378 VIRGEN Y MADRE


378 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

348 Revelación de las transfiguraciones de la Virgen.

Entretanto, han descargado las flores y todas las otras cosas que deben quedarse en Nazaret.

Luego el carro va a su lugar: en alguna de las caballerizas de la ciudad.

La pequeña casa parece una rosalera por las rosas que las discípulas han distribuido

por todas partes.

Pero la planta de Porfiria, que ha sido puesta encima de la mesa,

recoge la más viva admiración de María.

Y dice que la lleven a un lugar apropiado,

según las indicaciones de la mujer de Pedro.

Ciertamente no pueden entrar todos en la minúscula casa,

ni en el huerto, que no es

un latifundio ni una hacienda.

Pero que eso sí,

parece ascender hacia el cielo sereno, hacerse etéreo, por la gran

cantidad de nubes de flores de los árboles de este huerto.

Y Judas de Alfeo, sonriendo,

pregunta a María:

–        ¿Has cortado hoy también la rama para tu ánfora?

Ella contesta feliz:

–        Claro, Judas.

La estaba contemplando cuando habéis llegado…

Jesús dice:

–       Y soñando de nuevo, Mamá, tu vasto misterio.

Ciñéndola con su brazo izquierdo y arrimándola contra su pecho.

María levanta su rostro ruborizado,

y suspira diciendo:

–        Sí, Hijo mío…

Y también el primer latido de tu corazón en mí…

Jesús dice

–        Que se queden las discípulas,

los apóstoles, Margziam, los discípulos pastores,

el sacerdote Juan, Esteban, Hermas y Mannahém.

Los demás que se dispersen en busca de alojamiento…

Simón de Alfeo grita desde la puerta:

–        Muchos pueden alojarse en mi casa…

Donde está retenido, porque ya no cabe.

Agregando:

–        Soy condiscípulo de ellos y los reclamo.

Jesús dice efusivo:

–        ¡Hermano, acércate para que te pueda besar.

Mientras Alfeo de Sara, Ismael y Aser, los dos discípulos ex arrieros de asnos,

de Nazaret, dicen, a su vez:

–        ¡A nuestra casa. ¡Venid, venid!

Los discípulos que no habían sido nombrados se marchan.

Se puede entonces cerrar la puerta…

Para ser abierta de nuevo inmediatamente, por la llegada de María de Alfeo,

que no puede estar lejos aunque se estropee su colada.

Son casi cuarenta personas las que han quedado,

así que se esparcen por el huerto tibio y calmo.

Se distribuyen los alimentos.

Todos, tan contentos como están de consumirlos en la casa del Señor y además

distribuidos por María, los encuentran de un sabor celestial.

Regresa Simón, después de acomodar convenientemente a los discípulos,

y dice:

–        No me has llamado como a los demás, pero soy hermano tuyo

y vengo de todas formas.

Jesús dice:

–        Bien.

Ven, Simón.

He querido que estuvierais aquí para daros a conocer a María.

Muchos de vosotros conocéis a la «madre» María;

algunos a la «esposa» María.

Pero ninguno conoce a la «virgen» María.

Os la quiero dar a conocer en este jardín en flor, al cual vuestro corazón viene, con

el deseo, en los momentos de lejanía forzada, como a un lugar de reposo, durante

las fatigas del apostolado.

He oído lo que decíais, apóstoles, discípulos y parientes;

he oído vuestras impresiones, vuestros recuerdos,

vuestras afirmaciones acerca de mi Madre.

Quiero transfiguraros todo esto, cargado de admiración pero todavía muy humano

en conocimiento sobrenatural

Porque mi Madre, antes de Mí,

debe ser transfigurada ante los ojos de los más

merecedores, para ser mostrada cual Ella es.

Veis a una mujer.

Una mujer que por su santidad os parece distinta de las demás.

Y que veis en realidad como un alma envuelta en la carne,

como la de todas sus hermanas de sexo.

Pero ahora quiero descubriros el alma de mi Madre, su verdadera y eterna belleza.

Ven aquí, Madre mía.

No te ruborices.

No te eches hacia atrás atemorizada, paloma suave de Dios.

Tu Hijo es la Palabra de Dios,

No puede hablar de Ti y de tu misterio, de tus misterios,…

¡Oh sublime Misterio de Dios!

Vamos a sentarnos aquí,

bajo esta sombra ligera de árboles en flor,

junto a la casa, junto a tu habitación santa. ¡Así!

Vamos a descorrer esta cortina ondeante.

Que salgan olas de santidad

y de Paraíso de esta habitación virginal para saturarnos

de Tí a todos…

Sí. A mí también y quede perfumado de ti, Virgen perfecta,

para poder soportar los hedores del mundo,

para, teniendo saturada la pupila de tu Candor,

poder ver candor…

Venid aquí, Margziam, Juan, Esteban y vosotras, discípulas,

poneos bien de frente a la puerta abierta de la morada casta

de la que es Casta entre todas las mujeres.

Y detrás vosotros, amigos míos.

