Archivos diarios: 28/10/21

385 EL ESCÁNDALO


385  IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 En ese esplendoroso y tibio día de primavera, el Maestro se ha detenido a la altura de una casita

modesta que tiene en la parte de delante un pozo.

Jesús va luego a sentarse junto al pozo.

Y allí le alcanzan los discípulos, que siguen todavía midiendo las respectivas prerrogativas.

Jesús los mira.

Luego los convoca:

–        Venid aquí, alrededor.

Y oíd la última enseñanza de la jornada, vosotros que os quedáis roncos, celebrando vuestros méritos

y tenéis vuestro pensamiento centrado en adjudicaros un puesto según la medida de ellos.

¿Veis a este niño?  

Está más adelantado que vosotros en la verdad.

Su inocencia le da la llave para abrir las puertas de mi Reino.

Ha comprendido, en su sencillez infantil, que en el amor está la fuerza para llegar a ser grandes…

Y en la obediencia realizada por amor la fuerza para entrar en mi Reino.

Sed sencillos, humildes;

amad con un amor que no sea sólo para Mí, sino recíproco entre vosotros;

sed obedientes a mis palabras, a todas, también a éstas,

si queréis llegar al lugar en que habrán de entrar estos inocentes.

Aprended de los pequeños.

Como el Padre les revela a ellos la verdad, no se la revela a los sabios.

Jesús, mientras habla, mantiene contra sus rodillas, paradito muy derecho, a Benjamín.

Y tiene apoyadas las manos en los hombros del niño.

El rostro de Jesús ahora se muestra lleno de majestad.

Está serio; no enojado, pero sí serio.

Verdaderamente como un Maestro.

El último rayo de sol forma un nimbo de rayos encima de su cabeza rubia.

Los discípulos no han podido entrar en la casa.

Es natural.

Por el número y por respeto.

Nunca lo hacen, si no es por invitación del Maestro a todos o a algunos en particular.

Mantienen siempre un gran respeto, una gran discreción, a pesar de la afabilidad del Maestro

y la ya duradera familiaridad con él.

Incluso el pastor Isaac que fue el primero del número de los discípulos,

no se permite jamás la libertad de acercarse a Jesús;

si al menos una sonrisa del Maestro, no lo llama.

¿Un poco distinto, no? respecto al modo como muchos tratan lo sobrenatural:

a la ligera y casi burlescamente…

Es justo decirlo, porque no es fácil de digerir el que la gente tenga para con lo que está por encima de

su comprensión, por lo sobrenatural…

Los discípulos se han esparcido, por la margen del lago, para comprar pescado para la cena,

pan y las demás cosas necesarias.

Vuelve también Santiago de Zebedeo y llama al Maestro, que está sentado en la terraza, con Juan,

que está acoclado a sus pies, en un dulce y sosegado coloquio.

Jesús se levanta y se asoma por el antepecho.

Santiago dice:

–         ¡Cuánto pescado, Maestro!

Mi padre dice que has bendecido las redes con tu llegada.

Mira: esto es para nosotros – y enseña una cesta llena de un pescado que parece de plata.

Jesús responde:

–         Dios le sea grato por su generosidad.

Preparadlo, que después de cenar vamos a ir a la orilla, donde  están los discípulos.

Y así lo hacen.

La noche pone negro el lago, en espera de la Luna, que se levanta tarde.

Más que vérsele, se le oye borbollar, gorgotear entre los cantos del guijarral.

Sólo las inverosímiles estrellas propias de los países de oriente, se reflejan en las aguas tranquilas.

Se sientan en círculo, alrededor de una barca vuelta, sobre la que se ha sentado Jesús.

Han traído al centro del círculo los pequeños faroles de las barcas,

los cuales apenas si iluminan las caras más cercanas.

El rostro de Jesús está todo iluminado, de abajo arriba, por un farolillo colocado a sus pies.

Todos, por tanto, lo pueden ver bien, mientras habla a uno o a otro de los presentes.

A1 principio es una conversación sencilla, familiar.

Pero luego adquiere el tono de una lección.

Que Jesús dice abiertamente:

–          Venid. Escuchad.

Dentro de poco nos vamos a separar.

Quiero adoctrinaros más para formaros mejor.

Hoy os he oído disputar…

Y no siempre con caridad.

A los mayores de entre vosotros les he dado ya la lección.

Pero quiero dárosla a vosotros también.

No les vendrá mal tampoco a éstos, mayores que vosotros, oírla repetir.

