384 EL OYENTE PERFECTO


384 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 352 Parábola para el pequeño Benjamín 

Avanzando por un camino va Jesús, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos.

Se entrevé a lo lejos el lago de Galilea;

resplandeciente, todo sereno y azul, bajo un lindo sol de primavera,

que entibia la tierra, del no tan lejano invierno.

Y la naturaleza se ve muy fresca, renaciente y gloriosa.

Parece que, acercándose la noche, Jesús se está retirando a la casa que lo hospeda;

Y se dirige al pueblo que se ve ya aparecer.

Jesús, como hace frecuentemente, va unos pasos más adelante de los discípulos;

lo suficiente como para poder aislarse en sus pensamientos,

necesitado de silencio después de una jornada de evangelización.

Camina absorto.

Lleva en la mano derecha una ramita verde, que ha arrancado de alguna mata.

y con ella golpea suave, como si las acariciara;

levemente ensimismado, a las hierbas del ribazo.

Por el contrario, los discípulos, detrás de Él van hablando animadamente.

Evocan los episodios de la jornada y no son demasiado delicados,

al sopesar los defectos o bribonadas ajenos.

Todos, más o menos, critican el hecho de que los de la recaudación del tributo al Templo,

hayan querido que Jesús les pagara.

Pedro, siempre vehemente, define el hecho como un sacrilegio,

porque el Mesías no está obligado a pagar el tributo.

Y dice:

–         Esto es como pretender que Dios se pague a sí mismo.

Y no es justo.

Si lo que pasa es que creen que no es el Mesías, pues entonces ya es un sacrilegio.

Jesús se vuelve un momento,

y dice:

–         ¡Simón, Simón, muchos habrá que duden de Mí!

Incluso de los que se creen seguros e inquebrantables en la fe en Mí.

No juzgues a los hermanos, Simón.

Júzgate, siempre primero a ti mismo.

Pedro inclina la cabeza.

Judas, con una sonrisita irónica y llena de superioridad,

dirigiéndose al humillado Pedro,

dice:

–        Ésta es para ti.

Por ser el más anciano, siempre quieres hablar como un doctor.

¿Quién ha dicho que a uno lo juzguen los méritos por la edad?

Entre nosotros hay quien te supera en saber y en poder social.

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal… ¡PORQUE SE SIENTEN DEIFICADOS!

Entonces se enciende una disputa sobre los respectivos méritos:

Quién se jacta de ser uno de los primeros discípulos,

quién apoya su tesis de preferencia en que para seguir a Jesús ha dejado un puesto influyente,

quién dice que ninguno tiene tantos derechos como él,

porque ninguno se ha convertido tanto a sí mismo como él al pasar de publicano a discípulo.

La disputa se alarga.

Y sin temor a ofender a los apóstoles, asume el tono de una verdadera discusión.

Jesús se abstrae de ello.

Da la impresión de no oír ya nada.

Mientras tanto, han llegado a las primeras casas de Mágdala

Jesús continua caminando…

Y lo siguen los otros detrás, discutiendo todavía.

Un niño pequeño, de unos siete u ocho años, viene tras Jesús corriendo y dando brincos.

Adelanta al grupo vocinglero de los apóstoles.

Es un niño guapo, de cabellos castaño oscuro muy rizados, cortos.

En su faz morena tiene dos ojitos negros e inteligentes.

Es el pequeño Benjamín.

Llama: confidencialmente al Maestro como si lo conociera bien.

Y pregunta:

–        Jesús….

¿Me dejas ir contigo hasta tu casa?

Mirándolo con su dulce sonrisa y preguntando a su vez,

Jesús responde:

–        ¿Tu mamá lo sabe?

–        Lo sabe.

–        ¿De verdad?

Jesús, aunque sigue sonriendo, lo mira con una mirada penetrante.

–        Sí, Jesús, de verdad.

–        Entonces ven.

El niño da un salto de alegría

Y agarra la mano izquierda que Jesús le tiende.

¡Con qué amorosa confianza el niño mete su manita morena, en la larga mano de mi Jesús!

¡Como debieran hacerlo todos los hombres!

Benjamín, que va dando saltitos al lado de Jesús y mirándolo de abajo arriba con una carita

resplandeciente de alegría,

le pide:

–        Cuéntame una parábola bonita, Jesús.

También Jesús lo mira con una alegre sonrisa que le entreabre la boca sombreada por el bigote

y la barba rubio-roja, que el sol enciende como si fuera de oro;

los ojos de zafiro oscuro le ríen de alegría mientras mira al niño.

diciéndole:

–        ¿Y qué vas a hacer con la parábola?

No es un juego.

–        Es más bonita que un juego.

Cuando me voy a la cama la pienso para mí y la sueño.

Y mañana la recuerdo y me la repito para mis adentros para ser bueno.

Me hace ser bueno.

