394 SACERDOTE, HECHICERO Y CORRUPTOR


394 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

357 Juan y las culpas de Judas Iscariote

Llegan a las puertas de la ciudad.

Entran todos juntos, porque Jesús los ha esperado

Pero, mientras cruzan el pasaje,

Jesús ordena:

–        Que mis hermanos y Simón se adelanten para reunir a la gente.

Judas pregunta:

–        ¿Por qué no yo, Maestro?

¿Ya no me encargas misiones?

¿No son ahora ya necesarias?

Me diste dos seguidas…

Y de varios meses..

–        Y te quejaste diciendo que quería tenerte lejos.

¿Ahora te quejas porque te tengo cerca?

Judas no sabe qué responder y calla.

Se pone delante con Tomás, el Zelote, Santiago de Zebedeo y Andrés.

Jesús se detiene para dejar pasar a Felipe, a Bartolomé, a Mateo y a Juan,

como si quisiera estar solo.

No se oponen.

Pero Juan, durante las disputas y blasfemias de Judas;,

cuyos ojos más de una vez han brillado de lágrimas,

movido por su amoroso corazón, se vuelve poco después:

a tiempo para ver que Jesús,

creyendo pasar desapercibido en la callecita solitaria y sombría

por las ininterrumpidas galerías porticadas que la cubren,

Jesús se lleva las manos a la frente con un gesto de dolor,

y se curva como quien sufre mucho.El más joven de los apóstoles, deja plantados a sus compañeros;

y el rubio Juan vuelve donde está su Maestro:

Con amorosa solicitud,

pregunta:

–        ¿Qué te pasa, Señor mío?

¿Sufres otra vez tanto como cuando nos reunimos contigo en Akcib?

¡Oh, mi Señor!

Jesús trata de tranquilizarlo:

–          ¡Nada, Juan, nada!

Ayúdame tú, con tu amor.

Y calla ante los demás.

Ora por Judas.

–          Sí, Maestro.

¿Es muy infeliz, no es verdad?

–         Está en las tinieblas y no lo sabe.

Cree haber alcanzado la paz…

–          ¿Es paz ésa?

–         Es muy infeliz – dice Jesús abatido.

–         No te abatas de esta forma, Maestro.

Piensa en cuántos pecadores, endurecidos en el pecado, han vuelto a ser buenos.

Lo mismo hará Judas.

¡Oh, Tú ciertamente lo salvarás!

Pasaré esta noche en oración por esto.

Le voy a decir al Padre que haga de mí uno que sólo sepa amar;

no deseo ninguna otra cosa.

Soñaba con dar la vida por Ti y hacer brillar tu potencia a través de mis obras.

Ahora sólo esto.

Renuncio a todo, elijo la vida más humilde y común…

Y pido al Padre que dé todo lo mío a Judas…

Para hacerlo feliz…

Y para que así se vuelva hacia la santidad…

Señor… tendría que decirte algunas cosas…

Creo saber por qué Judas es así.

–          Ven esta noche.

Oraremos juntos y hablaremos.

–          ¿Y el Padre me escuchará?

¿Aceptará mi sacrificio?

–         E1 Padre te bendecirá.

Pero sufrirás por ello…

–         No, no;

me basta con verte a Ti contento…

Y con que Judas… con que Judas…

Jesús dice:

–         Sí, Juan.

Mira, nos están llamando.

Corramos.

La callecita se transforma en una bonita calle.

Y luego en una arteria adornada con pórticos y fuentes;

y se adorna de plazas, a cuál más hermosa;

se cruza con otra arteria igual.

Al final, hay ciertamente un anfiteatro.

Y en un ángulo de los pórticos ya están reunidos en espera del Salvador distintos enfermos.

Pedro viene al encuentro de Jesús,

diciendo:

–          Han conservado la fe en lo que dijimos de Ti en Etanim.

Han venido inmediatamente.

Jesús responde:

–          Y Yo inmediatamente voy a premiar su fe.

Vamos.

Y se dirige, en el ocaso ya avanzado que tiñe de rojo los mármoles,

a sanar a los que con fe le esperan.

Más tarde…

Las magníficas estrellas de una serena noche de marzo resplandecen en el cielo de Oriente;

tan amplias y vivaces, que parece que el firmamento haya descendido,

como un baldaquino, hacia la terraza de la casa que ha acogido a Jesús:

una casa muy alta, y edificada en uno de los puntos más altos de la ciudad;

de modo que el horizonte infinito se abre delante.