Ahora no está aquí, apoyado contra mis rodillas, el pequeño Benjamín.

Está durmiendo en su cama, soñando sus sueños inocentes.

Pero quizás su alma cándida está de todas formas aquí, en medio de nosotros.

Imaginad que él o cualquier otro niño, estuviera aquí, para ejemplo vuestro.

En vuestro corazón tenéis todos una obsesión que os preocupa, una curiosidad, un peligro.

La obsesión: ser el primero en el Reino de los Cielos.

La curiosidad: saber quién será este primero.

Y finalmente el peligro: el deseo aún humano, de oírse responder:

«Tú eres el primero en el Reino de los Cielos»

Bien de los compañeros con un sentido de aprobación o bien y sobre todo del Maestro,

cuya verdad y penetración de las cosas futuras conocéis.

¿No es, acaso, así?

Las preguntas tiemblan en vuestros labios y viven en el fondo del corazón.

El Maestro, mirando a vuestro bien, secunda esta curiosidad;

a pesar de que aborrezca condescender con las curiosidades humanas.

Vuestro Maestro no es un charlatán al que se le consulta por dos centavos

en medio del bullicio de un mercado;

no es uno poseído por un espíritu pitónico que le procura dinero con el oficio de adivino,

para secundar las restringidas mentes del hombre, que quiere conocer el futuro para «saberse guiar».

El hombre no se puede guiar por sí solo.

Dios lo guía, ¡Si el hombre tiene fe en Él!

Y no aprovecha el conocer, o creer que se conoce, el futuro;

si luego no se dispone de los medios para desviar ese futuro profetizado.

Sólo hay un medio:

la Oración al Padre y Señor, para que por su misericordia nos ayude.

En verdad os digo que la Oración confiada puede transformar un castigo en bendición.

Pero quien recurre a los hombres para intentar, como hombre y con los medios de los hombres,

desviar el futuro;

no sabe orar o sabe orar muy mal.

Yo, esta vez, dado que esta curiosidad puede daros una buena enseñanza, le doy respuesta,

aunque aborrezco las preguntas dictadas por la curiosidad e irrespetuosas.

Os preguntáis: «¿Quién de entre nosotros es el mayor en el Reino de los Cielos?».

Anulo la limitación «entre nosotros».

Amplío los límites a todo el mundo, presente y futuro…

Y respondo: «El mayor en el Reino de los Cielos, es el más pequeño entre los hombres».

O sea, aquel que es considerado «mínimo» por los hombres.

El sencillo, el humilde, el que no desconfía, el inexperto.

Por tanto: el niño.

«Ve y vence. Ve y conquista. Ve y nunca olvides que eres un guerrero de Dios. Habla con autoridad. Camina con seguridad. ERES HIJO DEL REY»

O aquel que sabe construirse de nuevo un alma de niño.

No es la ciencia ni el poder, ni la riqueza o la actividad (aunque sea buena)

lo que os harán «el mayor» en el Reino bienaventurado;

sino el ser como los pequeñuelos, en benevolencia, humildad, sencillez, Fe.

Observad cómo me aman los niños e imitadlos;

cómo creen en Mí e imitadlos;

cómo recuerdan lo que digo, e imitadlos;

cómo ponen en práctica mis enseñanzas, e imitadlos;

cómo NO se ensoberbecen de lo que hacen, e imitadlos;

cómo no experimentan rivalidades contra Mí o contra sus compañeros, e imitadlos.

En verdad os digo que si no cambiáis vuestra manera de pensar, actuar y amar,

reconstruyéndola según el modelo de los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Ellos saben lo mismo que vosotros sabéis de esencial en mi doctrina.

¡Pero con qué diferencia practican lo que enseño!

Vosotros, a cada acto bueno que realizáis, decís: «Lo he hecho yo»;

el niño me dice: `Jesús, me he acordado de Ti hoy y por Ti he obedecido,

he amado, he contenido un deseo de reñir…

Y estoy contento porque Tú, lo sé, sabes cuándo soy bueno y te alegras».

Observad también a los niños cuando cometen una falta.

Con qué humildad me confiesan: «Hoy he sido malo.

Lo siento, porque te he apenado».

No buscan disculpas.

Saben que Yo sé las cosas. Creen.

Sienten dolor por mi Dolor.

¡Oh, amados de mi corazón: niños, en los cuales no hay soberbia, doblez, lujuria!

Os digo: Haceos como los niños, si queréis entrar en mi Reino.

