380 LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS


380 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

349  el epiléptico curado al pie del monte. 

… Volvemos ahora con los hombres.

Porque he venido para estar con ellos y para llevarlos a Dios.

Vamos.

Sed santos en recuerdo de esta hora…

Fuertes, fieles.

Participaréis en mi más completa gloria.

Pero no habléis ahora de esto que habéis visto a nadie, ni siquiera a vuestros compañeros.

Cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos y vuelva a la gloria del Padre,

entonces hablaréis.

Porque entonces será necesario creer, para tener parte en mi Reino.

Pero no habléis…

Ni siquiera a vuestros compañeros.  

La prudencia, perfecta en Cristo, lo está imponiendo así,

para evitar fanatismos de veneración y de odio;

ambos prematuros y nocivos: 

Los apóstoles preguntan: 

–        ¿Pero no tiene que venir Elías para preparar tu Reino?

Los rabíes dicen eso.

Aludiendo a Juan el Bautista

Jesús responde: 

–        Elías ha venido ya…

Y ha preparado los caminos al Señor.

Todo sucede como ha sido revelado.

Pero los que enseñan la Revelación no la conocen, ni la comprenden.

Y NO VEN NI RECONOCEN

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

NI A LOS ENVIADOS DE DIOS…. 

Elías ha vuelto una vez.

Vendrá la segunda cuando esté cercano el último tiempo,

para preparar a los últimos para Dios.

Ahora ha venido para preparar a los primeros para Cristo.

Y los hombres no lo han querido reconocer;

le han hecho sufrir y lo han matado.

Lo mismo harán con el Hijo del hombre;

porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien.

Los tres agachan la cabeza, pensativos y tristes.

Y bajan con Jesús, por el mismo camino, por el que han subido al Tabor.

Y es otra vez Pedro el que, en un alto a mitad de camino,

dice:
–        ¡Ah, Señor!

Yo también digo como tu Madre ayer:

«¿Por qué nos has hecho esto?»

Y también digo: «¿Por qué nos has dicho esto?».

¡Tus últimas palabras han borrado de nuestro corazón la alegría de la gloriosa visión!

¡Ha sido un día de grandes miedos!

Primero, el miedo de la gran luz que nos ha despertado;

más fuerte que si el monte ardiera o que si la Luna hubiera bajado a resplandecer

al rellano ante nuestros ojos;

luego tu aspecto…

Y el hecho de separarte del suelo como si estuvieras para echar a volar y marcharte.

He tenido miedo de que Tú, disgustado por las iniquidades de Israel,

Volvieras a los Cielos, por orden del Altísimo.

Luego he tenido miedo de ver aparecer a Moisés,

al que los suyos de su tiempo no podían ver ya sin velo, 

de tanto como resplandecía en su rostro el reflejo de Dios.

Y todavía era hombre.

Mientras que ahora es espíritu bienaventurado y encendido de Dios.

Y a Elías…

¡Misericordia divina!

He pensado que había llegado a mi último momento y todos los pecados de mi vida,

desde cuando robaba de pequeño la fruta de la despensa hasta el último de haberte

aconsejado mal hace unos días, me han venido a la mente.

¡Con qué temblor me he arrepentido!

Luego me dio la impresión de que me amaban esos dos justos…

Y he tenido la intrepidez de hablar.

Pero incluso su amor me producía miedo;

porque no merezco el amor de semejantes espíritus.

¡Y después… después!…

¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!…

¡Yeohveh ha hablado!

¡A nosotros!

Nos ha dicho:

«¡Escuchadle!».

Tú…  Y te ha proclamado «su Hijo amado en el cual Él se complace».

¡Qué miedo!  ¡Yeohveh!…   ¡A nosotros!…

¡Verdaderamente sólo tu fuerza nos ha mantenido en vida!…

Cuando nos has tocado, ¡Tus dedos ardían como puntas de fuego! 

Fue cuando he sentido el último momento de Terror.

He creído que era la hora de ser juzgado y que el Ángel me tocaba para tomar mi alma

y llevársela al Altísimo…

¡Pero, ¿Cómo pudo tu Madre ver… oír… vivir en definitiva, ese momento del que hablaste

ayer, sin morir,

Ella que estaba sola, siendo jovencita aún, sin Ti?!