Y aquí, a mi lado, tú, amada Madre mía.

Poco antes os he dicho: «la eterna belleza del alma de mi Madre».

Soy la Palabra y por ello sé hacer uso de la palabra sin error.

He dicho: eterna, no inmortal.

Y no lo he dicho sin una finalidad.

Inmortal es quien, habiendo nacido, ya no muere.

Así, el alma de los justos es inmortal en el Cielo,

el alma de los pecadores es inmortal en el Infierno;

porque el alma, una vez creada, ya no muere sino a la gracia.

Pero el alma tiene vida, existe desde el momento en que Dios la piensa.

La crea el Pensamiento de Dios.

El alma de mi Madre desde siempre es pensada por Dios.

Por tanto es eterna en su belleza,

en la cual Dios ha vertido todas las perfecciones

para recibir de ella delicia y confortación

Está escrito en el Libro de nuestro antepasado Salomón, que te antevió… 

Y, por tanto, puede ser llamado profeta tuyo:

«Dios me poseyó al principio de sus obras, desde el mismo principio, antes de la

Creación. Ab aeterno fui establecida, al principio,

antes de que fuera hecha la Tierra.

No existían todavía los abismos y yo había sido ya concebida.

No manaban aún las fuentes de las aguas, no habían sido asentadas aún las

montañas sobre su pesada mole y yo ya existía.

Antes de las colinas había sido dada a luz.

Él no había hecho todavía la Tierra, ni los ríos, ni los fundamentos del mundo,

y yo ya existía

Cuando preparaba los cielos y el Cielo, estaba presente

Cuando con ley inviolable cerró debajo de la bóveda el Abismo,

cuando afianzó en lo alto la bóveda celeste

y colgó de ella las fuentes de las aguas,

cuando fijó al mar sus confines y dictó a las aguas la ley de no superarlos,

mientras echaba los cimientos de la Tierra,

yo estaba con Él dando orden a todas las cosas.

En medio de una constante alegría, jugaba en su presencia continuamente.

Jugaba en el orbe».

¡Sí, oh Madre de la que Dios, el Inmenso, el Sublime, el Virgen, el Increado, estaba

grávido, y te llevaba como al dulcísimo fruto de su seno, exultando al sentirte

agitarte dentro de Él, dándole las sonrisas con las que hizo la Creación!

Tú, a la que dio a luz al dolor para darte al Mundo,

alma suavísima, nacida del Virgen para ser la «Virgen»,

Perfección de la Creación,

Luz del Paraíso, Consejo de Dios, el cual, mirándote, pudo perdonar la Culpa,

porque sólo tú, tú sola,

sabes amar como no sabe hacerlo toda la Humanidad junta.

¡En ti e1 Perdón de Dios!

¡En ti la Medicina de Dios, tú, caricia del Eterno

en la herida infligida por el hombre a Dios!

¡En ti la Salud del mundo,

Madre del Amor encarnado y del Redentor concedido!

¡Oh, el alma de mi Madre!

¡Fundido en el Amor con el Padre, te miraba dentro de Mí,

¡Oh alma de mi Madre!..

Tu esplendor, tu oración, la idea de que tú me llevaras,

eran eterno consuelo de mi

destino de dolor y de experiencias inhumanas, de lo que significa para el Dios

perfectísimo el mundo corrompido.

¡Gracias, Madre!

He venido ya saturado de tus consuelos, he descendido sintiéndote sólo a ti,

tu perfume, tu canto, tu amor…

¡Alegría, alegría mía!

Pero, oíd, vosotros que ahora sabéis que una sola es la mujer en la que no hay

mancha, una sola la Criatura que no cuesta heridas al Redentor,

oíd la segunda transfiguración de María, la Elegida de Dios.

Era una tarde serena de Adar.

Estaban en flor los árboles en el huerto silencioso.

María, desposada con José,

había cogido una rama de árbol florecido para sustituir

a la otra que había en su habitación.

Hacía poco que María había venido a Nazaret,

tomada del Templo para adornar una casa de santos.

Y con el alma tripartita (entre el Templo, la casa y el Cielo),

miraba la rama florecida, pensando que con una parecida a ésa

florecida en modo insólito,

una rama cortada en este huerto en pleno invierno.

y que había echado flores como en primavera delante del Arca del Señor.

Quizás le había dado calor el Sol-Dios radiante en el lugar de su Gloria…

Dios le había expresado su voluntad…

Y pensaba también que el día de la boda José le había llevado otras flores,

aunque no como esa primera, que tenía escrito en sus pétalos ligeros:

«Te quiero unida a José»…

Muchas cosas pensaba…

Y pensando subió a Dios.

Las manos se movían diligentes entre la rueca y el huso.

E hilaban un hilo más delgado que un cabello de su joven cabeza…

El alma tejía un tapiz de amor, yendo diligente, como la lanzadera del telar,

de la tierra al Cielo;

38. Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue. Lucas 1

de las necesidades de la casa, de su esposo

a las del alma, de Dios.