Amad a los niños como al ejemplo angélico que todavía podéis tener.

Porque como ángeles deberíais ser.

Podríais decir para disculparos: «No vemos a los ángeles».

Pero Dios os da a los niños por modelos… y los tenéis en medio de vosotros.

Y si veis a un niño abandonado material o moralmente y que puede perecer;

acogedlo en mi Nombre, porque son los muy amados de Dios.

Quienquiera que reciba a un niño en mi Nombre me recibe a Mí mismo,

porque Yo estoy en el alma de los niños, que es inocente.

Y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado, es decir, al Señor Altísimo.

Y guardaos de escandalizar a uno de estos pequeños, cuyos ojos ven a Dios.

No se debe nunca escandalizar a nadie…

Pero, ¡Ay!, ¡Tres veces AY de aquel que tan sólo roce el ingenuo candor de los niños!

Dejadlos ángeles lo más que podáis.

¡Demasiado repugnante es el mundo y la carne, para el alma que viene del Cielo!

Y el niño, por su inocencia, es todavía todo alma.

Tened respeto hacia el alma del niño.

Y a su propio cuerpo;

como lo tenéis para con un lugar sagrado. 

También el niño es sagrado, porque tiene a Dios dentro de sí.

En todo cuerpo está el templo del Espíritu;

pero el templo del niño es el más sagrado y profundo, está más allá del doble Velo.

No mováis tan siquiera las cortinas de la sublime ignorancia de la concupiscencia,

con el viento de vuestras pasiones.

Yo querría un niño en cada familia, en medio de cada grupo de personas;

para que fuera freno de las pasiones de los hombres.

El niño santifica, da confortación y frescura, con sólo el rayo de sus ojos sin malicia.

Pero, ¡Ay de aquellos que sustraen santidad al niño con su manera de actuar escandalosa!

¡Ay de aquellos que con sus licencias infunden malicia en los niños!

¡Ay de aquellos que con sus palabras e ironías lesionan la fe en mí de los niños

Sería mejor que a todos éstos se les atara al cuello una piedra de molino

y se los arrojara al mar para que se ahogaran junto con su escándalo.

¡Ay del mundo por los escándalos que da a los inocentes!

Porque, si es inevitable que sucedan escándalos,

¡Ay del hombre que los provoca!

Nadie tiene derecho de hacer violencia a su cuerpo ni a su vida,

porque vida y cuerpo nos vienen de Dios y solamente Él tiene derecho a tomar o partes o el todo.

Pero Yo os digo que si vuestra mano os escandaliza es mejor que la cortéis,

que si vuestro pie os lleva a dar escándalo conviene que lo cortéis.

Es mejor para vosotros entrar mancos o cojos en la Vida,

47. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna,

que ser arrojados al fuego eterno con las dos manos y los dos pies.

Y si no es suficiente tener un pie cortado o una mano,

haced que os corten también la otra mano o el otro pie, para no escandalizar más

y para tener tiempo de arrepentiros antes de ser arrojados adonde el fuego no se extingue

y roe eternamente como un gusano.

Y, si es vuestro ojo el que os es motivo de escándalo, sacáoslo:

es mejor no tener un ojo que estar en el Infierno con los dos:

con un ojo sólo, o incluso sin ojos,

llegados al Cielo veríais la Luz,

mientras que con los dos ojos escandalosos sólo tinieblas y horror veríais en el infierno.

Recordad todo esto.

No despreciéis a los pequeños, no los escandalicéis, no os burléis de ellos.

Son más que vosotros,

porque sus ángeles ven siempre a Dios,

que les dice las verdades que han de revelar a los niños y a los que tienen el corazón de niño.  

384 EL OYENTE PERFECTO


384 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 352 Parábola para el pequeño Benjamín 

Avanzando por un camino va Jesús, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos.

Se entrevé a lo lejos el lago de Galilea;

resplandeciente, todo sereno y azul, bajo un lindo sol de primavera,

que entibia la tierra, del no tan lejano invierno.

Y la naturaleza se ve muy fresca, renaciente y gloriosa.

Parece que, acercándose la noche, Jesús se está retirando a la casa que lo hospeda;

Y se dirige al pueblo que se ve ya aparecer.

Jesús, como hace frecuentemente, va unos pasos más adelante de los discípulos;

lo suficiente como para poder aislarse en sus pensamientos,

necesitado de silencio después de una jornada de evangelización.

Camina absorto.