Y alrededor, de quien mira, desde cualquier ángulo.

Y, si la tierra – no alegrada todavía por la Luna, que está en su fase menguante

– se anula en la oscuridad de la noche,

el cielo resplandece con un sinfín de luces.

Es verdaderamente la revancha del firmamento,

que expone victoriosamente sus pensiles de astros,

sus praderas de Galatea, sus gigantes planetarios,

sus bosques de constelaciones contra la efímera vegetación de la Tierra que,

aunque sea secular;

es en todo caso, de una hora respecto a éstas, que existen

desde cuando el Creador hizo el firmamento.

Y, perdiéndose mirando arriba, paseando la mirada por esas esplendorosas avenidas,

en que las estrellas son los árboles, uno tiene la impresión de percibir las voces,

los cantos de aquellas florestas de esplendores,

de ese enorme órgano de la más sublime de las catedrales,

en que gustosamente imagino que hacen de fuelles y registros

los vientos de las carreras astrales.

Y de voces las estrellas lanzadas en sus trayectorias.

Parece percibirse mucho más, dado que el silencio nocturno,

de esta Gadara durmiente es absoluto.

No canta una fuente, no canta un pájaro.

El mundo duerme, duermen las criaturas.

Duermen los hombres – menos inocentes que las otras criaturas – sus sueños,

más o menos tranquilos, en las casas oscuras.

Pero, por la puerta de la habitación que da a la terraza inferior,

– porque hay otra, superior,

que está encima de la habitación más alta – se muestra una sombra alta,

apenas visible en la noche,

por la blancura del rostro y de las manos que contrastan con su ropaje oscuro;

le sigue otra más baja.

Caminan de puntillas para no despertar a los que quizás duermen

en la habitación de abajo.

Y de puntillas suben la escalera externa que conduce a la última terraza.

Luego se toman de la mano y van, así,

a sentarse en un banco que está adosado a todo lo largo del antepecho muy alto,

que circunda la terraza.

El banco bajo y el antepecho alto hacen que todas las cosas desaparezcan ante sus ojos.

Aunque hubiera en el cielo la más clara Luna, que bajara a iluminar el mundo,

para ellos no sería nada; porque la ciudad está escondida toda,

y con ella las sombras más oscuras,

en la oscuridad de la noche, de los montes cercanos.

Solamente se les muestra el cielo con sus constelaciones de primavera

y las magníficas estrellas de Orión (Rigel y Betelgeuse), Aldebarán,

Perseo, Andrómeda y Casiopea.

Y las Pléyades unidas como hermanas.

Venus (zafíreo y diamantino), Marte (de pálido rubí) y el topacio de Júpiter

son los reyes del pueblo astral, y titilan, titilan como saludando al Señor,

acelerando sus latidos de luz para la Luz del mundo

Jesús levanta la cabeza, apoyándola contra el alto pretil, para mirarlas;

Juan hace lo mismo, perdiéndose mirando arriba, donde se puede ignorar el mundo…

Luego Jesús dice:

–          Y ahora que nos hemos limpiado en las estrellas, vamos a orar.

Se pone en pie.

Juan también.

Una larga oración, silenciosa, apremiante, toda alma, con los brazos abiertos en cruz,

la cara levantada vuelta hacia oriente, donde se preludia un primer claror de luna.

Y luego el Pater dicho en común,

lentamente, no una vez sino tres.

Y lo manifiesta claramente la voz, con un progresivo aumento de insistencia en la súplica;

una súplica que es tan ardiente, que separa de la carne el alma

y deja a ésta por los caminos del infinito.

Luego silencio.

Se sientan donde estaban antes,

mientras la Luna blanquece cada vez más la tierra durmiente.

Jesús pasa un brazo por los hombros de Juan, lo arrima hacia sí,

y dice:

–          Dime, pues, lo que sientes que tienes que decirme.

¿Qué cosas son las que mi Juan ha intuido, con ayuda de la luz espiritual,

en el alma tenebrosa del compañero?

Juan confiesa:

–         Maestro…

Estoy arrepentido de haberte dicho eso.

Cometeré dos pecados…

–         ¿Por qué?

–         Porque te voy a causar dolor manifestándote incluso lo que no sabes.

Y… porque… Maestro, ¿Es pecado manifestar el mal que vemos en otro?

Sí, ¿No es verdad?

¿Y entonces cómo puedo decir esto, si lesiono la caridad!..