Y cantaba y oraba.

El tapiz se formaba en el místico telar, se desenrollaba desde la tierra al Cielo,

subía para perderse arriba… ¿Formado con qué?

Con los hilos finos, perfectos, fuertes, de sus virtudes;

con el veloz hilo de la lanzadera que Ella creía «suya»

Y sin embargo, era de Dios:

la lanzadera de la Voluntad de Dios en la cual estaba arrollada la voluntad de la

pequeña, grande Virgen de Israel,

la Desconocida para el Mundo, la Conocida para Dios;

su voluntad arrollada,

hecha una con la Voluntad del Señor.

Y el tapiz se adornaba con flores de amor, de pureza,

palmas de paz, de gloria,

con violetas, jazmines…

Todas las virtudes florecían en el tapiz del amor que la Virgen de Dios extendía,

invitante, desde la tierra hasta el Cielo.

Y no bastando el tapiz, lanzaba su corazón cantando:

«Venga mi Amado a su jardín y coma el fruto de sus árboles frutales…

Baje mi Amado a su jardín, a la era de los aromas, a halagarse en los jardines,

a recoger lirios.

¡Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío;

Él, que se halaga entre los lirios!».

Y, desde lejanías infinitas,

entre torrentes de Luz, venía una Voz cual oído humano

no puede oír, ni garganta humana formar.

Decía: «¡Cuán hermosa eres, amiga mía! ¡Qué hermosa!…

Miel gotean tus labios..

¡Un jardín cerrado eres tú, una fuente sellada, oh hermana, esposa mía!…»

Y las dos voces se unían para cantar la eterna verdad:

«El amor es más fuerte que la muerte.

Nada puede extinguir o ahogar `nuestro’ amor».

La Virgen se transfiguraba así…, así… así…

Mientras descendía Gabriel y la reclamaba, con su llamear,

a la Tierra; uníale de nuevo el espíritu al cuerpo, para que Ella pudiera oír y

comprender la demanda de Aquel que la había llamado «Hermana»

pero que la quería «Esposa».

Pues bien, allí tuvo lugar el Misterio…

Y una púdica, la más púdica entre todas las mujeres,

Aquella que ni siquiera conocía el estímulo instintivo de la carne,

se turbó ante el ángel de Dios, porque hasta un ángel turba la humildad

y la verecundia de la Virgen;

Y sólo se calmó oyéndolo hablar…

Y creyó;

Y dijo la palabra por la que el amor «de Ella y Él » se hizo Carne

Y vencerá a la Muerte.

Y no habrá agua que pueda apagarlo, ni maldad que pueda sumergirlo…

Jesús se inclina dulcemente hacia María, que ha caído a sus pies, casi extática,

al rememorar la lejana hora,

iluminada con una luz especial que parece exhalar del alma.

Y le pregunta quedo:

–        ¡Cuál fue, ¡Purísima!,

tu respuesta a aquel que te aseguraba que viniendo a ser

Madre de Dios no perderías tu perfecta Virginidad

Y María, casi en sueño, lentamente, sonriendo,

con los ojos dilatados por un feliz llanto:

–        ¡He aquí a la Sierva del Señor!

Hágase en mí según su Palabra

Y reclina, adorando, la cabeza en las rodillas de su Hijo.

Jesús la cubre con su manto,

celándola así a los ojos de todos,

y dice:

–        Y se cumplió.

Y se cumplirá hasta el final.

Hasta sus otras transfiguraciones.

Ella será siempre «la Sierva de Dios».

Hará siempre lo que diga «la Palabra».

¡Ésta es mi Madre!

Bueno es que empecéis a conocerla en toda su santa Figura…

¡Madre! ¡Madre!

levanta tu cara, Amada…

Llama a tus devotos a esta Tierra en que por ahora estamos…

Dice mientras destapa a María,

después de un rato en que no se ha oído ningún

sonido aparte del zumbido de las abejas

Y el gorgoteo de la fuentecita.

María levanta la cara, cubierta de llanto,

y susurra:

–        ¿Por que me has hecho esto Hijo?

Los secretos del Rey son sagrados…

–         Pero el Rey los puede revelar cuando quiere.

Madre, lo he hecho para que se comprenda lo que dijo un Profeta:

«Una Mujer abarcará al Hombre», y lo otro del otro Profeta:

«La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo».

Y también para que ellos,

que se horrorizan por demasiadas cosas del Verbo de Dios

que consideran humillantes,

tengan como contrapeso otras muchas cosas que los

confirmen en el gozo de ser «míos».

Así no se volverán a escandalizar.

Y conquistarán así también el Cielo…

Ahora los que tengan que ir a las casas hospitalarias que vayan.

Yo me quedo aquí con las mujeres y Margziam.

Que mañana, al alba, estén aquí todos los hombres;

quiero llevaros a un lugar cercano.

Luego regresaremos para saludar a las discípulas.

Después volveremos a Cafarnaúm.

Y reuniremos a los otros discípulos para enviarlos detrás de ellas…

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