del hielo y del granizo

en mi habitación.

Margziam me ayudaba a llevarla al sol todas las mañanas.

Y a retirarla cuando caía la tarde…

Este niño encantador, si no hubiera estado la barca y ahora el carro, se lo habría

cargado a las espaldas para llevárselo a María, por cortesía con Ella y conmigo.

La humilde mujer de Pedro,

cada vez se siente más segura por la bondad de Juana,

y que no cabe en sí de la alegría de estar en viaje hacia Jerusalén.

Y además con el Maestro, con su marido y con su Margziam

Susana le pregunta:

–        ¿No has estado nunca en Jerusalén?

Porfiria le responde:

–          Mientras vivía mi padre, todos los años.

Pero luego…

Mi madre no volvió a ir…

Mis hermanos me habrían llevado, pero yo servía de ayuda a mi madre y ella no me

dejaba partir.

Después me casé con Simón…

Y no he vuelto a estar muy bien de salud.

Simón habría debido estar mucho de viaje y se aburría…

Así que me quedaba en casa esperándolo…

El Señor veía mi deseo…

Y era como si hiciera el sacrificio en el Templo… – dice la mansa mujer.

Y Juana, que la tiene cerca,

le pone una mano en sus espléndidas trenzas,

y le dice:

–        ¡Querida mía!

Y en esa expresión hay mucho amor, mucha comprensión, mucho significado.

Llegan a Nazaret…

Llegan a la casa de María de Alfeo, que ya está entre los brazos de sus hijos.

Y ella, con las manos goteando y rojas por la colada que está haciendo, los acaricia,

para correr luego, secándoselas en el tosco mandil, a abrazar a Jesús…

Llegan a la casa de Alfeo de Sara, que precede inmediatamente a la de María.

Alfeo ordena al nietecito más grande que corra a avisar a María,

mientras se dirige a pasos de gigante hacia Jesús, con una brazada de nietecitos

encima; y lo saluda junto con esa nidada estrechada entre sus brazos como un ramo

de flores ofrecido a Jesús.

He ahí a María, asomándose a la puerta, bajo el sol, con su vestido de casa de un

azul claro un poco descolorido.

Y con el oro brillante,

vaporoso sobre la frente virginal, macizo en el tupido nudo de

las trenzas sobre la nuca, el oro de sus cabellos.

Hela cayendo sobre el pecho de su Hijo, que la besa con todo su amor.

Los demás se detienen, prudentes, para dejarlos libres en los primeros momentos.

Pero Ella se separa enseguida y vuelve el rostro, inexpugnable a la edad, ahora todo

rosado por la sorpresa y luminoso por la sonrisa.

Y saluda con su voz de ángel:

–        La paz a vosotros, siervos del Señor y discípulos de mi Hijo.

La paz a vosotras, hermanas en el Señor.

Y con las discípulas, que han bajado del carro, intercambia un beso fraterno.

Ella exclama:

–        ¡Oh, Margziam, ya no voy a poder tenerte entre mis brazos!

Ya eres un hombre.

Pero ven con la Mamá de todos los buenos, que sí te daré un beso todavía.

¡Tesoro mío!

Que Dios te bendiga y te haga crecer en sus caminos, robusto como crece tu joven

cuerpo, y más aún.

Y volviéndose hacia Jesús, agrega:

Hijo mío, habrá que llevarlo a que lo vea su abuelo.

Se pondrá muy contento de verlo así.

Y luego abraza a Santiago y a Judas de Alfeo.

Y les da la noticia que ciertamente desean oír:

–        Este año Simón viene conmigo, como discípulo del Maestro.

Me lo ha dicho.

Luego saluda, uno por uno, a los más conocidos, a los más influyentes.

Y tiene para cada uno de ellos una palabra de gracia.

Jesús acerca a Mannahém a Ella…

Y se lo presenta como escolta suya en el viaje hacia Jerusalén.

María pregunta:

–         ¿No vienes con nosotros, Hijo?

Jesús responde:

–         Madre, tengo más lugares que evangelizar.

Nos veremos en Betania.

–        Hágase tu Voluntad ahora y siempre.

Gracias, Mannahém.

Tú: ángel humano; nuestros custodios: ángeles del Cielo;

estaremos tan seguras

como estando en el Lugar Santísimo, con el Santo de los Santos.

Y ofrece su mano menuda a Mannahém en señal de amistad.

El caballero, crecido en el fasto,

se arrodilla para besar la gentil mano que se le ofrece.

Entretanto, han descargado las flores

y todas las otras cosas que deben quedarse en Nazaret.

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