Juan está angustiado.

Jesús da luz a su alma:

–         Escucha, Juan.

¿Para ti es más el Maestro o el condiscípulo?

–          El Maestro, Señor.

Tú estás por encima de todos.

–          ¿Y qué soy Yo para ti?

–           El Principio y el Fin.

Eres el Todo.

–          ¿Crees que Yo, siendo Todo, conozco también todo lo que existe?

–           Sí, Señor.

Por esto siento una gran contrariedad dentro de mí.

Porque pienso que sabes y sufres.

Y porque recuerdo que un día me dijiste que en ocasiones Tú eres el Hombre,

sólo el Hombre

Y por tanto el Padre te hace conocer lo que es ser hombre, que debe conducirse según la razón.

Y pienso también que Dios, por compasión hacia Ti, podría ocultarte estas feas verdades…

–           Atente a este pensamiento, Juan.

Y habla.

Con confidencia.

Confiar lo que sabes a quien para ti es «Todo» no es pecado.

Porque el «Todo» no se escandaliza, ni murmura, ni faltará a la caridad,

ni siquiera con el pensamiento, hacia el desdichado.

Sería pecado si dijeras lo que sabes a quien no puede ser todo amor, a tus compañeros por ejemplo,

que murmurarían, e incluso agredirían sin misericordia al culpable, dañándolo a él y a sí mismos.

Porque hay que tener misericordia;

una misericordia que ha de ser mucho mayor en la medida en que tengamos ante nosotros

a una pobre alma enferma de todas las enfermedades:

un médico, un enfermero compasivo, o una madre, si es poco el mal que sufre un enfermo,

se impresionan poco, y poco luchan por curarle;

pero si el hijo, o el hombre, está muy enfermo, en peligro de muerte, ya gangrenoso y paralizado,

¡Cómo luchan, venciendo repugnancias y fatigas, para curarlo!

¿No es así?

Juan, que ahora está en esa postura suya del brazo en torno al cuello del Maestro

y la cabeza apoyada en su hombro.

dice:

–          Así es, Maestro.

–          Pues bien, no todos saben tener misericordia con las almas enfermas.

Por eso hay que ser prudentes en dar a conocer sus males, para que el mundo no las rehúya

y no las dañe con el desprecio.

Un enfermo que se ve menospreciado se entristece, y empeora.

Si, por el contrario, le asisten con alegre esperanza, puede sanar,

porque la alegría esperanzada del que le asiste entra en él y ayuda a la acción de la medicina.

Pero tú sabes que Yo soy la Misericordia y que no humillaré a Judas.

Habla, pues, sin escrúpulos.

No eres un espía.

Eres un hijo que confía a su padre, con amorosa solicitud, el mal que ha descubierto en su hermano,

para que el padre le asista. ¡Animo, pues…!

Juan emite un fuerte suspiro…

Luego inclina aún más la cabeza, dejándola caer hasta el pecho de Jesús,

y dice:

–          ¡Cuán penoso es hablar de cosas corrompidas!…

Señor… Judas es un impuro… y me tienta a la impureza.

No me importan sus escarnios hacia mí;

lo que me duele es que se acerque a Ti manchado de sus amores.

Desde que ha vuelto me ha tentado varias veces.

Cuando las circunstancias nos dejan solos – cosa que él provoca en todos los modos –

no hace otra cosa que hablar de mujeres…

Y yo siento la repulsa que sentiría si me sumergieran en materias fétidas,

que trataran de introducirme en la boca…

–          ¿Pero en lo profundo te sientes turbado?

–         ¿En qué sentido turbado?

Mi alma se estremece.

La razón grita contra estas tentaciones..

No quiero ser corrompido…

–        ¿Y tu carne qué hace?

–         Se retrae horrorizada.

–         ¿Solamente esto?

–         Esto, Maestro.

Y lloro entonces;

porque me parece que Judas no podría ofender más a quien se ha consagrado a Dios.

Dime: ¿Esto va a lesionar mi ofrenda?

–          No.

No más que un puñado de barro arrojado a una lámina de diamante.

No raya la lámina, no penetra en ella.

Para limpiarla basta echar encima una copa de agua.

Y queda más bonita que antes.

–          Límpiame entonces.

–          Tu caridad te limpia.

Y tu ángel.

Nada queda en ti.

Eres un altar limpio y Dios baja a él.

¿Qué más hace Judas?

–          Señor, él… ¡Oh, Señor! – la cabeza de Juan desciende más todavía.