Jesús responde con dulzura:

–         María, la Sin Mancha, no podía tener miedo de Dios.

Eva no tuvo miedo de Dios mientras fue inocente.

Y Yo estaba en ese lugar.

Yo, el Padre y el Espíritu,.

Nosotros, que estamos en el Cielo y en la tierra y en todas partes.

Y que teníamos nuestro Tabernáculo en el corazón de María.

–        ¡Qué cosa! ¡Qué cosa!…

Pero después hablaste de muerte… Y toda alegría se borró…

Pero, ¿Por qué a nosotros tres todo esto?, ¿Por qué a nosotros?

¿No convenía dar a todos esta visión de tu gloria?

–         Precisamente porque desfallecéis al oír hablar de muerte.

Y muerte de suplicio, del Hijo del hombre.

El Hombre-Dios os ha querido fortalecer para aquella hora y para siempre;

con la precognición de lo que seré después de la Muerte:

Recordad todo esto, para decirlo a su tiempo…

¿Habéis entendido?

–        ¡Oh, sí, Señor. No es posible olvidar.

Y sería inútil decirlo. Dirían que estaríamos ebrios

Reanudan la marcha hacia el valle.

Pero, llegados a un punto,

Jesús tuerce por un sendero lleno de pinos pino en dirección a Endor,

por el lado opuesto al otro en que dejó a los discípulos.

Santiago dice: 

–         No los encontraremos.

El sol empieza a bajar.

Se estarán agrupando para esperarte en el lugar donde los dejaste.

–        Ven y no te crees pensamientos necios.

En efecto, en cuanto la espesura se abre dando lugar a una pradera que desciende

suavemente hasta tocar el camino de primer orden,

ven a toda la masa de los discípulos, aumentada por la presencia de viandantes curiosos,

de escribas y fariseos, moviéndose en la base del monte.

Señalándolos, Pedro dice:

–         ¡Vaya! ¡Escribas!…

¡Y ya disputan! 

Y baja los últimos metros disgustado.

Pero también los que están abajo los han visto…

Y unos a otros se los señalan.

En cuanto lo descubren, se echan  a corren hacia Jesús…

 gritando:
–         ¿Cómo es que vienes por esta parte, Maestro?

–         Estábamos para encaminarnos al lugar establecido.

Pero nos han entretenido en disputas los escribas.

Y con sus súplicas un padre afligido.

Jesús pregunta:

–         ¿De qué discutíais entre vosotros?

–        Por un endemoniado.

Los escribas se han burlado de nosotros porque no hemos podido liberarlo.

Lo ha intentado de nuevo, ya por pundonor, Judas de Keriot;

pero ha sido inútil.

Entonces hemos dicho: «Intentadlo vosotros».

Han respondido: «No somos exorcistas».

Ha coincidido que pasaban algunos, que venían de Caslot – Tabor,

entre los que había dos exorcistas.

Pero ellos tampoco pudieron hacer nada.

Aquí viene el padre a suplicarte. Escúchalo.

Un hombre se acerca suplicante.

Se arrodilla frente a Jesús, que se ha detenido en el prado en pendiente;

quedando de esta manera, a unos tres metros por encima del camino,.

Y por tanto mucho más visible a todos.

El hombre dice:

–       Maestro, venía a Cafarnaúm con mi hijo, buscándote.

Te traigo a mi hijo infeliz para que lo liberaras,

Tú que expulsas los demonios y curas toda enfermedad.

Frecuentemente se apodera de él un espíritu mudo.

Cuando se apodera de él, sólo puede emitir gritos roncos, como un animal que se

estuviera ahogando.

El espíritu lo tira al suelo y lo hace revolcarse para lastimarlo. 

Le crujen los dientes, echa espuma como un caballo que muerde la brida y se hiere. 

Tratando de ahogarlo, para que muera  por asfixia o quemado.

Porque el espíritu, más de una vez, lo ha arrojado al agua, al fuego

o lo ha tirado por las escaleras.

Tus discípulos lo han intentado, pero no han podido.