Lleva en la mano derecha una ramita verde, que ha arrancado de alguna mata.

y con ella golpea suave, como si las acariciara;

levemente ensimismado, a las hierbas del ribazo.

Por el contrario, los discípulos, detrás de Él van hablando animadamente.

Evocan los episodios de la jornada y no son demasiado delicados,

al sopesar los defectos o bribonadas ajenos.

Todos, más o menos, critican el hecho de que los de la recaudación del tributo al Templo,

hayan querido que Jesús les pagara.

Pedro, siempre vehemente, define el hecho como un sacrilegio,

porque el Mesías no está obligado a pagar el tributo.

Y dice:

–         Esto es como pretender que Dios se pague a sí mismo.

Y no es justo.

Si lo que pasa es que creen que no es el Mesías, pues entonces ya es un sacrilegio.

Jesús se vuelve un momento,

y dice:

–         ¡Simón, Simón, muchos habrá que duden de Mí!

Incluso de los que se creen seguros e inquebrantables en la fe en Mí.

No juzgues a los hermanos, Simón.

Júzgate, siempre primero a ti mismo.

Pedro inclina la cabeza.

Judas, con una sonrisita irónica y llena de superioridad,

dirigiéndose al humillado Pedro,

dice:

–        Ésta es para ti.

Por ser el más anciano, siempre quieres hablar como un doctor.

¿Quién ha dicho que a uno lo juzguen los méritos por la edad?

Entre nosotros hay quien te supera en saber y en poder social.

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal… ¡PORQUE SE SIENTEN DEIFICADOS!

Entonces se enciende una disputa sobre los respectivos méritos:

Quién se jacta de ser uno de los primeros discípulos,

quién apoya su tesis de preferencia en que para seguir a Jesús ha dejado un puesto influyente,

quién dice que ninguno tiene tantos derechos como él,

porque ninguno se ha convertido tanto a sí mismo como él al pasar de publicano a discípulo.

La disputa se alarga.

Y sin temor a ofender a los apóstoles, asume el tono de una verdadera discusión.

Jesús se abstrae de ello.

Da la impresión de no oír ya nada.

Mientras tanto, han llegado a las primeras casas de Mágdala

Jesús continua caminando…

Y lo siguen los otros detrás, discutiendo todavía.

Un niño pequeño, de unos siete u ocho años, viene tras Jesús corriendo y dando brincos.

Adelanta al grupo vocinglero de los apóstoles.

Es un niño guapo, de cabellos castaño oscuro muy rizados, cortos.

En su faz morena tiene dos ojitos negros e inteligentes.

Es el pequeño Benjamín.

Llama: confidencialmente al Maestro como si lo conociera bien.

Y pregunta:

–        Jesús….

¿Me dejas ir contigo hasta tu casa?

Mirándolo con su dulce sonrisa y preguntando a su vez,

Jesús responde:

–        ¿Tu mamá lo sabe?

–        Lo sabe.

–        ¿De verdad?

Jesús, aunque sigue sonriendo, lo mira con una mirada penetrante.

–        Sí, Jesús, de verdad.

–        Entonces ven.

El niño da un salto de alegría

Y agarra la mano izquierda que Jesús le tiende.

¡Con qué amorosa confianza el niño mete su manita morena, en la larga mano de mi Jesús!

¡Como debieran hacerlo todos los hombres!

Benjamín, que va dando saltitos al lado de Jesús y mirándolo de abajo arriba con una carita

resplandeciente de alegría,

le pide:

–        Cuéntame una parábola bonita, Jesús.

También Jesús lo mira con una alegre sonrisa que le entreabre la boca sombreada por el bigote

y la barba rubio-roja, que el sol enciende como si fuera de oro;

los ojos de zafiro oscuro le ríen de alegría mientras mira al niño.

diciéndole:

–        ¿Y qué vas a hacer con la parábola?

No es un juego.

–        Es más bonita que un juego.

Cuando me voy a la cama la pienso para mí y la sueño.

Y mañana la recuerdo y me la repito para mis adentros para ser bueno.

Me hace ser bueno.

–        ¿La recuerdas?

–        Sí.

¿Quieres que te diga todas las que me has dicho?

–        Eres grande, Benjamín;

más que los hombres, que olvidan.

Como premio te voy a decir la parábola.

El niño ya no salta.

Camina serio y mesurado como un adulto.

Y no se pierde ni una palabra, ni una inflexión, de Jesús;

al cual mira atentamente sin preocuparse siquiera de en dónde pisa.