—         ¿Qué?

–           El…

No es verdad que sea dinero suyo el que te da para los pobres;

es el dinero de los pobres que roba para sí:

para ser alabado por una generosidad no verdadera.

Le enfureciste al quitarle todo el dinero al regreso del Tabor.

Y a mí me dijo: «Hay soplones entre nosotros».

Yo dije: «¿Soplones de qué?

¿Acaso robas?».

«No» me respondió, «Pero soy previsor y hago dos bolsas.

Alguno se lo ha dicho al Maestro y El me ha impuesto que dé todo.

Tan enérgicamente lo ha impuesto, que me he visto constreñido a hacerlo».

Pero no es verdad, Señor, que haga eso por previsión.

Lo hace para tener dinero.

Podría declararlo con la casi certeza de decir la verdad.

–         ¡Casi certeza!

Esta duda sí que es leve culpa.

No puedes acusarlo de ser ladrón si no estás absolutamente seguro de ello.

Las acciones de los hombres a veces tienen apariencia mala y son buenas.

–          Es verdad, Maestro.

No lo volveré a acusar, ni siquiera con el pensamiento.

De todas formas, eso de que tiene dos bolsas, y que la que dice que es suya y te da, es tuya.

Y que lo hace buscando alabanza, eso es verdad.

Y yo eso no lo haría.

Siento que no está bien hacerlo.

–          ¡Tienes razón.!

¿Qué más debes decir?

Juan levanta una cara asustada, abre la boca para hablar, pero la cierra

Se desliza hasta caer de rodillas.

Esconde la cara en la túnica de Jesús.

Él le pone una mano sobre sus cabellos.

Y le dice:

—       ¡Ánimo!

Quizás has juzgado equivocadamente.

Yo te ayudaré a juzgar bien.

Me debes decir también lo que piensas acerca de las posibles causas de que Judas peque.

–          Señor,

Judas se siente sin la fuerza que querría para hacer milagros…

Tú sabes que siempre lo ha deseado fogosamente…

¿Te acuerdas de Endor?

Y, sin embargo, es el que hace menos milagros.

Y… bueno… desde que ha regresado, ya no consigue nada…

Y por la noche se queja de ello incluso en sueños, como si fuera una pesadilla.

Y… ¡Maestro, Maestro mío!

–          ¡Vamos!.

Habla. Dilo todo.

–          Impreca… y practica la magia.

Esto no es una mentira ni una duda.

Lo he visto.

Me elige como compañero porque tengo un sueño profundo.

Es más, lo tenía.

Ahora, lo confieso, lo vigilo…

Y mi sueño es menos profundo porque en cuanto se mueve lo oigo..

. Quizás he hecho mal.

Pero he fingido dormir para ver lo que hacía.

Y dos veces le he visto y oído hacer cosas feas.

No es que yo entienda de magia, pero eso es magia.

–         ¿Sólo?

–          No y sí.

En Tiberíades lo seguí.

Fue a una casa.

Después pregunté quién vivía allí.

Y supe que era uno que practica la necromancia con otros.

Y, cuando Judas salió, casi de mañana, por las palabras que dijeron, comprendí que se conocen

y que son muchos… y no todos extranjeros.

Pide al demonio la fuerza que Tú no le das.

Por esto sacrifico yo mi fuerza al Padre, para que se la pase a él…

Y él deje de ser pecador.

–          Haría falta que le dieras tu alma.

Pero eso no lo permitiríamos ni el Padre ni Yo…

Después de esto sigue un largo silencio.

Luego dice Jesús con voz cansada:

–         Vamos. Juan.

Vamos a bajar y a descansar en espera del alba.

–       ¡Estás más triste que antes, Señor!

¡No debí haber hablado!

–         No.

Yo ya lo sabía.

Pero tú al menos estás más tranquilo…

Y eso es lo que importa…

–          Señor, ¿Debo evitarlo?

–         NO. No temas.

Satanás no perjudica a los Juanes.

Los aterroriza, pero no puede quitarles la gracia que Dios continuamente les otorga.

Ven. Por la mañana voy a hablar.

Luego iremos a Pella.

No podemos demorarnos, porque el río está crecido, por la fusión de las nieves

y el agua de los días pasados.

Pronto estará colmo,

Y mucho más teniendo en cuenta que la Luna aureolada predice lluvias abundantes…

Bajan…

Y desaparecen en la oscuridad de la habitación de debajo de la terraza.

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