¡Oh, Señor bueno! ¡Piedad de mí y de mi niño!

Jesús centellea de poder mientras grita:

–        ¡Oh generación perversa!

¡Oh turba satánica, legión rebelde, pueblo del infierno incrédulo y cruel.

¿Hasta cuándo tendré que estar contigo?

¿Hasta cuándo tendré que soportarte?

Se muestra tan majestuoso, que se hace un silencio absoluto y cesan las risitas maliciosas

de los escribas.

Jesús ordena al padre:

–        Levántate y tráeme a tu hijo.

El hombre se marcha

Y regresa con otros hombres;

en medio de éstos viene un jovencito de unos trece años

Un muchacho guapo, pero con una mirada un poco cretina, como si estuviera aturdido.

En su frente rojea una herida alargada;

más abajo se ve una cicatriz vieja, blanquecina.

Nada más ver a Jesús, que lo está mirando fijamente con sus ojos magnéticos,

lanza un grito ronco.

Y se contuerce todo su cuerpo convulsivamente;

cayendo al suelo echando espuma y girándole los ojos, de forma que se ve solamente el

bulbo blanco;

mientras se revuelca por el suelo con una típica convulsión epiléptica.

Jesús se acerca unos pasos para llegar a su lado,

y dice:

–        ¿Desde cuándo le sucede esto?

Habla fuerte, que todos te oigan.

El círculo de espectadores se estrecha.

Los escribas se ponen más arriba de Jesús para dominar la escena. 

El hombre dice gritando,

–        Desde niño.

Ya te he dicho que a menudo cae en el fuego, en el agua, desde las escaleras

o desde los árboles, porque el espíritu lo asalta desprevenidamente y lo empuja con

violencia para acabar con él.

Está todo lleno de cicatrices y quemaduras.

Ya es mucho que no se haya quedado ciego a causa de las llamas de la lumbre.

Ningún médico, ningún exorcista, ni siquiera tus discípulos lo han podido curar.

Pero Tú si, como creo firmemente, puedes algo.

¡Ten piedad de nosotros v socórrenos!

–        Si puedes creer así, todo me es posible;

porque todo se le concede al que cree.

–        ¡Oh, Señor, claro que creo!

Pero, si no creo todavía suficientemente, aumenta mi fe: para que sea completa

y obtenga el milagro.

Y el hombre, llorando de rodillas se dobla de dolor junto al hijo,

que padece más convulsiones que nunca.

Jesús se endereza, retrocede dos pasos…

Y mientras la muchedumbre, más que nunca, restringe su círculo,

grita fuerte:

–        ¡Espíritu maldito que haces sordo y mudo al niño,

y lo atormentas,…

te ordeno que salgas de él y no vuelvas a entrar nunca!

El niño está echado en el suelo y a pesar de su postura, da unos botes espantosos,

haciendo presión contra el suelo con la cabeza y los pies,

formando de arco, lanza gritos no humanos.

Con un último salto, con el que se vuelve boca abajo, golpeándose la frente y la boca

contra una roca que sobresale de la hierba, ésta se pone inmediatamente roja de sangre.

Luego se queda inmóvil. 

Muchos gritan:

–        « ¡Se ha muerto!» gritan muchos.

–        « ¡Pobre niño!»,

Los mejores, llenos de compasión,

dicen:

–        « ¡Pobre padre!» 

Y los escribas, riéndose burlonamente,

dicen:

–         ¡Buen servicio te ha hecho el Nazareno!

–        « ¡Maestro ¿Cómo es esto?!

–        Esta vez Belcebú te ha hecho quedar mal…»

Y  se echan a reír venenosamente.

Jesús no responde a nadie.

Ni siquiera al padre, que ha dado la vuelta a su hijo y ahora le está secando la sangre

de la frente herida y de los labios heridos,

gimiendo, invocando a Jesús.

Pero el Maestro se inclina y toma de la mano al niño.

Y éste abre los ojos dando un fuerte suspiro, como si se despertase de un sueño.

Luego se sienta y sonríe.

Jesús lo acerca hacia Sí, le hace ponerse de pie y se lo entrega a su padre.

Mientras los presentes gritan de entusiasmo.   