Jesús dice:

–         Un pastor muy bueno,

habiendo venido a saber que en un lugar del mundo había muchas ovejas que habían sido abandonadas

por pastores poco buenos…

Y que corrían peligro por caminos perversos y en pastos nocivos.

Y que se acercaban cada vez más a barrancos sombríos, fue a ese lugar.

Y sacrificando todo lo que poseía, adquirió esas ovejas y corderos.

Quería llevarlos a su reino, porque ese pastor era también rey, como lo han sido muchos reyes en Israel.

En su reino, esas ovejas y esos corderos encontrarían pastos sanos, frescas y aguas puras;

caminos seguros y refugios invulnerables contra los ladrones y lobos feroces.

Por eso ese pastor reunió a sus ovejas y corderos y les dijo:

«He venido a salvaros, a llevaros a un lugar donde ya no sufriréis,

donde ya no conoceréis peligros ni dolor.

Amadme, seguidme, porque yo os amo mucho y por teneros me he sacrificado en todos los modos.

Pero, si me amáis, mi sacrificio no me pesará. Venid tras mí y vamos».

Y el pastor delante, detrás las ovejas, tomaron el camino que conducía al Reino de la Alegría.

El pastor, a cada momento, se volvía para ver si le seguían;

para exhortar a las cansadas, infundir coraje a las desanimadas, socorrer a las enfermas,

acariciar a los corderos. ¡Cómo las quería!

Les ofrecía su pan y su sal.

Probaba antes él el agua de las fuentes y la bendecía, para experimentar si era sana y hacerla santa.

Pero las ovejas – ¿lo crees, Benjamín? -, las ovejas, pasado un tiempo, se cansaron.

Primero una, luego dos, luego diez, luego cien, se quedaron atrás a rozar la hierba hasta llenarse

y no poder moverse; luego se echaron, cansadas y llenas en el polvo y en el lodo.

Otras se asomaban prominentemente a los precipicios, a pesar de que el pastor dijera: «No lo hagáis»

Y algunas, dado que él se ponía donde había mayor peligro, para impedirles que fueran a esos sitios,

le chocaron con la cabeza proterva y trataron de despeñarlo más de una vez.

Así, muchas terminaron en los barrancos y murieron míseramente.

Otras se enzarzaron…

Y a fuerza de cornadas y mochadas, se mataron unas a otras.

Sólo un corderito no se distrajo nunca.

Corría, balando, y con su balido decía al pastor: «Te quiero».

Corría tras el pastor bueno.

Cuando llegaron a las puertas de su reino, sólo quedaban ellos dos: el pastor, el corderito fiel.

Entonces el pastor no dijo: «entra», sino dijo: «ven» y lo tomó en brazos, estrechándolo contra su pecho.

Y lo llevó adentro;.

Luego llamó a todos sus súbditos y les dijo: «Mirad. Este me ama.

Quiero que esté eternamente conmigo. 

Vosotros amadlo, porque es el predilecto de mi corazón».

La parábola ha terminado, Benjamín.

¿Ahora sabes decirme quién es ese pastor bueno?

–        Tú, Jesús.

–        ¿Y ese corderito quién es?

–          Soy yo, Jesús.

–         Pero Yo ahora me voy a marchar y te olvidarás de Mí.

–         No, Jesús.

No me olvidaré de Ti porque te quiero.

–         Se te terminará el amor cuando dejes de verme.

–         Diré dentro de mí las palabras que me has dicho….

Y será como si estuvieras presente.

Te voy a querer y a obedecer así.

¿Y Tú, Jesús, dime: te vas a acordar de Benjamín?

–        Siempre.

–        ¿Y cómo vas a hacer para acordarte?

–         Me diré a mí mismo que me has prometido amarme y obedecerme.

Y así me acordaré de ti.

–         ¿Y me vas a dar tu Reino?

–         Si eres bueno, sí.

–         Seré bueno.

–         ¿Cómo vas a llevarlo a cabo?

La vida es larga.

–        Pero también tus palabras son muy buenas.

Si me las repito y hago lo que tus palabras dicen que hay que hacer, me conservaré bueno toda la vida.

Jesús se ha detenido y está mirando a esta carita encendida más que por el sol por el amor.

La alegría de Jesús es tan viva, que parece que otro sol se ha encendido en su alma

y emite sus resplandores a través de las pupilas.

Se agacha y besa en la frente al niño.