–        ¿La recuerdas?

–        Sí.

¿Quieres que te diga todas las que me has dicho?

–        Eres grande, Benjamín;

más que los hombres, que olvidan.

Como premio te voy a decir la parábola.

El niño ya no salta.

Camina serio y mesurado como un adulto.

Y no se pierde ni una palabra, ni una inflexión, de Jesús;

al cual mira atentamente sin preocuparse siquiera de en dónde pisa.

Jesús dice:

–         Un pastor muy bueno,

habiendo venido a saber que en un lugar del mundo había muchas ovejas que habían sido abandonadas

por pastores poco buenos…

Y que corrían peligro por caminos perversos y en pastos nocivos.

Y que se acercaban cada vez más a barrancos sombríos, fue a ese lugar.

Y sacrificando todo lo que poseía, adquirió esas ovejas y corderos.

Quería llevarlos a su reino, porque ese pastor era también rey, como lo han sido muchos reyes en Israel.

En su reino, esas ovejas y esos corderos encontrarían pastos sanos, frescas y aguas puras;

caminos seguros y refugios invulnerables contra los ladrones y lobos feroces.

Por eso ese pastor reunió a sus ovejas y corderos y les dijo:

«He venido a salvaros, a llevaros a un lugar donde ya no sufriréis,

donde ya no conoceréis peligros ni dolor.

Amadme, seguidme, porque yo os amo mucho y por teneros me he sacrificado en todos los modos.

Pero, si me amáis, mi sacrificio no me pesará. Venid tras mí y vamos».

Y el pastor delante, detrás las ovejas, tomaron el camino que conducía al Reino de la Alegría.

El pastor, a cada momento, se volvía para ver si le seguían;

para exhortar a las cansadas, infundir coraje a las desanimadas, socorrer a las enfermas,

acariciar a los corderos. ¡Cómo las quería!

Les ofrecía su pan y su sal.

Probaba antes él el agua de las fuentes y la bendecía, para experimentar si era sana y hacerla santa.

Pero las ovejas – ¿lo crees, Benjamín? -, las ovejas, pasado un tiempo, se cansaron.

Primero una, luego dos, luego diez, luego cien, se quedaron atrás a rozar la hierba hasta llenarse

y no poder moverse; luego se echaron, cansadas y llenas en el polvo y en el lodo.

Otras se asomaban prominentemente a los precipicios, a pesar de que el pastor dijera: «No lo hagáis»

Y algunas, dado que él se ponía donde había mayor peligro, para impedirles que fueran a esos sitios,

le chocaron con la cabeza proterva y trataron de despeñarlo más de una vez.

Así, muchas terminaron en los barrancos y murieron míseramente.

Otras se enzarzaron…

Y a fuerza de cornadas y mochadas, se mataron unas a otras.

Sólo un corderito no se distrajo nunca.

Corría, balando, y con su balido decía al pastor: «Te quiero».

Corría tras el pastor bueno.

Cuando llegaron a las puertas de su reino, sólo quedaban ellos dos: el pastor, el corderito fiel.

Entonces el pastor no dijo: «entra», sino dijo: «ven» y lo tomó en brazos, estrechándolo contra su pecho.

Y lo llevó adentro;.

Luego llamó a todos sus súbditos y les dijo: «Mirad. Este me ama.

Quiero que esté eternamente conmigo. 

Vosotros amadlo, porque es el predilecto de mi corazón».

La parábola ha terminado, Benjamín.

¿Ahora sabes decirme quién es ese pastor bueno?

–        Tú, Jesús.

–        ¿Y ese corderito quién es?

–          Soy yo, Jesús.

–         Pero Yo ahora me voy a marchar y te olvidarás de Mí.

–         No, Jesús.

No me olvidaré de Ti porque te quiero.

–         Se te terminará el amor cuando dejes de verme.

–         Diré dentro de mí las palabras que me has dicho….

Y será como si estuvieras presente.

Te voy a querer y a obedecer así.

¿Y Tú, Jesús, dime: te vas a acordar de Benjamín?

–        Siempre.

–        ¿Y cómo vas a hacer para acordarte?

–         Me diré a mí mismo que me has prometido amarme y obedecerme.

Y así me acordaré de ti.

–         ¿Y me vas a dar tu Reino?

–         Si eres bueno, sí.

–         Seré bueno.

–         ¿Cómo vas a llevarlo a cabo?

La vida es larga.

–        Pero también tus palabras son muy buenas.

Si me las repito y hago lo que tus palabras dicen que hay que hacer, me conservaré bueno toda la vida.

Jesús se ha detenido y está mirando a esta carita encendida más que por el sol por el amor.

La alegría de Jesús es tan viva, que parece que otro sol se ha encendido en su alma

y emite sus resplandores a través de las pupilas.

Se agacha y besa en la frente al niño.

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