Y los escribas huyen seguidos de las burlas de la gente.

Jesús a sus discípulos,

les dice: .

–        Y ahora vamos.

Despide a la gente, costea el lado del monte…

Y va al camino recorrido por la mañana.

Dice Jesús: No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro y sus dolores;

quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la alegría.

Quiero que tengas, delante de tu Jesús, que se te muestra,

los mismos sentimientos de humildad y arrepentimiento de mis discípulos.

Jamás soberbia.

Serías castigada-o perdiéndome.

Continuo recuerdo de Quién Soy Yo y de quién eres tú.

Continuo pensamiento de tus faltas y de mi Perfección,

para tener un corazón lavado por  la contrición;

pero, al mismo tiempo, también mucha confianza en Mí. 

He dicho: «No temáis. Levantaos. Vamos.

Vamos con los hombres, porque he venido para estar con ellos. Sed santos,

fuertes y fieles en recuerdo de esta hora».

Te lo digo a ti también.

Y a todos mis predilectos de entre los hombres, a los que me tienen de forma especial.

No tengáis miedo de Mí.

Me muestro para elevaros, no para reduciros a cenizas.

Levantaos: que la alegría del don os dé vigor y no os embote en el sopor del quietismo,

creyéndoos ya salvados porque os haya mostrado el Cielo.

Vamos juntos a los hombres.

Os he invitado a obras sobrehumanas;

 con sobrehumanos carismas y lecciones, para que podáis servirme más de ayuda.

Os asocio a mi Obra.

Pero Yo no he conocido, ni conozco, descanso.

Porque el Mal no descansa nunca y el Bien debe estar siempre activo,

para anular lo más que se pueda la obra del Enemigo.

Descansaremos cuando el Tiempo llegue a su cumplimiento.

15. Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: = ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! =Romanos 10

Ahora es necesario caminar incansablemente, obrar continuamente,

consumirse infatigablemente por la mies de Dios.

Que mi continuo contacto os santifique, mi continua lección os fortalezca,

mi amor de predilección os haga fieles contra toda insidia.

No seáis como los antiguos rabíes, que enseñaban la Revelación…

Y luego no le prestaban Fe.

Hasta el punto de que no reconocían los Signos de los Tiempos,

ni a los enviados de Dios.

Reconoced a los precursores de Cristo en su Segunda Venida,

porque las fuerzas del Anticristo están en marcha.

Y haciendo una excepción a la medida que me he impuesto,

porque sé que bebéis de ciertas verdades no por espíritu sobrenatural,

sino por sed de curiosidad humana…

Os digo en verdad que lo que muchos creerán victoria sobre el Anticristo,

paz ya próxima… 

No será sino un alto para dar tiempo al Enemigo de Cristo, de recuperar fuerzas,

curarse las heridas, reunir su ejército para una lucha más cruel… 

Reconoced, vosotros que sois las «voces» de este vuestro Jesús,

del Rey de reyes, del Fiel y Veraz, que juzga y combate con justicia

y será el Vencedor de la Bestia y de sus siervos y profetas;

reconoced vuestro Bien y seguidle siempre.

Que ningún engañoso aspecto os seduzca…  

Y NINGUNA PERSECUCIÓN OS ATERRE

Diga vuestra «voz» mis palabras.

Sea vuestra vida para esta Obra.

Y si tenéis destino en la Tierra común con Cristo, su Precursor y Elías,

Los presos en Medio Oriente cantan alabanzas, antes de ser ejecutados, igual que Pablo y Silas en prisión…

destino cruento o atormentado por vejaciones morales,

SONREÍD A VUESTRO DESTINO FUTURO Y SEGURO

el que tendréis en común con Cristo, con su Precursor, con su Profeta.

Iguales en el trabajo, en el dolor, en la gloria.

Aquí Yo Maestro y Ejemplo;

allí Yo Premio y Rey.

Tenerme será vuestra bienaventuranza.

Será olvidar el dolor.

Será algo que para hacéroslo comprender, ninguna revelación es suficiente;

porque la alegría de la vida futura es demasiado SUPERIOR

a la posibilidad de imaginar de la criatura que todavía está unida a la carne.

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